Entradas escritas en Julio, 2007 ↓

Rito lunar.

Los lunes tenemos un pequeño rito, dónde yo me levanto más temprano de lo usual y ella ya esta bañada. Ese momento lo tomo para admirarle mientras se enreda en las toallas, o se pone la ropa interior, o se viste de manera muy formal. Me gusta el corte de sus pantalones, porque las nalgas redondean bonito y dejan caer suavemente la tela. Hago caras, como si no quisiera levantarme, pero la única verdad es que saboreo el breve momento antes de vestirme y arreglarlo todo para irme. A veces los lunes son crueles. Huelo su jabón a un metro, admiro el brillo de su cabello y su paciencia para maquillarse. Me tomo mi tiempo, porque es lo que me llevaré una o dos semanas, antes de volverle a ver.

Ella a veces me mira. Si yo hago caras, pretendiendo mis deseos de dormir un poco más, ella esconde las suyas, pretendiendo que es una dama muy formal. Se mira atentamente al espejo y si me cacha, como siempre lo hace, sencillamente me pregunta “¿Qué?” y se inventa una mirada desconcertada. En ocasiones me pregunto si de verdad no sabe lo mucho que saboreo el momento, y lo tanto que voy a extrañarle. En ocasiones me pregunto si sólo se hace la loca, igual que yo. “Nada”, respondo. “Te ves guapa”, respondo. “Tengo mucho sueño”, respondo. Pero todas quieren decir: “Ya te extraño, no quisiera irme de tu lado”. Hacemos lo nuestro, cada uno por su lado. Ella seguirá con el maquillaje, o preguntando que color le va mejor. Yo recogeré las playeras, revisaré que mi pocket pc esté en su lugar o entraré al baño cansino, rascándome la espalda o la baja espalda.

Cuando los dos nos animamos a platicar, es unos momentos antes del desayuno, después que ya nos hayamos lavado las manos o las caras, y estemos abandonando las habitaciones. Ella prende la tele, yo pregunto si quiere desayunar, ella responde que no, yo pregunto si esta segura, ella me asegura que no desea desayunar, yo le pregunto si quiere huevos con jamón, esta bien dice finalmente y su cara de niña regañada y hambrienta. Si no pasa así, entonces me empuja y me pregunta que deseo desayunar. En ese caso le diré que huevos con jamón, o huevos con tocino. Bajo y hago el desayuno, mientras ella hace café en la cafetera y prende la televisión, en algún canal de noticias.

Hablaremos, después, de las noticias que vemos. Ella, ya bien puesto el traje de ejecutiva y yo, bien puesto el traje de alguien renuente a despertar. Si hablo de mi sueño, ella habla de como lo esconde. Si hablamos de las noticias, ella inventa algún cuento maravilloso y abusa de los contextos. Si yo hablo de las noticias, termino preguntándole a ella si tengo o no razón. No porque sea importante si la tengo o no, simplemente porque me gusta escucharla y vivo tanto tiempo en silencio a lo largo del día, que siento a veces la imperiosa necesidad de decir estupideces para que no me crean sabio.

“Es que no me cuentas nada”, a veces pensará. Antes que lo diga, apresurándome para evitarme la incomodidad, busco comerciales en la televisión y anécdotas curiosas de las caras que ya conozco. Recito los nombres de los modelos como si fueran una protección. O, si me toca la suerte, le señalo y le comento: “Ese yo lo hice”, y sonrío medio orgulloso, aunque sé de antemano que el comercial es una mierda. No soy del todo honesto, porque si me pregunta “¿Y te gustó cómo quedó?”, respondo: “Más o menos, estuvo mejor el casting”. Es demasiado temprano para musitar malas palabras. Muy adentro, lo que de verdad quisiera decir, es: “Se siente bien estar aquí”.

Alzamos los platos y lavo algunos. A veces todos. Por lo general, ella saca su botecito de basura con ruedas y nos preparamos para irnos, cada uno con sus respectivas mochilas. Saco mis cigarrillos en los pasos que toma ir de la puerta al coche, me lo pongo en los labios, bajo la ventana y lo prendo. Ella hace magia con el coche, porque yo no sé manejar, y después de rezar algunos cantos, echa a andar. Los primeros dos o tres minutos, tal vez diez, guardamos silencio si no tuvimos una plática para continuar. Me pide de mi cigarro, y no soy para decirle que temprano hace daño. Es cierto que no quiero parecer sabio, pero tampoco quiero parecer un completo idiota.

