Entradas escritas en Diciembre, 2007 ↓

Danza de los Cosacos, versión Ejército Rojo.

Conocer lugares nuevos siempre contenta los corazones. Donde estoy hace calor como en Villahermosa. Uno respira el aire y en cierta forma me huele igual. En ocasiones, el tráfico es como el Distrito Federal. Compré playeras y una mochila, porque en el proceso, la asa de la mochila que me acompañó cuatro años en mis viajes murió. Fue demasiado para ella, supongo. Mi cuenta de banco disminuyó considerablemente. Fui al casino y me gané 600 pesos. Debí retirarme cuando tenía los 1000.

Los cosacos danzan en la mesa. Sus espadas intercambian manos. Los gorros de los cosacos caen a la mesa, y llenan los platos, cual si fueran galletas. Sus caballos ríen.

Este domingo 16 de octubre, a las 6.45 de la tarde, transmitirán Blue Demon contra los demonios infernales. No se la pierdan. La temperatura ideal en el aire acondicionado son veintidós grados. Las nenas en minifalda pasean a todas horas. Incluso las piernas delgadas llaman la atención. Terminé el artículo pero no he recibido noticias de la señorita editora. Es hora de bañarse. El blanco y negro de la tele es verde y negro. Ayer intenté arreglarle los colores, pero el hotel parece haberla arruinado indefinidamente. No creo que deba continuar.

Después de todo es domingo, y nada decente se escribe el domingo.

Basta de llamarme así, versión concierto.

Cuando me toque a mi, lo prometo, voy a subir.

Dos días de filmaciones a las 6 de la mañana. Dos días de desvelos hasta las 2 ó 4. Eso me pasa por solidarizarme con mi hermano. Mañana tengo un vuelo. Es la primera vez que viajaré en Volaris. Ya se me había antojado por sus “bajos costos”, pero no lo había hecho. Será la segunda vez que viaje en avión. Ñummmm. Aún puedo recordar las turbinas de la primera vez. Y como no, si me senté a un lado. Puta madre, qué sueño. Un cigarro y espero se me quite.

Un cigarro y espero se me quite. Repito.

Hoy me dormí en diversos lugares. Dormí en el sillón de la oficina, en un taxi y en alimentación. Cabeceaba. Empezaba a soñar. Alguien me preguntaba algo y despertaba. Mis sueños se confundían con la realidad. El trastorno mental más divertido que he tenido, desde Simón Dor. Si el vuelo me pone nervioso mañana olvidaré los desvelos. Me duelen los pies, caminé mucho. Hoy trabajamos en el bosque de Chapultepec. La americana estaba fascinada: Daba de comer a las ardillas, admiraba las procesiones guadalupanas tardías, preguntaba por el color verde del lago.

La niña llegó dos horas tarde y así nos retrasó el trabajo.

Nunca entendí las intenciones del padre. Nos enteramos tres días antes de la enfermedad de la niña. Tres días antes de trabajar. El padre nunca dio a entender que no quería llevar a su hija. Daba información de casting a vestuario y viceversa. Casting a vestuario. Vestuario a casting. En realidad nos valemos madre. Cada quien su chamba. Vestuario sabía de la niña enfermita desde hacía una semana. Cuando el padre accedió a llevarla, nos tranquilizamos. Dos horas después de su llamado, llega con la niña enferma. La criatura no quiso trabajar. Nadie quiso obligarla. Buscamos rápidamente un reemplazo y afortunadamente, uno muy bueno.

Aún así, la agencia sugirió conseguir el 50% de su pago. Negamos rotundamente. Desde que el padre apagó el celular para que no pudiéramos localizarlo mientras venía a nosotros. Desde que de Aragón, llegó mágicamente a San Lázaro en diez minutos. Que poco profesionalismo. Que poca honestidad. Cuando a la niña se le dijo que se podía ir, se iluminó su rostro y sonrió ampliamente. Ni modo. No se trata de obligarles. Tampoco se trata de mentirnos. Simplemente si no se puede… no se puede.

