Entradas escritas en Septiembre, 2006 ↓

El camino del compromiso

Si Fest tuviera que seguir contando la desgraciada historia de cuando buscó a su cacto, no sabría separar el mundo físico, aquel que contenía sus verdaderas responsabilidades, sueños y temores, del mundo espiritual, donde parece que el predominio de esta historia reside. Aunque es deber de Fest (y mío también) recordarles que ambos mundos estan delicadamente entretejidos y que ninguna cosa que pase en un mundo es independiente del otro. También gusta en recordarles que si inicia la historia con cierta noción de deber, en vez de placer, es porque piensa que ambos estan unidos y que para él, un compromiso surge de ambos estados: deber y placer, aún cuando parezcan separados, sin relación alguna.

Este camino, entonces, será llamado el camino del compromiso.

Aquella noche que Fest despojó al lobo de su colmillo, y que usara este mismo colmillo para romper una cadena invisible siguiendo instrucciones ambiguas y mucho de su instinto, el niño Torres invitó a ambos al descanso para iniciar en la tarde del día siguiente, el camino de su búsqueda. Kromg asintió, más cansado por la pesadez de descubrirse por fin libre, que por el dolor y las dos horas que tardaron en quitarle su colmillo. Se echó en el piso y su presencia dormida se confundió con el suelo de concreto. Torres regresó a su departamento y Fest, antes de entrar al hoyo negro, su departamento sin luz eléctrica, sacó un cigarro y lo prendió.

El cigarrillo sabía algo metálico y se dio cuenta que sus manos, así como parte de su ropa, estaban manchadas con la sangre del lobo. Por su bien, trató de ignorarlo y se concentró en su cigarro, sin pensar en nada más.

Pero no podía dejar de pensar en el lobo, en el niño y en que debían buscar a Bob, el cacto. No estaba seguro por que, pero después de extirparle un colmillo a un dios menor, pensaba que lo menos por hacer era intentarlo. Se corrigió: hacerlo hasta el final. Ningún hombre se sometería a sufrir dolores como esos a no ser que estuviera comprometido (aunque, el lobo no era un hombre). Lo miró dormir unos minutos y se dio cuenta que su pelaje estaba gris y tristón. Se volvió a corregir: ni siquiera un dios permitiría el dolor si no se comprometiera tanto a sufrir como a gozar la consecuencia de sus actos. Vease la crucifixión de Cristo.

Fest escuchó un quejido del lobo y le miró estremecerse.

Para que Fest continuara hablando de este camino tendría que definir el compromiso. Y el compromiso, de no ser por el zen, debía ser la putada más grande del mundo: el ser humano cuando se compromete sujeta sus instintos a una ley, hecha por si mismo o por varias personas. Si esta ley es sirviente de una paz universal o una mejora económica, es independiente a que continua siendo una putada. Cuando una mujer nace, por ejemplo, su primer compromiso es el sexo que tiene entre sus piernas y eso la llevará a comportarse acorde a una ley de género, implícita entre los seres humanos y su condición social. Después, es llevada a que escuche como un juez y su secretaria le inculquen un nombre que esta comprometido a su género y al gusto de sus padres, es decir, la niña se llamará María, y María, como en la Biblia, será una mujer de ejemplo moral y religioso, y como su abuela, será una mujer luchona y firme, y como sus apellidos dictan, su compromiso esta en estudiar medicina y tener dos hijos, uno que se llame Ernesto (como el abuelo y padre), y Silvina (como la madre). El destino de María será duro porque si no acepta complacer el futuro que viene implícito desde antes de su nacimiento, entonces debe buscarse una nueva identidad, un compromiso más difícil, porque es otra vida que le será más criticada y más obstaculizada a si hubiera elegido un camino ya trazado. En si, haga lo que se haga, uno pierde y no es hasta el final del camino pueden evaluarse las recompensas de haberse comprometido. Sin embargo, si uno diera rienda a sus instintos, si uno decidiera a través de un mero impulso animal: como carne cruda porque quiero y cojo porque se me antoja, uno estaría negando el primer compromiso de todos que es hacer uso de la razón. ¿Y no pasa, de cualquier manera, que tienen que alimentarse con el pensamiento esos impulsos y que uno se convence de coger por antojo y deseo, firmando así, un compromiso propio con la carne? Aún si por error uno expresa una razón egoísta de hacer las cosas, continua siendo una razón: cojo porque quiero, y como siempre he cogido porque quiero, debo hacerlo, ese es el compromiso con la persona que soy, es mi deber.

Puro sufrimiento, pensó Fest, es entonces que…

…Cuando el hombre era menos crítico de las cosas, y se preguntaba solamente el cómo y no también el por qué, aceptaba la noción del compromiso simplemente como un deber. Pero el post modernismo, nuestra zorrita actual de minifalda y lentes, nos ha inculcado también varios niveles de placer en el concepto. -¿Cuánta felicidad traerá a mi, y a los otros, la decisión que estoy a punto de cometer? -pregunta la zorrita meneando las nalgas, enseñando coquetamente las bragas. -¿Esta bien negar a mi super yo, si el ego hace esto para complacer a mi padrote? ¿estoy dispuesta a sufrir tanto dolor? ¿o acaso, disfrutaré mi dolor por el bien mayor? ¿esta bien que sea consciente de mis acciones? ¿martir o villana? -y la nena guiña el ojo y enseña las tetas. Puro sufrimiento, insiste Fest.

Son estas preguntas, piensa Fest, que obligan a las personas agobiadas a buscar las respuestas en horóscopos, manchas de café o en el cara o cruz de una moneda. Incluso él ha preferido dejar muchas decisiones a la suerte y encender el piloto automático porque sabe que prefiere ser no responsable de toda bendita acción en su vida. Aunque claro, las decisiones más importantes son inescapables: el color de playera, de sus calzones y el número de tazas de café que se tomará en el día.

-Pero las cosas no pueden ser tan sencillas -dijo el lobo entre sueños, Fest le miró con los ojos entrecerrados. Buscó entre sus bolsillos y encontró una caja que contenía un anillo de compromiso, la abrió y miró un anillo de oro, de catorce kilates, con dos hendiduras de propósito estético al costado del brillante. En esa piedra se encerraba uno de los compromisos más curiosos de toda época: el amor. ¿Y qué se supone que compromete la piedra? Fest se le quedó mirando durante un largo rato.