Mi mano baja a su muslo y le aprieta un poco, después toma su mano y entrelazamos los dedos. No sé de que charlamos esas mañanas. “Te extraño”, quiero decir. “No quisiera irme”, quiero decir. “No pasará mucho tiempo”, quisiera decir. A veces, entre más cerca estoy de mi destino lo digo. Un impulso, ya tatuado en alguna medula valiente. Nos besamos cuando llegamos al final del camino, porque durante el camino ella hace sus ritos para hacer andar el coche y yo hago los míos para terminarme el cigarro. En palabras de algún alburero: ella maneja la palanca, yo chupo el pitillo. Si los coches se manejaran solos en el camino, tal vez nuestro beso de despedida duraría dos cuartos del trayecto, o lo que es lo mismo, la mitad.

Al bajar del coche, puedo o no puedo mirar atrás. Depende como me sienta, depende de la hora o la cantidad de gente. Depende si nos despertamos a mitad de la noche para hacer el amor, lo cual pasa muy raras veces. O depende si nos despertamos temprano para acariciarnos un poco. Si el beso de despedida es largo, o si tenemos pendientes mutuos que arreglar para nuestro bienestar y contento. Una vez me fui enojado, y ese enojo se me hizo estúpido cada semáforo, que después ya no supe decirle perdón. No volveré a hacerlo. Nunca dejes a una mujer enojado cuando sabes que no dormirás con ella el día siguiente, o el siguiente del siguiente. Duele demasiado y todo lo bonito que no dijiste, lo dices a nadie y se va mientras buscas las palabras para pedir perdón.

Árbol de Cerezo.

Cajas se apilaban en la sala
llenas de recuerdos, libritos viejos,
santos, telas, recibos de bancos
y las anécdotas de mi abuela.

Feliz, recogí sus fotografías,
sus pinturas de hormigas y flores,
sus cuentos de deberes y amores.
Guardé las hojas que dejó vacías.

Ella aprendió a escribir sola.
Su letra descuidada, errática.
Seguido pedía perdón por eso.

Guardé sus arañas en una bolsa,
la noche a su paso, nostálgica.
¿Qué ruido haces, árbol de cerezo?

Sueños de un pornógrafo. 2

Ayer cuando regresaba a casa, miré a dos putas pasándose una calle a una cuadra de la unidad habitacional donde vivo. Me sorprendió. Ya me había comentado Ricardo de la existencia de las señoritas sexoservidoras porque las había visto pasar cuando regresaba a su calle en el coche, pero me había negado a creerlo porque me sorprende que mi pueblo despliegue tan sorprendente ejemplo de progreso, modernización y multiculturalidad. Se paran en la esquina del McDonald´s y esperan, esperan a sus víctimas. —Sí son hombres, ¿verdad? —me preguntó mi compañero hace un momento, y lo único que atino a recordar es que una de ellas tenía una minifalda tan pequeña y sus piernas aparentemente largas, que se le miraban los calzones mientras caminaba, apresuradamente, sobre sus plataformas, bajo la lluvia. Prostitutas trabajando en la esquina de un McDonald´s. ¡Qué servicio! Papas con mi mamada, por favor.

Me he preguntado, toda la tarde, donde trabajan si por mi casa no hay hoteles. ¿En el estacionamiento? Vámonos allá atrás, al fin y al cabo no nos ven. Si fuese un pornógrafo, porque temo que todo esto se quedará en un sueño, me acercaría a una de ellas y le diría—: Hagamos un negocio. Tú se la mamas al cliente y yo le vendo el video, para que siempre te recuerde Rubí. Se venderán los dvd´s piratas de “Las Putas de Alta Tensión” y en internet, se harán tan populares como La caída de Edgar, pero underground, porque la pornografía es el pilar de la cultura underground. Escondamos nuestras revistas y videos de la vista de nuestros hijos, si somos extraños parafílicos enterrémoslos bajo el árbol.

Ya tomé nota, trabajan los jueves. ¿Pero qué tal si no son de fiar? Puede que sean de esas que engatuzan a su cliente: lo drogan, lo despojan de sus honestas pertenencias, lo encierran en el baño y le roban un riñón. Hay un cementerio a otras tantas cuadras, así que el servicio es completo. Extraño preguntarme dónde estará la entrada del cementerio, cuando pienso en la minifalda de brillantitos purpuras que caminaba esa noche, haciéndose paso por la lluvia, mientras su dueña le sonreía a la otra. Igual ya habían trabajado mucho esa noche, ya se iban a casa, a recargar las pilas… de sus juguetitos o que se yo.

Harry Potter.