Es hora de apagar la computadora. Basta de llamarme así. Ya voy a ir.

Soñando contigo, versión acústica.

Acabo de escuchar una versión acústica de “Dreaming of You”, en el radio. Que canción más suave y hermosa. Me acordé cuando estaba enamorado. No necesariamente de aquella. No. Solamente que estaba enamorado. Con Sol, enamorarse es distinto. Es un trabajo de todos los días. Inventar nuevas formas de amarle. Arrancarle sonrisas. Procurar que ella cuide el interés que le tengo. Sentirse enamorado, es distinto al amor. Hoy, en la filmación, Ricardo y yo platicamos un poquito del amor. Nada más un poco. Hablamos de esos momentos románticos y utópicos. “Lo conocí. Lo perdí. Lo encontré. Me enamoré”. Entre hombres, el tema no desarrolla sin alcohol.

Me levanté a las seis de la mañana para la filmación. Sigo en la oficina. La locación fue en el pedregal. Extrañaba sus millonarias casas, su ambiente aparentemente tranquilo, sus calles caóticamente orgánicas. La casa era de un ingeniero mecánico. Admiré su enorme jardín (tenía violetas) y luego entré a la sala. Miré sus libros. Había Coehlo, había Ibargüengoitia, había Freud, había de todo. Intuí que su esposa era psicóloga por las temáticas de los libros. Definitivamente católicos, pero católicos con libros de Jardiel Poncela.

Curioso.

Pensé, por un momento, que sólo tenían los libros para apantallar. Me imaginé en mi vida adulta. No puedo mentir. Me gustaría tener una biblioteca enorme y presumir los trofeos que han pasado por mis ojos. ¿Era Borges quién decía: “que otros hablen de lo que han escrito, que yo hablaré de lo que he leído”? Borges y la desgracia de quedarse ciego. Borges como director de la biblioteca, cuando sólo podía dictarle los poemas a su madre. Borges era “mi rey”.

En la filmación había una niña inquieta. No la culpo. Cuatro años. Ya quería irse a casa. Su festival era en unas horas. No prestaba atención al director porque su padre estaba ahí. Son una enorme distracción los padres, pero son indispensables. Cuando terminó sus primeras tomas, se iba a caminar por el jardín para curiosear las tomas del bebé. Su padre le decía-. Ivana, regresa… deja trabajar al bebé.

-Papá, sólo quiero ver.

-Ivana, ven… -dije en algún momento. La niña no me hizo caso. Primero miró a su padre. Luego me miró de reojo, como si estuviera y no estuviera. Cuando por fin se decidió a hacerme caso, le hice preguntas: ¿Dónde estudias? ¿Cuántos años tienes? ¿Te sabes alguna canción? ¿Me dices tu dirección? A que no me cuentas un cuento. La niña se entretuvo con las preguntas y las respuestas. Eso bastó para controlarla una hora y fracción. Era eso o quedarme dormido. Los niños son un enigma para mi. No es extraño que trate de convivir con ellos.

La americana quedó satisfecha con nuestro trabajo. Un productor nos pidió los datos para hacer otro casting. Nos fue bien.

Fue un día largo y cansado. Ansío llegar a cama y dormir. Falta todavía editar un DVD. Niños que sepan hacer bombas de chicle. A veces me parece increíbles las cosas que buscamos, por lo simples que son y lo mucho que pueden complicarse. Un niño haciendo una bomba de chicle, requiere dos semanas de trabajo. Mientras que niños en todo el mundo, en sus escuelas, se meten los chicles a la boca, hacen las bombas, se las revientan y se ríen, con la cara pegajosa y los pelos rosas. Su madre se encabronará. Su madre les cortará el mechón de cabello y los regañará.

“Hoy no eres mi rey, hijo de perra”.

