Veintiocho guaruras comiendo helado en un parque.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 3 de 12


Tuve un sueño. O un recuerdo. Estaba bajo el sol, con tres libros en mi cabeza. El de matemáticas, el de español y el de ciencias naturales. Un maestro de rostro enjuto y una calva de locura, miraba a través de sus lentes, tres pisos arriba, mi sombra bajo el sol de las 12. Nací en Nayarit. El calor de Nayarit es una perra.

-¿Contaste los guaruras, Medel? Eran veintiocho. No veintiséis.

-Si esto continúa, es mejor asumir que tienen un ejército.

-¿Cuándo dicen los militares que van a entrar?

-Hoy en la noche, como los judíos. Pobres idiotas.

-Oh. Me duele todo.

-A mí también. Salgado no ha cambiado nada.

-Y eso que es tu cuate.

-Ahhh, cállate Armenio.

-Es Armenius, ni Arminius, ni Armenio, ni puto pendejo, ni cualquier otra variante.

-Lo que sea.

Después de la visita de los judíos, entraron cinco militares al departamento. Mientras Arminius me vendaba la costilla se formaron en fila para recibir al capitán Salgado. El traje le quedaba chico a sus músculo. Sonrió tan pronto me miró, saludó y después golpeó a mi compañero con el culo de su pistola. Salgado fue mi subordinado, y trabajamos juntos en la frontera, matando narcos. Los pinches narcos.

-Medel.

-Salgado.

-No sabía que estarías aquí. Solamente venía por Armenio y no sabía que ganaría doble contigo. Están interfiriendo una operación militar y tengo órdenes de mantenerlos prisioneros hasta que la operación termine. Aunque, debo recordarte que tú y tu compañero son desertores, y hay juicios militares pendientes. Al General le gustará saber los nombres de los “civiles” que estaban inmiscuidos en la operación.

-¿Entrarán esta noche?

-Esa es información clasificada.

-Esta en el tonito de tu voz, niñato pendejo… nunca supiste guardar información.

Salgado se encabronó, acomodó su boina y me golpeó. Después, soñé con el sudor empapando mi cara y los escorpiones del desierto. Mi padre, cuando se enojaba, me hacía buscar escorpiones. Dependiendo que tan enojado estuviera era el número que debía llevarle en el bote. Se los llevaba porque deseaba demostrarle que era duro.

Nunca tuve el placer de aventárselos a la jeta. Creo que mi padre, era lo único que me daba miedo.

El profesor, mientras tanto, se desesperaba al verme con mis labios resecos, mi piel quemada y mis manos temblando. El profesor quería verme llorar. O quería verme arrepentido. Deseaba que me arrodillara. Deseaba que le rezara al dios de las monjas. Al dios de su escuela. Ese que le permitía sus chingaderas.

¿Dónde estuvo su Dios cuando lo maté a librazos? Recuerdo como le gritaba, furioso-: Aquí esta tu literatura hijo de tu pinche madre, ¡toda tu puta literatura!

-Nos hubiéramos quedado con el dinero de los judíos.

-No seas idiota Armenius. Los militares nunca debieron traernos aquí. Nos dieron todas sus armas.

-Medel… sé que en Singapur…

-No me hables de Singapur o te madreo.

Estábamos en una bodega que habían tomado para instalar su cuartel. Nos metieron en un contenedor que habían acondicionado como prisión. Armenius y yo estábamos esposados a unos tubos de metal. Salgado era de los pocos idiotas que pensaban que la milicia no me había atrapado por sus descuidos, en vez de concederme las gracias de la sangre fría, la supervivencia y la genialidad.

Como el maestro de literatura… por ejemplo.

-Armenius, cierra los ojos.

-¿Por qué?

-Voy a hacer un truco de magia y no quiero que lo veas.

-No mames, Medel… no mames.

-¿Quieres apostar?

Armenius se quedó callado unos minutos, y luego cerró los ojos. Me conocía tan bien el cabrón. Cuando apuesto nunca pierdo. Podía liberarme de dos formas.

Una era jalando exactamente en uno de los puntos del tubo. El militar que había puesto el tubo era tan malhecho que no había fijado por completo los tornillos. Tenía la fuerza para hacerlo, pero prefería guardármela para -probablemente- seis personas: Los tres hermanitos, Salgado, Anita la vampirita y al pendejo de Arminio si volvía a mencionar Singapur.

La otra, y la que hice, fue regurgitar la llave maestra que me había tragado antes de venir a matar vampiras. No me malinterpreten, ni me miren como si no supieran. Antes de cualquier misión es bueno prepararse. Armenius escuchó los sonidos e hizo gestos con su cara.

-¿Anorexia? ¿Quieres quedarte sin carne para poder sacar tu mano o qué?

-Que chistocito eres pendejo.

Puse la llave en mis labios, estiré mi cuello y jalé mis muñecas lo más posible. Paciencia y salivita, pensé. Paciencia y salivita. Logré meter la llave y girarla con mis dientes cuando dos militares abrieron la puerta del contenedor. Uno de ellos estaba prendiendo un cigarro con una tranquilidad y nula atención a su objetivo devastante. Ah, Salgado no cambiaba…

…siempre se cubría demasiado tarde.

-¿Medel, ya puedo abrir los ojos? -preguntó Armenio.

-Todavía no mi reina. Todavía no.

Mi padre nunca me debió enseñar a cachar escorpiones.

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