Cuervo y Paciencia.

El cuervo caminó durante mucho tiempo para llegar a la casa de Dios. No fue nada fácil en su estado, sus patas le dolían, su pico achatado le molestaba y le impedía ver el camino adelante, sus alas rotas tenían el impulso natural de alzar el vuelo y cada vez que se levantaban un dolor agudo le molestaba todo el cuerpo, los fantasmas de sus hermanos estaban atados a su cola desplumada y sentía gran remordimiento. Sus hijos, los monstruos naturales, de vez en cuando pasaban a mofarse de él. También se rieron de él los espantapájaros del mundo y las palomas. Años después de caminar así por el mundo, se dijo que ese era su calvario y debía continuar el camino del sacrificio. El cuervo, un poco enloquecido, murmuraba “Gracias, gracias”, si encontraba comida o alguien le perseguía. Incluso agradecía las risas crueles, las pedradas, que le picaran con el pico de un palo, que viejitas en el parque le aventaran maíz y luego se dieran cuenta de su color negro y lo asociaran con el diablo.

De vez en vez, recogía un periódico y lo leía—. El jabalí de fuego destruyó una cuarta parte de la Ciudad de Tokyo, las naciones del mundo están al pendientes del avance de los cinco monstruos. O leía—. La madre vacía ha matado a ciento veintisiete personas arrancándoles el corazón del pecho. Ayer le atacó un tanque y no dio resultado. Estamos perdidos.

Lo que le agradaba de los humanos es que no tenían idea de los culpables (los cuervos), y aún cuando tuvieran idea, la única venganza que podrían tener, sería matarlo a él. Cuervo último de su especie. Aún si lo intentaban matar, no podrían hacerlo porque la Muerte andaba de necia y quería divertirse un rato—. Ya te dije que no te llevo —dijo carcajeándose, mientras el pobre cuervo se levantaba después que un tren lo atropellara, lo arrastrara y después lo aventara muchos kilómetros por la vereda. El cuervo se levantó aquella vez resignado, las costillas algo quebradas y sangre goteando por el pico—. Gracias eh, muchas gracias… hijo de la malparida —y agarró camino. El mismo camino de muchos años.

Llegó a la casa de Dios, después de siete años de caminar. Uno de sus asistentes le abrió la puerta y solamente con un gesto, sin dirigirle palabra alguna, lo llevó a la sala de espera. No había nadie en ella, desierta y amarilla, como si estuviera en un hospital. Miró al asistente y le pareció un hombre amable, de cachetes rechonchos y ojos pequeños. El cuervo haciendo uso de sus pocas fuerzas, dio un salto y se acomodó en una de las sillas. El asistente le trajo una almohada, se la acomodó en la espalda, le sonrió brevemente y se dirigió a uno de los tantos pasillos y puertas.

—Hey, hey… —dijo el cuervo—. ¿A qué hora me recibe el Sacrosanto Padre de Este Lugar?

—No lo sé. Hay una persona hablando con él. Llevan siete años discutiendo.

El cuervo asintió lentamente y nomás por el lujo de abrir la boca preguntó—. ¿Y crees que tarden mucho más?

El asistente se encogió de hombros. Sonrió, su nariz roja y redonda enrojeció un poco—. ¿Deseas que cure tus heridas?

—No. Si me presento así es mejor.

—Como gustes. Tengo otras cosas que hacer. Si necesitas algo, grazna fuerte.

—Eso haré. Gracias, eres muy amable… muchas gracias.

El asistente desapareció por uno de los pasillos y cuervo silbó una melodia vieja. Justo después, unas bocinas en las esquinas empezaron a cantar—. “Está en ti… siéntelo”, el cuervo abrió el pico y después se calló. Debía portarse humilde si deseaba una solución a sus problemas. Una pequeña cámara de seguridad, en el centro del techo, parecía seguir sus movimientos. El cuervo movió su pico a la derecha y después a la izquierda, y al escuchar el pequeño motor y ver las luces del aparato, confirmó lo que sospechaba. El asistente estaba más atento a él de la amabilidad que presentaba. Miró los asientos a su lado y vio que tenían un poco de polvo. Hacía mucho que nadie visitaba a Dios. Al parecer, todos le rezaban pero nadie iba a verle. —Con la música que pone, puedo entenderlo perfectamente —murmuró el cuervo, luego miró a la cámara e hizo una burla de la sonrisa amable del asistente.

