Los cuervos,
se ríen.
Los cuervos,
conocieron al
primero de sus
hijos.
Un ruiseñor que
jugaba con el
agua
como si fuera
dios.
Cuando el
ruiseñor
cantaba,
no paraba de llover.
Los cuervos…
lloran.
Los cuervos…
conocieron al
segundo de sus hijos.
Un jabalí que
cargaba en su
espalda el
fuego
como Prometeo.
Los cuervos…
arden.
Los cuervos…
conocieron al
tercero de sus hijos.
Un delfín que
hacía temblar la
tierra,
mientras navegaba en
ella riendo.
Los cuervos…
mueren.
Los cuervos…
conocieron al
cuarto de sus
hijos.
Un árbol
hecho de
aire,
que se comía
las nubes
y los sembradíos.
Los cuervos…
huyen.
Los cuervos…
conocieron al
quinto de sus
hijos.
Una madre con
vacío,
donde debía
estar un corazón.
No amaba
a ninguno de los cien
hijos
que paría al día.
Los cuervos…
volaron hacia Mamá Cuerva,
y pidieron ayuda…
-No sabemos, como matar
a nuestros hijos.
-Estan solos en esto
-dijo Mamá-,
porque hoy muero,
mis huesos cansados
no van al paso
de mi corazón,
mi amor por ustedes.
Mamá Cuerva sonrío
satisfecha, enigmática y
se abrazó así misma con
sus alas de plata negra.
Cerró los ojos.
Murió.
Los cuervos…
velaron a Mamá Cuerva.
La noche era aún más negra
por sus alas oscuras cubriendo
todos los cielos del mundo.
Porque es bien sabido
que todos los cuervos eran
hijos de Mamá Cuerva.
La enterraron a dos pasos
de un árbol solitario,
en el pueblo donde nació.
Depositaron su cuerpo,
ya blanco y viejo,
suavemente
en una caja de zapatos,
y su cruz…
una cruz de cerillos.
Los cuervos…
ignoraban el mundo,
que ardía, temblaba,
se despedazaba
por los huracanes.
Sus alas se mojaban,
y no importaba.
Ya nada importa.
La Muerte se comió
a Mamá Cuerva.
Sus corazones,
tan vacíos como
el de la ramera.
Los cuervos…
Fumaban silenciosos
bajo los árboles,
los más audaces
bebían todo tipo
de licores
y platicaban anécdotas
de cuando su madre
les había jalado las plumas
por picotear
gansos.
Los cuervos,
son tristeza.
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