Hoy me declaro un pendejo. No un super pendejo, pero si un pendejazo. El señor Sámano escribió un post que me he detenido a releer como unas tres o cuatro veces, y también, de repente, abro los comentarios a ver si alguno de ellos me ilustra en cuanto a “lo que estoy buscando”. La cosa es muy sencilla: Leo el post y no lo entiendo. Entonces hice algo que no debí: seguí las ligas y, si no es por Lulú Marina, me hubiera sentido completamente perdido en cuanto a lo que creo pretende buscar Sámano. Digo, él quiere La Razón, creo… entender más o menos de que va el rollo. Lo que no le gustó es que nadie pueda dar una Razón y que el mejor método que nos pueden ofrecer nuestros queridos intelectuales para entenderla es… saber de antemano que no podemos comprender del todo al otro, y es por ello que no podemos llegar a una “Razón” colectiva, universal o casi absoluta. Y así, en estos días dónde casi todo lo que se habla en mis blogs preferidos es política, ya sea de una manera divertidísima o pretendiendo ser analistas políticos. Incluso en otros blogs, donde doy click por error, y se habla de los trapitos del señor López y del señor Calderón, existe esta separación, esta noción del país dividido, cada uno se monta en su burro y es tanto que me da envidia, porque fácilmente entre todas estas personas, ya se han escrito tomos, y yo, mientras tanto, ando en una pendeja lucha por mantener encerrado a un cacto en la casa para que no salga a comer niños y gatos.
Hablando a un nivel personal: Yo estoy dispuesto a empatizar contigo si me doy cuenta que tienes la misma delicadeza conmigo. En lo que sea. Desde que te ofrezco un refresco yo puedo entender que te guste la porquería de Pepsi, el NESTEA o esa chingadera de agua quina, si tú no me comentas que la Coca Cola la usan para lavar los caños. Si tienes la chispa para hacer el comentario, entonces debes estar dispuesto, también, a disfrutar mis jocosos comentarios. Sin embargo, eso es simplemente tolerar, no es entender. Yo sé a un nivel que a otra persona le gusta el NESTEA porque:
Creció con él.
Realmente le sabe muy bien.
Le recuerda al té que le hacía su abuelita de chamaco.
En serio, cree que se verá igual que los modelos de los comerciales.
Le gusta, nada más le gusta, en serio le encanta. C’est fini.
Yo siempre hago una pausa para repasar esos puntos y pienso que seré correspondido. (Aunque no siempre sea así).
Cuando hablamos de partidos políticos, la cosa se vuelve un poco más compleja. De hecho, cualquiera que piense que el partido político de su elección es el mejor, pensará que este análisis reduccionista y simplista, es un error muy grande y pensará rápidamente, como si fuese matemático, los argumentos que se sabe para defenderlo. Ahorita, alguno de esos politiquillos de hueso colorado, ha de estar esperando si soy perredista, panista o hijo de Beatriz (la de la sonrisa bonita). O peor aun, ya me habrá encasillado al color de algun partido y yo, ignorante por completo de mi condición, estoy cayendo en su inteligente y concatenadísimo discurso que esta a punto de soltarme. Y ese es el problema. Que la explicación de los juegos políticos esta basándose demasiado en los colores de sus partidos y sus ideales. Parecen olvidarse de lo primordial: QUE ESTO NO PASABA EN MÉXICO.
Ni López Obrador, ni Calderón, ni el señor Sámano, ni Lulú Marina, ni yo… ningun mexicano, en su vida, había presenciado unas elecciones como estas en la historia de México. La Razón que busca el señor Sámano y la razón que buscan muchos panistas (así como perredistas), es saber ¿por qué la Ciudad de México tiene que sufrir con las calles cerradas? ¿por qué el señor Calderón no se defiende? ¿por qué no contamos voto por voto? ¿y a chingá, por qué no habríamos de tomar Reforma si yo lo arreglé? ¿qué no revisamos ya las leyes? ¿cómo podemos confiar en las instituciones que durante años han sido un hervidero de corrupción y compadrazgo? ¿acaso, no es el momento de confiar en estas instituciones? No es que tengamos que entender al perredista que esta acampando, y no es que tengamos que entender al panista que se ve forzado a salir con su iPod al metro. No podemos entenderlo porque es una experiencia nueva. Podemos fascinarnos, si, y podemos tratar de explicarlo, también, pero esto no es un experimento que requiera racionalización, es un proceso evolutivo para llegar a un fin donde tenemos que ser más observadores que actores. Si el sistema anterior se quebró porque ya estábamos entrando a una entropía social, es ahora que estamos en proceso del siguiente cambio y ese proceso involucra comerse unos chilaquiles en “Mi Luchita”. Si este sistema se vuelve a quebrar, entonces habrá otro cambio (dónde el temor y el gusto de los ortodoxos es que haya otra revolución, pero nah, no creo, ahorita estoy orgulloso de mis muchachotes que aprovechan la casota de Av. Reforma que arreglaron). Así que lo sencillo es pedirle al mesero que nos traiga chilito, limón y un cafecito, porque va a tardar un rato. ¿Pero qué hace una persona cuando se enfrenta a situaciones nuevas qué no estan explicadas, catalogadas, documentadas, racionalizadas, ficcionadas, adornadas, en un libro, una película, un periódico, las memorias del abuelo, en los graffittis de eje 5 sur y alta tensión?
