Entradas escritas en Noviembre, 2007 ↓

Un gran hombre.

Hace poco, terminé de revisar el segundo capítulo de la Torre y quedé satisfecho. El problema es que agregué cuatro personajes y tal vez deba darles seguimiento a lo largo de la historia. Se que hacer con dos de ellos. Si juntara otros diez personajes más, podría jugar con el mito de los 17 guerreros. No lo voy a esconder. 17 fueron los hijos de Aureliano Buendía. ¿O me equivoco? Fantasía light inspirada en realismo mágico. Espantoso. Sin embargo hay números que permanecen y ni modo. Así pasa. Me agradan los personajes nuevos. No lo suficiente aún, porque no tienen una historia hecha. Uno de ellos me platica en la cabeza. Le respondo en ocasiones. Es posible alargar su historia.

Revisando otros capítulos, sé que los voy a borrar.

Ayer una amiga me envío su poema erótico. Lo critiqué. Ella me dijo: “No sirvo para escribir poesía. Soy una tonta”. Que actitud. Pobres escritores que buscamos la trascendencia. Nadie trasciende si no trabaja duro. Le sugerí que guardara las líneas que más le gustaron y reescribiera. No me hizo caso. Nada más se fue. Me sentí mal. Pude ser menos severo. Nadie puede estar seguro. Probablemente ese poema, pudo ser un ejemplo de nuestra civilización desordenada y ansiosa de trascender. Ese poema, para otros ojos, tal vez era el mejor del universo.

Toledo me dijo que no era un gran escritor. Pero me respetaba. Yo tampoco creo ser un gran escritor. Estoy buscando el gusto a escribir de nuevo. No es fácil. Siento que se rompió un hilo y lo estoy amarrando. Afortunadamente no es mi hilo de plata. Dedicarle tiempo a la Torre de los Sueños ha educado mi paciencia. No es la gran obra. No soy un gran escritor. No importa. Las grandes obras son para los grandes hombres. Hombres de personalidad compleja y opiniones contundentes. No soy un gran hombre. Soy un monstruo que se divierte.

En crítica literaria, hay dos preguntas importantes para abordar un texto: ¿Qué hace? y ¿Cómo lo hace? - Un lector debería hacerse las mismas preguntas. ¿Qué leo? y ¿Cómo lo leo? Muchos saben por qué lo hacen—: Necesito ser más culto, me gustaría divertirme, transportarme a otro mundo. Leer con esos fines distraen de encontrar los mecanismos. Leer y escribir son la misma actividad. Sus procesos mentales estrechamente ligados. Mientras uno escribe un post, por ejemplo, lo revisa y lo lee. Su lectura se ve afectada por su contexto personal. No presta atención a los mecanismos para que otra persona pueda entenderlo.

Pequeños pensamientos. Mejor iré a comprar cigarrillos.

Amor no es.

Raras veces, hay un desbalance en el universo de casting. Dos proyectos, con más o menos el mismo número de personajes. Los dos editores platicamos un poco. “Liberemos espacio en esta máquina”. “Tan pronto salga la cámara”. “Nos tardamos más o menos lo mismo”. Claro. Ayer, dos proyectos. Sin embargo, uno incluía viejitos - bebés - adultos cuarentones y normalones. Ese proyecto, con los personajes extra, lo edité yo. Todo iba bien. Mi café. Luego mi coca. Luego mi café. Mis cigarrillos. Mi nueva laptop con el chat abierto. Mis manos trabajando los archivos convertidos. Mi compañero ocupado en el suyo. Mi compañero hablando en voz alta-. Ven a ver esto gordo.

“Esto”, era una mujer en minifalda. Una que no había editado.

