Cuervo y Dios.

Cuervo entró a la casa de Dios. Al pasar las enormes puertas doradas, una luz lo envolvió completo y sin querer, se sanaron sus heridas. Su pico se desacható. Sus músculos renovaron su flexibilidad. Sus pulmones procesaron el aire como si fueran nuevos. Incluso, se sintió feliz y olvidó agradecer su vida maltrecha. Cuervo alzó el vuelo, cerró los ojos y sintió un aire bendito moverle las plumas, hermosas plumas negras, que crecieron y forraron su cuerpo. Aquella cola, cuyos niños malditos habían maltratado durante su viaje, creció como la de un pavorreal. Un pensamiento minúsculo, de esos que se instalan en la parte trasera del cerebro, le molestaba—. Debías presentarte humilde ante Dios, pero él te ha quitado la humildad para que no puedas fingir.

Cuando abrió los ojos, estaba en el taller del Creador. Un cuarto café, forrado de libreros y anaqueles que guardaban sus creaciones incompletas. Olía a metal oxidado y aceite. Planos en papel viejo se apilaban sobre los burós y los restiradores, que se multiplicaban en un infinito. Un hombre, sentado en un banquito, de chalequeo de rombos y camisa rayada, le daba la espalda mientras observaba algo atentamente frente a la luz. Hacía tanto que Cuervo no pensaba en Dios. Había olvidado que este era un ingeniero. Cuervo voló lleno de ánimo, hacia a aquel hombre y aterrizó en su hombro para mirar lo que hacía. Había olvidado el propósito.

—¿Qué haces, gran Arquitecto? —preguntó Cuervo.

—Miro la madera —respondió Dios. Unos lentes hacían crecer el tamaño de sus ojos y ridiculizaban su nariz fina. Entre sus manos grandes y regordetas, jugaba un cubo de madera oscura—. ¿La ves? Mira como aún cuando logré el cubo perfecto, estas imperfecciones, pequeños deslices permanecen. Mira estas líneas onduladas que parecen darle textura aún cuando es lisa. ¿Te das cuenta?

—Me doy cuenta, gran Juguetero —respondió Cuervo—, ¿te molesta que sea así?

—No. Sólo que… me sorprende que el detalle es lo que haga este cubo perfecto. Si fuera un cubo de madera completamente liso, creerías sin duda alguna en todos mis poderes… pero si lo mantengo así, entonces dudas de mi perfección. ¿No crees?

—Si tú lo dices, gran Orador. Aunque… para creer por completo en tus poderes, tendría que mirarte hacer el cubo.

—Ahh, pero la fe mi querido Cuervo.

—No soy humano. No me puedes comprar con el discurso de la fe, gran Espantapájaros.

Dios sonrió. Miró a Cuervo, y escondió el cubo entre las manos. Cuervo le miró sonriente y astuto. Dios abrió sus manos y dentro del cubo, había otro cubo de madera que giraba, y dentro de ese cubo, apareció otro cubo más y así, el cubo contenía todos los cubos, hasta que se multiplicaban infinitamente. La madera, todas las maderas del mundo, conservaban esas imperfecciones de colores y líneas onduladas que tanto fascinaban al propio Creador.

—Sin duda, eres el primer Mago.

—¿Verdad? Ahora, mi pequeño Cuervo… debes tener una buena razón para molestarme, si no quieres que te transforme en gaviota o pollo.

—Siempre y cuando no sea paloma, Inventor Astuto.

—La paloma sería un final digno para toda tu especie.

—No quiero finales dignos, venerado Amenazador.

—¿Quieres ir al cielo?

—Hoy no, prepotente Genocida.

Dios y Cuervo permanecieron en silencio. Dios ignoró un rato a Cuervo y abandonó el cubo, en su restirador continuó analizando los planos de una máquina compleja y de aspecto terrible. Cuervo leyó en la esquina superior derecha: “El Último Cañón de la Raza Humana. Tiempo de creación: Tres Siglos”. Explicaciones venían en letras más pequeña: “Este cañón lo construirán a lo largo de tres siglos, haciendo pequeños descubrimientos cada generación. Perfección del uso de la energía hidráulica será descubierto por Greg Polopponos en Julio, 2010. La Fisión metanuclear, será descubierta por José Esquivel en 2022. Aleación de metal indestructible, descubierto por Urien Rankanov entre diciembre del 2032 y marzo 2033. La unión de todas estas piezas, la logrará un gringo por supuesto, en 2042. Su nombre no importa”. El plano contenía los datos necesarios para construir y descubrirlo todo, pero la terminología era incomprensible, a no ser que vivieras en cada uno de esos tiempos. Había más descubrimientos, pequeños inventos que ayudarían a conjugar el todo, a lo largo de todo el plano, pero Cuervo sabía que moriría antes de poder leerlos todos.

—Uno no viene a ti para soluciones mágicas, Aleccionador.

—Así es. Bien que me conoces. Entonces, ¿a qué has venido?

—Necesito una hembra para continuar mi especie, Polvo.

—¿Esa no es una solución mágica?

—No lo es, si prometo con la salud que me has dado, matar a mis hijos. Dártelos en ofrenda, Muñón de Sangre.

—¿Para qué quiero yo a tus hijos?

—Porque ellos no forman parte de tu plan. Aún cuando conoces el tiempo y el espacio, sabes que ellos se están entrometiendo y están retrasando la construcción de tu cañón. Sería más sencillo si me deshago de ellos, Incansable Viajero.

Dios asintió lentamente, miró a Cuervo de reojo y luego miró sus planos. No estaba enojado. Después de todo, Dios no se enoja, simplemente ayuda a construir máquinas destructoras para divertirse un poco cuando los humanos olvidan sus temores o una solución más rápida es inventar alguna nueva enfermedad que altere las estructuras de ADN para infertilizarlos un rato. Era cierto que los monstruos que nacieron de aquel día de orgía propiciada por los cuervos no era algo que había planeado, y esas aberraciones monstruosas estaban quitándole una diversión de centurias. Había uno o dos humanos que habían llegado hasta Él para reclamarle, pero simplemente había respondido (y algo que era irrefutable)—. ¡Ah! ¡Pero si tú sigues con vida! ¡Vete a trabajar la reconstrucción de tu pueblo, chamaco huevón! —Eso envidiaba de los cuervos, que de alguna manera, aún cuando tenían sus ciclos de autodestrucción, iban con él y pedían cosas realistas, como una hembra o una espada mágica, para arreglar sus errores. Lo que le hizo recordar.

—¿Quieres una espada mágica?

—No. No. Sólo un pico dorado, Humilde Herrero.

—Te daré a la hembra si los matas.

—Me parece justo, Juez de Jueces.

—Escúchame bien Cuervo —dijo Dios, sonriendo—. Empezaré a trabajar de nuevo en el cañón. Cambiaré fechas, inventos, descubridores, etcétera. Sabes que si no lo logras, me estarás atrasando más de lo que estoy. No es divertido hacer que las cosas aparezcan mágicamente, pero tampoco es extático cambiar un plan que lleva unos miles de años. Acepto tu oferta y tu oportunidad de redención. Tienes cinco días para hacerlo. Vete de aquí antes que pasen los cinco días sin que te des cuenta.

Cuervo voló del hombro de Dios.

—Amén… gracias, gracias de verdad.

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