-Pues… -Fest entonces rompió una cuarta pared que ni usted, ni yo, sabíamos que existía. Nos mira y nos sonríe, quebrando estructuras de tiempo y espacio-. Si me preguntan, no lo sé, mis mejores ejemplos a cuanto piedras de este tipo, son mi abuela que fue abandonada por su marido a pesar de seis hijos, también esta mi tía que se la pasa sufriendo unos broncones con su marido, y mi tío, que fue engañado por su esposa para servir de proveedor a sus cuñados y ella tuvo el descaro de refocilarse todavía con el contador. Eso significa la piedra: te aguanto hasta que te aguante. No es que mi familia tampoco tenga culpa, somos tan extremos y neuróticos, que impulsamos a nuestros queridos al límite de sus capacidades. Eso creo, que podemos destapar la verdadera naturaleza del ser humano a base de compromisos. Eso, si es que no puedo encontrar otro camino que el ejemplificado. Me niego a creer, tal vez ingenuo, que los altibajos de un matrimonio siempre estarán marcados por una infidelidad o una parálisis facial de tanto enojo. Que la base de un matrimonio persiste para cuidar la siempre fragil salud mental de todos los niños, como si todos necesitaran cuidados especiales.

« claro que es estúpido pensar que cuando di este anillo -porque lo entregué hace varios días- que todo será miel sobre hojuelas. Pero también la estupidez radica en el temor de que no podré adaptarme a esa vida, sin intentarlo siquiera. ¿Qué es lo que verdaderamente se pierde con el matrimonio? Sólo lo que tu permites y te permitan. El rito es sólo un rito y tiene la importancia que tu mismo le des. Mi compromiso con esta piedra, entonces, ¿cuál debe ser? No lo sé todavía. No es un compromiso económico a largo plazo, porque carezco de herencias y fortunas, eso no evita que trabajaré no sólo por el placer de comprarme mis cigarros, sino para formar un hogar estable (sea lo que quiera decir en la jodidez de este mundo) y eventualmente poseer un lugar donde mis chimpayates corran. Mi compromiso de cariño, de tener los suficientes huevos para soportar tristezas cuando no queden sonrisas, el compromiso de arrodillarme y olvidar cualquier soberbia o altanería si la relación lo necesita. Es un compromiso de no rendirme, de conservar mi sexo duro y contento para una persona. Ay no sé.

» La piedra me compromete, nos compromete, a ampliarnos el nombre y guardarnos sueños individuales que no puedan ser cumplidos en pareja. A no ceder siempre a lo que el otro quiere y aceptar que cualquier decisión mínima puede afectarnos a los dos. ¿otra cosita? Que no puedo ir a comprar un helado sin preguntarte primero y si lo compro, me siento con el deber de avisarte antes o después me encargo muy bien de que no lo sepas. ¿No? La piedra nos dice que tu matarás insectos y yo ratas, que aceptamos que no somos perfectos y el otro suple las actitudes carentes, es nuestra supuesta presentación en sociedad, como el hermafrodita ya completo y pensarán en nosotros, como la posible imagen del cantar de los cantares. Y si nos va bien, amorcito, nunca abrazarás a otro hombre con mi sombra y yo no tocaré las nalgas que inocentemente miraba de paso. Que si nos va bien, ningún chamaco impedirá el juego amoroso y lo integraremos con honor a la familia, no solamente presentando una imagen de proveedores. Si el tiempo, el espacio y la música sigue tocando, lujosos y discretos, diremos que lo nuestro continua siendo amor del bueno sin ningún pensamiento asesino donde cuchillas, veneno, ratas hambrientas, caníbales africanos y un coche caído del cielo aplasten el corazón del otro.

» Y te prometo por esa modesta piedra que, pues, no me convertiré en un hombre aburrido que tome cerveza y vea porristas de futbol americano cada domingo, si tu no me sales con un camisón enorme y una mascarilla de aguacate y pepinos. Si nos va bien amor, pensaremos en la vejez de nuestros cuerpos como algo hermoso y presumiremos las lonjas y las manchas para dejar ciego a un pelado, cuando hagamos el amor cerca de la ventana. Pero si no te parece mujer, vémelo diciendo para hacerlo con la luz apagada, pero nunca, nunca, me quites el placer de hacer el amor contigo, y tampoco de pellizcarte las tetas y las nalgas, por más guangas que se nos hagan. Ni tampoco me quites las charlas de libros renegados, ni de lavado de dinero, ni tus teorías fumadas con yerba de la buena donde todo se mueva en base a tus letras presentes, ¿si no, cómo me inspiraría después para escribirte esto? Y tampoco dejes de jugar a la Estefanía, a la Ancalime o a la So Chi Pil de alguno de esos cuentos orientales raros que luego te lees, ¿por que luego como hago para cachetearte y que Sol María vuelva a la tierra que pisamos ambos? Si prometes no abusar de las respuestas ambiguas que luego me das, en vez de decirme que no o que si, prometo descubrirte todo lo que callo en mis silencios necios. Si prometieras ya no hacerlo definitivamente, entonces me pondría un traje y busco trabajo ahora mismo para hacernos millonarios y olvido toda necedad de seguir escribiendo como si de verás significara algo. Pero no lo harías, te conozco, reconozco y acepto, tal como tú lo haces conmigo. Tal como lo hicimos cuando te puse un anillo en tu mano, diciendo que había olvidado los discursos y lo mejor que pude hacer, fue ponerte el anillo en el dedo y preguntarte cagado de miedo, recordando un chiste local, que si querías ser mi vaquita para marcarte con el hierro.

» Dijiste que si, nos terminamos la botella de vino y luego pensé: “que bonito sería si pudiese llevármela a un motel con jacuzzi, haríamos entonces el amor en la tina y adormilados, despertando al día siguiente, jugaríamos a que ya estamos casados”. Pero perdóname amorcito, no pude quedarme y no sólo evité la invitación por la educación y las buenas costumbres, sino porque después que dijeras acepto y te limpiaras la lagrimita, dije con tono sereno y calmado: tengo un compromiso con un niño genio y un dios olvidado para salir a pasear y encontrar mi cacto, si no lo hago mi alma se consumirá en los infiernos y no podremos casarnos. Te reíste mucho, pedimos el postre y cuando nos lo acabamos, me dijiste: “ándale pues, vete con tus amigotes”. Nos besamos, y como un héroe sin igual, te prometí que regresaría para casarnos, que ningún otro amor me hacía tanta falta como el tuyo y mis pobres cursilerías, mejor las acabo aquí para no redundar lo obvio, que nos amaremos la vida que nos dure y nos comprometemos a soportarnos hasta que se nos ocurra otro cuento.

El camino del lobo.

