Entradas escritas en Agosto, 2007 ↓

La adicción al azar.

Nuestra sociedad, adicta al dinero y al azar, los junta perfectamente en algo llamado: “Lotería”, cuyas variantes pueden ser “Melate”, “Progol”, “Multijuegos”, “Yak” o “Esmas móvil”. Tan sólo necesitas unos pesos adicionales o una personalidad muy osada, y ya estarás formadito para comprar tu boletito diario a ver si ganas mijo. O si no es diario, semanal. Y sí no es semanal, será quincenal o mensual. Lo importante es que una vez que empiezas a jugar, aunque sabes que no merma en tu economía, el dinero de tres cajetillas de cigarros o diez cajetillas, es depositado a las manos del azar y la buena fé. Esperemos que con el jueguito me haga millonario. Esperemos.

A mí me pasa. Últimamente, después del fabuloso premio de 500 millones de pesos acumulados en el Melate, empecé a jugarlo. Tres combinaciones de seis números, más la opción por jugar el “Revancha”. A quince pesitos la combinación, más cinco del revancha, y ahí se van dos cajetillas de cigarros, una coca y más cigarros todavía. En la primera combinación de números, suelo escoger los cabalísticos, los números que me han acompañado toda la vida… y en las otras dos combinaciones, suelo escogerlos al azar (aunque ni tanto, por lo general acabo con los mismos).

Tengo tan buena suerte, que he ganado el Melate tres veces. La primera gané 20 pesos, en la segunda y tercera diez pesos. Si continúo así, los boletitos siempre me saldrán en treinta pesos.

Lo mejor es que mi personalidad adictiva, ha descubierto otra especie de juegos. Mientras miraba el televisor, una rubia fea dijo algo de mandar un mensaje a cierto número con cierta palabra y con ello participabas automáticamente en el concurso diario por treinta mil pesotes. ¿De verdad? ¿Así de fácil? A diez pesitos el mensajito, saqué el teléfono, como bólido hice le mensaje y lo envié. Así de fácil. Ya había perdido diez pesos tan rápido y ya estaba soñando la posibilidad de ganar unos treinta.

Porque de eso trata el negocio de los juegos… soñar.

El mensaje enviado, subía las escaleras cuando el celular vibró en mi bolsillo. Un nuevo mensaje. Lo leí lentamente y este me decía que ya tenía diez boletos acumulados para el premio. Si deseaba ganar cincuenta boletos extra, debía responder la siguiente pregunta: Qué Ciudad tiene la mayor cantidad de población. Parpadeé dos veces. La pregunta estaba diseñada para hacerte sentir como un idiota si no la respondías. Me preguntaba si tendría la fuerza para no responderla y continuar con mi vida. Subí las escaleras, me senté en la computadora, saqué el celular y respondí, como quien responde la hora.

Habiendo mandado el mensaje, me felicitaron de nuevo y me pareció tan agradable el mensaje siguiente que también lo respondí: “Es momento de conocernos mejor. Por favor manda tu nombre, seguido de una h si eres hombre, o una m si eres mujer. ¡Gana la posibilidad de acumular otros 30 boletos extra!”. Gana… Gana… Gana… umm… Ok… Agustin H. Mucho gusto. Simón. En tan sólo diez minutos, había perdido alrededor de cuarenta o cincuenta pesos de saldo en mi malaventurada curiosidad.

Esta noche, no más mensajes para el señor, hasta que sepa controlarse.

Sueños de un Erotómano.

Pensaba yo, antes de quedarme jetón leyendo a Octavio Paz, cuánto lo despreciaba por ningún motivo en particular. Un desprecio adolescentil y falto de motivos. Ese tipo de odio que le profesas a lo desconocido por ser, precisamente, desconocido. Pasaba las páginas, leyendo acerca de la vida y la muerte, y como el amor es el puente entre ambos, con los párpados un poco pesados, permitiendo que la lectura fuera entendible gracias a una especie de inconsciencia y que de alguna manera se me quedara grabado o que despertara ante algo conmovedor. Simplemente leía, nada más.