Nuestra diferencia esencial, je, es que yo nunca tuve que pedirle nada. Solita me las dio.

26

Ya estoy más cerca de los treinta. Se aproxima mi nueva crisis. Ja. Recibí felicitaciones. Muchas más que cuando tenía 21. El celular no paró de sonar todo el día. Hasta me asombré. Me acordé de aquel pastel que me regalaron en la oficina. Ese pastel que significó muchísimo para mí. Hoy me trajeron otro pastel y me acordé. Lo repartí contento y guardé, discretamente, ese pequeño momento de felicidad. Pequeño momento, gran momento, momento discreto que creció del corazón y se extendió por todo mi cuerpo. Así de cursi. No haré una gran lista de felicitaciones como la hizo mi mujer. Me habría gustado hacerla, pero estuve disperso todo el día.

He estado trabajando todo el día, pegado al teléfono. Uno de esos cumpleaños donde no haces algo especial. Sólo recibes mensajes. Hubieron tantos problemas que es un problema enumerarlos todos: Cambiaron unas fechas de filmación, se pasaron de presupuesto, cambiaron otras fechas de filmación, dar llamados, nos entregaron una lista y no la hicimos hasta noche. Oh, además se perdió un director de casting. Vino semidiós a comer unos tacos y tomarse un café conmigo. Una compañía muy agradable. Supo tolerar que estuviera trabajando. Aunque en la tarde me di una pequeña pausa, je.

Hoy se conectó mi madre. Platicamos un rato acerca de mi boda y mis deberes como futuro esposo. Le dije que tenía un viaje el fin de semana y vino el contragolpe: “Este fin de semana lo tenía reservado para ti”. Platicamos otro poquito, me perdí en el trabajo y minimicé su ventana. No sé que momento fue, que la abrí de nuevo. “Te quiero mami”, le dije. Mami. Recordé que cuando era joven, se lo decía a menudo. Te-quie-ro-ma-mi. Es una cosa importante cuando eres pequeño. Me acordé de todos los problemas que tuvimos. De nuestras malas decisiones. Nuestros pequeñas tormentas. “Te quiero mami”.

Me acordé de aquella niñez y me sentí así de nuevo. “Yo también mi rey”. Mi rey. Siempre mi rey. La madre siempre te querrá, aún cuando estés hundido en mierda. La madre. No importa quien seas. No importa si eres un drogadicto, un treintón en crisis, alguien que no aprecie las felicitaciones de cumpleaños, un obrero, un escritor, Fabiruchis o el político corrupto. El primogénito es el rey de una madre. En Río Místico, la película sí, esta ese diálogo que se me quedó grabado: “Hiciste lo que debías de hacer. Le has demostrado a esas niñas, que su padre hará todo para protegerlas. Su padre es el rey”.

Curioso.

Admito que se escapó una lágrima. Sentí que regresamos a la niñez. Te quiero mami. Yo también mi rey. Ese fue mi regalo de cumpleaños. Gracias a todos los que recordaron la fecha. Feliz cumpleaños mi amor. Hoy, después de todo, hubo felicidad.

Lunes, a las 8.05.

Salí a comprar cigarrillos. Y ya no regresé. Miento. Aún estoy aquí. Necesitaba dinero, así que pasé al cajero. Caminé lentamente. Disfruté un poco la noche. Las obras de Xola siguen ahí. Estoy agripándome. Siento el dolor de cabeza y de garganta. Moqueo. Sentí necesidad de ir a casa y dormir. Afuera del cajero había tres policías. Me llamó la atención. Un hombre de traje entró antes que yo. Hice lo mismo.

Adentro una mujer estaba llorando. Un hombre le abrazaba y respondía las preguntas del policía. La habían asaltado.

