Entender la caída de Fest por un agujero negro, tomaría explicar por qué un trabajador descuidado dejó la alcantarilla abierta y también, tomaría explicar la brutalidad con la que Fest esta acostumbrado a caminar en la calle y le impide ver cuidadosamente sus pasos (uno detrás de otro). A veces no es así —solamente las veces que recuerda a su abuela diciéndole: mira dónde pisas cabrón o podrías llenar tus zapatos de mierda—, diría Fest, justamente, que tenía un cincuenta por ciento de probabilidades entre caer en el agujero y entre mirar dónde ponía sus patotas. Había factores en contra: cuando se bajó del camión, efectivamente, miró los escaloncitos y también hasta que sus pies tocaron, gracilmente, el pavimento… el problema surgió cuando dio los siguientes pasos, cuando se subió a la banqueta, hizo su entrada triunfal como un peatón más de las calles y no se dio cuenta de la alcantarilla abierta. Desapareció como una caricatura, arrastrando sus ojos y su boca por el efecto que tiene la gravedad sobre esos cuerpos tan distraidos. Cayó, será, unos dos metros y medio bajo tierra, y cuando sintió el primer golpe contra su espalda e hizo ademán de levantarse porque creía haber terminado su descenso, el agujero pareció arrastrarlo más y resbaló, otros tres o cuatro metros. Ya cuando sus piernas, seguido de sus nalgas, golpearon una oscuridad inmunda, solamente miró arriba dónde la luz se estaba perdiendo y por el dolor, atinó a quedarse inconsciente.
En cuanto al por qué el trabajador de los sistemas de agua dejó la alcantarilla abierta, sería tan sencillo como explicar que era su hora de comida y que un demonio, de los ocho que se escaparon de la cabeza de Fest, intensificó su urgencia por el hambre. Llevaba ya varias horas revisando que no hubiera otros tubos oxidados y ya había cambiado uno que fugaba. Su uniforme azul estaba apestoso hasta dónde no existían costuras, su gorra ya estaba café en vez de azul y su cabeza, hacía mucho tiempo, había dejado de pensar que si hubiera estudiado no estaría nadando entre mierda. El demonio travieso alborotó un poco sus cabellos y conectó las neuronas adecuadas para que el trabajador mirara su reloj, sintiera un profundo hueco en el estómago y buscara caminando la taquería más cercana. Sobra decir que el demonio le quitó el sentido común, el encargado de guiar sus pasos a su casa y bañarse antes de comer, y el trabajador del sistema de aguas, algo hipnotizado, caminó llevando un halo de inmundicia a su alrededor. La gente sólo se tapaba las narices cuándo sentían su presencia cerca y murmuraban groserías relacionadas a la caca y a la basura, pero era pronto olvidado por las prisas y la vida. Ignorado y ya.
Surge del párrafo anterior otra duda que será brevemente contestada: Cuatro de pastor y una gringa. Así como los taxistas, los taqueros estan acostumbrados a encontrar de todo en la Ciudad de México. No era raro que atendieran a un trabajador apestoso.
El niño Torres cuando miró la desaparición de Fest, le pareció mágico y externó una ovación por la sorpresa. El agrado se notaba en sus ojos infantiles. Cuando miró que Fest no reaparecía por el agujero y se asomó, se dio cuenta que él se había perdido en la oscuridad. Le dio el curioso e inoportuno sentimiento de déjà vécu, se preguntó ¿dónde, dónde? y luego se echó a reír, porque le había parecido tan gracioso cuando Fest había desaparecido por el camino oscuro, la expresión en su rostro cuando la gravedad hizo lo suyo era algo memorable hasta el resto de sus días. Volteó para comentárselo al lobo rojo, pero el lobo tampoco estaba presente. Se sentó en el borde de la alcantarilla, miró abajo y preguntó iluso-. ¿Se encuentran bien? -lo hacía a ambos, porque desconocía que el lobo se había separado del grupo y en ese momento estaba disfrutando de una deliciosa comida llamada Flora. Se frotó las manos ansioso porque no sabía que debía hacer, si debía bajar, si pedir ayuda o si debía esperarlos. La gente en la calle empezó a detenerse para mirarlo, algunos pensaban que estaban contemplando a un niño que estaba al borde del suicidio o un niño que estaba muy aburrido. Torres se tomó la paciencia para explicarle a la gente que su amigo, el señor Fumador, se había caído. -Pues hay que buscar ayuda -habrá dicho alguno y se extendió afirmativamente, por la ola de cabezas que se juntaban alrededor… sin embargo, ninguno de ellos se movió. Ni siquiera Torres, que sentía por primera vez la angustia de perder algo que había estado con él y encontrarse solo.
Quien sabe cuánto tiempo habrá pasado, hasta que Torres decidió bajar por unas escaleras oxidadas y negras, que parecían fusionarse con la oscuridad a medida que se hacía más profundo el hoyo.