Alcé la mirada y miré por la ventana. No había nada allá fuera, más que el recuerdo de unas letras desapareciendo por la retina y un cielo nublado amenazando con llover. Una de las grandes ventajas de tener un blog como el mío, es que nunca se sabe si lo que estoy diciendo es verdad o mentira. El lector, independientemente de mi vida, decide lo que cree y lo que no. Por eso no me preocupo en ventilar verdades. La gente es muy incrédula y yo demasiado desfachatado. Tampoco por eso tengo miedo de soñar, porque mis sueños son verdad dentro del sueño y nada más. La invención de universos banales al por mayor. Sueños narcisistas que adquieren una vida a través de los procesos mentales del escritor y su amante lector. Porque nos queremos y nos adoramos, ¿a poco no?

Leía Octavio Paz y algo decía de la vida y la muerte, y el amor como el nexo entre las dos actitudes. Y que la resurrección es el asesinato de la muerte, cuando la vida es caminar a ella, y cosas así muy interesantes, cuando por algún motivo, tal vez el rescate del ocio literato a un ocio mejor, pensé en una mujer de minifalda beige y medias blancas. Cerré mi lectura y mejor me puse a pensar en ello. ¿Qué tan agradable sería una mujer de minifalda beige, blusa blanca, medias blancas y ropa interior transparente?

Pensaba, bueno, que lo mejor sería llegar a casa y que ella me cocinara. Atento como soy, ofrecería ayudarle en la cocina pero ella me diría: Por favor, permíteme hacerlo. ¿Quíhubo?, Por supuesto que sí mi reina, muñeca preciosa, piernas de marfil, tú en lo tuyo. Miraría el pliegue de sus pies, empezando desde los tacones, recorriendo la blancura de sus piernas escapando por las medias, hasta las nalgas coquetas y redondeadas que se asomarían al borde donde empieza la falda. Prendería un cigarro, como en las pinturas de aquel tipo cuyo nombre he olvidado: El punto de vista de un hombre, cualquiera, con el cigarro prendido, mirando una modelo pinup y me sentiría un poco idiota por perder mi tiempo con Octavio Paz teniendo semejante pastel frente a mis ojos. El inicio de una novela noir.

La mujer continuaría cocinando. Pollo, pimiento, papas fritas, cebolla, lo que quiera poner en el sartén mientras yo miro. Fumando lentamente continúo mi festín visual. No debiera haber nada mejor en el mundo que eso y si lo hubiera, jamás lo sabría. El olor de la comida se confundiría con el olor a sexo, y en la mesa, los dos placeres confabularían para confundir al perro. Mientras como, sentadito, como niño bueno, el plato en la mesa, miraría a la mujer aburrida leyendo. Ella no leería a Octavio Paz. Sería sensata y pensaría: Sólo hombres aburridos hacen eso. Hombres como yo, que tienen los sueños de un pornógrafo, o un erotómano. Un sátiro de símbolos, sueños y signos. Comería despacio, digiriendo mis pensamientos, olvidando la erección, porque comer y coger a la vez sólo es para puercos que se controlan poco, que no soportan el control de sus impulsos. Insisto en no perder la compostura.

Después de comer, la obligaría a leer uno de mis cuentos, simplemente para saber si su voz me es tan agradable como su silueta y como su disposición a la cocina. Las feministas del mundo despreciándome un tanto y probablemente les daría la razón. Haciendo a un lado la silla del jefe de familia, del proveedor, del cerebrito y macho alfa, le pediría que se pusiera de pie y se colocara ahí. Le pondría uno de mis textos sobre la mesa y le susurraría: Lee. Ella leería, mientras le indico a sus codos que se queden firmemente sobre la mesa junto con las palmas de sus manos, como si fuese parte de la estructura de madera. Si eso no es un paraíso de amor, encarnado en un momento y en el mejor de los sueños, dónde un puede identificar que la muerte se acerca y lo mejor que se puede hacer es leer y coger, entonces… ¿Qué?

Recorrería sus piernas con las manos, hasta llegar a sus muslos, mientras ella continúa leyendo. En una especie de sadismo y remembranza a una vida inquisitorial, le esposaría los tobillos para que no los pudiera separar más y tuviera las piernas bien unidas. Después, insistiría en explicarle que la posición de sus manos sobre la mesa es vital para una buena lectura y la buena educación, los modales y toda esa piltrafa. Bien quietecitas las manos, con otro par de esposas místicas. Así derechita me gusta que leas. Desabrocharía el brasier bajo su blusa, le bajaría los calzones a los muslos, y después, me recargaría a escuchar.