Estas últimas dos semanas me aventé el maratón de Harry Potter. Busqué los siete libros y los empecé a leer. No había leído ninguno y aunque cierta mujercita, super fanática, sus dos hermanas, un exconcuño, como diecisiete amigos, Bob el cacto, trescientos bloggeros y el spoilinternet, ya me había descubierto la mayoría de los secretos, no quise dejarlo nomás por la necedad de que todo mundo ya los había leído. Además que me fascinan las novelitas tipo bildungsroman, porque gusta sentir como pasa el tiempo. Me asombra el crecimiento de un personaje ficticio y me pone a pensar en los recursos que un autor puede ocupar para hacerlo. Si necesitan decirle a sus amigos y familiares si Harry Potter tiene algún valor literario es precisamente ese: desarrollo del personaje, crecimiento y cambios. Como afectan estos cambios al mago desde los 11 hasta los 18 años.

Mis libros preferidos de la saga, fueron el seis (The Half Blood Prince) y el siete (The Deathly Hallows). Los cuales, me atrevería a decir que los dos forman un sólo libro. Mientras que los primero cinco fueron muy fáciles de leer y establecen el rol de Harry como un héroe que todavía se encuentra aún aceptando su destino, jugando a las aventuritas, a destruir a Voldemort, muertes aisladas y sacrificios nobles que forman la personalidad del joven mago. En los últimos dos el destino no sólo se acepta, sino que el camino se recorre hasta el final y Harry construye su propia aceptación a sacrificarse.

Además los recursos literarios de los últimos dos libros son un poco más complejos: las historias dentro de la misma historia. Son tres los Deathly Hallows, son tres los hermanos de ese cuento de hadas, son tres amigos los que buscan los horrocrux. Los recuerdos que ha recolectado Dumbledore de Voldemort, los recuerdos de Snape y el cuento de Kreacher, son historias que definen el posible destino de los personajes si algo no cambia. El desarrollo y origen de los personajes que habían sido mentores o detractores es muy importante también, y algo que se descubre hasta el final de la saga. Los eventos que de algún modo, son comunes entre los personajes, provocando que los destinos se crucen: Snape, Voldemort, Harry, Albus Dumbledore. Los cuatro tienen un historial familiar violento y/o complicado. Los cuatro tienen o han tenido problemas para adaptarse a su entorno social. Los cuatro de alguna manera, son un reflejo del otro y por eso se comprenden entre sí.

Ya, eso es todo lo que quiero decir de Harry Potter, antes que empiecen los spoilers. Ehm, ¿qué, qué, qué? ¿quién es Albus Severus?

Sueños de un pornógrafo.

Yo, y mi estrecha relación con la pornografía, me han hecho pensar en convertirme en un productor porno. Pensando un poco el asunto, sólo se necesita una cámara, un servidor en internet, unos cuantos modelos y poco capital inicial. Después se ampliarán las locaciones, las luces, el micrófono, todo eso que hace un profesional. Aunque con el boom que hay con el reality porn, me hace pensar que es un negocio casero y rentable. Sólo cobrar por las suscripciones al sitio, vender dvd´s bien editaditos. El problema principal son los modelos, porque evidentemente no habría capital para pagarles mucho por el día de grabación. Hombres y mujeres con fé, para hacer las porquerías más divertidas frente a la cámara. Y digo con fé, porque cualquier trabajo es noble, siempre y cuando el dinero se gane honestamente. Un par de pirujos, o más, que no busquen paga, sino un excelente ambiente de trabajo, amistad, camaradería, fluídos y buenos deseos. Tiene que ser gente dispuesta, con buena voluntad, porque eso de engatusar personas para aparecer no es lo mío. Aunque es divertido. Ahhh, y mayores de dieciocho años. Luego, ya se va juntando el dinero para mejores locaciones, mejor equipo, sacar dvd´s en masa… todo poco a poco.

Eso o podría escribir novelas pornográficas.

Del suicidio de González.

Estoy editando alrededor de 220 personas. Les miro tomar agua y pienso, que algunas personas son estúpidas porque ni agua pueden tomar frente a cámara. Se les escurre, pajarean, después de tomar un sorbo dicen: “¿Ya?” o hacen una cara como si tomaran ácido. Ayer, la edición fueron 140. Algo así. Esta vez la repetición de la acción se hace insoportable y tediosa. La acción no ayuda en nada, porque se les pide que tomen agua como si fuese algo entretenido: sonríe, haz gárgaras, hazle sexo oral a la botella, eso… el clítoris al fondo de la botella, expulsa, lanza tu lengua. El agua revitaliza. Algunos toman la botella como desposeídos, y cuadro por cuadro, miro como abren muy bien los ojos y sacan la lengua. Se les deforma grotescamente la cara. No debe ser bueno vivir en cámara lenta.