Cuando despertó, lo primero que hizo fue palparse las piernas, esperando que ninguna de ellas se hubiera deformado o quebrado más de lo debido, al darse cuenta que todo seguía en su lugar y estaba solamente húmedo por la extraña razón de que todas los desagües lo estan, asintió tranquilo. Luego hizo silencio para escuchar los ruidos de su estómago y sus pulmones, esperando que ellos le dieran indicación de alguna hemorragia o algo, pero el doctorado en medicina casera de Fest no le dio más que una vaga seguridad de su bienestar y se conformó con ello. Tal vez, la única queja que podría tener, sería la de sus ojos, que no podían percibir nada, ni siquiera la luz vaga que había visto cuando estaba cayendo, pero lo culpó todo a la oscuridad y no a una ceguera histérica. Se palpó los bolsillos, en uno de ellos estaba el celular y en otro la pocket pc. Asintió agradecido de ser un esclavo de la tecnología, ya que tenía dos vías para distraerse en lo que se le ocurría como salir de ahí, inclusive había posibilidad que lo pudiesen rescatar mandando un mensaje o marcando al 060. Sonrió intranquilo. En los bolsillos de su chaleco se encontraba la cajetilla de cigarros y cuando empezó a detectar los olores asquerosos a los que estaba sometida su nariz, apuró a prender uno de los tres que le quedaban y fumó tranquilo, notando que todo estaba tan oscuro que apenas veía la punta de su cigarrillo quemándose despacio. No es que debiera hacerlo intranquilamente, pero… se dio cuenta de una verdad inalterable que había permanecido escondida en su corazón desde que se hizo adulto.
Tenía miedo a la oscuridad.
Entonces Fest, concentrándose en el punto del cigarrillo, empezó a razonar el temor a la oscuridad. Sabía que era suceptible como cualquier otro ser humano a quebrarse en cualquier momento y la única manera de evitar que ese momento llegará más pronto que tarde, era primero darle una razón de ser al miedo. -¿Por qué le tengo miedo a la oscuridad? -se preguntó apenas audiblemente y Fest se contestó que podían ser las alimañas que salían de noche, las sombras que pretendían ser arañas, los alacranes que se escondían en las esquinas húmedas o las cucarachas que podían abrir las alas en cualquier momento y saltar en la cara. Su cara. ¿Entonces le tenía miedo a la oscuridad o le tenía miedo a los bichos? Se quedó un rato pensando la respuesta, concentrándose siempre en el punto débil que tenía de luz en las cenizas casi muertas del cigarrillo, y la única respuesta coherente que se le ocurrió es que uno era un producto de lo otro. Que los bichos saldrían tan pronto alguien apagara el interruptor de luz y que la luz engendra en su centro, dónde todo es más negro, cien bichos con cada llamarada. Le temió irracionalmente a su cigarro, porque le asaltó la idea estúpida que millares de insectos empezaran a salir de él con cada fumada. Para confirmarlo, sintió un sospechoso cosquilleo en la rodilla y escuchó ruidos unos metros adelante de él. Se convenció de que podía ser una rata y a las ratas no les tenía miedo. ¿Y el sonido, qué es eso que escuchaste Fest?, se respondió que probablemente era el sonido del cigarrito quemándose. Nada más. Racionalizar el miedo le era esencial.
Pronto se acabó el cigarrillo.
Cuando se acabó su punto de fuga, decidió seguir con las preguntas y respuestas que eran producto de la deliciosa imaginación que sólo podía desarrollarse al quedarse a oscuras. -¿No será que la oscuridad es porque algunos bichos tragan luz? -se cuestionó triunfalmente y luego se hizo una mueca por algo tan idiota. -¿No será que la oscuridad es un cienpiés enorme que pasea frente a nuestros ojos y eso es lo que no nos permite ver nada? -se hizo otra mueca, si continuaba así, pronto dirían que era más estúpido que un rancherote viajando por todo el mundo en botas vaqueras y esperando de él un ápice de diplomacia. -¿Podría ser posible, sin embargo, que un cienpiés grandísimo se esconda entre toda esa negrura? -Fest ya no se respondió con una mueca, pensaba que eso era una posibilidad, así como podía ser que un cocodrilo gigante estuviera escondiéndose allí adentro, con él, esperando que entregara su mano. Sintió más ansiosamente su rodilla y cuando lo pensó objetivamente, se dio cuenta que en verdad algo estaba encima de ella. Pasó un manotazo, humedad y una textura peluda le rascaron su dorso. Quiso abrir la boca para externar la molestia pero el miedo irracional se lo impidió. -Si abro la boca -se dijo-, alguna otra cosa podría meterse. Quedaban dos cigarros en la cajetilla, no podía desperdiciarlos. Sacó el celular, apretó el asterisco y miró por la pantalla que su batería estaba en la línea roja. -Bueno, para la otra, antes de meterme en una aventura tan estúpida, ¡tengo que cargar el puto teléfono! ¡PUTO CACTO DE MIERDA! -exclamó-. Deja de gritar, ya pues, ya… deja de gritar. Eso no resolverá nada, Fest.
Apareció un letrero de batería descargada, luego el logotipo de la compañía de celular y la pantalla se esfumó.
