Entradas escritas en Noviembre, 2006 ↓
Noviembre 30, 2006 — Escribir, Geek bastard, Lector, Literatura, Música, otros blogs.
Escrito por Agustin Fest.
Desde hace unas horas se fue la luz, justo cuando Fest quería escribir unas miles de palabras nuevas a su novela y también cuando tuvo la idea de organizar su música al estilo de Salvador Leal: hacer listas de reproducción para ciertos conceptos o momentos de su vida. Eso estaría mejor. En vez de elegir una sesión aleatoria dentro de iTunes, eligiría un sentimiento o momento en particular para evocar o provocar a través de su música. Listas de reproducción con el nombre de su abuela por ejemplo, y la música que ella escuchaba. O listas llamadas Centro Universitario México, exclusivamente con canciones que escuchaba en aquel pasado cada vez más lejano. Incluso una lista que se llamara amor / desamor, para esas canciones contrastantes. Otra lista con las canciones que escuchaba una y otra vez, al escribir el diario de Simón Dor. Canciones que en su momento fueron una fuente de inspiración constante y hoy son un recuerdo pasajero y agradable.
Te asombró con una cita de Melville que seguramente había leído hacía poco: «Para producir un gran libro es menester elegir un gran tema. Ninguna obra grande y durable podrá ser jamás escrita sobre la pulga, aunque muchos lo hayan intentado».
—Cantata de los Diablos, Marcos Aguinis.
Las miles de palabras nuevas para su novela también tendrán que esperar. Ya había conseguido un argumento político que justificara el suicidio de Carlos Almaguer, y le darían fortaleza al padre del personaje principal. Fest piensa que sería interesante matar a un candidato a la presidencia, usando el argumento político que tiene preparado (aunque alejado de la realidad mexicana, de nombre Colosio) y podría darle a la novela una dinámica que no esta acostumbrado a escribir. Política, fantasmas, sexo cochino y un anti-héroe, prometen un licuado de cosas muy interesantes… Le preocupa perder el control o no escribir correctamente ciertas situaciones… Pero, definitivamente, esta contento con lo que lleva.
—¿Has escrito muchos versos? —preguntó Albariconte arrimándose a tu lado.
—No sé a qué llamaría usted muchos…
—Muchos sería un poema diario.
—¡Tanto no!… —reíste.
—¡Por supuesto, muchacho! Las letras no son productos fabriles, aunque ya existan máquinas para hacer versos: el arte es emanación del hombre, exclusivamente; y el hombre no es una máquina, no debería serlo. Hay que escribir cuando se necesita, libremente.
Asentiste con la cabeza. Su brazo en tu hombro y su extraño afecto te cautivaban.
—Yo trato de escribir diariamente, caliento el motor durante media hora más o menos, pero si no sale, largo.
—Cantata de los Diablos, Marcos Aguinis.
En lecturas, Fest actualmente esta leyendo Cantata de los Diablos de Marcos Aguinis. Ha subrayado un par de frases que han definido su gusto por la novela. Esta interesado en particular por el uso de tres voces como método narrativo, aunque las tres se resumen a un sólo hombre en facetas distintas: el amargado escritor Fernando Albariconte, sus actos y las consecuencias de quebrar sus sueños. Como la novela es argentina, seguro Fest ha perdido un par de detalles históricos o locativos que en ella se mencionan, sin embargo, le es suficiente con el recurso de las voces, los diálogos y el bello vocabulario para continuar su lectura. Le mantiene intrigado y desea gustosamente saber en que termina cada una de estas voces. Además, se ha sentido un poco identificado con el joven escritor, Héctor Célico, que aún con las diferencias regionales, poseé los rasgos de un chavito necio con las letras e ingenuo con la vida (como un servidor). Existe un contraste entre Célico y Albariconte, funcionan como las dos caras de una moneda. Son como dobles imperfectos, un reflejo distorsionado el uno del otro. A Fest le ha interesado mucho la dinámica entre estos dos personajes.
Albariconte saludó a tu madre y a tu maestra: que disfruten la estadía. Oprimió tus brazos: muchacho, aunque siempre no sea así, el arte, el legítimo arte es verdad, es sangre, es moral; no lo olvidés.
Tuviste la impresión de enfrentar a un gran hombre, y esa impresión te duró años, quizá puerilmente.
—Cantata de los Diablos, Marcos Aguinis.
Ahhhh… 4.10 de la mañana. Fest ha escrito esto usando su pocket pc. La falta de energía eléctrica es como un infiernito para el insomniaco.
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Noviembre 28, 2006 — Consumidor de Entretenimiento, Cuentos, Despertares, Fractal Chaos, Howl, Paranoidefobico, Sueño-Insomnio.
