Agosto 31, 2007 — Los cuervos. Escrito por Agustin Fest.
Los cuervos…
se rieron de Satanás,
y lo miraron subirse
a su Cadillac rojo.
Iba al norte.
Esas carcajadas
quebraron la noche
y enojaron
a sus hijos.
Los cuervos
recibieron
la visita
del ruiseñor de agua.
Les llovió toda la noche,
el agua les tapó la
garganta.
El granizó les arrancó el pico
y deshizo todas sus plumas.
Murieron cientos
de cuervos.
Los cuervos
restantes,
buscaron toallas
y bajo árboles
se resguardercieron.
En el bosque,
esperaba el jabalí
del fuego prometéico.
Resopló bolas de fuego.
Algún cuervo chistocito…
dijo—. Huele a pollito.
Más tarde fue incinerado,
hecho polvo
por una línea de fuego.
Murieron cientos
de cuervos.
Los cuervos
que aún vivían
exclamaron—. ¡Cerdo ardido!
¡Cerdo ardido!
—volaron, volaron lejos.
Miraban al piso
que se resquebrajaba
y agujeros negros se abrían.
Algunos cuervos,
por el vértigo
y porque jamás habían visto
un negro tan puro,
se tiraron. Cayeron en picada.
Cientos de ellos.
Un delfín hacía ruidos
guturales con la garganta
y se asomaba para sonreírles,
sonreírles y golpear con su cola
piedras para golpearles.
Murieron miles de cuervos.
Los cuervos
creían haber escapado,
cuando los tornados
les amarraron las alas
y trozaron sus cuellos.
La silueta de un árbol
se dibujó en las nubes.
Un árbol furioso y triste.
Robusto y forrado.
No podían hablar los cuervos,
no podían respirar,
no podían funcionar sus
pulmones.
Murieron cientos de miles de cuervos.
Los cuervos
se escondieron en una cueva.
Incómoda, húmeda, apestosa.
Pero después del genocidio
era como su paraíso.
Sintieron
calorcito en el corazón.
Caricias en el pecho.
Durmieron.
La madre vacía,
la última hija,
atravesó sus pechos
con la mano desnuda.
Arrancó sus corazones,
sus órganos vitales,
y se los comió.
Arrancó sus plumas
y sus picos,
y sus patitas,
y sus chistes.
Murieron millones de cuervos.
Los cuervos…
que despertaron vivos,
recibieron el sol
inusualmente alegres.
Buscaron vino,
carnes frías,
quesos,
e hicieron una fiesta.
Sólo 21 cuervos sobrevivieron.
—¿Se acuerdan de la cara
de Satanás cuando cantamos
la canción de Baal?
—Rieron mucho.
Luego quedaron en silencio.
—Estamos en problemas.
—Algo se nos ocurrirá.
—Vamos a beber un poco más.
Otro silencio.
—Extraño a mamá.
Agosto 30, 2007 — Los cuervos. Escrito por Agustin Fest.
Los cuervos…
deciden.
Los cuervos
cobardes,
no podían matar
a sus cinco hijos
monstruosos.
Tan sólo de pensar
en la sangre
que habría
de manchar
sus plumas
sentían
asco, vergüenza, escalofríos, dolor, miedo, incomodidad, deseo, justicia, amor, venganza
y la muerte
de su madre.
Los cuervos…
se miraron unos a otros.
—Tiremos los dados,
quien tenga el número
más pequeño,
será el afortunado
que habrá de limpiarnos
a todos.
Los dados trucados
con imanes y pesos distintos
abundaron esa noche.
Los cuervos…
se soltaron a carcajadas,
—Quien saque la paja más corta
—sugirió un cuervo
ingenuo y pendejo—, debemos decidir.
Porque ya estuvo
bueno.
El espantapájaros,
divertido por el problema de los cuervos,
les ofreció todas las pajas
de su brazo derecho.
—Así dejé de tocar el piano —exclamó
el espantapájaros—,
valió la pena…
…ahora soy pintor.
Los cuervos,
tramposos como eran
cortaban las pajas con sus picos
o las trozaban bajos sus alas
o robaban las más pequeñas
del trigal más hermoso.
Los cuervos…
y sus hijos,
con sus juegos destruían al mundo.
Los visitó esa noche,
un cadillac rojo,
que viajaba al sur,
siempre al sur.
El rey Satán,
de traje blanco
y rostro difuso,
bajó del auto.
—Me llevaré a sus hijos,
si me dan su alma.
Mis buenos señores,
no lo piensen mucho
o ya no habrá mundo
donde puedan seguir jugando
—Satanás hizo una cara
de perro triste.
