Había terminado el impulso de sangre. A mis pies, yacían veintidós militares muertos. Armenius, con los ojos muy abiertos, prendió un cigarrillo. Aún cuando Armenius había matado a cinco de los militares, no era un profesional como yo. La vampira, Jezabel, observó con intensidad toda la sangre que podía beber y aún estaba caliente. Sin pedir permiso se arrojó sobre algunos cuerpos. Yo todavía estaba recuperando la respiración.
No puedo engañar a nadie. No soy joven como antes.
Cincuenta y seis minutos antes. Dos militares, jovencitos ellos, decidieron que era buena idea fumarse unos cigarritos mientras vigilaban a los prisioneros. Abrieron la puerta de nuestra prisión. Nos ignoraron mientras prendían sus cigarrillos.
-¿Medel, ya puedo abrir los ojos?
-Todavía no mi reina. Todavía no.
Uno de los militares recibió directamente en su cara las esposas. Escuché como se rompió el tabique y sonreí. El otro ya estaba alzando su arma para decirme algo como: “Le ordeno que se detenga”.
Parece que las palabras aún estaban llegando a su garganta cuando mi mano… manota, mejor dicho, ya estaba quebrando su cuello. Su cuello de pollo poblano. Saqué la pistola de su funda y disparé a las esposas de Armenius. Después maté al militar del tabique roto con un disparo a la cabeza.
La costilla rota me molestó, pero en cuánto sentí el cuerpo del militar enfriándose, empezó el impulso de sangre. Es muy difícil de explicar. De niño, cazando escorpiones, uno me picó. Recuerdo mi cuerpo tirado en el desierto. Recuerdo mi cuerpo quemándose de la fiebre. Recuerdo al Señor de los Muertos, mirándome, con un cigarrillo prendido y la capucha de su chamarra negra puesta. Los buitres ya volaban sobre mi cuerpo.
El Señor de los Muertos tocó mi frente.
-Traeme diversión muchacho.
Terminó la fiebre y los buitres yacían muertos a mi alrededor. Empezó la fiebre y otros tres militares ya se estaban acercando. Miré sus caras rojas, hinchadas, púrpuras, desinfladas. Una carcajada se me escapó: me parecía tan gracioso. Salté del contenedor y rodé. Mi cuerpo liberó la velocidad dormida. Mi cuerpo era Muerte. Tres balazos directo en sus frentes.
Su espíritu necio disparó demasiado tarde, hacia el cielo. Los militares que no habían estado alertas, se levantaron de sus mesas. Armenius sacó su revolver entre los bolsillos escondidos de su gabardina.
-No mames Medel, no mames… ¡Por estas mamadas me largué en Singapur!
No estaba en condiciones para madrearlo. Escuché el disparo de su revolver, que dio en el corazón de uno de los soldados que ya había sacado su cuchillo. Tiré la pistola que ya no tenía balas. Tomé el cuchillo y lo aventé a la garganta de un morenito rapado, de ojos afables y sonrisa amarilla. Be happy. Die happy.
Corrí y saqué el cuchillo de la gargante del militar. Ya había uno a mi derecha con su pistola en mi sien, cuando una de las balas de Armenius atravesó su cabeza. Mientras caía, recuerdo que le clavé el cuchillo en dirección contraria para mirar su sangre explotar y confundirse. Me pareció tan gracioso. Ojos grises tornándose violetas. Jalé una de sus granadas, el seguro en el chaleco del militar cayendo.
Seis de ellos gritaban a trece metros, señalándome y apenas desenfundando sus armas. ¿Cuándo se volvieron tan lentos? Aventé la granada y di un salto hacia atrás, cubriéndome contra una de las mesas. Miré como Armenius se regresó al contenedor como un perro cobarde. La explosión los mató a los seis, que estaban demasiado sorprendidos ante la fuerza de un sólo hombre.
-Diversión para la Muerte Santita -susurré. Robé la metralleta del militar happy. Liberé el seguro y maté a dos que estaban corriendo, aún confundidos por la explosión. Armenius se asomó del contenedor. A su derecha había otro contenedor como el nuestro que dos militares trataban de proteger. Con la gabardina en su cara para protegerse del olor, entrecerró los ojos y disparó. Les dio en el cuello, en vez de su cabeza. Ya estaba fuera de práctica mi amigo.
-¡Voy por el otro contenedor, Medel! ¡Ahí pueden haber armas!
Había dos militares más. Uno de ellos estaba herido, tosiendo sangre en el piso. Una esquirla de metal atravesaba su clavícula. El otro, con sus manos temblando, tenía el cuchillo alzado protegiéndose a él y a su amigo.
-¡A mí y a Freddy no nos haces nada!
Caminé despacito. Escuché como Armenio abrió el contenedor y cinco disparos después. Dos de su revolver. Tres de metralleta semiautomática. El militar con el cuchillo estaba llorando ya. Su piel limpiecita. Sus cejas peinadas. Su cutis relativamente nuevo. El cabrón acababa de enlistarse, o era puto. Con que protegiendo a Freddy puñetín. El militar nervioso, azulito, se levantó y gritó empuñando el cuchillo.
Lo tomé de la muñeca y rompí su brazo. Como una muñeca de trapo, su propio puño clavó el cuchillo en su espalda. Lo abandoné cuando se volvió peso muerto y me acerqué a Freddy. Pobre Freddy. Tose y tose. Le metí la bota en la boca y pisé, y pisé, y pisé.
Al menos a uno le había curado la tos.
La sangre de Freddy en el piso. La silueta de un escorpión rojo bajo su cuerpo. La mano de la Muerte en mi hombro. Palmaditas en mi espalda. Me arrodillé frente a Freddy, me mojé las palmas de las manos con su sangre, la sangre del escorpión, mi animal guardián y grité. El impulso de sangre aún estaba vigente.
-Espérame tantito güera -dijo Armenius a la vampira que salía con él del otro contenedor-. Si no tenemos cuidado ahorita nos quiebra. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
-Jezabel. Soy una vampiresa de la casa gris.
-Oh.








2 comentarios ↓
Que excelente relato! Nunca había estado aquí pero es realemnte excelente! Pongo un enlace a mi blog ya!
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Mucho tiempo sin tener tiempo para leerlo maese, pero este relato ha valido sobradamente la pena para el regreso. De verdad es una pieza redonda, una rama de perlas en el Árbol de los Mil Nombres
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