Tengo miedo de contarte lo que sigue porque harás de mi memoria —una memoria vegetal que ha perdido su humanidad conforme pasan los días—, un simple recuerdo digital. El recuerdo digital, entonces, pasará a los archivos y se hará más viejo conforme camine el tiempo, porque el tiempo camina, el tiempo es un espíritu con sentimientos como tu y como yo, el tiempo no es sólo un objeto. Incluso, si decides algun día utilizarme como el punto para crear una novela, haikus o ensayos, las letras que me componen como ente terminarán por ser impresas y aunque sea parte de mi hermano árbol, transmutado por el humano, no habrá otra más que amarillarme cuando el tiempo tome unas crayoles amarillas y pinte sobre el papel, o se ponga malito y decida arrancarle un pedazo, o cuando padre tiempo lo deshoje. Me pudriré porque padre tiempo así lo quiso. Hojas de mi vida acabarán perdiéndose en otros papeles, o como separadores, o para anotar un teléfono, o en el caño junto con la mierda del diarreico. También tengo miedo porque mi historia se ha transformado, de ser un hombre común … bueno, ni tan común, pero de ser un hombre que lidiaba con problemas de verdad, he pasado a ser un cacto luchando en medio de fuerzas incomprensibles y que algunos, piensan inexistentes. Tu, como hombre, no puedes verlos a todos, no puedes ver a los espíritus. Aunque puedas entender el concepto de tiempo, por ejemplo, no ves como yo a padre tiempo caminando despacio, relajado, tomando los hilos del mundo natural y moviéndolos a su antojo. Puedes entender el concepto del diablo, si, pero no puedes verlo a éL como yo, a veces esperándome a la salida del departamento, sonriéndome, señalándome un reloj de arena que conserva siempre en sus manos. O la Muerte, por ejemplo, la Muerte de jeans y chamarra negra que cuando tomo la vida de un niño o incluso un gato, se aparece en el momento para llevarse el alma del pobre diablo y anota su nombre en el Libro de los Niños Muertos (de T.F. Hadied), y se va, sin cruzar ninguna palabra en el momento.
Entonces, si yo puedo ver los espíritus en este punto de la vida, ¿por qué me importan los recuerdos que tuve de la mujer que me trajo hasta aquí? Porque mis recuerdos ya no son humanos. Todo lo que te he contado hasta este punto, y el futuro, esta lleno de estos espíritus que los humanos llaman conceptos. Por ejemplo, (¿y te interesa saber?) Mis recuerdos con Salcedo, los pocos que aun conservo, involucran muchos colores y oscuridad. La oscuridad de la muerte anunciada, el espíritu negro del que busca la falsa salvación a través de otros. Los colores del tipo que no puede ver las cosas como son, los colores son cómo quiere verlo. Empieza una lucha de poderes entonces, entre dos espíritus, el espíritu del hombre y de la perra, Salcedo, ay pues, la mujer. Y esa lucha que uno creería nimia para los otros espíritus, para los grandotes como el Dios y diablO, el tiempo, la muerte, la naturaleza —entre muchos otros más—, es su entretenimiento diario y se juntan para apostarlo todo. Pues en esos recuerdos que tengo, mientras ella se sentaba sobre mi miembro, me ponía las manos en el pecho y entreabría un poco los labios (delicia, si me preguntas, recordar mi sexo envuelto y húmedo, y su peso cayendo sobre el mío), en esos recuerdos pude ver a la Muerte apostando por quien moriría primero con Padre Tiempo, y a Tiempo comentando con el diablO cuánto tiempo estaríamos juntos antes de que fuera por una cuchilla para hacernos las arrugas de la cara, y el diablO, cagándose de la risa, señalándome, aplaudiéndome, cada vez que gemía y que abría los ojos por el goce de Salcedo cogiéndome. —Esos dos serán míos, indudablemente míos. Y la Naturaleza, mientras tanto, observaba el vientre de ella, medía nuestros miembros, la humedad, el largo, la cantidad de semen, la temperatura, el ciclo de fertilidad y les comentaba a los otros detalles como el número de latidos por minuto, la circulación de la sangre, cómo empezaban a abrirse los vasos para la irrigación de no se qué por el orgasmo. ¿Y Dios? No encuentro a Dios en mis recuerdos, si te soy honesto. A veces pienso que Dios y diablO son, indudablemente, la misma cosa. O ahí te va una mejor: que en realidad el diablO es el asistente del viejito bonachón y éL baja a la tierra para ahorrarle mucho trabajo a Él. Sé que te ha dado curiosidad esta parte, pero a pesar del contacto que tengo con el mundo de los espíritus, no me se la respuesta y la verdad, no me interesa tanto como a ti.
