Está bien, Ileán.

Le quedaban dos sorbos a mi café. Antes de empezar un lastimero diálogo, me senté en la silla roja de la habitación de Ileán. Sabía que se llamaba así porque en las paredes había papelitos deletreando su nombre. También había fotografías de amigos, un gran espejo, un reproductor de cd´s, una laptop, dos burós y una ventana cubierta de cortinas moradas. La habitación estaba pintada de rojo. Había dos opciones, o Ileán tenía un pésimo gusto que llevaba consigo a todas partes, o quería dar a entender que tenía un pésimo gusto y escondía en su alma una artista. Bueno, una sola opción. Copias desperdigadas sobre un love seat y la cama, donde ella continuaba llorando, estaba alborotada. Le quedaba un sorbo a mi café.

—Creí que te habías ido.

—Para nada. Acabo de llegar —respondí un poquitín amargado.

—Es la primera vez que te quedas.

—¿En serio?

—Sí. Y también la primera vez que me respondes sin decirme lo cerda que soy. Si no me gustara tanto.

Ileán, bueno, estaba en ropa interior y dándome la espalda, en posición fetal, mirando hacia la ventana. De no ser por el estado vulnerable en el que se encontraba, tenía una espalda hermosa. Cabello largo y lacio. Piel ligeramente amarilla, ni morena, ni blanca. La luz, pensé, tal vez con el sol la mujer sería completamente blanca, un fantasma. Sería la luz, el rebote, la refracción, las habitaciones rojas, las cortinas púrpuras y los papelitos de colores dictando su nombre. Ella sollozaba menos. Podía ser honesto, o podía jugar a que era otro. Podía intentar una conversación imaginándome como la otra persona, pero no sabía nada del otro yo, así que lo mejor era callarse y esperar a que ella hablara. Ya no le quedaba ningún sorbo a mi café. No más distracciones por la sangre en mis dedos o el olor a sexo. La habitación apestaba igual.

—No eres tú, ¿verdad? Eres el otro de nuevo. Es la segunda vez que me pasa.

—Espera, espera… ¿me conoces?

—¿No? Incluso también me conoces… a fondo, pero eres más tierno, casi como un niño. Aunque… no, hablas distinto. ¿Quién eres?

Dejé mi taza de café en el suelo. Ileán se quedó callada. Podía ver que temblaba, tenía frío. Me froté las manos. En circunstancias mejores, con la mente en blanco, le habría puesto una cobija encima. Me llevé la mano a la boca, ese tipo de gesto que uno hace para supuestamente pensar mejor y recoger las frecuencias del universo para potenciar el cerebro. Sí. Había mensajes. Había… claro, había dos tipos de letra, una que era muy parecida a la mía, y otra que me hacía dudar. Las a’s panzonas, la otra ligeramente cursiva. Aplastar los limones con los niños no es algo que haría un hombre con sangre en las manos. Ileán volteó muy despacio. Ojos grandes. Cejas bien delineadas. Piel limpia. No había sangre.

—¿Hay otro más? ¡Qué delicia!

—Te traje la blusa y la falda —dije con cuidado. Este asunto de las personalidades divididas me estaba asustando, pero quería tenerlo bajo mi control. Primero lloraba y ahora le parecía delicioso. Era lógico que para mí ella era la loca. ¿Qué tantos detalles podría obtener de ella? Mi cabeza empezó a quebrarse.

—Que serio estas —sonrió dulcemente, enarcó levemente las cejas, sus ojos grandes y rojitos por las lágrimas. Ignoró por completo lo de la blusa y la falda—. Muy serio.

—Espera. Mira… yo me llamo Agustín. Creelo o no, este es mi cuerpo y se suponía que sólo era yo en él.

—Nos conocemos desde hace un par de años, Agustín. Para mí, basicamente tu eres el otro… y bueno, si no me equivoco, hay otro aún.

—¿En serio?

—Ajá.

—¿Sabes que estoy comprometido?

—Tu sí, el otro no. Muchas felicidades.

—Ya veo.

—Septiembre del 2003 me llamaste por teléfono diciendo que necesitabas una psicóloga. Estabas bajo mucho estrés. Sé que lo nuestro ya no es muy profesional, pero… es que me fascinó conocerte. Conocer alguien en, bueno, tu estado. Yo acababa de recibirme y eras mi primer cliente. Me gusta mucho recordar.

Le enseñé mis manos de sangre seca.

—Esto de quien es.

Ella se quedó callada, con los ojos alzados, negó lentamente.

—No lo sé. ¿No es tuya? Mía no es. Me gusta que seas violento, pero hoy no me hiciste sangrar.

—Ok, ok —Mi otro yo se divertía demasiado. Jamás había sido violento… creo que no.

Septiembre del 2003, recuerdo que hablé con algunos amigos y les dije que necesitaba ayuda psicológica. No ayuda urgente. Simplemente consuelo, hablar con alguien de mis problemas, que pudiera ayudarme a salir adelante. Es decir, un profesional. Recuerdo que fue una de esas ideas que anoté en alguna lista y jamás llevé acabo. De un día a otro me pareció una estupidez y que la fortaleza venía del caracter, el sufrimiento, la perspectiva, el aprendizaje de la vida sin adornitos. De Guatemala a Guatepeor. Si yo no lo llevé acabo, otra persona sí. Septiembre del 2003… ¿cómo pudo pasar tanto tiempo sin darme cuenta? Tal vez primero eran un par de horas, un par de horas hablando con ella, y luego cogiendo con ella, y luego abusando de ella. Un par de horas durmiendo en la mañana y no faltaba más.

—Voy a mi casa —le dije a Ileán.

—Es mejor que duermas aquí. En serio.

—No, voy a mi casa.

—Hay un sillón aquí —dijo Ileán, se levantó de la cama y tiró las copias al piso. Miré el sillón. Me sentía cansado. Me sentía tan cansado que era posible no pasara nada mientras dormía—. Yo ya no puedo dormir, prometo vigilarte. No hacer nada. De verdad. Estoy adolorida.

Atrapado en dudas y cansancio, decidí quedarme y dormir ahí la noche.

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