De haber tenido batería suficiente, le hubiera mandado un mensaje a su novia, o a su hermano. Incluso había pensado mandar un mensaje al 3467, con el texto: “Sé que hace mucho no te hablo… Por favor, sácame de esta”, pero finalmente ganó la razón diciéndose que era adulto y que podía sobrevivir a la oscuridad, a la inmundicia, a la imaginación, a su propia neurosis. Todavía podía levantarse y caminar. Pronto desechó la idea cuando recordó que uno de los consejos era que si alguien se perdía, debía quedarse quieto exáctamente en el lugar que se perdió, para que lo hallaran más rápido. Eso también se le hacía una gran idiotez, ¿cómo podía una persona perdida, comunicar a la persona no-perdida, del último lugar en que estuvo? Con señales de humo, pensó convenientemente, debo encender otro cigarrito. Se fue a los beneficios que eso representaba y era que la liberación estúpida de dopamina le permitiría no sentirse tan ansioso adentro de ese lugar y la otra es que tendría un punto de luz dónde concentrarse. Sigue pensando Fest, se dijo, no te detengas. Pero se detuvo, porque la oscuridad era similar a la hoja en blanco del escritor, o al lienzo en blanco del pintor, o a la partitura sin notas del músico… podían haber muchas ideas, pero no pasaría nada si no tenía la tranquilidad de meditar en medio de su desesperación. Tenía que temer hasta romperse, para intentar moverse después. Finalmente, sacó la cajetilla resignado y supo que no tendría nada más en que pensar, mientras se fumara ese cigarrillo, o el siguiente, o esperara a que la pila de su pocket pc también se diera por terminada. -Cuando se acaben las luces, entonces me pondré de pie y seguiré caminando -dijo convencido después de prender el otro cigarro.
Miró en silencio el punto final de su cigarro consumirse y esperaba que alguien le rescatara antes de tener que enfrentarse a la oscuridad, solo.
Campo de Batalla / Rafael Alberti - Cuestión de Piel / Hernán Darío Blair T. - Edén de los Edenes / Miguel Rash-Isla - Piedra de horno / Nicolás Guillén - El cuerpo es resbaladizo amor mío / Ilhan Berk - El temblor / José Angel Valente -
[download#11]
Trataré de hacer el podcast semanal. Si alguno de ustedes tiene una sugerencia, una petición, un texto que quiera leído, una lista de temas, alguna pregunta que prefiera escuchar respuesta a ser leída… con toda confianza pídalo en los comentarios. Me dedicaré a podcastear (alguien me va a matar por inventar una palabra tan mamona y fea) en lo que escribo los siguientes episodios de la historia en curso.
Si Fest tuviera que seguir escribiendo esta historia, para que tuviera un poco de sentido, habría que sentarnos junto a él mientras viaja en el camión y habría que escuchar la historia que le contó la señora que le invitó a sentarse. Fest se encontraba un poco sorprendido, ya que había sido una desconocida quien le había invitado y no era una desconocida que podría ser juzgada como atractiva o llamativa, sino una señora en sus cuarentas, con algunas arrugas y mechones de canas, envuelta en un chal por el frío, morena y con las manos maltratadas. Había en su mirada un halo de tristeza y de fácil distracción por cualquier cosa que pudiera romper la rutina. Tal vez por ello, cuando Fest se subió al camión, notó como la señora miraba intensamente a través de la ventana a los coches que trataban de pasarse encima uno de los otros en cuánto dieran la luz verde, como si fuese un juego de carreras. También observaba sin perder detalles a los vendedores de las esquinas, pasando con sus cigarros de a peso, sus chicles, sus dulcesitos y sus periódicos o tarjetas para celular. Parecía que quisiera formar una historia, o al menos un contexto congruente para estas personas. Sin embargo, y de mala gana, había caído a una historia que no era suya. Miró a Fest sentado a su lado y luego miró al lugar donde debía estar el lobo, Kromg, y no encontró nada. El niño, sin embargo, jugaba con el reflejo del vidrio.
-Si debo contarle esta historia joven… Debe prometerme que no la escuchará, porque no deseo que alguien la repita. Y usted aunque tiene pinta de discreto, presiento que expulsa sus secretos de otras maneras, porque nadie puede quedarse con secretos. Los secretos deben fluir, igual que los caminos. Si se da cuenta, el chofer de este camión esta sujeto a las rutas de otros conductores: si no deja de moverse, es porque otros se mueven a sus costados y frente a él. Si otros se mueven, es porque él, adelante de los demás, avanza cuando debe hacerlo. Si podemos llegar a nuestro destino, es porque él decidió detenerse para recogernos y así, estamos todos ligados al movimiento de los demás, joven. No es que piense que todos deberíamos avanzar juntos y al mismo paso, no es posible porque para hacerlo deberíamos vivir en una tierra lisa y sin imperfecciones. De la misma manera, el espíritu de todos los seres crece distinto porque se tropieza con piedras en el camino o se deja volar en el viento, como una cometa extraviada. Eso no quita que todos crecemos juntos, porque para no chocar, debemos ceder el paso y para continuar en el camino, debemos cuidar de no estorbar al de atrás o de recoger a alguien en nuestro camión. Si le cuento esta historia, guardémosla como un secreto y no la escuche, para que nunca la libere y permita que mi espíritu la deje atrás.