Escrito por Agustin Fest.
No debiera doler escribir algo bonito, algo como que pedimos felicidad o contagiar la felicidad. Porque eso de escribir felicidad, eventualmente llega un cabrón y te la tira con un comentario ingenioso o maldoso. Digo, yo soy de esos cabrones, a eso me dedicaba las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Continuo vivo. No es que fuera mala onda, es que aburre cuando alguien dice puras cosas bonitas. Es inspirador un ratito, si, tal vez, pero ya chole. Si no lo hago tanto como acostumbraba es porque tengo la firme convicción de que hoy voy a cambiar, además que incluso esos comentarios sembrando cizaña se han vuelto una pequeña molestia en la vida. Es como tener comezón y rascártela. Después te acostumbras a rascarte con toda la comezón. Llega el momento en que te rascas aún si no lo necesitas, una picazón espantosa y ficticia hormiguea todo tu cuerpo. Ya ni rascas por la satisfacción, sino por reflejo. Se ha vuelto una rutina, forma parte del vals de todos los días. Se pierde lo sabroso y aumenta considerablemente la cantidad de veces que debes rascarte. Yo creo que llegué al límite, toqué fondo. Cuando a un niño, feliz en un trenecito de una plaza comercial, le dije algo así como “ojalá se descarrile el tren”, supe que había llegado lejos. Ni siquiera se iba a descarrilar el pinche tren, porque era de rueditas y no había rieles, pero no pude evitar el comentario. Ahí iba el trenecito chú chú, con la sonrisa pendeja de la ingenuidad y el infantilismo, “y ojalá se descarrile el pinche tren”. Ojalá no le haya causado un trauma, o miedo, aunque tal vez se vuelva un personaje famoso… un guionista, alguien que escriba como se descarrila un tren, de esos que ya no hay, y surja de su cabeza una asombrosa historia de supervivencia. Llegará a Hollywood, presentará el festival de Cannes, ganará un Oscar por mejor película extranjera, y cuando regrese a casa, con esa estatuilla de oro en las manos, se reirá un poco antes de dormir burlándose de ese cabrón que le dijo lo del trenecito.
Luego tendrá una pesadilla dónde la luz del tren se le viene encima y yo reiré al final.
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Noviembre 27, 2006 — Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
En cinco minutos perdió las palabras para hablarte a vos. En medio de aquella bacanal, dentro del río de gente donde nadaban como salmones luchando por la reproducción, las damitas pasadas de copas habían frotado sus faldas contra tus jeans ajustados y los hombrecitos le retaban a beber cerveza de un trago esperando que esa hombría les trajera a la mujer de su vida. Su vida, esa noche. Ahí también estaba él, en el mismo lugar que vos, porque destino nos reune con todos los seres del mundo en algún punto determinado de nuestras vidas (espacio y tiempo, son tantos los segundos y los centímetros que es inevitable no toparnos con todos). No era nada especial, ni sonrías, pero sería bonito, ¿no lo crees? Él te miraba sutilmente, arrastrándose en decenas de escenarios imaginarios para llegar a preguntarte si preferías el clavel o la rosa. Ay, que el reggaeton y el hip hop, meneaba los pechos y las piernas, abría los labios y cortaba respiraciones a pulmones cancerígenos, hombres y mujeres sudorosos destilando alcohol por los poros y sus cabellos rizados brillaban a compás de las luces. Si te digo… esperaba el momento en que el tipo grande y gordo se apartara de ti, él confiaba en tu destreza de mujer, un hechizo que trajera a las musas al hombro del gordo, hadas de vodka que le obligaran a beber toda la noche y lo llevarían con encantos a su cama, sin compañía, con la garganta quebrada por los cigarrillos y las risas tan necesitada para socializar, y se le caería una lagrimita porque no cogió contigo esa noche y tendría que mirar porno y tocarse solo. Él confiaba bien en vos. Aspiraste una línea de coca, que droga tan anticuada te dijo una amiga y se rió de vos, con ojitos de éxtasis, y mirabas lucecitas, como las otras trescientas almas en ese lugar, un mar de libélulas buscando redención. Él no dejaba de mirarte. Te drogaste para que le fuera más fácil. En tus cinco no buscarías amor en vasos vacíos. Si no se acercaba, no importaría, tú continuarías divirtiéndote, te tragaría la bacanal y te regurgitaría al día siguiente. Un día que no importaba, incluso importaba menos que esa pequeña línea que podría unirlos tarde o temprano.
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Noviembre 24, 2006 — Consumidor de Entretenimiento, Fest, In exsistere.
