Entradas escritas en Abril, 2007 ↓

Una absurda historia de amor. 2

Pues el día siguiente que va la Matilda a conocer al Borneos. Yo estaba tratando de explicarle a Borneos como era la jugada, algo un tanto difícil, porque si Borneos jugaba… siempre era en la banca. En la preparatoria, sabes que hay dos tipos de ñoños… los normalitos, que de alguna manera pueden integrarse a la sociedad e incluso su ñoñez es bien recibida… y los über ñoños, que son muy inteligentes, pero su rareza los separa totalmente del grupo. Borneos era el über ñoño de toda la preparatoria: siempre llevaba su bufanda y sus cuellos de tortuga, aún cuando hacía calor. Tenía unos ojos grises, profundos. Delgado, casi hasta los huesos. Su cara alargada y su nariz aguileña. Supe de algunas niñas que quedaron prendadas de él, por su inteligencia, por su porte de héroe byroniano y sus cejas espesas, pero nada más prendadas. Borneos nunca se interesó lo suficiente como para darles entrada. Era un chavo complicado.

Cuando lo invité a trabajar conmigo, ya tenía nuevas manías. Una de ellas es que no podía hablar directamente con cualquiera. Necesitaba un teléfono celular para hacerlo. Si quería preguntarle o pedirle algo, debía acercarme mi celular a la oreja y decirle, por ejemplo—. Borneos, necesito un par de cafecitos, no seas mala onda y ve por ellos… ¿va? —entonces Borneos me respondía usando su celular—. Ok, Agustín. Voy por ellos —al principio era muy extraño, hartante, desgastante… pero la creatividad de Borneos, había ayudado a que mantuviera su trabajo. De vez en cuando, trabajaba como freelance en las agencias de publicidad para escupir una idea tras otra. Borneos, el del celular, así le conocían. No sé porque trabajaba conmigo, si bien podía ubicarse dónde quisiera. En juntas había visto como se desenvolvía—. Callado, expectante, pero cuando era su turno, era muy insistente con sus ideas y era hábil con las palabras, siempre y cuando tuviera el celular pegado a la cabeza. Vi cómo vendió dos ideas. Un comercial para un insecticida y otro de, je, celulares. Siguey leyendo →

Cinco y Uno.

Yay! un batón cortesía de Salvador Leal.

  1. ODIO que me cambien los planes. Me pone neuras. Cuando no estamos trabajando o actuando conforme al plan establecido al principio, me pone de un humor tan padre, que procuro tomar las riendas para regresar al plan original resolviendo problemitas en el camino. A pesar de que termino con una satisfacción medio extraña, del mamón que siempre puede… me estresa demasiado.

  2. ODIO las faltas de respeto al trabajo. Siempre he sido bien educado y consciente del trabajo de otras personas. Es una especie de empatía. Cuando trabajo con alguien, procuro enfocarme a sus cualidades y no pido más. No critico su trabajo, porque a final de cuentas debe hacerlo. De la misma manera, espero el mismo respeto con mi trabajo. Odio cuando esto no pasa. Esto también aplica a actitudes, modismos, etcétera.

  3. ODIO la cursilería. Detesto cualquier exceso de miel.

  4. ODIO la coca cola zero. No sabe igual. Es una mierda.

  5. ODIO que me intenten encuestar. Desde los telemarketers hasta los estudiantes de merca que se la viven en Coyoacán.

  1. Me agradan las nenas en minifalda, en primavera, en algún lugar de provincia. Dónde unos ventarrones conspicuos y de repente felices, erotómanos, hedonistas e hiperactivos, corren para levantar sus faldas y ellas, apresuradas e histéricas, tengan que bajar las manos para detenerlas. Pero ya es demasiado tarde, porque uno se da cuenta… ya es demasiado tarde, les digo… son azules.

Quien quiera tomar el batón es bienvenido. La onda son cinco cosas que odias, y una que te guste. Salut.

Líneas: 2007-04-26

  • Ahhh, editando unos pinchis dvd’s. Ya merito termino. #
  • Me gusta mucho el iDVD. Lo quiero para hacer películas porno caseras. Yay! ahora nomás tengo que buscar a los actores. #
  • Lo más aburrido del mundo, es esperar que codifique el video. Si no se hubiera ido la luz hace rato, habría terminado hace 2 horas. #
  • Bueno fuera estar ebrio. Sólo cansado. Coca y faritos con filtro. #

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Una absurda historia de amor. 1

“Si se despedaza una mentira… los pedazos son la verdadEugene Gladstone O’Neill (1888-1953)

No soy un tipo sonriente, ni cursi. Tampoco soy un amargado. Soy buena onda, tengo mis momentos de felicidad, pero hasta ahí. Por eso, cuando me comisionaron escribir una historia de amor a siete capítulos, no salté de alegría. No sé escribir historias de amor que no acaben medio trágicamente, o que no contengan groserías. Es por eso que me disculpo de antemano con mi editor, si encuentra algunas groserías. Le prometo que solamente serán mías y de nadie más.

