Hephziba.

—Hephziba, habemos muchos buscan el significado de una vida gloriosa.

—Yo también lo busco, adorado.

—Arrodíllate a mi lado, Hephziba y escucha mis palabras, no es de sabios buscar la grandeza a no ser que busquen primero su gloria en las batallas pequeñas. Como lavarse los dientes, o levantarse temprano para admirar el cielo. Si no saben limpiarse bien la cola, Hephziba, la gloria huirá de ellos, tan sorpresivamente como puede llegar a su lado, así como tú te has arrodillado frente a mí.

—Entiendo, adorado.

—Son las cosas pequeñas primero, esas que parecen estúpidas, las que enseñan a pensar al hombre. Atarse bien los zapatos, comer a las horas correctas. La disciplina para hacer esas cositas que parecen insignificantes, educarán al espíritu para resolver metas más grandes. Es fijarse en los engranes más pequeños de la máquina, para entender su funcionamiento.

—Pero, adorado, ¿no por eso hay obreros que sólo conocen eso y en ese trabajo, se extinguen sus vidas?

—Claro que si, Hephzibah. Pero hay otros, los hombres excepcionales, los que alcanzan ese pequeño conocimiento y no sólo arreglan la máquina existente, sino le ponen otros brazos, otras patas, una extención mayor de su cuerpo. Después, se atreverán a construir una máquina propia. En este mundo tan grande, en el universo dónde es imposible contar el número de estrellas que rodean esta tierra… hay oportunidad para todos. Que una persona sea excepcional, no quiere decir que alcanzará un lugar en esas estrellas, pero es posible que las huellas de su máquina marquen la tierra.

—Creo entender, adorado.

—Puedes levantarte Hephziba. Quiero una taza de café. Si quieres, también trae una para ti.

—Si, adorado.

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