Fest se acarició el rostro francamente confundido. Recordó aquellos días donde era fácil escribir en su diario sin tener que distorsionar las cosas. En aquellos días podía hablar de cuántos cigarrillos fumaba al día sin preocupar a su madre, o podía hablar de las veces que sodomizaba a una muñeca sin preocuparse por el vendedor. Admiraba a su cacto, que podía comer niños, gatos y viejitos, sin que le preocupara caminar por la calle. Suspiró y cedió a los deseos de la señora, se cubrió las orejas, miró a la doña y asintió, invitándole a continuar.
-Tal vez debería empezar con mi nombre y mi nombre es Flora, porque a mi madre le gustaban las flores. ¿Seguro que no escucha nada?
Fest negó afirmativamente.
-Mi madre, cuando era pequeña, me llevaba de paseo a un jardín y me platicaba los nombres de las flores y de las plantas, el dólar me decía, los claveles me decía, los dientes de león me decía y las flores como tu Flora, porque vas a crecer mucho y serás muy bella a los ojos de los hombres, y querrán comprarte ramos de tu nombre y cuando hagan el amor contigo, confundirán los pétalos de las rosas con la entrada a tus entrañas, y Flora, cuando huelan tu cabello con esencia de jazmín y miren tu sonrisa de girasol, descubrirás la flor del amor en sus ojos y la flor del deseo creciendo entre sus piernas. Habrás de lamer su tallo y comerás sus semillas… Flora, mi Flora querida, eres amor Flora. Y míreme ahora joven, míreme una flor marchita, pero aquí estoy.
Fest asintió, aunque no escuchaba nada.
-Mi mamá murió días después pero sus palabras se me quedaron. Mi papá se casó con otra, pero él y las palabras de mi mamá no me dejaron sola. Luego nació mi medio hermano: Caifás, el loco. ¿Sabía usted que Caifás quiere decir loco? Creo que si. Crecí hermosa como una flor, mi madrastra me odiaba por mi belleza y su hijo me deseaba. Caifás, cuando cumplió catorce, me espiaba por la rendija de la puerta si me peinaba o me vestía. Caifás se tocaba en las noches con unos calzones sucios que me robó jugando. Le dije que no lo hiciera, porque era pecado, pero las palabras de mi mamá me hicieron sentirme halagada por saber que un hombre ya estaba pensando de esa forma por mí. Mi padre también estaba atento a mí, en cuanto a mis ropas y mi educación, de mi cariño y mis caprichos -la señora se ruborizó, sonrió de manera muy hermosa-. En ese entonces me sentí muy amada, excepto por mi mamá postiza, pero los postizos a uno rara vez lo quieren. Supongo que tenía razón en despreciarme, porque era mala. Aunque a Caifás le decía que era pecado, le dejaba sentarse junto a mí y olerme, o que me mirara los muslos, o que admirara mi cuello y pobre de Caifás cuando le decía que necesitaba su tallo y su savia, porque le desvestía, le acercaba mi boca llena de pecado y me alimentaba con sus semillas. Acaricia mi cabeza Caifás y dime que me quieres, le pedía. Sus ojos tan blancos como la leche amarga que emanaba de su sexo y las palabras de mi madre revoloteando como libélulas en mi vientre.
Fest, con las orejas tapadas, pensó que debía ser una historia muy emocionante la que contaba la señora. Una de piratas y mar abierto, seguramente-. Cuénteme más, por favor.
-Ahhh, tanto dolor Flora, porque Flora creció -dijo la señora-, y se enamoró. Me enamoré y se abrieron los botones de mi blusa a un joven taxista. Un conductor como ellos joven, no pasajero como nosotros. Me sentía orgullosa de ir a su lado, en el asiento del copiloto, mirando a través de la ventana como los otros estaban unidos a nosotros. Si él echaba andar, yo andaba a su lado y los otros coches con él, y si él frenaba, todos frenábamos. O eso me pareció ver, porque con el amor, uno mira en la persona amada la capacidad de hacerlo todo. Si él me amaba, yo le amaba a él. Me enamoré de él, tal vez porque yo era más joven o porque se le miraban bien las canas cuando sonreía. Fue a pedir mi mano frente a un hombre que tenía su misma edad. Mi padre estaba celoso, pero mi madre le acarició los rulos y le dijo al oído: Deja que se vaya Flora mi amor, deja que se vaya. Esa noche presencié a dos bestias jugándose el territorio de una manera civilizada. Deja que se vaya Flora mi amor, deja que se vaya… le dijo tantas veces la madrastra a mi padre, que él terminó por encogerse de hombros y por resignarse a que era una mujer. Pero Caifás, pobre Caifás, en cuánto se enteró que me iba, lloró tantos días y tantas noches que terminó por volverse loco. Pobre Caifás que empezó a despreciar mis calzoncitos y mis besos, y cuándo le pedía que me peinara no podía evitar jalarme un poco y mirarme adolorida. Entonces Caifás sonreía. De haber sabido porque sonreía, hubiera matado a mi hermano, sin dudarlo… igual que como lo amé. Pobre Caifás, que cuando escuchaba: Deja que se vaya Flora mi amor, deja que se vaya, se ponía las manos en el estómago y se mordía el labio superior hasta sangrarse. Lo último que recuerdo de él es a un Caifás arrodillado frente a Jesús, con los ojos rojos y con una seriedad como nunca le había visto. Me imaginé que Caifás sonreía loco, amargo, furioso por dentro.