Mientras pensaba en las vicisitudes que debía contener una de estas historias y personajes memorables para acompañarla, se me ocurrió que no debía ir tan lejos y relatar algo que ocurrió hace poco entre un trío bastante inusual. Si ventilo su historia, es porque los tres me caen mal o no tengo nada que me una a ellos, mas que una relación laboral y la pura casualidad. He recogido pedazos de la historia entre Matilda, Borneos y Caifás entre viaje y viaje. Como soy muy preguntón cuando algún chisme me interesa, tengo casi todos los detalles y los que no, digamos que los inventé.

Matilda se me acercó corriendo, como una gallina descabezada, cuando su jefe le había dado la nota: “O inventas una buena idea para el siguiente comercial, o te largas”. Había cometido la indiscresión de decir estupideces en sus últimas dos juntas. En una de ellas, por cierto, presenté el casting y un chavo que ahora es un hit de telenovelas, Matilde tuvo el atrevimiento para decir a mitad de la junta que tenía los dientes amarillos y un ojo virolo. No sólo me echó a perder mi trabajo, sino que también los clientes se dieron topes contra la pared cuando se dieron cuenta que pudieron tener imágen sin pagar los miles de pesos.

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La enormidad.

Ese domingo, aquel que parece lejano, llegarón siete niñas. El director sólo escogió una. Para la junta del lunes llevaba cinco niños y tres niñas. El asistente de dirección habló conmigo—. No mames, si le presento cinco niñas me la van a re-mentar —asentí, lentamente. Si lo sabía. Lo sabía muy bien. ¿Pero qué otra cosa podía hacer si con el último empujón no había gustado ninguna? Preparé mis listas con fotos, un cd con los quicktimes (otro cd con protección, por si no gustaba nada, presentar el casting), me rasqué detrás de las orejas y como una gallina descabezada, pero con dos kilos de valium, paseé de un lado a otro en lo que llegaba la hora de la junta. No había otra cosa qué hacer. Esperar nomás. Ese día se había abierto un casting, en espera de que llegaran otras niñas más. Si no gustaba nada, finalmente tendría material de protección para la junta final.

La junta sería en Lomas de Bezares. Si ubican la libre a Toluca, probablemente saben que de la Narvarte hasta allá, me haría como 45 minutos. Ese día no hubo tanto tráfico, ni llovió, así que llegué temprano. Como quince minutos antes de las cuatro (la junta era a las cuatro y media). Me presenté con mi folder verde a la productora, con camisita y bien peinado, los vigilantes me dirigieron a la sala de recepción y me senté por ahí. Fumaba y esperaba. Me habré sentado durante eternidades, mientras leía en mi ipaq y revisaba mis cuentos. El asistente pasó a saludarme en algún momento y me pidió los cd’s para que producción los copiara a la mac dónde proyectaríamos la junta. Me dijo algo de una niña que estaba por ahí y me preguntó si traería la cámara para tomarle video y hacerle el casting.

La productora me llamó para checar algo del CD y después busqué al asistente para ver lo de la niña. Ahí se encontraba el canadiense y el asistente haciéndole casting a la niña que habían mencionado. Una niña bonita, de vestido azul y sonrisa tierna. Una feliz desconocida como todos nosotros. Al terminar de hacerle el casting, el canadiense dijo que no se necesitaba el video. —No es lo mismo ser lindo con tus cuatitos y tu familia, a ser lindo con personas que ni conoces —dijo el asistente. Nada más lejos de la verdad. Despedí a la chamaquita con una sonrisa y me dijeron que le pasara mis datos para que hiciera uno que otro casting. Asentí y se me olvidó, me regresé a la recepción a esperar la junta. Finalmente encontré una sala por ahí, donde creí que presentaríamos todo. Tomé uno de los asientos y me perdí.

En unos veinte minutos pasaron dos cosas. Me llamó Sol para decirme que me amaba y el señor Pedro Torres, se asomó a la sala dónde estaba esperando, y me dio la mano.

Pedro Torres es uno de los grandes personajes de la publicidad y la creación de contenidos, en México. A él le debemos la entrada de la franquicia Big Brother, así como una serie de comerciales memorables, que seguramente guardas en algún resquicio de tu alma. Todavía es famosa la historia entre Lucía Méndez y él, de seguro algunos se acordarán de ese desmadrito. Si yo fuera comunicólogo, no sólo le hubiera dado la mano, le hubiera besado los pies y hubiera buscado la manera de que me diera trabajo o se interesara por uno de mis proyectos. En mi caso, sólo fue un firme apretón de manos, un cómo te va, y una pregunta vaga en mi interior como si debiera decir algo más. Sin embargo, ese breve encuentro fue la ceremoniosa educación que le debes al hombre qué te da trabajo, sin perder la dignidad o el decoro.