Escrito por Agustin Fest.
La fiesta Fest (valga la redundancia [cuando se enteró que su apellido significaba literalmente Fiesta, sonrió mucho ese día]), son un par de audífonos y el volumen muy alto. Demostrando poco control de su compostura, mueve la cabeza, pero ni siquiera como un rockstar estúpido, loco y drogado. Según él, lo hace de manera discreta, monótona y aburrida, para que no se note cuánto disfruta la canción. Fue un día medio raro, de cualquier manera. Lo mejor que puede hacer, según él, es oir música y tratar de escribir.
En la mañana, no se presentó al examen profesional de Ariadna y todavía no ha pedido perdón. Sabe que se perdió uno de los momentos importantes en la vida de uno de sus amigos, pero así le pasa a Fest… cuándo menos se lo espera, tiene que solucionar otras cosas. Promete ahorrar para invitarle a comer a un buen restaurante, es lo menos que puede hacer. No le gusta perderse esos momentos, piensa que dejarán de quererle por ello. Desea honestamente, que haya pasado bien su examen y que pronto sea reconocida como toda una Licenciada en Literatura Inglesa.
El Centro de Estudios Blogosféricos y la Obesidad (CEBO) (por una blogósfera saludable® — slogan), reconoce uno de los fenómenos blogosféricos más preocupantes: cuando el autor de un blog se tira para que lo recojan. No era ese el título original, pero por más que intenta no puede recordarlo. Fest tampoco se creía el estudio, hasta que leyó el artículo publicado en un reconocido periódico dentro de una famosa cadena de restaurantes. Sentado, se acomodó la servilleta en la mesa, empezó a leer el artículo y le dijo a la señorita—. Café por favor y retíreme la carta, porque soy un rascuache y no puedo pedir nada más. La señorita frunció el entrecejo y después de cuarenta minutos, le trajo un café frío. Ocupado en su consternante lectura, Fest agradeció a la mesera en voz baja y distraida, con un gesto señorial le dijo “Todo bien”. Le dio un sorbo a su café, con todo y burbujas sospechosas que indicaban el posible ataque de un agente externo y revisó el artículo.
El estudio hecho a veinte bloggers arrojó resultados sorprendentes. Primero se les invitó a que abrieran una bitácora y después de tres meses, quince cerraron su blog. Otros dos continuaron publicando de manera bastante irregular y los tres restantes lo hacían todos los días. Como parte del estudio, después de los tres meses (ya cuando una bitácora tiene más probabilidades de sobrevivir), el CEBO arregló para aumentar sus comentarios significativamente. Si antes recibían de uno a cinco comentarios, empezaron a recibir veinticinco. Entonces, cuatro de los cinco bloggers, se dieron un disparo en la cabeza. Miró las fotos que acompañaban el artículo y una de ellas, ¡incluso era guapa! —Cómo te disparaste en la cabeza con esas piernas vida mía —pensó Fest medio triste.
Los posts que acompañaban a los bloggers en sus últimos momentos, trataban de orgías, drogas, mucho rock y una fama casi efímera. —Aunque algunos bloggers bajaron de peso considerablemente, sirviendo a nuestra meta por la salud, pues lamentablemente se suicidaron… y bueno, lo que pasa es que no podíamos meter mano porque seguíamos en el experimento. ¿Quién iba a pensar que todos se iban a disparar en la cabeza al mismo tiempo? Nos tomó por sorpresa, en serio. Pero… ¿no es ello un resultado emocionante? Quiere decir que los bloggers, aún siendo superficialmente distintos, poseían características similares que los orillaron a matarse, casi a la vez. Todavía debemos hacer estudios al respecto, para dar un resultado concluyente acerca de estas características que compartían. ¿Piensan compensar a sus familiares?, preguntó un reportero. —¿Eh? ¿Compensación?
Fest asintió lentamente después de leer el periódico, olió su café y se dio cuenta que la mesera le había puesto mezcalito sabor mota. Cuando alzó la mirada, ella le guiñó el ojo y le sopló un beso.
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Noviembre 22, 2006 — 1-2-3, Fest, Geek bastard, Howl.
Escrito por Agustin Fest.

Hoy Fest se siente bastante estúpido. No le pregunten por qué.