Las piernas largas, el cabello rubio, botones sin abrochar, sonrisa blanca, mirada coquetona. Una modelo como cualquier otra. La vuelta de sus perfiles en cuatro sencillos tiempos: 1. Mi perfil derecho, mi pierna doblada. 2. Mi trasero, moviéndose coquetamente. 3. Medio perfil izquierdo, mi trasero aún se mueve. 4. De frente, olvida mi culo: mis tetas se tambalean. Una sonrisa que sabe lo que hace. Amor no es. Obviamente no. Regresé a mi lugar de trabajo. Corté una bebita cuya baba escapaba de sus labios como un xenomorfo venusino. La beba me hizo sonreír. Olvidé mi pequeña envidia.

Dos minutos más tarde: “Ven a ver esto gordo”.

Moví mi silla de nuevo. Otra modelo, más joven, con menos experiencia. Rostro bonachón, nada sensual, diecinueve años. Alejamiento de la cámara. Nos quedamos en medium shot. “Es la que se puso tetas”. Y sí, se puso tetas. Recordaba a la modelo cuando tenía quince años y la editaba en VHS. Ahora, un hermoso quicktime me enseñaba sus tetas crecidas artificialmente. Obviamente una blusa escotada. “Enséñame tus manos a la altura de tu cara”. Ajá. ¿Saben cuál es el truco de unas tetas artificiales y enseñar las manos a la altura de la cara? Los codos. Al momento de levantar las manos como una criminal, sus codos golpearon contra sus pechos. Corrección. Apretaron sus pechos. El escote lucía cada fotograma que pasaba. Sonreía… sí, sonreía bonachona. Sonreía inocente. “Jiji. Me puse tetas, pero soy una niña. Trátame con cariño”. Regresé a mi lugar. Un viejito dejándose crecer la barba por temporadas navideñas. Empezaba la competencia de los ancianos por ser Santa Claus.

—Adoro esos hotpants —susurró mi compañero a la izquierda.

Me asomé porque debía de hacerlo. Un personaje en mi circunstancia no permite cansancio: Hoy no hay balance y te tocó perder mijo, ni modo. La chavita en cuestión: diecinueve años, clase media alta, cabello castaño claro, ojos verdes, blusa pegadita, abdomen marcado, pants levantaculos y sonrisa: “Jiji. No me he puesto tetas, pero igual me deseas”. Hablará con la papa en la boca, pero… disculpen la vulgaridad mexicana… lámeme la cascarita, o sea ¿no? Hay cosas injustas en el universo. Si, yo editando bebitos viejos y cuarentones. Pero nadie, escúchenme bien, nadie resiste tres arquetipos de lujuria en serie. Ni modo. Esta vez eran todas las de perder.

C’est la vie.

Monstruo.

Iniciar una novela y desarrollarla es lo más sencillo del mundo. Terminarla, caray, terminarla. Luego revisarla. Lo sé porque he iniciado muchas y hasta el momento no las he terminado. Eso no quiere decir que no dejan de molestarme. Es el lenguaje quien me molesta. Mi lugar en la historia. Mi situación en el mundo. A veces pienso que existe un lugar ideal para escribirlas. Un momento. Una silla mágica y un escritorio místico. El asistente ideal. Pienso, iluso, que habrá un espacio en el tiempo donde no me levante de mi silla hasta terminar doscientas páginas más. Eso no existe. ¿O sí?

Estoy escuchando a Pito Pérez, con 5 ó 6. La canción del comercial de Coca Cola. Aquel donde las niñas se rapaban como punketas. ¿Lo recuerdan? Yo sí, porque busqué el casting. Les pagaron bien. No sé si lo suficiente para aguantar las burlas de sus compañeros. Yo sé que no me habría quejado. Una mujer perdiendo su cabello de esa forma, aún en nuestro contexto histórico, es perder un rasgo femenino vital. Desafiar la sociedad machista y mexicana. Una imagen que aprovecharon bien en el comercial. También se lo raparon y pintaron a una viejita. La señora sonrió cuando le preguntaron si aceptaba el presupuesto. —Por supuesto que sí, hagan lo que quieran con mi cabello.