-Ah, sígame contando de cuando encontró el oro en la isla, por favor. ¿No había un cacto, entre todos esos tesoros? ¿Un cacto llamado Bob?
-Mi vida con él fue una bendición, sólo porque no pude engendrar con sus semillas, pero todo fue bien. Nos bastábamos con estar juntos. Flora se enamoraba profundamente cada día, del departamenteo del que vivíamos, del polvo que traía en sus zapatos, del olor al aceite cuando algo se le descomponía, de las historias que le contaba de la gente que se detenía a hacerle parada, de los cuadros que compraba para adornar la casa y de los pequeños berrinches que hacía cuando no le dejaba mirar el futbol. Flora profundamente enamorada. No hay historia más aburrida, que el amor de Flora y los días que se arrastraban lentamente, junto con las nubes, las lluvias y los otros coches cuando él se metía a conducir. Años pasaron así y si hubieron problemas, honestamente no los recuerdo. Paz y tranquilidad. Hasta que Caifás creció y tocó un día a nuestra puerta. A él le había contado lo que había pasado con mi hermano, pero no le importó y lo recibió en su casa. Caifás le dijo que necesitaba quedarse unos días, antes de hacer su próximo día, porque Caifás se dedicaba mucho a viajar por todos los estados para cerrar negocios. Caifás sonreía como aquel día que sonrió en la iglesia. Él, mi amor, aunque no le importaba, no quería dejarlo en tablas, le dijo que le cobraría cada día que se quedara en la casa. Había veces que se quedaba unos dos o tres días, había veces que se quedaba una o dos semanas. Joven, no le miento cuando le digo que estos días, Caifás me miraba o las piernas, o los pechos, o el culo… pero no me tocaba, no se acercaba, simplemente me sonreía. Anotaba en una libreta negra cada uno de los días y el dinero que debía, me lo enseñaba y me decía: Lo pagaré todo, no te preocupes. Caifás nos escuchaba atentamente cuando hacíamos el amor, con la puerta cerrada, amor que podía ser donde le hacía como las perras o como las misioneras, y gritaba, para que él me escuchara, para que le doliera y se largara, para que no regresara y al día siguiente en el desayuno, como si nada… lo escondía todo en su sonrisa. Así pasaron muchos años.
-De haber tenido un mapa, todo hubiera sido más sencillo. Estoy seguro de ello -dijo Fest, con las cejas alzadas, como reprochándole a la señora. La señora le puso una mano en la mejilla y le sonrió, agradeciéndole. Fest siguió cubriéndose las orejas y ella, continuó narrando su historia.
-Un día mi marido se fue en su taxi y llegó Caifás, casi inmediatamente, diciéndome que ya lo había arreglado todo. Yo no entendía a Caifás, pero él continuaba sonriendo. Me enseñó la libreta negra, me habló de cuentas e intereses. Me dijo que le debía a su jefe tal cantidad por concepto de quedarse en casa de su familia y que su jefe lo había comprendido todo, que había que secuestrar al hijo de puta por no querer a su familia y hacerlo pagar el triple, más intereses, por todo el dinero que le cobrara. Tu marido se ha ido lejos, me dijo Caifás, y Flora se sintió desolada. Tiene que trabajar mucho si quiere regresar, me dijo Caifás, y Flora se sintió marchita. La verdad, me dijo después, es que lo hice todo por ti hermana… sentí el peso del pecado sobre mis hombros, me arrodillés frente a él y besé de nuevo su tallo, tragué de nuevo sus semillas y le pedí que por favor, por favor me lo regresara, que me lo regresara pronto. Caifás me dijo que bajarían las cuentas de poco en poco, que no me apresurara, que le continuara amando como aquella vez, como ahora. Flora se siente usada, asustada y maldita. Así han pasado los años de Flora, así es como Dios castiga los pecados del mundo, supongo. Así es como se cruzan nuestros caminos y todos avanzamos juntos, sin que necesariamente a nadie le importe cuánto tiempo pasara antes de que pague Flora y su marido.
La señora le quitó las manos de los oídos a Fest y le besó la frente.
-Gracias por escuchar mi confesión, cordero -le dijo ella-, aquí me bajo y espero encuentres pronto a tu amigo.
La señora se levantó de su asiento, Fest se sintió algo embelezado por ella, no sabía por qué. No le despegó la mirada cuando tocó el timbre, ni cuando bajó los escalones y tampoco, cuando el camión arrancó y la dejó atrás, muy atrás. Fest suspiró, se sentó junto al niño Torres y platicaron de piratas, del mar, de los tesoros escondidos. Ya más tarde, cuándo pensaron que era buen momento para bajarse, se preguntaron dónde se encontraba Kromg, el lobo.
-Si crees en mí, no seguirás pagando por tu pecado -le dijo Kromg a Flora, quien caminaba en la calle.
Flora se detuvo a mirarlo un instante, sus ojos muertos. La calle estaba vacía, hacía una brisa muy suave. Se fijó en los signos, definitivamente, debía ser una aparición.
-Mi marido seguramente esta muerto ya, desde hace mucho tiempo, y Dios no olvidará el pecado que sigo cometiendo. No voy a creer en falsos dioses ahora.