El lobo rojo, entre dolores, carcajadas masoquistas y pequeños escupitajos de sangre, contó su historia a Fest como si creyera que lo suyo era una historia matinal de domingo, tan esperada por los niños y sus padres. Aunque bien es cierto que la mente prodigiosa de Fest estaba ocupada en el sopor del sueño, parte de su mente registraba la voz rasposa y oscura de un demonio improbable de existir en el mundo físico y también imposible en su paso por la historia de los hombres (y los nombres), pero Fest sabía que la historia era registrada por vulgares triunfadores y se modificaba en el tiempo a base de simpatías. Es decir, si en nuestra historia los místicos indígenas hubiesen marchado triunfadores sobre la ciudad que flotaba en el agua, tal vez hubiesen existido las reservaciones criollas, mientras que una España demolida económicamente hubiera sido anexada a algún imperio francés. Hubieran existido dos lenguas: un nahuatl con castellizaciones re chistosas y un francés con un acento gallego muy interesante. Pero esa es mera especulación, y Fest acota: muy fantasiosa, originada por la simpatía mencionada antes, esa simpatía que le provoca su lejanísima herencia indígena -a pesar de ser un hombre blanco de estatura mexicanamente inaceptable-, cuya supervivencia principal reside en las artesanías populares y las estructuras que se niegan al olvido.

La historia, es el arte de narrar cuentos que no ocurrieron tal cual, pero que son popularmente aceptadas porque le dan trabajo a todos los demás: al ejército, a los políticos, a los geógrafos, a los profesores, a los abogados, a los detectives privados, a los organilleros, a los pintores, a los pepenadores, a los estudiantes e investigadores, etc. Etc.

-Se sabe que mi padre, era un lobo grande y feo… Jala más fuerte, si me vas a lastimar de todos modos. El colmillo me crecerá de nuevo, sólo que no lo había intentado por la simple razón que debe ser un hombre quien me libere y que suerte, hoy pasabas por aquí. Mi padre era Fenrir, uno de tres espíritus encargados de iniciar el Ragnarok, se sabe que fue encadenado por una bola de enanos que podían forjar cadenitas mágicas y que sería el destino final del arquero ciego y de Odín, aunque no me hagas mucho caso, fue mi mamá quien me contó la historia cuando era un cachorrito como él.

El lobo señaló a Torres, quien seguía con los oídos tapados. Fest volteó a mirarlo brevemente, apretó los dientes y movió las pinzas como palanca para tratar de aflojar el colmillo, sin embargo, lo sentía tan duro como una piedra. El lobo aulló, su aliento era demasiado caliente, Fest llegó a pensar que Kromg en verdad estaba hecho de fuego. Una carcajada pausada se apoderó de él.

-Pero mi mamá era muy mentirosa, es cierto que soy un espíritu, sin embargo, creo que nací en el 100 antes de Cristo, en China. ¿A poco no te parecen los dragones de papel asombrosamente familiares? Libertad estética de aquellos grandes pensadores y supersticiosos… De aquellos espiritistas. Viví ahí durante mucho tiempo, no se cuanto la verdad. Habitaba los bosques y aldeas enteras me rendían tributo de arroz y animales pequeños, más tarde coroné emperadores, les di la pólvora, le di consejo a filósofos y generales. Mi madre siempre me advirtió que al ser un espíritu…Bien, Argh… BIEN, JAJAJA, MUY BIEN, que un espíritu nunca debía estar consciente de su contexto histórico, porque al estarlo, entonces terminaría por volverse loco y destruiría su mundo… Mi mamá era muy mentirosa, no hagas mucho caso…

Fest pensó que la suya también lo era de alguna manera y compadeció al lobo. Se sintió identificado con él. La madre de Fest limitaba la verdad de sus orígenes, por ejemplo. Le soltaba pistas muy breves de la historia que tuvo con su padre, como se conocieron, que fue lo que de verdad pasó, la familia de su padre, el origen de su apellido. No la culpaba de todo, no quería molestarle y preguntar directo al grano, ¿qué tal si eran recuerdos dolorosos?, por eso había olvidado cualquier tipo de insistencia y por ello se conformaba con esos datos confusos, esas mentiras o verdades a medias. Fest y Kromg, se encontraban igual de solos, a su propia costa, para descubrir algo de sus orígenes.

-Creo que mi mamá era algún tipo de diosa de las mentiras en una cultura africana. Ya ves que ellos tienen dioses o espíritus para regalar. Pero si estuve en la China de aquellos días, y ahí me quedé mucho mucho rato. Era un país lo suficientemente hermoso y colorido para ARGH… JEJEJE, JE… Duele… Si, ¿qué decía?

-Hermoso y colorido -le recordó Fest.

-Oh… Si, hermoso y colorido como para dejar pasar los eones ahí. Tenía a los contribuyentes suficientes como para no disolverme en el olvido. Tuve los suficientes nombres para renovarme cada siglo. Dormía placidamente, a veces ayudaba al crecimiento de la cosecha y resolvía la plegaria de algún campesino o monje para no sentirme mal. Mamá estaba muy orgullosa de mí y me contó que mi verdadero nacimiento se dio cuando hizo explotar al espíritu de un volcán, en un orgasmo que produjo cinco espíritus de fuego, yo incluído, y entonces mi madre nos buscó a todos trabajo y se burló de mi padre, quien con su esperma de fuego, había hecho piedra a todos sus creyentes HIJOEPUTA… URGHEJEJE…

-Era una cabrona tu madre.

-Cuanta violencia, cuanta violencia…

-Si. Si lo es.

-¿Sigue viva?

-Si.

-Ohhhh… También la mía. Tenemos tanto en común.

-También mi mami esta viva, y mi papi -dijo Torres timidamente.

-Pero en este club sólo cuentan las mamis, chicuelo.

-¿Si soy parte?

-Claro que si.

-Arghhhhhhhhhjhaaaaajajajsa.

