Tuviste la razón todo el tiempo.

Desperté en mi cuarto. A mi lado estaba el celular, cuando ayer lo había dejado en mi bolsillo. Revisé las llamadas y los mensajes. No había nada… absolutamente nada. Lo habían borrado todo. La falda y la blusa estaban sobre mi cama. Mi hermano cuando despertó, seguramente las miró y se habrá preguntado en qué rollos estaba metido. ¿No se supone se las había entregado a la dueña? Me ignoró cuando las mencioné. Tal vez no eran de ella. Me levanté en calzones y busqué la mochila para guardarlas. Saqué la libreta, y revisé si había mensajes de mis otros yo. Nada. Tal vez lo de Ileán fue un sueño.

Estaba bonita.

Me bañé, me vestí, revisé la computadora, la misma rutina de las mañanas. Me despedí de mi tío y le pregunté si le hacía falta algo. Nada. No me dijo nada de la hora a la que llegué, ni mencionó la ropa que estaba encima de la cama. Mejor. Si encontraba una solución debía ser yo solo, quería involucrar a las menos personas posibles. Me puse la mochila, los audífonos, salí del edificio y caminé a la salida de la Unidad. Sentí que me tocaron el hombro. Un hombre moreno, de bigote y cigarrillo en la boca me sonrió y me señaló las orejas. Me quité los audífonos. Vestí un traje barato, su camisa tenía manchas de café, y en el bolsillo guardaba una libreta.

—¿Es usted el señor Fest?

—Sí.

—Mucho gusto, Ernesto Sandoval. Hemos hablado un par de veces por teléfono, por la señorita que encontramos muerta… Berenice, Berenice Huerta.

—Ahh, claro, claro. ¿Le hace falta algo?

—La verdad, vine a conocerlo porque… pa’ mí que usted fue el cabrón que la mató —sonrió.

Nunca en la vida me habían acusado de asesinato. Sentí un retortijón en el estómago que se agrandaba y recorría todo mi cuerpo. Sandoval me ofreció un cigarrillo y se lo negué. Saqué los míos y prendí uno. Mal, mal, muchacho. Retar al hombre que te acusa de asesinato no debe ser cosa ligera. Intuía que debía hacer contacto visual. Lo miré a los ojos, fumé un poco y le dije la verdad—. Yo no he matado a nadie y siéndole honesto, no conozco a nadie que lo haya hecho. Tampoco sé quien es la señorita Huerta, como se lo he dicho muchas veces y si necesita pruebas, testigos, y demás, de dónde me encontraba y qué estaba haciendo, le puedo dar una lista de personas y sus teléfonos para qué lo compruebe.

—Está bien, está bien —dijo el detective—, es que yo soy bien necio oiga.

—Voy tarde para el trabajo y… —le señalé la calle—, ya pasaron dos camiones desde que estamos aquí. Para que pase un tercero voy a tener que esperarme media hora.

—Si yo ya me iba, sólo quería conocerlo en persona. Un placer, señor Fest.

Resoplé. Caminé hacia la entrada de la Unidad e iba a ponerme mis audífonos, cuando sentí su mano en mi hombro de nuevo. Lo miré de reojo.

—Perdón, se me pasó preguntarle algo. ¿Conocía a la señorita Ileán Urquiza?

—No. ¿Por qué?

—La hallamos muerta esta mañana. Figúrese. Lo veo después. Trabaje mucho.

Volteé a mirar al detective boquiabierto. Miré como se metía en su topaz y agarraba camino a la calle. Tiré el cigarro, lo pisé, me puse las manos a la cara y balbuceé. Esperaba, esperaba con todo mi corazón, que no viviera un asesino dentro de mi.

Un comentario hasta el momento ↓

#1 Ricardo Árbol el 11.09.07 a las 7:28 pm

Vaya!

como el otro yo de Benedetti, pero menos fresa.

Chido :chido:

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