Pero yo les diré de cualquier manera. Fest acostumbra a dejar el celular a un lado de la almohada, porque a veces manda mensajes antes de dormir o bien, para escuchar llamadas o avisos cuando esta dormido. ¿Pero, cómo es que llega el celular de los bolsillos de sus jeans a un lado de su almohada? El cerebro positrónico del celular todavía no le ha permitido desarrollar patitas y para Fest no existen soluciones civilizadas como llevarlo en la mano, hasta que deposita su humanidad al saludable y necesario descanso. Después de omitir las obvias soluciones, hay que pensar en las alocadas, ilógicas e irresponsables: Suele aventar “suavemente” el celular, para que este quede a un lado del colchón. Por lo general, el celular rebota un poco en respuesta y exclama “Wiii”, luego cae suavemente y con sus manitas (desarrolladas con su cerebro positrónico) busca una mantita y se arropa comodamente, sobre todo en estas épocas de frío. Para finalizar el día, Fest se acostaba y platicaba un rato con su celular, acerca de las cosas que pasaron en el día, se daban el beso de buenas noches y caían profundamente dormidos.
La rutina se repitió ayer, con una ligerísima diferencia: Había un vaso de refresco, a un lado de la cama.
Fest recuerda que miró el vaso, no le prestó atención, sólo tuvo un pequeñísimo pensamiento: Estaría curioso si el celular rebotara lo suficiente para caer en el vaso. Se encogió de hombros, sacó el celular y midió para aventarlo “suavemente” (insiste) a la cama. El celular sacó sus manitas y sonrió, empezaba a emocionarse. Wiiiiiiiii, Wiiiiiiiiii, WIIIIIIII. En cámara lenta, el celular saltó de sus manos y pasaron varios minutos antes que chocara contra el colchón. Fest asintió satisfactoriamente, iba a voltear la mirada, cuando el k300 (Sony Ericcsson, comercial), hizo un salto triple mortal un tantito a la izquierda. —¡Mírame! ¡Mírame! ¡WIIIII! —Fest sonrió como un buen padre lo hubiera hecho, hasta que miró que cayó gracilmente al vaso con gran habilidad acrobática. El vaso, todavía tenía un poco de Coca Cola. Supongo que una gran parte de nosotros conoce la historia de Arquímedes, pues el volumen del celular subió la marea dentro de ese pequeñísimo mar de agua, colorantes y azúcar. Se mojó buena parte del teclado y de las entradas de conexión. En vez de WIII, el celular empezó a gritar que Fest era un hideputa y finalmente, guardó silencio después de exclamar—. ¡Me derrito, me derrito!
Recuerda que se le quedó mirando incrédulo. Cuando terminó la incredulidad, mucho tiempo después, corrió a la cama y sacó el celular, con su pantallita todavía encendida, pero chorreando. Al ver que todavía mostraba signos de vida, pensó esperanzado que aún funcionaría, que sólo era cosa de secarlo. Lo desarmó, le quitó lo más que pudo del no tan vital líquido, le pasó aire comprimido para buscar las gotitas traicioneras, lo armó de nuevo y este dio la falsa impresión de que aún podía funcionar. Trató de dormir, después de todo, ya mañana vería que gestos hacía, aparte del rictus de terror y furia por pensar que Fest era un hideputa.
Al día siguiente, parecía cumplir las funciones primarias, como marcar, mandar y recibir mensajes. Sin embargo, señalaba que la batería estaba casi descargada (cuando aún le quedaba un 70%). Cuando conectó el teléfono a la corriente, este simplemente ignoró los cables y no hizo señas de que estuviera recibiendo su dósis de electricidad. Se sintió un poco alegre por él, probablemente estaba en un estado superior, dónde necesitaba menos de este mundo terrenal. Ese es el estado actual, Fest piensa que el azúcar terminará por partirle la madre y que lo mejor que puede hacer, es prepararle un funeral vikingo. No es que le haya dolido, lo más que lamentaba del celular eran unas fotos y un par de videos que no tenía respaldados. Recuerdos bonitos, de él y de su novia.
El celular era sólo para enviarle mensajitos a la dueña de sus suspiros. Con esas intenciones compró el primer celular. Ya después encontró otras ocupaciones con él, como los jueguitos, las fotitos o los videitos. Encontró los contras, cuando lo usaban para localizarlo del trabajo o sus familiares. Algo que nunca le ha pareció del todo. Ninguna de esas cosas, necesaria. Para el ocio de las filas, prefiere leer un libro o mirar gente. La función primaria del celular ha disminuido con el tiempo, a ella parece cansarle que Fest le mande mensajitos, será por el trabajo o porque le ocupan otras cosas, o porque le gusta su ilusión de independencia. Sin celular, podrá descansar un poco y recordar como era la vida sin tener un dispositivo móvil incrustado en las piernas. No se ha perdido nada.
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Noviembre 21, 2006 — Consumidor de Entretenimiento, Fest, Howl.
Escrito por Agustin Fest.