-Cuanta sangre… Cuanta violencia…

Fest se dio cuenta que estaba ante un dios menor. Una de las peculiaridades de los dioses es que deben tener alguien que crea en ellos para continuar su existencia. Alguna vez, durante una de las misas de secundaria, en medio de tanta gente con sus suéteres tejidos y sus chales calientitos, pensó en lo desolador que sería el escenario si un ataque de ateísmo los atacara a todos de improviso. Se tendrían que apagar las velas, se tendría que retirar el oro de los caliz, los marcos, las cajas y las tumbas y fundirlo para hacer algo de provecho con él, se hubieran bajado los cuadros y las maderas con la forma de hombres crucificados. -¿Y quién es él? -hubiesen preguntado los ex-feligreses, -no lo sé -respondería un cura confundido. Entonces masivamente las iglesias serían abandonadas, a la misma hora, con la gente planeando como ocupar el espacio de esos edificios, se olvidarían de diezmos y de cualquier otro tributo, los ritos del matrimonio y de los muertos perderían su belleza para convertirse en meros trámites, ceremonias nada ceremoniosas. Tendría que re-escribirse toda la literatura que mencionara a dios, tendría que revisarse todo el conocimiento, tendrían que pintarse otras grandes obras para reemplazar a la capilla sixtina y todos los cuadros del Greco. Porque pobre Greco, sin Dios dejaría de existir, pobre Dante y pobre Albinoni. Pobre Chaucer y pobre Boccacio. Pobre Juan Dios de la Cruz y pobre Ernesto Cardenal. Entre más grande el Dios, más grande el vacío, un vacío enorme en el corazón histórico del hombre.

Otros dioses se levantarían. Becerros de oro y lobos de fuego.

-Si te soy sincero, de mi pasado reconozco poco. Al hablar de pasado me refiero cuando menos, quinientos años de tener consciencia histórica. Así es, a los ojos de mi madre soy un loco y un devorador de mundos, por eso me presento así. Aunque si me preguntas, no me siento un peligro potencial para nadie -sonrió enseñando todos los dientes-. Quiero el lugar donde vivo. Lo amo tanto desde que empecé a darme cuenta de sus habitantes, escuchar sus noticieros, sus conversaciones habituales. Son quinientos años de que yo, el espíritu devorador de mundos, vive en México y se preocupa más de sus habitantes y su rutina diaria… URGh jo, que de los tributos y las oraciones… Pero vine en mal momento, llegué aquí por error… Tomando uno de los caminos erróneos para llegar a un templo sufí, no sé como, acabé en el vientre de una jóven indígena… Y sus dioses me miraron, cuando me di cuenta, ya tenía a Huitzilopochtli y Teoyaomiqui encima. Un dios enorme, tan grande como no hubiera visto jamás, con cabeza de serpiente y pelaje de colores, conjuró cuatroscientos encantamientos con su lengua de plata y heme aquí, atado a tierras mexicanas, mirando el cielo azul, y las incontables guerras entre los espíritus prehispánicos y el de Cristo, el dios de dioses, tan grandioso y resplandeciente. Habrán peleado durante mil noches con sus días, hasta que el señor Quetzalcoátl se fue quedando solo, señorialmente solo, hasta que tomó otro barco o se metió en las faldas de un volcán y se quedó dormido. Me olvidaron…

-¿Es cierto todo lo que me estas contando? -preguntó Fest, con un esfuerzo jaló el colmillo una vez más, un nuevo río de sangre caliente, más carcajadas y los quejidos del niño. Fest hizo tres palancas y con un último jalón liberó a Kromg de su colmillo. Fest esperaba un chorro de sangre que le manchara más de lo que ya estaba, pero no sucedió.

La voz del lobo se hizo más débil, sin embargo, continuaba en cuatro patas, los músculos se marcaban con cada respiración.

-Cristo me tocó, trató de liberarme porque de por si, México estaba lleno de falsos dioses y no quería la interferencia de uno más. Pero las cadenas de Coatlicue, hecha de sus jugos fertiles… Bueno, ya te imaginarás, si de por si, se tomaron la molestia de traerse a los enanos de tierras nórdica para forjar la cadena. No fue fácil amarrarme. Tenía que venir un hombre que creyera en mí para liberarme. Tú por ejemplo. Cristo o Dios no pueden hacer milagros porque estarían contradiciendo la naturaleza de su existencia, ¿entiendes lo que digo? Bueno… Todos los espíritus estamos limitados a lo que nuestros creyentes dicten. No podemos hacer ni más, ni menos. ¿Entiendes? No, no me entiendes. Yo hace mucho dejé de tener creyentes… Pero apareciste tu en el momento preciso… Como un amigo, como tu amigo el cacto, al que debemos rescatar porque es mejor… Si, debe ser mejor tener un sólo amigo que crea siempre en ti y hablen del clima o de la comida o de mujeres y desamores a tener un millar de creyentes a tus espaldas, cantando tu nombre y siempre solo, insoportablemente solo, mirando un cielo, y sin poder bajar a la tierra y tocarla con los pies desnudos.

El camino del sopor

Es raro que Fest esté escribiendo en tercera persona sus recuerdos, porque siente que no son suyos y finalmente lo son, porque tienen su nombre y su presencia.

Se prometió en esta ocasión contar la historia del lobo, que fue escuchada mientras le retiraba el colmillo con unas pinzas y también, durante el poco tiempo que tomó romper el collar de la cadena. La cadena en si, no existía en el mundo “físico”, pero su unión con la argolla del collar la hacía tan poderosa como la cadena que sostuvo a su padre, Fenrir.

Pero la historia del lobo tendrá que esperar, porque tuvo un sueño en el sopor de la noche.

-Y aún retirándome el collar, continuaré prisionero… Pero así ya no necesitaré de alguien más para liberarme, sólo deberé esperar a morder en los momentos precisos.

Fest escuchó la historia del lobo, mientras un sopor le robaba la atención. El niño Torres decía de vez en cuando, “Cuanta violencia, cuanta violencia” y miraba con ojos asustados los chorros de sangre escurrir por la boca del lobo, su sonrisa temible de fuego y sangre y como las venas se marcaban en los puños de Fest cuando jalaba las pinzas.

Sin embargo, me permito llamar este el camino del sopor y es del sueño de Fest que quiero hablar.

Si trata de recordar el sueño con lucidez, sólo vendrán fragmentos inútiles e incoherentes, sin embargo, si habla de su sueño como un recuerdo, dirá que estuvo en su casa y que ella le abrió la puerta, que platicaron de sus aburridas vidas y vieron a través de la ventana, o de la televisión, para pasar el rato.