Se fue y me quedé esperando otro rato. La espera se hizo larga. Salí al estacionamiento y uno de los vigilantes me hizo señales. Me acerqué, me dijo que ya habían llegado las personas de la junta, y me dio instrucciones para llegar a la sala. Caminé apresurado, busqué en el laberinto y encontré la junta. Medio me asomé y me dijeron que me llamaban cuando fuera mi turno. Un pequeño dato que había olvidado: Vestuario, Arte y Casting, esperan su turno en la junta para dar su presentación. Me busqué una sillita, preparé mis listas y esperé. De nuevo. Por lo general casting lo presentan al final.

La primera junta es la de pre-producción. Es donde la productora y la agencia de publicidad platican. Ven las opciones de lo que hay, y entre ellos toman la decisión para la junta final. Así el cliente no lo ve todo, sólo lo mejorcito. El director presentó la idea del comercial usando el story board. Después platicaron de locaciones, de los animatronics y los efectos computarizados que usarán para el comercial, los jingles, etcétera. Me preocupó un poco lo de las locaciones. La locación preferida del director la cambiaron porque ya había sido utilizada en otros comerciales de dulces (específicamente un chicle). Lo mío es un chocolate. De todas maneras me preocupó, porque uno de mis niños ya había hecho un comercial de ese chicle en específico. Esto de las competencias de verdad es un tema muy complicado… sobre todo por los niños.

Cuando fue mi turno, los saludé a todos, repartí las listas y tomé asiento. Arte y Vestuario, por lo general tienen que platicar lo que presentan. “Escogí estas macetas porque pueden formar parte de la urbanidad, pero también le dan un toque natural, sin irse a lo industrial”, “Los colores fríos para los extras son lo mejor, porque nos gustaría darle prioridad a nuestros personajes principales”. El casting, sin embargo, siempre se vende solo. Lo único que necesitas es llevar tus videos, darles play y que los escogidos hagan lo suyo. No por ello estaba menos nervioso. Mis juntas siempre me había acompañado Jorge. Ahora que estaba solo, no me sentía inseguro porque llevaba protección hasta debajo de las narices, pero si esperaba no pasarme de lanza con mis comentarios. Uno debe aprender a medir como tratar a las personas, y como yo soy un discapacitado social…

El primer niño que presenté, fue uno que tenía las orejas un poco grandes y le llamaron “Yoda”. ¿Estamos seguros que queremos a Yoda en la filmación? — Risas. Alcé un poco la mirada. El siguiente niño me preguntaron si era demasiado adulto. —No —le dije—, puede que tenga las facciones un poco duras, pero es un chamaquito. Dominique (sentada a mi izquierda), la productora (una doña como de 60 años), me pellizcó un brazo y me dijo en voz baja—. No hagas eso, se supone estas vendiendo tu casting. Le asentí lentamente. No me importaba mucho defenderlo porque ese niño había hecho chicle y si quedaba, iba a ser una pinche tristeza. Después todo fluyó como agua viva. Los tres siguientes niños encantaron, uno porque parecía un joven Keanu Reeves y otro porque tenía cara de gandalla. Finalmente, como un extra, presentamos al preferido del director, sin embargo no les gustó y simplemente nos quedamos con tres.

Después fue el turno de las niñas y las tres niñas fueron, sencillamente, espectaculares. Les fascinaron, casi grito de alegría. Respiré aliviado. El asistente de dirección volteó para susurrarme: “Suertudo”. Me quedé unos minutos más, arreglé lo de unas cartas responsivas con el productor de agencia, salí al estacionamiento para llamarle a Sol y decirle que la amaba, pedí un taxi y me fui a casa, pensando muy poco en la junta de mañana y con una jeta de victoria en todo el rostro.

Gracias por tu esfuerzo.

De mis clases de física, en la prepa, recuerdo dos cosas: trabajo y esfuerzo. Va de memoria y entendimiento, así que seguro me equivoco. Mientras el trabajo es el la energía que ocupas para mover un objeto de un lugar a otro, el esfuerzo es la energía que se gasta contra algo que es demasiado grande y el único resultado, es el desperdicio de energía. Un trabajo no concretado, eso es el esfuerzo. Por eso, cuando me agradecen mi esfuerzo en vez de mi trabajo, siento un poco de tristeza. No importa las ganas o cuanto pongas en algo, si el esfuerzo es el único resultado y a veces, aunque con esfuerzo logres el trabajo, te das cuenta que otros métodos hubieran dado una resolución más pronta, al mismo fin. El esfuerzo no te hace crecer, no te hace aprender, es un simple desperdicio.

Por eso, a veces me repatea que me digan: “Gracias por tu esfuerzo”.

Ponte de buenas.

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Je.