-Cree en mí -sonrió Kromg, el lobo. Se movió lentamente acercándose a la señora.
-No. Es mi pecado.
-Me parece bien -dijo Kromg-. Entonces no me dejas otra opción más que comerte.
-Si eres Satanás, hazlo. Mejor consumirme en el infierno de una vez.
El lobo nunca dejó de sonreír.
-No soy Satanás, soy algo mejor, mucho mejor. La fuerza de tu espíritu brotará de nuevo en mi cuerpo. ¿Aceptas que te coma?
-No lo sé…
-Demasiado tarde -dijo el lobo-, lo pensaste mucho.
Kromg se abalanzó sobre Flora y su hocico le arrancó directamente un pedazo de yugular. Después de que Flora dejó de convulsionarse en el piso, se acostó sobre ella, le lamió el cuello y la cara, y cuando le hubo prestado el suficiente respeto a su cuerpo inerte, tiró de su carne con el hocico y empezó a comérsela lentamente. Mientras lo hacía, su pelaje se volvía más espeso, sus dientes más grandes, su cola más larga y sus ojos brillaban más.
Octubre 7, 2006 — Podcast. Escrito por Agustin Fest.
14 megas - 17 minutos - 2.40 AM - Sin lista de temas como siempre - No pidan mucho - Espero les guste - Música, como siempre, de Cowboy Bebop (Yoko Kanno & The Seatbelts) - ¿14 megas? No mames, ¿pues qué contiene? - Bleh, los chicos del Podcast sin nombre estan peor todavía - 17 minutos para un sólo cabrón esta cabrón - Como diez son de puros silencios - algún día mis audioposts parecerán de gente culta que guarda silencio y sólo habla para comentar la vida de un artista atormentado mientras bebe un Bloody Mary bajo la copia chafa de una pintura de Warhol - debería leer poemas en mis podcast en vez de artículitos pendejos de La Jornada - ¿sabían que este es el PRIMER audiopost MUNDIAL donde un hombre habla del pene de otro hombre? ¡descúbralo ya! - 2.44 AM, sigue subiendo - También doy consejos de como enamorar a tu novio… DESNÚDATE FRENTE A ÉL Y DILE QUE SE QUITE LOS PANTALONES - Eso si lo exageré - La verdad no di consejos - Pero si hablé del pene de otro hombre - ¿Saben lo difícil que es hablar del pene de otro hombre cuándo eres hombre? - Shu Shu - Mu Shu. - ¿Ya terminó de subir? - Ya merito - Hoy no quise escribir nomás. - Ya merol - Meroooooool - ¡Escúchenme en su iPod pa sentirme parte de la cultura popular Por FaVoOOoR!
Fest piensa que aún habiendo una amplia gama de dónde escoger el transporte público en la Ciudad de México (taxis, metro, microbuses, autobuses, combis, bicitaxis) todos se asemejan en una cosa: son una mierda. No tanto como el zen o como el compromiso, pero siguen siendo, definitivamente, una mierda. Algunos argumentarán que los espacios y el precio marcan una importante diferencia, y puede ser cierto. El espacio que uno tiene para acomodarse en uno es directamente proporcional al precio que uno paga por el servicio. Es decir, por un taxi cuyo costo son treinta o cuarenta pesos, uno tiene espacio para sentarse y acomodar las piernas hasta dónde su extensión le permita. Por un microbus de dos pesos, cincuenta centavos, si uno tiene suerte, puede sentarse como sardina en alguno de los sillones o bien, quedarse de pie y rozar constantemente (y lamentablemente) con su pubis a una señora rechoncha que supone su masa corporal es la de una sílfide o un alfiler, y plenamente convencida de que esta engañando las leyes de la física, con esa masa empuja para acomodarse (y atorarse) entre dos caballeros. El microbus es la fantasía porno, finalmente cumplida para las señoras mochas que tienen miedo de pedirla. Tal vez la excepción en la regla universal de costo vs. espacio, es el metro, que por dos pesos uno puede jugarse la vida en horas pico y ahogarse en un mar de gente, o bien, por esos mismos dos pesos, uno puede invitar a sus otros tres compañeritos de viaje trasnochados a jugar con las sillitas dónde horas antes, otros quinientos usuarios habían puesto sus nalgas o sus manos. Uno creería que el espacio es vital para la comodidad y que toda esa diferencia de precios lo vale. No todos parecen tener en cuenta que no importando el transporte público que utilicen, hay algo que sacrificar al respecto y eso es el tiempo. Absolutamente todos gastan casi el mismo tiempo, ya sea por por el tráfico, por la lluvia, porque no revisaron la unidad antes de salir, porque estan construyendo un puente nuevo o porque el chofer no quiere pisar el acelerador para no gastar gasolina. En realidad la diferencia de tiempos es mínima, entre uno y otro transporte, como para hablar de una ganancia real, si de cualquier manera uno se molesta mirando el reloj y sintiendo la presencia demasiado cercana de otras personas.