Cosa extraña, porque Fest se jacta de no mirar televisión mas que por casualidad: en un restaurante, en un banco, en el autobús con telebús, en la casa de un amigo o en los aparadores de las tiendas. Por más que la gente argumenta siempre, tajantemente, que la televisión es la culpable de habernos robado el arte de la conversación y la belleza de aprender los léxicos olvidados para recitar poesía, no ha conocido a alguien que no se apacigüe frente a uno de esos aparatos y logre, con una armonía absoluta, integrarlo en el vaivén de su rutina. Incluso Fest, cuando encuentra en su camino un televisor, se sienta un rato frente a él y pierde consciencia de si mismo, se retrae y otros procesos mentales ocupan su mente, en una especie de trasfondo, esos procesos mentales que en publicidad le permitieron reconocer los slogans adecuados para una campaña y la verdadera intención de los buenos creativos. Porque en publicidad, hay hasta tres o cuatro niveles, como las capas de la cebolla, que trabajan en el inconsciente de sus queridas masas consumistas. Es cierto que un hombre piensa que mujeres hermosas correrán detrás de él si usa un desodorante Axe, pero también es cierto que una mujer comprará Axe para su marido y sentirse irresistible para él (segundo nivel), porque le parece que su hombre es un macho alfa debe comprarle Axe (tercer nivel), porque sus hijos deprimidos, inseguros y con poca suerte aún no han conseguido la mujer deseada, le compran Axe (cuarto nivel) y todos esos ángulos, por increíbles, mafufos y exagerados que parezcan, son considerados en una serie de estudios. Funcionan y son modelos probados, modelos a ciegas, porque ningún adolescente, mujer u hombre, admitiría nunca que ha comprado un desodorante por otra razón que educación y olor agradable.

Rara vez se ha registrado que un comercial atrevido, genere tantas ventas como uno de los modelos aprobados. Es decir, cuando una persona ve uno de esos comerciales entretenidos, siempre habla de él como la fascinante, diferente, chingona y entretenida publicidad de tal, pero no habla del producto. Eso es gracia de jovenes creativos, que por un intento, crean ideas innovadoras y frescas, esperando que sea reconocido su arte de narrar una historia de chingadazo… Sin embargo, tan pronto les dan sus palmaditas en la espalda por tan hermosa idea, terminan por enseñarles un manual, escrito desde los cuarentas y cincuentas, donde les recuerdan que el hombre varonil y duro es el aspiracional de un hombre chapado a la antigua, y el hombre delgado y femenino, el de una mujer contemporánea, que mucho pelo y una sonrisa coquetona en un perro es lo que todos los niños quieren, que la adolescente de top y falda es el deseo de todo hombre maduro y nabokoviano, que la clase y elegancia es algo necesario para la clase media y que el abuso de blancos y tonos claros, es siempre obligado para recordarle a una mujer la pureza de usar una toalla femenina, nunca rojo, porque rojo es suciedad, sexualidad y deseo. Pobres… De todos nosotros.

Fest escucha en los programas las nuevas formas de habla, reconoce las frases que formarán parte del imaginario colectivo, y siente pena, pero también una terrible fascinación. Mira en la televisión todas las historias de su juventud, las aventuras familiares que hubiera querido tener, los deseos sexuales reprimidos por el escote tan amplio de la presentadora, reconoce los beats de una rola de Vivaldi usada para el compás de una escena ansiada y epifánica, y a veces se acaricia el rostro avergonzado, mientras piensa, coño, eso quisiera escribir.

Fest pensaba de niño, que para crear algo maravilloso, moderno y progresista, debía haber una televisión involucrada.

Pero hablaba del sueño y en él, Fest trabajaba sus textos en la pocket pc y se preguntaba como irían las cuentas en su burdel, porque tenía uno y de muy mala monta, en algún lugar de la Balbuena. Tenía croatas, rumanas y turcas trabajando para el beneplácito de sus prietos y aguardientosos clientes. También, por supuesto, tenía chicas de Guadalajara y Sonora, que costaban un poco más, pero que ningún albañil tocaba porque preferían el dos por uno en ojos verdes y cabellos claros. Las mexicanas estaban guardadas para los chilanguitos fresas y los gringuitos conradianos que querían escuchar algún tipo de acento exótico a la hora de empujar al fondo. No es raro el chilango que aspira por una tapatía, una regia o una culichi, mientras que los otros miran con cierto dolor por aparearse a las insípidas spring breakers, con ganas de aprender en una noche el inglés que nunca aprendieron en harmon hall o quick learning, a través de la osmosis que surte efecto de penetrar con las papilas gustativas la vagina de una de esas mujeres.

Es por eso, dice Fest, si les interesa saber, que muchas actrices gringas firman contratos de tinte de cabello para el mercado latino. Esos comerciales no aparecen en otros países, porque en otros países no intentan verse desesperadamente rubias para que sus hombres les presten atención. Una modelo de renombre gana hasta 50,000 dólares en cada país donde aparece… Y si aparece de nuevo, seis meses después, le pagan otros 50,000.

Pero Fest estaba en casa de ella, pensando en las cuentas y en la doña viejita, como indígena, que hacía quesadillas de cempasúchil y flor de calabaza para los clientes del burdel. Pensaba si la doña de las quesadillas por fin le descubriría los secretos del otomí, así como lo intentó una señora que era clienta de su abuelita. Cada que iba le contaba historias de pueblo, y también le enseñó palabras, ya olvidadas. Por ejemplo sólo recuerda que coconenci significaba algo bonito.

Ahora Fest no recuerda si coconenci era abuelita o nieto, su ignorancia ha despojado a la palabra de su verdadero significado y piensa, sin duda, que coconenci significa las tardes necias y ocres, donde en un puesto de zapatos azul claro estaba una abuela leyendo el periódico, una nota roja para contarle al blanco muchacho lo mal que estaba México, y un radio café y maltrecho, cantaba orgulloso notas de Mendehlsson o Bach. Coconenci, amor rutinario, una pintura, de un lugar enterrado en el pasado… Coconenci, el amor entre nietos y abuelos… Coconenci… Solamente amor.

Estaba en casa de ella, mirando el radio, el monitor de la computadora. Le llamaron por teléfono y ella respondió-. ¿quién? -Agustín -le dijo algún graciosito, ¿y cómo podía ser posible, si Agustín estaba con ella, y seguían mirándose el uno al otro, esperando el primer movimiento? ¿pero cómo podía ser posible que escuchara lo que dijo el otro en el teléfono? Fest recordó que estaba soñando y miró complacido como ella colgaba el teléfono y le miraba picaramente, y se tomaban fotos de la cara y los ojos con el celular.

-Mi burdel debe estar lleno de gringos ahora -comentó Fest, ¿cómo era posible que él manejara un burdel? Es un sueño bobo, se respondió y miró como la escuincla, la petisita culona, le desabotonó los pantalones y le sacó el coso para tocárselo. -Si quieres decir que no, hazlo ahora.