—Baal —respondieron
los cuervos—.
¿Te acuerdas
de nuestra
canción?
Los cuervos siniestros
sonrieron y cantaron
como borrachos a media luna
andariegos por la calle.
La canción de Baal y el orígen de los cuervos.
Hace muchos años
cuando no había cuervos,
ni tres puntos, ni Satanás,
ni Dios, ni Bob el Cacto,
ni Mamá Cuerva, ni el espantpájaros,
o Simón Dor, o Matías Elizondo,
o el Árbol de los Mil Nombres.
Hace muchos años
cuando no existían los árboles
ni los cielos, ni las piedras
las bacterias, las moscas
los sentimientos, los documentos,
el ruido de los arroyos,
los susurros de los monjes
o el titiritar de las estrellas
Antes que existieran
atrocidades como el libro
de los niños muertos,
o la crueldad de las divinidades
las indecisiones, las injusticias,
el amor no correspondido,
el juego de azar.
Había
un hombre
de alas negras.
Él un día pensó:
Quisiera escribir algo hermoso.
Nacieron nuestras alas.
Luego pensó
Necesito alguien
que hable conmigo.
Y nacieron nuestros picos.
También debería
ser necesitado
siempre.
Así completó nuestros cuerpos.
Y cuando nos vió a su lado
oscureciendo su capullo
ahh, dios pequeño y jodido,
exclamó—.
Me equivoqué.
Así nos creció la cola
y aprendimos a defecar.
Urgido, temeroso y ahogado
en su capullo,
por su error:
Los cuervos.
Temeroso de matarnos
inventó a alguien con el poder
de arreglar sus errores.
Te llamó Baal.
Y desde entonces
te llevas a los pecadores
y haces bromitas,
como nosotros,
a los inocentes.
¿Quién crees
que te enseñó
el oficio, pequeño niño?
Nosotros somos el mundo,
nosotros somos Baal,
nosotros somos el tiempo,
somos el pecado original.
Somos el capullo oscuro,
el primer error de la Muerte.
Nosotros existiremos,
aún si el mundo desaparece.
Somos los cuervos.
Agosto 29, 2007 — 1000n. Escrito por Agustin Fest.
Hoy, cuando abrí mi blog y me encontré un enorme anuncio animado (de mal gusto, por cierto) hablando de Jesús de Nazareth, y en el cielo una cruz, las letritas tintineando, las palomas voladoras en el cielo y los ojos del mismo Cristo resucitado, decidí bajarle al número de anuncios. Cristo no es de mal gusto, de hecho es un arquetipo, un modo de vida, un revolucionario, un héroe, Jim Cavaziel, Luis Alcoriza, una pintura del Greco, un monito de South Park, etcétera… pero sus diseñadores no toman en cuenta eso. Pido disculpas por ellos y ruego por sus pecados.
Sin embargo, no quito los anuncios porque como aún no soy un escritor famoso que vende libros y ediciones especiales veinte años después, con el prólogo de mi mejor amigo completando un tercio de la edición, pues ni modo. Cuando gane dinero escribiendo lo que me gusta escribir ya veremos si los puedo quitar. Cochino don dinero, que me ha hecho pensar en anuncios. Ya son más chiquitos y menos intrusivos. Espero.
Hoy me pasé un rato checando mi cuenta bancaria, la cuenta de paypal, investigué sistemas de micropago y otras cosas. Incluso, se me ocurrió vender las novelas a través de mensaje de celular. El servicio, se supone, cubre las ciudades más importantes del mundo. Pero de verdad, ¿las comprarían? Pienso si debería investigar el proceso y las alternativas para venderles mis cuentitos, mis novelas y todo lo demás, y que ustedes paguen con crédito de su celular. Aún no estoy seguro si es posible vender el libro físico. Yo supongo que sí. Sé que es posible vender el contenido y así darían una comodísima aportación a su escritor de cabecera. Si lo requieren y gustan, por favor comenten para animarme.
El trámite para lograr esto, incluiría conseguirme una tarjeta de crédito y usarla nada más para las transferencias de dinero internacional a dinero mexicano. El terror que me provoca la mención crédito, tarjeta, cuenta, plazos fijos, 3-6-12-24 meses sin o con intereses me provoca escalofríos, así que me pongo en sus manos para esto. La tarjeta, no es necesario decirlo, tendrá un responsabilísimo manejo y servirá como vigilante de mi cajoncito de calzones. Sino es que se la doy a mi novia… (errr).
Qué sueño hace, me voy a dormir. Ahí les dejo de tarea que comenten.