Alguien le subió el volumen a la música. “Está en ti… siéntelo”.

Cuervo suspiró y cerró sus ojos negros. Pensó en sus hermanos y como los mató aquella noche por sus ansias de vivir. Sus hermanos jugando a los dados, sus hermanos recitando poesía y fumando, sus hermanos que decían: lo mejor es morir esta noche haciendo lo que más nos gusta. Atravesó sus pechos con su pico, les arrancó los ojos con las patas, les golpeó con las alas y ellos solamente reían alrededor de la cueva, reían y cuando mataba a uno, otro se le ponía enfrente para que también le matara. Cuervo abrió sus ojos. Pasó un año con ese sueño en su memoria. La misma canción sonaba en el pasillo. Polvo descansaba sobre sus alas. Las costillas y las alas habían sanado un poco, pero mal… jamás volvería a volar, jamás respiraría como antes, jamás… jamás… miró a su lado y un viejo enjuto, bien afeitado, de ojos claros y traje de cuadros esperaba junto a él.

—¿Vienes a hablar con Dios? —preguntó cuervo, mientras se acomodaba las alas sobre la panza como una señora gorda. El viejo volteó a mirarle, asintió con una sonrisa amable como la del asistente.

—Me han dicho que esta hablando con alguien más desde hace ocho años —dijo el viejo—. Llegué aquí por error, pero me gustaría hablar con él también.

Cuervo asintió—. Son pocos los humanos que llegan a este lugar.

—¿De verdad? Cuando regrese a casa le platicaré a todos mis hermanos para que escuchen sus rezos.

—No creo que jamás regreses a casa. Una vez que llegas aquí, a no ser que Él lo quiera, no hay retorno.

—Oh… había aquí un muchacho muy amable, ¿tú crees que él me enseñe el camino de vuelta?

—No. El muchacho no regresará.

—Pareces conocer más de Dios que yo.

—Sí, porque los cuervos también somos Dios.

—Hablando de cuervos, hace mucho que no veo alguno volando por los cielos.

—Es porque yo los maté a todos. Sí. Gracias… gracias, me dieron las gracias, y los maté.

El viejo guardó silencio un tanto nervioso. Ya no estaba tan sonriente. Cuervo miró a la cámara y sonrió una vez más. Cerró los ojos e imaginó que la cámara era un agujero negro, y en él, las sillas, el pasillo, las bocinas, “esta en ti siéntelo”, el viejo y su traje de cuadros, el asistente y sus rechonchos cachetes, sus alas y su pico achatado, se estiraban y se los tragaba, incluso la muerte y la chamarra negra, se los llevaba a un vacío donde no existiría nada y cualquier cosa con importancia se vería reducida a polvo de estrellas, a polvo de mierda, simplemente a polvo. Cuervo se reía porque sentía como se le estiraban los huesos, como se le deformaba grotescamente la mueca, y le parecía tan gracioso. Le parecía la oportunidad de regresar a la juventud. El comienzo perfecto, uno donde todo empezar a oscuras de nuevo, y los inventarán otra vez como lo más bello, y renegarán de ellos como lo más horrible. Un año después abrió los ojos.

Volteó a su derecha y el viejo que esperaba junto a él, era un esqueleto.

—Nadie tiene la paciencia para esperarlo —dijo cuervo al esqueleto y luego señaló la bocina—. Te comprendo, mejor que escuchar eso.

—Señor Cuervo —dijo el asistente, asomándose por uno de los pasillos. Cuervo, gordo y con las alas chuecas, saltó de su asiento—. Dios le espera.

—Lo sé. Muchas gracias, ¿eh? —siguió al asistente por el pasillo donde se había asomado. Caminaba hacia él un hombre viejo pero mucho más desaliñado, con una boina en la cabeza apenas tapándole el cabello largo y graso, y un cigarrillo en los labios, pasó junto a él sin siquiera mirarlo. El cuervo lo reconoció. “Con razón tardó tanto”, pensó. Volteó para mirar como el hombre se perdía de vista y después, casi sin darse cuenta, chocó frente a la puerta que le esperaba. Una puerta dorada y enorme, que hacía ver la sonrisa del asistente como la burla que en realidad era.

—Por favor, señor Cuervo. Le están esperando.

—Sí, sí. Gracias de nuevo. Al rato te veo —dijo Cuervo, empujó la puerta y una sonrisa enorme, y ojos pequeños, lo miraron adentrarse a lo desconocido.

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