Pero no dijo que no, porque una doble negación, es una afirmación, según la lógica y las mujeres necias (aunque ojo, porque triple negación, es negación o violación, dice Fest) y fue una maravilla de sueño porque Fest la cargó con el miembro parado y rollizo incrustado en sus maternales entrañas por toda la habitación, y cogieron como animales silenciosos, solamente jadeando y mirándose a los ojos como humanos adormecidos. Ella tuvo que desconectar el teléfono porque sabían que un graciosito que decía llamarse Agustín insistía llamando y él tuvo que poner su celular en silencio para no darse cuenta de que registraba tres llamadas perdidas. Sudaron como cerdos y la compostura de elegantes reyes. Una explosión sexual, de horas sueño que culminó en un hartazgo sin orgasmo y ambos mirándose seriamente.

-¿Por qué lo hiciste? -preguntó ella-. Dudaba que fueras un hombre tan fácil de convencer.

-Porque estaba aburrido -respondió Fest-. Muy aburrido y sólo cuando estoy aburrido, o cojo, o fumo o como.

El camino del inicio perpetuo.

Cuando le dijeron que esperarían al anochecer, él pensó que sería muy buena idea. Sin embargo, el truco del diablo en la mente de Fest era tan poderoso, que cuando se metió al departamento, olvidó las memorias difusas y que la negación significaba su alma y su sangre. Es por esto que me permito llamar al primer camino de Fest, el camino del inicio perpetuo.

Cuando Fest se encerró de nuevo a su departamento, sin energía eléctrica, se sentó en una de las sillas que encontró a base de rutina. Respiró lento y pausado, creyéndose así mismo un oriental. Escuchó los sonidos que no se escuchan regularmente: el sonido del agua en las tuberías, los chistes de los borrachos de medio día, el movimiento de los árboles con el viento, las pisadas minúsculas de hormigas diabéticas buscando los desperdicios en el refrigerador, el reggaeton de los vecinos tres edificios más adelante y cuando terminó todo aquello, pudo escuchar la sangre poblar con su río los latidos de su corazón. Entonces Fest se sintió en comunión consigo mismo y con el universo, se auto congratuló y cayó dormido.

Fue el sonido de su propia erección rozando con sus pantalones lo que le despertó. Tronó los labios molesto y pensó que ser un zen, definitivamente, debía ser la peor putada del mundo. Que lo único que le permitiría empezar la búsqueda por su supuesto amigo, Bob, el cacto, sería empezar de nuevo. Dar el primer paso. Salir y arrollar con el mundo. Estar dispuesto a destruirlo todo y matar, kilos de sangre.

Fue así que Fest descubrió que su putada zen le permitió recordar un poco y burlar el truco del diablo. En el momento que se hizo consciente de su triunfo, el diablo volvió a borrarlo todo y se encontró sentado en una silla, en su departamento sin energía eléctrica, y preguntándose que hacer.

Fest esta loco no porque quiere, sino porque toda la vida ha jugado a Dios y el diablo. Es así, por ejemplo, que se recuerda en la secundaria, en la dirección. A su lado, estaba uno de sus compañeros: Daniel. Él le había robado dos estilógrafos, cuadernos, le había amenazado diversas veces, casi se habían agarrado a golpes una vez. Daniel, igual que el segundo nombre de Fest. ¿Y por qué ambos se encontraban en la dirección, frente a los ojos de la monja Sor Juana? ¿Era por qué él se había hartado de los abusos?

No. A Daniel iban a expulsarle de la escuela. Se había excedido tantas veces ya, que la piedad de las concubinas de Cristo se había agotado. Fest se encontraba ahí porque su abuela le había hecho prometer que nunca abandonara su nobleza. Daniel no es malo, dijo Fest en voz alta, sabiendo que si decía lo contrario también aplicaría así mismo, prometo cuidarlo madre, prometo responsabilizarme de sus actos… Prometo cuidarlo.

Igual que prometió cuidarlo y guiarlo, sabía que si no lograba nada con él, entonces no había de otra que declararlo un hombre perdido, alguien manchado a los ojos de Dios y del hombre. Es por eso que la monja se le quedó mirando con los ojos entrecerrados, graves… Este cabrón se sabe tan listo que esta abogando por el diablo, y cumpliendo o no, habrá ganado.

Pero hubiera sido bonito, pensó Fest, que me hubieran dado la oportunidad de salvarlo… De salvarnos juntos, Daniel.

Prometo cuidarlo madre, dijo Fest en voz alta y empezó a quedarse dormido. En sueños y sin ninguna voluntariedad oriental, escuchó los balones de basket en la cancha, el aceite saltando en un sartén para huevos en el departamento de arriba, los gemidos de una mocosa tocándose después de haber hecho la tarea de mate en su cuarto, el choque de las nubes contra el viento y despertó.

Se sintió terriblemente asustado, no estaba tan acostumbrado a escucharlo todo, así que buscó su reproductor portátil de mp3 y se sonrió estúpidamente cuando escuchó las canciones de José José.

Entonces recordó a la pobre de Perla que le quería tanto, que le admiraba tanto, que le veneraba tanto. Ella compraba los mismos libros que leía Fest, sin falta, y le regalaba libros, sin él pedirlo. Hasta una camisa y calzones le regaló. Yo no puedo amarte, le decía Fest, pero si quieres puedes ser mi puta, y la pobre haciendo como que mamaba y haciendo como que juntaba las piernas y se tocaba. A Fest sólo le bastaba recordarle lo puta que había sido, en público, para que ella bajara la mirada e hiciera como que lo odiaba. No fue la única, pero si todas esas pobres que tocaron su camino tuvieran que llamarse de algún modo, tendrían que llamarse Perla, todas esas que le dijeron “No me maltrates… Quiéreme”, “¿Por qué puta y no amor?”, “Después de todo ¿sólo eso piensas de mí?”.

¿Será por eso, que esta pagando tanto? ¿Karma? Nah, no lo cree, ellas también tuvieron su culpa, cuando lo veían tan listo, tan inteligente y culto, tan alto y blanco, tan banco de genes, tan necesario para mi cuarto de trofeos y de ser posible, para presumirlo como esposo. Pobre de Fest, que se vio en necesidad de enseñarles algo a las pobres putas.

Fest se hartó de las mujeres, cuando era igual con todas, todas eran igual con él. Tal vez ese pensamiento tan simple fue lo que le obligó a buscar querer de verdad. Fue la búsqueda del amor y ese amor como redención. Será que conscientes de esto, otras mujeres trataron de maltratarle y él, gustoso, actuó como un perro mal herido, si en eso consistía la redención, procuraría tener días tan malos que sólo el budismo o el asexualismo podrían curar.

Se volvió una rutina tan desagradable, que hasta pensó en acostarse con un hombre y a chingar a su madre. Venga tu banquete Platón.