¿Sabes? Si no me dejas salir de este lugar para conseguir comida, entonces me veré forzado a comerte. Llevamos cuatro días encerrados en el departamento. No sé que te dio que ahora piensas que soy un ser maligno. ¿No quieres dejarme salir por temor a que me coma a otro niño? ¿A una ancianita? ¿De veras temes por Bigotes, el gatito de la doña del cinco? Puedo ver los espíritus, las fuerzas que no comprendes, alrededor de nosotros. Estan empezando a apostar cuánto tiempo me tendrás aquí encerrado antes de que te coma… empezando por la cabeza, y luego terminando con las uñas de tus pies, porque si no me dejas salir de aquí estoy dispuesto a hacer el esfuerzo extra para digerirlas. ¿Y mis recuerdos cómo te ven? Como un hombre gris, con un pedacito de luz, como un hombre que sabe sufrir. Pero vamos… no te dejes llevar por eso, te tengo mucho cariño, te quiero, te sentirás sólo el día que no esté… pero, necesito salir y comer. Si no abres esa puerta, entonces esa imagen tan hermosa que tengo de ti puede quebrarse entre mis espinas, cuando empiecen a machacarte para tragarte.
Hablemos de los niños del mundo.
En México, en las estadísticas de hace algunos años, se dijo que nacía un niño cada catorce segundos. Ahora, supongamos que esta cifra ha cambiado por la explotación demográfica. Supongamos que ahora nace un niño (y por efectos prácticos de redondeo) cada diez segundos. Si incluímos al mundo en la estadística, en vez de solamente México… haciendo un cáculo a ojo de buen cubero, nace un niño cada siete segundos, o cada seis. ¿Te parece? Dejémoslo en siete, me encanta el siete. A mí me fascina la idea. ¡Se me hace agua la boca de tan sólo pensarlo! Matemáticas básicas. Cada minuto nacen 420 niños. Cada hora nacen 25,200 niños. Cada día nacen 604,800 niños. No te angusties, antes de que te pongas neuras porque se acaba el espacio en la tierra, te aviso que no estamos contemplando ningún índice de mortalidad (y tampoco de mortandad) en nuestros cálculos. Cada mes nacen 18,144,000. Fijate, si quitamos 18,000,000, entonces tenemos el número de católicos que serán rescatados en el Apocalipsis, ¿a poco no esta re chulo? No sabemos en que mes nacerán todos los salvados, probablemente en diciembre. Suertudote. 217,728,000 niños nacen al año. Si consideramos que mi comida es de niños de uno a once añitos (sin considerar el aumento exponencial de los años que han pasado). 2,395,008,000 niños en el mundo para comer. No puedo comerme más de uno al día y eso es exagerando. Lo más que puedo son tres a la semana y eso si no me encuentro diez gatos para compensar la falta de un niño. No soy tan cruel como quieres verme. Déjame salir.