Cuando ella terminara de leer mi texto, despedazarlo con su voz y hacerme sentir niño de nuevo, por escribir tan mal, alzaría su blusa para que se mirara su espalda, colocaría un libro sobre ella y leería lo siguiente: “El amor, la alegría del amor, es una revelación del ser. Como todo movimiento del hombre, el amor es un «ir al encuentro». En la espera todo nuestro ser se inclina hacia adelante”, y empujaría maliciosamente con el pubis, “Es un anhelar, un tenderse hacia algo que aún no está presente y que es una posibilidad que puede no producirse: la aparición de la mujer. La espera nos tiene en vilo, es decir, suspendidos, fuera de nosotros.”

Seguiría leyendo, hasta entrada la noche. Podría parecer aburrido, pero el cuarto se inunda con el olor que emana entre sus piernas y confunde, exhalta, emociona. Con una mano pasaría las páginas sobre su espalda, con otra acariciaría debajo de su falda. Un buen apretón de nalgas en cada punto, o coma, o exclamación. Ahhh, pero qué delicia para un hombre aburrido, al punto del sueño profundo dejar el sueño despierto… dejarlo acabar en tres puntos suspensivos, como un final abierto, los sueños de un erotómano…

Mil Historias.

La lectura de Octavio Paz es un refugio, y me extraña, porque no me encanta lo que he leído de sus ensayos. Siento que desprecia la prosa, siento que poetiza su prosa para no aprisionar las palabras y para regresarlas al orígen y darles su verdadero significado. ¿Cómo puede un hombre, que parece despreciar la prosa, escribirla? ¿O será que mi lectura es así? No lo sé, hasta no terminarlo descubriré toda la verdad, ja. Me confunde, y me agrada, tanta referencia al Tao para referirse a la poesía, a los símbolos, a la lengua, a la verdad. La verdad parece lo más importante estos días. La verdad, me parece sinónimo de encontrar el propósito, andar el camino que se supone es nuestro. Tú eres Tao, yo soy Tao, la mierda es Tao, la Coca Cola es Tao, el cielo es el Tao, y el Tao es el verdadero Tao. C’est la vie.

Continúo escribiendo una larga historia, una historia carente de final y de propósito. Malo. Porque una historia es un momento contenido dentro de sí mismo. En teoría, todo se tiene que resolver en el cuento y no dejar al lector la insatisfacción que viene con el final abierto. ¿Qué pasa si decido no darle final? Llegará un momento en que los caminos me confundan, pero también pienso divertido, que llegará un momento dónde simplemente continúe escribiendo los caminos como si fueran una historia completamente nueva. Me he sorprendido pensando—. ¿Qué tal si son universos paralelos y llega un punto dónde el personaje puede ver otros, pueda transformarse en otros? Lo dicho: Cien vidas de nuevo, Historias de Jaramillo de nuevo. Revisé mis estructuras y pensé: ¿Por qué quiero contener las mil historias y dejo que sigan su propio curso? Lo único que he respetado son los tres párrafos por cada segmento. No más, no menos. Tal vez una línea para introducir lo que sigue.

No he querido liberar la historia y decirles dónde esta escribiéndose porque no he terminado ningún camino. No siento que esté presentable. El propósito es terminar al menos de dos a cuatro y luego avisar donde esta. Me gustaría que nunca terminara, me gustaría escribirla hasta la muerte. Sueños ridículos que tiene un escritor. Igual tengo mucho trabajo esta semana y lo agradezco, me permitirá tener la mente ocupada. Entre más cosas tenga, más pienso, más escribo, más me siento vivo.

Urgencia.

Tengo hambre por escribir una larga historia. Desde que me conozco tengo ese gusanito. No importa que sea “La Obra”, no importa que entre dentro de algún canon literario o que cumpla los requisitos de una novela pulp. Tampoco debe importar si hace reír, si provoca catársis o si cambia la perspectiva del lector. O si no cumple los requisitos de mis escritores ejemplares, como Raymond Carver, como Michael Ende o como José Agustín. Una historia que abarque todas las posibilidades para un sólo ser humano. Por eso empecé historias como El Cien Vidas, o como el Cuenta Cuentos de Jaramillo, porque son ese rezago que traigo atrás, ese sueño infantil que desde años he venido preparando. Tal vez, si empiezo una larga historia… esta vez si pueda darle final, pero es que los finales son tristes, tal vez desoladores, soy un lector necio que no desea terminar el libro que empieza. ¿Por qué un sólo final cuando se pueden escribir todos los finales? ¿Por qué insistir en qué una historia debe ser líneal, cuando puedes tratar de escribir todas las palabras, todas las escenas, todos los fuegos?