Saqué mi dinero en el cajero de junto, mientras escuchaba las preguntas y las respuestas. Nada significativo. ¿Usted dónde estaba joven? Esperándola a ella. ¿Cuántos años tiene la señorita? 23 años oficial. El hombre que la amagó… tecleé mal el NIP por estarles escuchando. Me corregí, saqué mi dinero, lo guardé en la cartera y me fui.

El cajero es el Bancomer de Xola y Cuauhtemoc. Reconocido porque sus puertas no funcionan o siempre están abiertas.

Pensé, mientras regresaba, que debía tener más cuidado en mi rutina. No sacar dinero de noche. Pasé a comprarme los cigarrillos y un pay de piña. El frío me hacía moquear. Los lloriqueos de la mujer se perdían con los pasos. Veía las calles, en busca de algún malandro. ¿Sería posible encontrarlo? No. Finalmente, pudo subir al metro para escapar. Quinientos pesos se robó, al parecer. Otras personas más caminando inseguras por la ciudad.

Que pena.

Chiste viejo.

Hay un chiste viejo. No. Hay muchos chistes viejos. Los mismos chistes se cuentan generación a generación. Cambian un poquito los estereotipos. Las regiones y las religiones. Un mexicano, un judío y un menonita paseaban en la Selva Lacandona cuando se encontraron al Rey Mono. El Rey Mono, para no comérselos, les pidió que fueran a buscar algo de comer: frutitas, tacos, lo que fuera. Los chistes a veces no tienen sentido. ¿Qué hacen un menonita y un judío paseando juntos, por la selva? El judío trajo naranjas (en la selva hay. Como no).

—Empínate —le pidió sonriente El Rey Mono.

El judío así lo hizo. Pobre. Más instrucciones del Rey—. Si haces algún sonido, o alguna expresión, te mandaré al asadero.

Una naranja por el recto. Dos naranjas por el recto. Tres. Tres. Tres. El pobre judío hacía unas expresiones de dolor y soltó un pequeño gemido de dolor. El Rey Mono lo mandó al asadero. Una pierna frita para el Rey Mono.

El mexicano ya se sabía el chiste, así que trajo uvas. Cuando se presentó al Rey Mono, le dio sus uvitas y se empinó. Nada de escuchar instrucciones. El macho mexicano todo lo puede.

Una uvita. Dos uvitas. El mexicano empezó a carcajearse. Chiste viejo, les dije. El Rey Mono, poco paciente como era, alzó su machete y le cortó la cabeza al mexicano. Lo aventó al asadero y esperó pacientemente al menonita. Pensaba—. Este cabrón tenía todas las de ganar, ¿por qué le ganó la risa?

El judío y el mexicano se encontraron en el limbo. El mexicano todavía se moría de la risa. El judío, ya picado por la curiosidad, se acercó a él. ¿Por qué, oh por qué, mexicano, te mueres de la risa? —preguntó el judío en hebreo. El mexicano sobándose la panza le respondió—. Porque el menonita traía su morral de quesos y me dijo que eso le daría al Rey Mono.

Pero eso sí. Cuando el menonita llegó al limbo, se puso a vender quesos.

Otro chiste viejo es trabajar en domingo. Hacía mucho que no pasaba. La verdad lo disfruté. Tanto silencio. Tanta calle desierta. Tantas llamadas telefónicas. Yo soy un chiste. En un día cumpliré veintiséis años de antigüedad. Ah, cierto. Recuerdo que compré el Melate. Al rato mataremos la ilusión dominical. Otro chiste repetido. El hombre que se compra sus boletos de lotería, esperando ganar honestamente.

Me dejaron un comentario. Resumiendo: “Creí que eras un buen blog, pero después de leer como hablas de las bloggeras gordas, histéricas, neuróticas y obsesivas, ya no lo creo”. Caray. Estaba molestando nomás. No esperaba herir susceptibilidades. Mi sentido del humor es retorcido a veces. No hagan caso. Les pido una disculpa a las bloggeras bellas y les doy un arrimón. Nomás uno. Porque si no me pega mi bloggera mayor.