Es en esta parte donde Fest quitó a José José del reproductor y miró una de las paredes sombrías e indefinidas, en completo silencio. Creyéndose un Quijote de Broadway, se arrodilló frente a una luna imaginaria y pidió con religioso fervor el perdón de todos sus pecados, hazme caballero, luna misteriosa, para que me perdonen todas las mujeres presta pronto y saba daba…

…y se quedó dormido.

Creo que sin lugar a dudas, el peor error de un escritor es poner demasiado de sí mismo en el inicio de una historia que nunca fue suya para empezar. Pero lo siguen intentando, así como Fest ahora escuchaba como las raíces de los árboles se enterraban en la tierra, el trazo de la pluma de un poeta mediocre, el pedo de un cura mientras ofrece la comunión y la serie de hechos inconexos que continúan entrelazándose para que un escritor pueda echar a andar por fin y rescatar a un asesino, un amigo que no recuerda.

Fest despertó por tercera vez. Decidió salir para respirar aire, despabilarse, hacer otra cosa que recordar y dormir. Cuando salió, el niño Torres trataba de liberar al lobo de fuego limando su cadena. Fest seguía recordando un millar de historias en su pasado, pero ninguna de Bob, el cacto.

-Es inútil, nada funcionará, a no ser que encuentres los jugos de una celta virgen.

-…

-Exacto. Pero la cadena esta puesta en mi cuello por una razón y supongo que es porque mis dientes, de poder alcanzarla, serían capaces de quebrarla. Uno de mis colmillos debe ser suficiente.

Torres y Fest se miraron.

-Ve por unas pinzas Fest -dijo el lobo sonriendo.

Si Fest tuviera que contar esta historia de nuevo, diría que buscó las pinzas con una calma poco común y cuando las encontró y salió con ellas, no estaba seguro de lo que sucedería con ellas pero que esperaba no tuviera que ser él quien las sostuviera en sus manos cuando llegara el momento crítico. Se equivocaba, por la honesta y burda razón de que él siempre se equivoca y termina resignándose por hacer las cosas que no quiere hacer.

Se arrodilló frente al lobo cuando él se lo pidió, y el niño Torres se tapó las orejas para no escuchar los aullidos y las carcajadas guturales del lobo, durante las dos horas y media que tardó Fest para extirparle su colmillo superior izquierdo.

Cuando tocaron la puerta (2)…

Si Fest tuviera que seguir contando esta historia desde su pocket pc, sería porque el hombre que tocó la puerta era nada más y nada menos que un técnico de luz y fuerza, quien argumentó, algo sabiondo, que Fest llevaba varios meses sin pagar la luz. Sin ningún empacho entonces, buscaría el medidor del kilowattage por hora e ignorando cualquier comentario burlón, hiriente y suplicante de su víctima, procedería a desarmar y desconectar la vida eléctrica del tan pobre escritor.

Son rápidos los cabrones.

El técnico, un hombre moreno y regordete, con un bigotillo espeso, procedería a levantar su gorra en un gesto de despedida y sonreiría entre dientes un buen día, hasta pronto. Fest lo miraría marcharse con el objeto tan valioso por lo común, insípido y fácilmente olvidable, bajo uno de sus hombros, y susurraría un par de groserías igual de vulgares que el dicho ese que reza: “uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”.

-Aborto de la violada de tu mocha madre, ojala te pudras en el infierno cabrón -diría Fest y le vendría la falsa ilusión de sentirse mejor. Una ilusión que se quebraría en el momento de entrar a su casa y se diera cuenta que en vez de casa, era un hoyo negro.

Eso escribió Fest, al salir a fumarse un cigarro y mirar con atención al lobo rojo, a Kromg, el devorador de mundos. No había otra cosa que hacer, que no fuera mirarlo dormir, o escribir o leer. Pensaba que podría masturbarse, pero el entretenimiento sólo le duraría unos cuantos minutos y no se le antojaba hacer ningún experimento tan ocioso con su propio cuerpo. Vigilar a los vecinos tal vez, pero tenía la ligera sospecha de que si lo intentaba, estos le aventarían piedras o lo lincharían por posible pederasta (nada más lejano a la verdad).

Que bueno, piensa Fest, hoy en día las cabronas escuinclas parece que se visten para buscar marido desde los diez años y en una cultura occidentalizándose tan rápido como México (el año 2000, por Dios), eso definitivamente ya no es aceptable.

-Disculpe señor… -dijo un niño, asomándose por una de las ventanas del departamento de arriba-, usted, el fumador.

El fumador, pensó Fest, debía ser él.

El lobo rojo pareció sonreír debajo de sus bigotes enormes.

Se miraron, Kromg y Fest.

-Dos cosas -dijo el lobo-. El niño puede verme y huele igual a tu gato.

-¿Gato?

El lobo suspiró molesto.

-Cacto.

-¿Señor? ¿Puedo bajar a hablar con usted?

-¿Si? Ah… Si, anda, aquí te espero… Je.

-Ok.

Fest miró como el lobo se incorporó lentamente y sacudió su pelo. Le pareció que continuaba sonriendo bajo sus bigotes. No quería hablar con él, se quedó mirando un rato como su cigarro se deshacía en humo mientras escuchaba los pasitos pequeños bajando por las escaleras.

-Viene por nosotros para rescatar a tu amigo.

-Ese asesino no puede ser mi amigo.

-No importa que no le recuerdes, te sientes solo, tu corazón así late… Como el de un solitario.

Cesaron los pasitos en las escaleras, el niño apareció dando una vuelta lenta y pausada. Lo reconocía: Torres, el niño Torres. A la memoria de Fest, le vino un diálogo que le decía que ese niño tendría consciencia del flujo natural y que cuando creciera, sería juzgado como un genio. Además de extrañarle la memoria de un diálogo sin rostros, le dolió el destino tan cruel del niño.

-Hace mucho que llora usted por su amigo, el cacto… Señor Fumador, no puedo escucharle sufrir mas… Necesitamos ir en su búsqueda inmediatamente.

-No. Ese cacto no podria ser mi amigo.

-Creo que le duele cada vez que dice eso. Se vacía un poco con cada negación y se acerca cada vez más al infierno.

El lobo se carcajeó. Su pelo rojizo, parecido al fuego, pareció una llama ondeando poderosamente con las arcadas de su cuerpo.

Fest parpadeó perplejo. Si le preguntaran que pensó de esa aseveración y del niño en general, respondería que era una persona muy extraña y que se sentía con la obligación de presentárselo a cierto técnico de luz y fuerza.