Hay gente que hace desastres con su cabello sin recibir un centavo a cambio.

Mujer de malos sentimientos. Dice la canción. Hoy prometo seguir avanzando mi novela. Aún cuando avanzar signifique mirar las letras una y otra vez. Ayer, no lo niego, pasé un rato considerable buscando los colores que deseaba para TextMate. Patético. “Un escritor debe sentirse agusto en su ambiente de trabajo”. Eso vendrá en algún libro para ilusionar a la gente. Escribir viene de escribir nomás. Asimov, la historia de Azazel y el escritor sin inspiración. Cada vez la recuerdo más. El día de hoy hay mucho escándalo. Siempre hay escándalo en la casa. ¿Escribir en el trabajo? Difícil, muy difícil. Tal vez debería dejarlo así. Admitir que no hay más palabras. Que nunca terminaré las novelas.

No. No puedo.

Soy un monstruo.

Soy necio.

Sorpresa, sorpresa.

Lo peor que puede pasar, cuando vas a comprar una laptop, es perder el cheque camino a tu vendedor. Perdí el cheque. Un momento antes, estaba doblándolo. Dos minutos después, no se encontraba en mi bolsillo trasero. Perdí unos dos o tres años de vida. Cuatro. Recorrí la plaza comercial, mis pasos en rewind, buscándolo. No lo encontré. Mi pendejez se extendía a muchos niveles. Uno: Decirle al vendedor que no tenía el cheque. Dos: Decirle a mi proveedor que había perdido el cheque. Tres: Alguien que lo encontrara por casualidad. Cuatro: Alguien que lo endosara por peculiar. Cinco: Los golpes de mi cabeza contra los vidrios del río místico me dejaban sin neuronas. Hacía mucho que no me pasaba algo tan angustiante. Me acordé cuando tenía diez años y perdí mi primer billete de veinte pesos en un Hermanos Vázquez. El dinero esta vez, por supuesto, eran más que veinte pesos. El sentimiento era el mismo.

Un cheque nuevo, trámites burocráticos, menos dinero en el celular, el enojo divinal de mi proveedor y una embarazada más tarde, conseguí mi laptop. No puedo creer lo cansado que estoy. Pensaba estrenar mi nuevo armatoste con el casting de dos luchadoras. Al decir luchadoras, no estoy adjetivizando a la mujer. Luchadoras. De verdad. Máscara, cabellera y nombres especiales en el ring. Vamos a ver si es cierto que como hablas, trujes chencha. Valió la pena la espera y el sufrimiento. No la abrí hasta que todo estuviera solucionado. ¿Saben lo que es tener juguete nuevo y no abrirlo? Hasta ahorita me siento tranquilo.

¿Mi laptop? Una Mac. El juguete perfecto para chatear. No la quiero para otra cosa. ¿Edición de video? Nah. ¿Diseño? Sí, los diseños del adium son muy bonitos. También la quiero para navegar en internet. No para otra cosa. (Miento). Si todo sale bien, esta será mi compañera de aventuras. Quemar porno en el iDVD. Qué sofisticado. iTunes en su ambiente natural. ¿Qué más se puede pedir? Acostumbrarse a utilizar OpenOffice para las acciones oficinales. TextMate para escribir la gran novela mexicana. Conexión wifi estable. Una computadora vistosa. He pasado toda la tarde configurando las herramientas, instalando otras, y probando unas más. ¿Sabían que el monitor regula la luz, según la iluminación de la habitación? Cuanta jotería. Cuanta belleza puede caber en un aparato como estos.

Le pregunté a una de las maqueras que conozco que herramientas había. También consulté con los maqueros que había en la oficina. En la oficina hay una especie de culto por la marca. Puedo comprenderlo, después de trabajar con una durante varios meses. La primera foto que recibí —increíble, lo sé— fueron unos senos agradables, carnosos, de pezones oscuros. Mi primer video de Youtube, fue el de los gatos y el masking tape.