Fest se rascó la cabeza, miró que un camión cuyo letrero cuyo destino era Oasis se acercaba lentamente. Fest alguna vez había llegado a ese Oasis. Era una zona muy hermosa, llena de graffiteros, calles oscuras y personas bendiciéndose unas a otras cuando se topaban en los caminos. -Ya sabe que a estas horas es muy peligroso, así que vaya con Dios -se decían, bajaban la cabeza y se sonreían, el efecto de la bendición parecía iluminar sus cabezas y sus corazones. Había sido uno de los caminos perdidos en la Ciudad de México más memorables para Fest. Ahhh, el transporte público, que belleza. Aquella vez, cuando se subió por error al Oasis que iba del otro lado, sólo tenía un peso, en vez del peso con treinta centavos que necesitaba para el pasaje. El conductor le hizo mala cara y le permitió subirse de cualquier manera. Se quedó de pie durante todo el trayecto, escuchando como se bendecían insistentemente, había personas que eran regulares a la ruta y que saludaban al chofer, y enseguida le daban sus bendiciones, esperando que fuera su último turno. Fest, pobre iluso, sólo pensaba que pronto llegaría a su casa y que la ruta, pronto se transformaría en su ruta. Se dio cuenta que eso ya no era posible cuando miró a través de la ventana y vio un lote baldío, dónde unos niños jugaban alrededor de un bote de basura quemándose. Gritaban y bailaban, como indios salvajes. Bajó la cabeza, se negó lentamente y se dijo-. Bueno, si ya llegué hasta aquí, mejor llego hasta el final… no vaya a ser que me pierda más… seguro al final del viaje reconoceré un metro, algo que me pueda llevar a casa. El viaje tardó alrededor de una hora más. Aunque miraba las calles por la ventana, no las reconocía, y le daba pena y miedo preguntar dónde se encontraba y como llegar a casa. Terminando el viaje, el chofer se despidió de todos, algunos le dieron la mano y de nuevo, más bendiciones, habían sido tantas bendiciones ese día que se sentía en la mitad de una misa o frente a un nuevo culto religioso. Todos bajaron antes que él, excepto el chofer que se le quedó mirando. El chofer pareció comprender y sonrió un poco-. Te perdiste cabrón, te perdiste y ya valiste madre. Fest le dio las buenas noches, se bajó y caminó un buen rato. Afortunadamente había una especie de mercado que iluminaba las calles, pero él sabía que en un descuido, podía meterse a un barrio ajeno. Elegía con cuidado las calles, dónde alcanzaba a notar que había grupos de borrachillos y jóvenes ociosos, daba la vuelta o viraba para regresar al camino de la luz. Tenía en la cabeza que el güerito desconocido, metiéndose en la zona indicada, acabaría por ser desollado vivo. Siguió el camino de la avenida, en algún punto del viaje había visto un eje vial que podía llevarlo a casa (después de unas horas de más transporte público, por supuesto) pero en su lugar encontró una línea del metro.
-Línea B. Quechaltzuahuatlicopichil -leyó en voz alta. La estación no se llamaba así, pero casi. El letrero era morado. Él nunca había estado en la línea morada antes. Se subió resignado, esperando que algún transbordo lo llevara a casa y afortunadamente así fue, después de otra hora con cuarenta minutos.
-Fest -dijo el lobo-, deberíamos tomar ese camión.
-¿Para qué? No sabemos dónde esta Bob.
-No, pero debemos aprovechar que lo has recordado todo. Ahora que hemos echado a andar, no debemos detenernos.
-El devorador de mundos tiene la razón, señor Fumador -dijo Torres-. Bob puede estar en cualquier lugar.
Fest le encontró cierta lógica a eso, se sonrió y recordó travieso en todas partes y ninguna, no servía de nada preguntarse y pensar dónde estaría Bob, cuando eso podría tomarles más tiempo que el que tomaba alejarse y regresar a él. Miró su cigarro, que apenas iba a la mitad, recordó que sólo le quedaban tres más en la cajetilla e hizo una mueca. Tiró el cigarro todavía prendido, extendió su mano y esperó a que el camión lo recogiera. El conductor se veía distraído, como en piloto automático. Otra de las premisas del servicio de transporte público era el humor de su conductor. Si estaba de buenas, era probable que no los tratara como cochinos o vacas, todos arrejuntados, a punto de ser llevados al matadero. Si estaba distraído como aquel, seguramente el viaje sería uno apacible y tranquilo. Fest contó las monedas en su bolsillo, apartó las que necesitaba y se subieron. Metió las monedas en la maquinita y en lo que imprimía los boletos, buscó rápidamente con la mirada dónde iba a sentarse. Sólo había dos hombres de gorra, casi dormidos, y una señora que miraba distraída por la ventana. Una ley del transporte público es la ley de ocuparse en sus propios asuntos. Fest podía bailotear y brincotear en la calle, cantar en voz alta con su reproductor portatil y todas esas cosas, pero tan pronto llegaba a una estación o se veía forzado a tomar un camión, sabía que debía seguir la ley y callarse, mirar fijamente al piso o la ventana. No mirar a alguien durante mucho tiempo, porque sentía que era de mala educación y si alguien le miraba a los ojos, entonces sostenía la mirada, hasta que alguno de las dos le apartara. La ley de la soledad. Sin embargo, esta la otra parte, aquellos que usan el transporte público en grupo (sobre todo los jóvenes). Siempre, alguno de ellos tiene que destacarse así mismo gritando, haciendo una broma en voz alta, correr o saltar sobre el vagón, y al terminar su acción mira alrededor del vagón (o del camión), fijándose quien estuvo atento de su transgresión. Solamente una persona solitaria, alguien que conozca la ley de la soledad, tendrá las armas suficientes para ignorar la transgresión y seguir tranquilamente su viaje. Las personas incómodas con su soledad, atestiguarán al muchacho transgresor de manera atenta, para aprobar o reprobar su manera de romper el silencio.