Un lugar común y ya explotado, sería escribir: “Ojalá la vida fuera como Word, dónde abro un nuevo documento y todo esta en blanco. Y no importa si ya está escrito, solamente Control N y ya estoy en limpio, como una hoja en blanco insisto”. Pienso que es mejor cargar con el pasado, los errores, los aciertos, la redención de los pecados se encuentra en el presente. Ojalá que pudiera empezar de cero es cometer otro error: la inacción, que se extiende tanto como el presente y sigue contaminando el futuro. Lo que es de verdad hermoso, es no tener la certeza de lo que sucederá mañana. Aún siendo asfixiados por la rutina, el mismo trabajo, la misma vida, los mismos gestos y las mismas caras… accidentes pasan, accidentes que modifican nuestro entorno y pueden cambiar nuestra vida de manera drástica.
Si no gusta, pues ni modo pichulita… pero ahí ta, pasó algo y cambió tu vida. ¿No es reconfortante?
Hoy me tocó tomarle video a unos niños para un comercial de banco. Me quejaba con la señora de Fest por teléfono, arguyendo que los niños eran estúpidos o que habían respirado mucho plomo el día de hoy. Ella contra-replicó (tómala con la construcción) que los niños no eran los estúpidos, sino que yo no me sabía explicar. Como aquella vez que estaba lloviendo y quería subir la maleta de su hermana en la cajuela, ya que la íbamos a dejar a la terminal. Ábreme la cajuela amor, con mi chalequito y mis brazos empapados. Ella simplemente se dirigió a su puerta, paraguas en mano y me contra-replicó, porque a ella le encanta contra-replicarme, “¿Para qué la metes a la cajuela?” … asentí lentamente, abrí la puerta de atrás, dejé la maleta de la cuñada junto a la cuñada y respondí suavemente: “Tienes razón, perdóname y soy un estúpido”. Tal vez no estaba de humor para aguantar chamacos. Los primeros diez, repetí la acción dos o tres veces. A los demás les tuve menos paciencia.
Mi nula paciencia y la brillantez que requería que una niña esperara a que su perro orinara en la acción. Ambos factores dificultaron el casting. Mañana buscaré una nueva forma de explicar la acción, aprovechando que hoy vinieron pocos niños y no daban el tipo.
En la tarde, casi a las seis, entró una viejita. También hice casting de esas edades. Me cuesta trabajo separarlas de mi abuela. Sé que no son la misma persona, pero el interactuar con un viejo me provoca recuerdos. De haber tenido otros tres abuelos, tal vez los vería diferentes. Una señora en particular, la cual se miraba bastante cansada. Cinco años atrás no se miraba así. Podía escuchar como le costaba trabajo respirar y tuve miedo que muriera en el foro. Mientras le preguntaba su nombre y los datos, pensaba en el número de viejos que sabía, habían muerto a mitad de un casting: cero. Ella iba a ser la primera. Se iba a morir durante el casting. ¿Hola tú nombre? Sí, mi nombre es… al suelo, a la mitad del video, me llevo la mano a la boca, “ahh… mierda…” susurraría, qué recepción hable a una ambulancia, qué alguien me ayude a contener a los chismosos, que otro más se haga cargo compermisito que me voy a al sillón. Me angustiaba de pensarlo. La señora sonreía bastante, pero estaba cansada…
Como los árboles en Otoño, pensé, necesitaba descansar.
Se acabaron los cigarrillos. Esta página ya la llené demasiado. Todavía queda trabajo por terminar. El trabajo fortalece el espíritu. Desvela. Resta vida. ¿Pero qué vida hay sin trabajo? ¿La contemplación? ¿La muerte? ¿Simplemente mirar el monitor? ¿Qué sería de nosotros, si no tuviéramos algo qué hacer…?
Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 56 de 60
No es un accidente que me encuentre aquí, entre tanta gente, para buscar al tipo que te tocó. Prometí que te cuidaría. Las bocinas lastiman mis oídos, el hombre de la cadena casi no me deja entrar si es que no le doy el billete de quinientos. No buscó en mis bolsillos, no me quitó la pistola, no sabe que estoy aquí para protegerte. Te tocó más de la cuenta. Aprovechó la oportunidad que le diste y que yo estaba distraído… no… aprovechó la debilidad en mi juramento. Siempre había jurado que estaría ahí para protegerte, pero ya ves. Uno promete, y promete, yo velaré tus sueños, yo te lavaré los pies cuando los ensucies, cuidaré que nada te falte… y promete y promete… y me equivoqué, cerré los ojos un momento y estuvo encima de tí, se aprovechó de mi ceguera, de la falta de compromiso en las promesas, de … no lo sé. Creo que no estaba lo suficientemente consciente cuando hice la promesa. Es muy fácil hablar de compromisos y juramentos, y también es muy fácil darte cuenta que se rompieron porque no prestaste la suficiente atención… los accidentes pasan, diría mi difunta esposa… pues sí, pero también es de nosotros corregir los errores.
