Ilean.

Al abrir los ojos, a las tres de la mañana, quien sabe donde, había una taza de café caliente frente a mi. Olía bien. La mesa era de madera, sin barnizar, seguramente comprada de segunda mano o cargada por su dueño en todas las mudanzas. Me recordó a la mesa grande de mi abuela. Aquella mesa que se llevó aún cuando la corrieron del departamento. Miré a mi derecha. La cocinita, tal vez algo más allá, un poco de imaginación y tenía una azotehuela. Miré a mi izquierda. Paredes color mostaza, fotografías en blanco y negro, borrosas, urbanas, comunes. Esas fotos que todos los aspirantes a fotógrafos sacan en sus primeras exposiciones, orgullosos e ingenuos, y esperan vender en precios muy humildes. El techo era blanco, sin albur. Las luces empolvadas. Una ventana detrás de mí. No había luces que me dijeran donde estaba, y las estrellas, bueno… Ciudad de México, smog, gracias. Llevaba la chamarra café y forrada, calientita. Recuerdo que había dormido sin playera antes de saber que la traía. Jeans. Ténis. ¿De verdad me atreví a salir tan noche? ¿De verdad no me ganó la hueva? Resoplé. El celular no se equivocaba: Las tres de la mañana.

Una de las cuatro sillas, cargaba orgullosamente en su respaldo la blusa y la falda de hacía unos días. Asentí lentamente. Revisé el celular de nuevo. Un mensaje en las notas: “Te hice café porque sabía que lo apreciarías con este frío. Por favor, habla con ella. Necesita consuelo”.

Habla… con ella. Me olí las manos. No… me ví las manos. Olían como aquella vez. Olían a una mujer de paredes de mostaza y fotografías en blanco y negro. Su sangre estaba entre mis dedos. “Necesita consuelo”. Alcé mi taza de café y me lo tomé lentamente. De verdad hacía frío. De verdad, consuelo… el camino del cempasúchil, guiarla al mundo de los muertos. Un hacha para partirla en cachitos. Seguro el hijo de puta la había matado y el consuelo, era dejarme el trabajo de esconder sus porquerías. Hijo de puta, pensaba, mordiéndome el labio, apretando los dientes, pero sin decir una sola palabra y tomándome el cafecito, creyéndome la gran señora de dignidad y decoro. Dejé que pasara el tiempo, a ver si me daba sueño otra vez. Mi celular no mentía: tres treinta y dos de la mañana. Mi taza de café a tres cuartos. Fue cuando escuché los sollozos y sentí un alivio superficial.

La pared mostaza se partía en un pasillo. Seguramente ahí estarían dos habitaciones y el baño. La cocina, en el pasillo a mi derecha. Practicaba mis dotes de arquitecto mental porque buscaba atrasar lo inevitable. Obvio. Estaba rico el café. Hijo de puta, seguro tiene una casita de café y así mantiene mis ingresos intactos. Me levanté de la mesa y caminé hacia los sollozos, el pasillo del general mostaza. Yey. Paso tras paso, aumentaba el volumen. Una habitación con la puerta entreabierta, un baño, y atrás una minicocina. Seguro no pagaba mucho de renta. Si pagaba más de tres mil pesos le estaban robando. Tenía la taza de café todavía en la mano. Olía rico, sabía rico, sabía metálico, sabía sangre, olía sexo, empujé la puerta.

Una mujer estaba sobre la cama, llorando… y riendo a la vez. Me confundió tanto, pero ya era tarde… cualquiera que fuera el lío, estaba con la mierda en el cuello, y bueno.

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