Algunos sociólogos sostienen, entre burla y entre seriedad absoluta, que vale la pena subirse a un transporte público para hacer estudios y conocer mejor a la raza humana. Fest piensa que de ser eso correcto, al menos habría un sociólogo para cada ruta y alguno de ellos ya se hubiera hecho millonario con esos descubrimientos.
-Señor, no se pueden subir perros -dijo el chofer. Fest ya se encontraba caminando a su asiento, cuando escuchó la queja.
-No soy un perro, soy un lobo -dijo el lobo sonriendo ampliamente-, y además soy el espíritu de un dios menor.
-Lobo o perro, prohibido animales -dijo el chofer y empezó a buscar a un lado de sus asiento-, y ahora bájate o si no te doy tus periodicazos.
Torres se siguió de largo y tomó asiento. Fest no sabía si hacerlo también o esperar a lo que el chofer resolviera. Kromg se fijó en un crucifijo colgado en uno de los espejos, su sonrisa pareció acentuarse y sus ojos brillaron un poco.
-Humano… usted tiene un hijo, uno de doce años, y tiene la esperanza de que su hijo estudie para contador. Siendo honestos, usted nunca tendrá el dinero suficiente para una universidad y su hijo nunca tendrá la inteligencia para hacerlo -el pelo de Kromg parecía brillar con más intensidad, lo hacía de manera intermitente, jugando entre tonos de naranja, rojo y café. Sus ojos brillaron y su sonrisa creció. Señaló con la mirada el crucifijo colgando del espejo y continuó-. Le ha pedido a Cristo que le conceda los favores y el milagro, pero debe saber que Cristo no lo hará porque de hacerlo, estaría contradiciendo la naturaleza que Él mismo se agenció. Sin embargo, si usted me deja entrar a su trabajo y a su casa, tendrá la suficiente suerte para que su hijo pueda estudiar esa carrera. Si la acaba o no, eso ya depende de usted y su hijo. Pero al menos la suerte para que logre entrar se la puedo conceder. Ahora, si de veras lo quiere, necesito tres favores de usted, uno de los cuales ya le dije: la entrada a su trabajo y casa, los otros dos son que cada que coma carne roja debe susurrar tres veces mi nombre después de comérsela y también, debe permitirme morderle su brazo para marcarlo con mi existencia. Usted puede bajarme de su camión, humano… pero se arrepentirá, se arrepentirá mucho si lo hace.
Kromg nunca dejó de sonreír. El chofer le miró, le temblaban las manos. Fest observó que Torres también estaba nervioso.
-¿Tú harías eso por mí?
-Si.
-¿En serio?
-Ya esta hecho, sólo extienda su brazo.
El chofer así lo hizo. Kromg abrió su hocico y suavemente mordió el brazo del chofer, quien pareció no sentir ningún dolor. Cuando Kromg terminó de morder, el hombre retiró su brazo y se vieron las marcas de los dientes, integrándose lentamente a la piel del hombre, por debajo de su pelo, sus lunares y su piel maltratada.
-Adelante -dijo el chofer.
-Gracias. Recuerde, tres veces mi nombre después de comer carne roja: Kromg, Kromg, Kromg.
-Hey… eh, ¿debo tirar eso a la basura? -preguntó el chofer, señalando el crucifijo.
Kromg continuaba sonriendo.
-No. Cristo nos ama a todos. Déjelo ahí.
-Si… bueno, gracias. Muchas gracias.
-Si, si, ya.
El lobo alcanzó a Fest y luego ambos tomaron asiento junto a Torres. Los otros tres pasajeros les ignoraron por completo, aún cuando el lobo casi golpeó sus narices con la cola. Ley de la Soledad, pensó Fest, métete en tus propios asuntos y ya. Se quedó en silencio un rato, tratando de pensar donde debían bajarse y donde sería mejor empezar. Torres miraba también la ventana y Kromg, echado en el piso, empezó a lamerse las patas para después quedarse dormido. Justo cuando también pensaba en quedarse dormido, la señora de unos cuantos asientos adelante volteó a verle, le hizo señales con la mano que le invitaban a sentarse junto a él. Raro que un completo desconocido invitara a otro desconocido a ello, así que lo tomó como una señal. Se levantó, se sentó junto a ella y ella le contó una historia, donde escuchó un nombre que pensó no volvería a escuchar en su vida.
Sí te molestan los anuncios, por favor comenta y desaparecerán mágicamente :)
Algunos links...
Anuncios
Recibí dos super premios al esfuerzo personal, jo jo. Uno de parte de Edilberto Aldán y otro de parte de la Shelle. Muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido.
Grupo de Facebook, para lectores del Árbol de los Mil Nombres. Los invito a unirse, si tienen facebook y les gusta este lugar. :)