Soy más propenso a la violencia cuando trabajo en serie. Doble click a un archivo. Doble click al siguiente. Arrastrar al otro. Guardar el nombre. Guardar la foto. Cerrar quicktime. Abrir el siguiente. Muy distintos a aquellos tiempos. Igual de tedioso, diría. Tal vez no se deforman grotescamente. Tal vez sólo lo imagino. Finalmente, el material que edité ayer, el director decidió no revisarlo y sólo eligió por foto. “Qué cosas”, pensé. El director de casting dice que eligió a puros feos, y después de mencionar un par de nombres… estuve de acuerdo. “Qué cosas”, pensé de nuevo. A juzgar por la marca, probablemente estaremos en problemas.

Mientras miro a los viejos, me pregunto cual morirá primero. Hay algunos que, en siete años que llevo en el medio, continúan con vida. Hay una viejita particularmente amable, que ríe mucho. Pienso que morirá feliz. ¿Cómo voy a enterarme donde llevarles flores? Recuerdo, entonces, el suicidio de un González. He olvidado su nombre, a pesar que era particularmente extraño. Una semana después de su suicidio, recuerdo que me paré junto a él y le ofrecí un cigarrillo. Algo muy extraño, porque me gusta recluirme en mi lugar de trabajo y no socializar con los modelos. Era un chavo muy callado, muy agradable, diría que noble. ¿Todo eso se reconoce con unos minutos de ver a la persona? Tal vez no, su recuerdo bien romántico porque ¡ay, se suicidó!

Tenía mi edad. Tendría mi edad de continuar con vida. No sé porque pienso en él esta noche. No he estado cerca de la muerte, ni tenido pensamientos suicidas. Simplemente llegué a él. Recuerdo a sus hermanos y me he dado cuenta que el tiempo que llevo aquí, otra vez, no los he visto. Era una familia de muchos hermanos, conté unos cinco en su tiempo, incluyéndolo a él. Al González. Parecía un buen muchacho, tal vez un poco nervioso, como yo. Todos tenían nombres bíblicos… Ah, ya, ya lo recordé. He recordado su nombre. He de guardarlo.

La gente parece olvidar la importancia de los nombres. Los nombres son lo que forman al objeto y unen a ese todo. De ser posible, me gustaría que los nombres se conservaran como un secreto. Que sea pronunciado sólo por aquellos que decidamos lo sepan. Puedes saber mucho de una persona, por como trata tu nombre, por como te llama, como deforma el nombre de otros o como los pronuncia.

Caminaba esta noche con Juan Carlos y Ricardo, buscando café, sin saber que recordaría el suicida, y cuando alcé la mirada encontré un enorme letrero que decía: SERVICE69.NET — Asombrado lo observé y lo primero que pensé, es que era la ubicación ideal para un putero. Lo comenté en voz alta—. Para urgencias nocturnes, miren nomás. Nos reímos y cuando regresamos a la oficina, entré a la página. Entre risas descubrí que sí era para cubrir necesidades, pero no las mías, ni las del suicida, que algunos dicen que se colgó en su habitación por amor.

Edades.

“Llegué ayer en la noche, ya hice varios castings”, dice una brasileña en su celular. Mientras tanto, entre mi lectura de Harry Potter (libro 6) y las preguntas de algunas personas en el messenger, el día sigue perdiéndose poco a poco. Ya tengo material para editar el día de hoy. Un comercial para agua. Es un casting sin chiste porque sólo toman agua. Hace unas horas me compré un licuado y ahora siento el estómago pesado, el estómago del hombre satisfecho que no desea trabajar después de una buena comida. A la gente le gusta quejarse. ¿Qué hay detrás de ese mecanismo? La queja, ¿misterio o banalidad?

Hay tantas cosas que debo arreglar pero he retrasado. Eso es una queja. ¿Debería sentirme mejor después de externarlo? ¿O sentirme mal porque no he puesto manos a la obra? Si estoy escribiendo una queja es para mantener esas conexiones, las neuronitas escritoras, trabajando en sus máquinas de escribir. Si escribo la queja, más tarde escribiré de nuevo en la torre de los sueños. He terminado de revisar mi libro de cuentos para concurso y ya sólo falta imprimirlo, luego mandar y esperar. Mandar y esperar. Probablemente, ya estando listo este, y avanzando más de la mitad de la torre de los sueños, pueda revisar otros cuentos para armar un libro nuevo.

No me sentí joven este fin de semana. En algún momento, me sentí como un mecanoide. Una persona más que trabaja y hace sus delirios. Si el sentido de juventud, es porque nos creemos inmortales, el fin de semana me aseguré de que ya no lo soy. Uno de mis dientes me recordó mi edad, mis descuidos. Sin embargo, por otra parte niego poder lograr lo que quiera, lo que me proponga, lo que se me antoje. Furia juvenil, combinada con los pequeños estragos que pueden traer los veinticinco años. Mañana serán veintiseis, luego veintisiete. Cerraré abriré los ojos, serán treinta. ¿Y qué pasará a los cuarenta?