Ayer, mientras no podía dormir, anoté como quiero estructurar la historia. También anoté que tipo de lenguaje deseo utilizar para ella. Finalmente, anoté hasta catorce finales posibles para cada sexo. ¿Un sólo hombre podría escribir una historia así? Por eso la ficción colaborativa en línea es tan popular. Lástima que no haya recursos en español. Siquiera en España, porque ni en Latinoamérica. La gente tiene miedo de escribir en español. Octavio Paz dice que en México somos buenos cantantes, pero malos escritores. ¿Es cierto que sólo algunos cuantos pueden escribir sin caer en lugares comunes? ¿Sin utilizar líneas de canciones para desarrollar sus historias? ¿Sin hacer recurso de poesía fácil y verso libre para estructurar sus ideas? En México debería haber gente escribiendo, todo lo posible por escribir. México debería contar su historia de todas las maneras posibles. Huir del miedo a las críticas, huir del miedo al reflejo, todos deberíamos tomar una pluma y un cuadernillo y escribir líneas. Esas líneas multiplicarán otras líneas. Enseñar estas líneas a nuestros amigos para que ellos piensen en más líneas. Escribir en los bares, en el metro, en los parques y los camiones. Escribir y compartir. Líneas que cubran callejones, calles y anuncios publicitarios. Una orgía de letras.

Escribir reproduce el conocimiento y lo libera. Lo desafía. Provoca la imaginación, impone nuevos retos. Escribir y leer son lo mismo. Sirven a la función de entretener, divertir, aprender e imaginar. Tal vez ese es mi problema: quiero escribir una larga historia, por eso leo largos libros. No importa que sean buenos, o malos, o que sus recursos literarios sean potentes o imbéciles. Son letras apiladas una sobre la otra. Son imágenes que se construyen a lo largo de voz, ritmo y paciencia. Escribir es leer, no pueden vivir separados. Mientras uno escribe se lee. Uno lee para aprender a escribir mejor. Se crea mientras se escribe. Se destruye la historia cuando termina de leerse. ¿Hay algo como una historia indestructible? Las sobras se asimilan a través del espíritu. Ancianos recordaremos los cuentos leídos y los modificaremos para contárselos a nuestros nietos. Pasan cosas, nadie esta seguro, pocos se dan cuenta, pero pasan cosas. Puedes llorar, o tirar el libro a la basura, o usarlo para balancear la mesa o detener la puerta.

La nueva libertad.

Desde hace unos días murió mi computadora. Entonces todo lo he tenido que hacer en varias máquinas. Algunas veces utilizo la mac de la oficina para escribir un poco, algunas veces utilizo mi pocket pc, o si la cargo conmigo, la moleskine para hacer anotaciones breves (Líneas de dudosa utilidad). Me ha parecido un periodo muy extraño el buscar alternativas para desconectarme y reconectarme a la red. Es interesante como la vida cibernética se ha traslapado a mi propia vida. Estoy tan acostumbrado a tener una computadora propia, que se me hace raro no tener una en casa para ayudarme en mis tareas. Extraño mi computadora. Sniff.

Sin embargo, mi tío me ha prestado una más pequeña en lo que destripan la mía (y la componen, espero… de verdad) para poder hacer cosas muy básicas, como chatear (a huevo), escuchar música, leer correos. Lo que hace un usuario común. Una pentium 4 a 1.8, con 500 megas de memoria y Windows XP. Además de la madreada instalación, pues de por sí es lenta. Así que se me ocurrió bajar Wubi, una instalación de Ubuntu para Windows a la que le había echado el ojo hacía un rato. Así empezó mi búsqueda por tener un entorno más estable, más rápido y más bonito.

La Pentium 4, este pequeño vejestorio, me rinde a ojo de buen cubero, un 300% más rápido que si estuviera utilizando windows xp.

Hace unos años, tener uno de estos entornos era dudoso por la falta de herramientas y por la interfaz poco amigable de linux. Los que se acuerden de como usaron la terminal por primera vez estarán de acuerdo conmigo (Reboot). De chamaco habré jugado un mes con linux. Tan sólo de acordarme como debían montarse los discos, como debía navegarse y cómo editar un simple texto con el vii, me provocaba inseguridad. Sin embargo, cada que me topaba con los avances en los entornos de escritorio y el soporte de comunidad, pues me picó la curiosidad. Además, la aparición de Open Office y el esfuerzo de Mozilla por ofrecer sus programas para todas las plataformas, me hizo pensar que al menos lo básico lo tendría.