Tiene las manos frías. Fest pensó en la tarde, mientras caminaba por la calle, que lo bonito de diciembre es el frío. Sus manos engarrotadas en el bolsillo, sus labios temblando un poco, el cigarro amenazaba con caerse en cualquier momento. Ah, qué deliciosa contradicción: no podía mover los dedos pero pensaba en la belleza de diciembre.
El frío es un aviso para los niños, les indica el deber de abrigarse bien porque Santa Claus no tardará en visitarles y es mejor recibir los regalos (y las vacaciones) sin mocos y tos de perro. Hay historias alternas, bien conocidas entre los chavitos que fuman mota, donde Santa Claus conserva bien escondida su lista de niñas malas para llegar a visitarlas cuando son mayores de edad. —Te estoy cayendo de sorpresita Maribel, JO JO JO —diría Santa, con unos whiskys encima—. Cierra la puerta, que tenemos muchos pecados que redimir. Lo que pasa detrás de puertas, es que Santa Claus saca un jueguito de Jenga(TM) o unas cartas, y juega con las niñas malas toda la noche. No las deja dormir. Si acaso lo intentan, entonces Santa Claus les pica los ojos, o les tapa la nariz. Después de la cruda de sueño, cigarrillos y whisky, las manda a trabajar y/o a estudiar. Eso lo repite una o dos veces al mes. Lleva una cuenta de cuántas noches requiere cada niña para pasarla al otro lado. Esa cuenta no la anota, porque sabrán que Santa tiene una memoria prodigiosa… de verdad que es un chingón. ¿Por qué Santa no visita a los niños malos? Bueno, porque eso lo hacen algunos sacerdotes o bien, eventualmente los mandan a prisión. Nadie escapa del juicio terrible de Santa, pero no me dejarán mentir, las niñas aún tienen preferencia en este horrible mundo donde el machismo asqueroso impera.
Yo de ser Santa Claus, envidiaría su trabajo de visitar nenas malas y con este frío enorme, le envidio un chingo el puto abrigo rojo que se ve tan calientito y espacioso.
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Noviembre 20, 2006 — Amor, Familia, Fest, Mi abuela, Música, Notas aleatorias.
Escrito por Agustin Fest.
Parece que el tiempo se ha ido en minucias. Fest ha organizado parte de su música en iTunes, ha bajado una serie que le recomendaron llamada Cool Devices, ha recuperado algunas canciones que perdió en un descuido. Todo esta en internet. Se ha ido el tiempo en la comida, los trastes, salir a fumar, mirar como el día se ha oscurecido. Pensar un poco. También ha disfrutado escribir. Se le ocurrió en una de esas salidas a la reja, que tal vez debía intentar cosas que no haría o que rechazaría, sólo como una curiosidad. No sabe que cosas, solamente fue un pensamiento rápido y pasajero.
Escucha a Isabel Pantoja cantando “Se me enamora el alma”, una canción muy cursi, una canción para mujeres (piensa). Su abuela solía escucharla en el mercado, cuándo no había clientas y el tiempo se diluía sutilmente. En aquel entonces, el tiempo era un concepto distorsionado, algo que moría sin que nadie se interesara por su funeral. Recuerda que la canción le provocaba una sensación de bienestar, aún cuando es algo triste, o ambigua. Hoy siente la nostalgia por ese bienestar y recupera un pedacito de ello. A menudo, al escuchar la canción, se preguntaba porque a su abuela le gustaba tanto, si acaso le traía algún recuerdo amoroso (o desamoroso). A Fest le hubiera gustado escuchar de los amores de su abuela, pero es tarde para ello. Aún cuando sentimos la distorsión del tiempo, este continua caminando. Hoy es 20 de noviembre, hoy la abuela cumpliría 69 años. ¿Cuál revolución? ¡El cumpleaños de la abuela!
Piensa que es mejor así. A María Rojas le hubiera dolido verse en el espejo llena de arrugas, cansada, quejándose por su vejez. La abuela no era de esas personas que aceptaran tan facilmente su vejez física, pensaba que debía seguir viva… viva trabajando, limpiando, ordenando, cocinando. La abuela continuaría viva, con la sola condición que tuviera la oportunidad de cuidar a sus niños, aún cuando estos fueran ya grandecitos para limpiarse la cola sin ayuda. Así era ella, no había de otra. Elabora el pensamiento, siguiendo en esa línea… por eso decidió morirse, porque sabía que si sobrevivía, ya no tendría la fortaleza física para ser de utilidad. La abuela y el amor, el cariño, era la fortaleza de serle util a otras personas.
Hace algo de frío.
Será mejor salir a fumarse otro cigarrillo, Fest.
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