Por eso estoy aquí, para corregir el mío… Ya la edad no me ayuda a distinguir tan bien como antes, incluso con mis lentes miro mal. Los niños voltean cuando los empujo y me abro paso. Han de pensar que soy el padre de alguien. No se equivocan, pero no saben que mi hija no esta aquí, y que ella tiene quince años más que tú. Me suda la mano, sigo empuñando la culata de la pistola. Cuando te ví, no imaginaba que llegaríamos a esto, pero hoy te vas a enterar de lo que soy capaz. Me imaginarás frente a él, con la pistola alzada y él rogando por su vida. Me imaginarás joven, con fortaleza, digno… me imaginarás como un rey. Hay tanta gente, miro las mesas, las caras de los hombres, aún no veo sus cejas espesas, su nariz afilada, sus ojitos azules… Hace tiempo que lo sigo y no me da buena espina, ¿lo sabías?, no debió tocarte. Me acaricip el rostro, cierro fuertemente los ojos, las luces me estan haciendo daño, estoy sintiendo el corazón que se me escapa por la gabardina. Algún estúpido comenta-. ¡Mira como rebotan las luces en su pelona! -Risas. Acelera mi pulso. Hoy vas a saber lo que soy capaz por tí.
Un niño me entierra el codo en una de las costillas y grito de dolor. -Perdón abuelito -me sonríe y alza su vasito, para decir salud. Me dejó sin aire. -No soy tu abuelo.
-Ya le pedí disculpas, ¿qué más quiere? ¿Le invito algo? Véngase con nosotros.
Lo hago a un lado con mis manos y escucho sus disculpas, y sus risotadas poco después. Una jovencita ebria se acerca y me acaricia la calva. Le aparto las manos, pero ella parece más fuerte, me las hace a un lado fácilmente, me toma de las orejas y me jala para besarme exáctamente en la frente. -Le dejé marcadito viejito -exclama y ríe. Prometí que te cuidaría, pero ni siquiera pude defenderme del ataque de ebriedad y euforia de una chamaca. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por eso le preferiste a él? ¿Por qué podía hacer tus manos a un lado y besarte? ¿Por su actitud despreocupada y divertida? Tomé asiento, mientras me hacía todas estas preguntas y pensaba en tu rostro.
Te conocí en casa de tus padres hace dos años. Desde entonces he velado por tí en silencio. He encargado a mi asistente que te cuide en las buenas y en las malas. He sabido de tus novios, he logrado apartarte de los que no te convienen, he logrado cuidar tus estudios y que tus padres no se enteren de tus malas calificaciones. He sido muy discreto, pero desde hace tiempo quise confesarte mi amor. Pero se acercó él… se acercó él con su juventud, sus dientes aún blancos, su cabello negro y sus manos sin manchas. Un hombre así no puede tener buenas intenciones.
Uno de los niños golpea mi cabeza y la dentadura se cae al piso…
Ni siquiera intento recogerla, cuando miro que la pisan y rompen los dientes de porcelana. Mi amor… Ibas a casa, a cuidarme, a tenerme paciencia y escuchar mis anécdotas viejas. Ibas a casa a confesarte, a hablarme muy reservada de tus amores, con tus ojos jóvenes y tus piernas lisitas. La dentadura… el pulso… el corazón… todo se me rompe esta noche. No estoy joven para cumplir mis promesas. ¿Tu novio? Ya lo encontré, esta frente a mí y me observa, me reconoce. No hacemos nada, sólo nos miramos. Él alza su vaso diciéndome salud, su gesto serio y galante. La gente de aquella mesa se aparta, como una cortina, y te miro, caminando hacia él. No debí venir esta noche. El pulso… el corazón, las promesas se rompen esta noche.
Este maldito impulso del amor viejo.
Foto: Ester Escobar.
Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.
Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.
Más de una foto es bienvenida. Si ya mandaste una y quieres repetir, adelante. Si eres una nena y quieres enviar una fotografía de tus piernas, mucho mejor
Agosto 23, 2007 — Los cuervos. Escrito por Agustin Fest.
Los cuervos,
se ríen.
Los cuervos,
conocieron al
primero de sus
hijos.
Un ruiseñor que
jugaba con el
agua
como si fuera
dios.
Cuando el
ruiseñor
cantaba,
no paraba de llover.