Ejercicio Número Uno: ¡Zombis!

George A. Romero lo inició todo con su legendaria Noche de los Muertos Vivientes de 1968. Por alguna extraña razón, los recientemente muertos vuelven a la vida y se alimentan de la carne de los vivos. Aquellos que no son consumidos en su totalidad, son infectados con el virus y se suman a las filas de los muertos vivientes a las pocas horas. La única manera de destruir a los cuerpos reanimados es destruir el cerebro o separar el cuerpo de la cabeza. Estás películas se convierten, también, en una metáfora del consumismo salvaje en nuestro planeta, de una especie que, después de consumir en su totalidad los recursos naturales, termina por consumirse a si misma. Después del éxito de la película original, siguieron 3 secuelas y varios remakes, videojuegos y comics basados en su trabajo.

El ejercicio de esta semana consiste en escribir una historia de máximo, 300 palabras que se desarrolle en un universo en donde los muertos han vuelto a la vida por algun extraño motivo.

Tienen hasta las 23:59 horas del Jueves 22 de Noviembre para entregar sus textos. Como siempre, serán publicados a partir de las cero horas del Viernes veintitrés. Saludos a todos y suerte.


Mi ejercicio se llama: “Una vieja canción”.

Los ejercicios que llamaron mi atención esta vez, fueron:

Relectura.

Hoy me di un tiempo para abrir las historias pendientes. Las releí. Me sentí listo por algunas cosas. Me sentí estúpido por otras. El camino del escritor es largo y tedioso. Redescubrimiento constante. Recordar tiempos mejores. Detectar como escribí eso, como escribí aquello. Sopesar si puedo repetirlo. No solo repetirlo, también mejorarlo. Mi gigante el día de hoy es “La Torre de los Sueños”. Abro el texto, recorro su cantidad de letras, comparo lo nuevo y lo viejo. Pero nunca está terminado. No encuentro el valor para escribirla un día completo. Hay muchas situaciones incompletas y personajes sin pulir. La pantalla azul brilla contra el monitor, el editor de texto despliega todas las palabras, mi cabeza recorre laberintos. Lo que escribo se asocia con las etapas que vivo. Estaba deshecho cuando escribí la torre de los sueños e inventé un mundo donde estar.

Un mundo cruel, por cierto, donde todos acabaron mal. Tengo la oportunidad de arreglarlo, o de hacerlos sufrir más. Domenique merece algo mejor.

También releí la búsqueda de Bob. Si el tiempo en aquella historia transcurriera como la vida real, mi alma habría perdido la apuesta. Sin embargo, ese mundo, como tantos otros, se encuentra estático. Cerrado en una esfera de cristal. Releo, abro el editor de texto, agrego palabras, las borro. Debo trabajar mucho. Necesito disciplina y silencio. Mis pensamientos no se desvían de Carlos Almaguer, y su inminente muerte. Tampoco se desvían del otro imbécil —el escritor patético—, de Eva, de Azul. ¿Cómo tengo tanta energía para empezar las historias, y nunca me sobra para terminarlas? Es un misterio que aún no comprendo. También me consume el tiempo. Son tantas las noches en que las historias vuelan como murciélagos, y chocan contra las ventanas.

Recuerdo cuando escribir me divertía muchísimo. Falta una motivación, un lugar, un talismán, una señal. Pequeña superstición mía. Escribir no sólo depende de disciplinas, sino del espíritu de su creador. De ahora en adelante, me recordaré a través del blog de todos mis pendientes. Probablemente eso me obligue a terminarlos de una vez por todas. Una adivina me dijo que habría de morir si terminaba todos los cuentos. Haré trampa. Empezaré una novela más cuando esté acabando las otras. Dejaré el párrafo abierto. Un párrafo que hable del infinito. Un párrafo que termine en tres puntos…

Pensaba en mí. Que al despertar siempre me gusta caminar hacia una luz.