Memorias confusas, de su amigo el cacto, vinieron a su memoria.

-¿Por qué siempre, todos tienen que ser tan raros? ¿todos ustedes, el cacto, el niño, el lobo, todos? ¿Por qué no pueden ser gente común y estereotipos básicos?

-La verdad… No queda mucho tiempo, si hemos de buscarlo, debe ser ya.

-El niño tiene razón, Fest.

-Y porque Natura así lo quiere, tenemos que llevarnos al lobo con nosotros. Es esencial.

-El chamaquito es mucho más respetuoso que tu cacto -el lobo sonrió fuego-. Me agrada.

-Debemos quitarle la cadena sólo si -el niño miró al lobo-, jura ayudarnos a encontrar al cacto primero…

-Bueno, parece que yo sobro aquí…

El lobo se arrodilló ante Torres.

-Lo prometo.

-júralo…

-lo juro -dijo el lobo, y una llamarada rápida se encendió en sus ojos.

-¿listo, señor fumador?

Memorias difusas, una espina y una gota de sangre cayendo de su dedo. Supo en ese instante que si negaba… Negaría su propia sangre.

-Kromg…

-¿Si?

-¿Prometes meterle un susto al cabrón de luz y fuerza?

-Claro que si, mi querido Fest. Después de encontrar a tu cacto, eso es lo primero que haré.

El niño pareció un poco incómodo al escuchar eso.

-Primero -dijo Torres-, hay que romper su cadena… O de lo contrario, no lograremos nada.

Cuando tocaron la puerta… (1)

…Fest se encontraba muy ocupado preparando la comida. Tenía hambre. Cinco huevos, un poco de especias, meter la carne… separar en un plato el pan molido, que las milanesas se llenen de pan, golpearles ligeramente, prender un sartén con aceite, con poco aceite y no tanto fuego, para que no queden crujientes. No le gusta la carne crujiente. Prender un cigarro y así parecer cocinero de poca monta en Nueva York (si bien le va). —Debería de poner un negocio de tortas —piensa a veces, no le molestaría en lo más mínimo hacer tortas. Su abuela, antes de tener un puesto de zapatos en el mercado, tenía uno de comida: sopecitos, tacos, etcétera y hacer tortas no lastimaría su negocio como escritor, finalmente le ayudaría a conocer gente para hacer personajes en su cabeza, a contemplar mientras pone las milanesas a freír y las salchichas, y la pierna y la piña. Cuando trabajaba en casting, se iba a un localito a pedir una torta para comer y cenar, la torta se llamaba la Cheques Special: Pierna, salchicha, quesillo, milanesa y piña. Con una de esas no sufría de hambre durante un día y le costaba alrededor de veinticinco pesos.

Pero decía que tocaron la puerta, entonces Fest dejó una milanesa en el sartén, apartó sus pensamientos y la abrió, un poco sorprendido. Nadie le visitaba, si acaso sospechaba que era Kromg quien tenía la urgencia (lobo, lobo, lobito rojo devorador de mundos). Es aquí donde tengo que hacer una pausa y explicarles un poco la historia que apenas empieza.

Hará algunos meses, que Fest tenía un cacto llamado Bob… el cacto devoraba niños, ancianitos, gatos y sólo en urgencias, perros y ratas. Se partía en dos su cuerpo alargado y cómo una Boa, engullía a sus víctimas para digerirlas lentamente en su cuerpo espinoso. Bob, no era malo, sencillamente era el espíritu de un hombre rencoroso, engañado por el diablo y atrapado en el cuerpo de un cacto. Detrás de ese hombre rencoroso había mucho conocimiento, siendo un vegetal tenía la oportunidad de entender mejor el flujo del mundo natural y así podía mirar los espíritus. Durante algún tiempo, Bob acompañó a Fest para ir a todas partes, se hicieron buenos amigos, acordaron que se sentirían muy solos el día que no estuviera el otro, el cacto se quedó dormido un tiempo para el bienestar de Fest, quien se preocupaba mucho de la cantidad de asesinatos que tenía en su haber, sin embargo, cuando despertó finalmente… el cacto le contó toda su historia.

Y que historia.

Cuando el cacto le contó la historia, se encerraron durante una semana y media, Bob para terminar de narrar sus orígenes y Fest para evitar que Bob no saliera a comerse a otro niño. Sin embargo, el cuerpo del cacto necesitaba comida y si no comia carne fresca, que aún estuviera con la sangre caliente, entonces perdería toda consciencia humana y se convertiría en un animal hambriento, en eso consistía el truco malicioso del diablo. Fest sabía que se lo comerían, pero tenía deseos de redimir a su amigo… sin embargo, en ese momento, Satanás tocó la puerta y La Muerte, como testigo (y esperando la muerte de Fest), empezó a comerse una manzana en la cocina. Bob estaba a punto de perder toda consciencia humana. El Diablo le ofreció un trato, que si encontraba a Bob en tres meses, ambas almas estarían salvadas, de lo contrario, él podía llevárselos a ambos. Fest aceptó y poco después de aceptar, olvidó todo lo que había sucedido.

Sin embargo, durante todo ese tiempo… se sintió muy solo, porque ya habían pasado muchos días desde que él no esta.

Extrañábale tanto…

…que cuando despierte y si se le ocurre pasar por aquí, se dará cuenta que esta en camino y que dormirá, si es necesario, pegado a la puerta de su casa hasta que ella llegue y también, si es justamente necesario, dormirá en el sillón de su casa o tal vez, en el techo de un amigo. Extrañábale tanto que sólo puede decir en enigmas que desea abrazarle, mirarla chiquita en sus brazos y sentir un estúpido deseo de protegerle, porque ella se protege sola y él a veces se siente tan niño, que piensa que es él quien necesita su protección. Tiene cigarrillos suficientes para esperar, o si no, encontrará alguna tienda, piensa medio romántico y cursi que finalmente duermen bajo el mismo cielo, o casi el mismo, y cree que la separación no es tal como para no permitirse ver las mismas estrellas. También tiene un deseo medio animal de apretarle las nalgas, aunque pueda recibir una cachetada por ello, aunque apuesta más por una sonrisa cómplice… porque Fest piensa que eso es el amor—. La complicidad. Cuando alguien deja de ser tu cómplice, es que ya no te ama. Por supuesto, piensa, hay cosas dónde no pueden ser cómplices todo el tiempo… pero en el otro lado, el lado b, con los ojos entrecerrados y una sonrisa de lado, se saben los dos que se quieren y que estan dispuestos a morir juntos.