Y obtuve más que lo básico.

Puedo escuchar música sin problemas. Tuve que bajar algunas librerías para escuchar MP3, pero el buscador de aplicaciones lo hizo rápido y sin dolor. También puedo conectarme al messenger con una aplicación llamada Kopete y puedo navegar normalmente con Firefox. Igual, con la búsqueda de aplicaciones, costó nada bajar un programa ftp para el mantenimiento del sitio, los codecs para ver películas divx, conexión a IRC, messenger, un lector de comics, programas para manipulación básica y avanzada de imágenes e incluso, un programita para aprender y repasar latín (porque el mío esta un poco oxidado, cof cof). Estoy tan animado con este sistema operativo, que ya estoy pensando utilizarlo como el sistema base cuando me regresen mi computadora. Aún cuando he tenido que enfrentarme a la terminal un par de veces (una vez, porque dejé conectado una memoria USB cuando apagué el sistema y no la liberé antes de quitarla).

Lo único que me falta, es una aplicación como q10 (Solamente Windows, chale). Un editor de texto de pantalla completa que su única función es esa: la edición de texto. Sin ventanas, ni menus, salva automáticamente, no parte la madre a la retina, cuenta el número de párrafos, caracteres y palabras (si quieres que lo cuente). Estuve buscando editores de texto para Ubuntu (o algún otro basado en Fedora), pero los que encontré estan enfocados a programación y diseño. Si algún programador o comunidad de programadores me escucha, me estaría haciendo un gran favor si algún día llegara a sacar un programita similar a ese. Es una joya para escritores, bloggers, poetas y autistas.

Risa.

Si la niña ríe, es porque debe ser divertido.

Litro de agua helada.

Compré uno, porque por fín se nota que es verano y el sol se levanta inclemente en los cielos, asando todo lo que se deje asar. Cuanta carne se ha de estar quemando y descomponiendo. La carne de los peatones se pudre. El calor dentro de la oficina se siente. El negro absorbe la luz y la libera en forma de calor continua y paulatinamente. También compré un moca frío, en un Coffe City, y compré una caja de tunas por diez pesos, en el mercado de la morena. Conecté el ventilador y lo puse en el número tres. El sol promete unas sombras preciosas a través de la ventana, iluminando todo de amarillo y explotando los colores que reflejan y multiplican la luz. Hay cierta belleza dentro de la descomposición. El calor, aún cuando descompone, ilumina. Eso da pie a una analogía: La iluminación descompone tu cuerpo. El conocimiento te envejece. Saber pudre.

Saber pudre.

Ahora entiendo porque me han dado pocas ganas de prender el cigarro. Ha estado jugando entre mis dedos bastante tiempo, como el tipo que contempla la idea de suicidarse. Macabro. Mi hermano niega el calor, trae su chaleco y cómodo, se toma su coca cola. Yo sigo con mi litro de agua, escribiendo del clima y sus analogías. Nada especial. Escuchamos rock a dos máquinas de distancia. Rockcito agusto. Miro el pizarrón, esta lleno de proyectos pasados. El mes anterior no tuve ningún proyecto. Que tristeza. He descubierto que si me gusta ese tipo de estrés que involucra tomar video, presentar juntas, confirmar gente, ir a la filmación. Hasta lo extraño.

Los hombres que trabajan la tierra bajo el sol, se descomponen también. Los que recogen la cosecha, aran la tierra, o plantan nuevas semillas. Sus sombreros y sus camisas no son suficiente protección, y la piel se les curte, se les broncea, se reseca. Es piel de piedra. Sus organos internos, aún suaves y propensos a cocerse, lo hacen dentro de la piedra y mueren poco a poco, mientras esos hombres practican y descubren los secretos de una cosecha saludable. Mientras tanto, en otro lugar, un niño, un camarógrafo, un director, cuatro productores, un asistente de dirección y diez hombres de staff, montan el escenario en una unidad habitacional. Aprovechan la luz del sol para su comercial. En su trabajo descubren los secretos de la publicidad.

Así, todos estamos unidos bajo el mismo sol. Bajo la sombra no mueres, en la ignorancia no mueres y si así mueres… que desperdicio.