Escuché la canción de “Dame un silbidito”. Disney. Pinocho. Eso me llevó a cuando niño, discutí con mi abuela la crueldad en Pinocho. Ella me miraba extraño. Recuerdo su mirada. Una mirada pasiva agresiva. Muchos años me pregunté si ella estaba enojada o no creía en la crueldad de Pinocho. Entonces recordé como discutí con ella. Cuando discutía de niño, lo hacía como mi tío Daniel. Exponía mis puntos de vista. Mis tonos de voz, mis ademanes y la necedad. Eran muy parecidos a los de él. Un niño de nueve años, discutiendo la crueldad pinochil, como si fuera un adulto.
Juntando esos puntos, he descubierto porque la mirada de mi abuela.
Dame un silbidito. Silbaba con la canción. Si Pepito Grillo silbaba, lo hacía yo. Pinocho era mi película preferida y no sólo por el tono de hijo pródigo que tiene el muñeco de madera. Recuerdo las texturas, los colores de la ballena, la animación, los fondos… sobre todo los fondos, bellamente pintados. Me gustaba ver caricaturas porque con ellas quería aprender a pintar. Esa es una pequeña confesión personal.
Recientemente, dicen que descubrieron que el ser humano esta evolucionando 500 veces más rápido. ¿No que ya no? No. Resulta que nuestro contexto actual: El internet, las grandes urbes, las variables económicas. Pero no me hagan mucho caso. Como siempre no recuerdo las fuentes. Las fuentes dicen que seguimos evolucionando. Aquella vez, de niño, robé los gestos de mi tío para discutir con mi abuela. Me miraba como si no me entendiera. No entendía al niño camaleónico.
Esta es la parte donde me pregunto, si continúo siendo un niño. Parece que si tengo que leer libros de autoayuda.
Bueno.







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