En mis recuerdos digitales puedo mirar al hombre de chamarra negra, con la capucha puesta y las manos escondidas en los jeans, cargando una libreta. Cuando me acerco a un niño y le veo los ojos grandes, fulgurantes, la boca manchada de chocolate, la nariz respingadita sin acabarse de formar aun, me siento triste, porque sé que ese hombre sacará la libreta de los niños muertos y anotará otro nombre por mi culpa. Pero también, otro espíritu, tal vez un angelito llamado Tom Dacre, abre las nubes y baja del cielo, y acaricia los cabellos del infante en lo que mi cuerpo se parte a la mitad y se alarga tanto como puede para empezar el proceso de alimentación. La Naturaleza no me lo reprocha, al contrario, en ese momento se presenta para hacer nuevas mediciones y verificar datos de los cactos, por ejemplo, el proceso de respiración, de fotosíntesis, de la decoloración de las espinas, de cómo se seca lo que no sirve y cómo se quiebra, y nuevo tejido más resistente reemplaza esos pedazos. De cómo el cacto se convirtió en carnívoro. Mientras tanto, el niño abre la boca como para llorar… pero Tom Dacre lo abraza, le habla de un paraíso, le habla de que en el libro de T.F. Hadied no existe el sufrimiento para los infantes muertos. Es un proceso de intercambio. Si los espíritus no me detienen es porque debe ser. Si los niños que me llevo son llevados a un mundo mejor, es porque debe ser. Tal vez en eso consiste la verdadera redención, en comerme cuantos niños pueda. ¿Mi venganza? Ya la cumplí, y eso te lo contaré después. Mientras tanto, empieza el otro proceso, quebrarle el cuello para que no sufra de la savia que habrá de separar sus componentes y convertirlos en nutriente, ni del otro proceso innatural, que es robarme la energía de su espíritu para conservar una consciencia… muy similar a la humana. En ese preciso instante, entonces, La Muerte habrá terminado de escribir el nombre en la libreta, el angel entonces se estará llevando el alma del escuincle y Natura, por supuesto, continua observándome atenta en lo que despojo de toda carne los huesos, en lo que asimilo la sangre como si fuese agua. El diablO seguramente, en esos momentos, estará riéndose a lo bajito, escondido en alguna esquina. Después de contarte esto… ¿Me tienes miedo, un poco de respeto, algo de cariño?
¿Después de esto, podrías abrir esa puerta ya?
¿Por favor?
Foto: Rosa María.
Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.
Eso, básicamente, eso… se cayeron las enchiladas y me la pasé despotricando en voz muy alta—. ¿A quién diablos se le ocurre poner un plato sobre una superficie NO plana (hablamos de una lavadora de platos que nunca se ha utilizado)? —Entonces me enojé, fui de un lado a otro, mi hermano me miró feo y me pidió, que por favor, dejara de gritar. Yo le respondí que no podía. Mi hermano (perdón, tío, pero algún impulso inconsciente me obligó a poner hermano) Angel se burló de nosotros, le dije que necesitábamos arreglar eso, él me respondió—. Bueno… se necesitan como cuatro mil pesos. Ahí hice click un momentito, él piensa que arreglar las cosas requieren una solución cara (ponerle una tablita que fuera en conjunto con el hermoso cafecito cuasi madera encima a la lavadora de platos para que la cocina tuviera una armonía natural de diseño de interiores, luces y espacio, supongo… si).
A mi también me pasa en el momento inmediato, pero he estado practicando para pensar primero la solución práctica y barata antes de abrir la boca y desanimarme. —Bien, vamos a arreglar esa mierda, porque ya van DOS veces que se les caen las cosas por ponerlas en una superficie redondita… (la primera vez fue el viernes: dos kilos de huevo cayeron de una altura de 1 metro con treinta y tantos centímetros. Sólo sobrevivieron cuatro a la implacabilidad de la gravedad… y esa riqueza salvada tuvimos que distribuirla entre cuatro personas). Fui por una … tabla, no es una tabla, el material tiene un nombre que ya olvidé, y es una de las tablas que se compraron cuando estudiaba en la secundaria y me metieron a dibujo técnico, a huevo, porque los varoncitos estudian dibujo técnico. Secundaria de monjas, saquen las conclusiones.
Era la tabla del plan de contingencia. Si no hacía la casa como habíamos planeado y no quedaba bien, entonces tendría que hacerla de nuevo. Es, tal vez, uno de los mejores recuerdos que tengo con mi madre, cómo hicimos la casa del proyecto final de dibujo técnico (donde hice planos de luz, de instalación hidráulica, de fachada, de todo tipo de planos, y cuando se acabaron los planos era jugar al arquitecto: hacer la maqueta de la casa… me desvelé mucho esos días y también decidí que no quería ser arquitecto. Pero le agarré un cariño a usar el cutter [sobre todo el cutter, en esa época tuve una obsesión insana por comprar cuchillas], a usar escuadras, a las reglas T, a los cojines de goma, a todo eso… fue mi paraíso personal. Mi nombre es Agustín Fest, y uno de mis problemas es meterme a una tiendita de útiles, donde siempre acabo comprando algo, aunque sea una pluma china de dos pesos).
En fin, tomé la tabla, la puse encima de la lavadora de platos que nunca se ha utilizado y misteriosamente, el espacio entre el refrigerador y la cocina, ha quedado planito planito. Puedo asegurar que ninguna enchilada se caerá de nuevo, puedo prometer que no se caerán de nuevo los huevos (al menos ahí) y puedo, tal vez, vivir tranquilo en mi cocina durante un par de meses más, hasta que ocurra alguna otra desgracia, hasta que se caiga la comida otra vez y me remonte a aquella época donde sólo tenía trece pesos para comer en la semana, dónde por alguna casualidad o porque los cigarros eran más baratos, no me alcanzaba para pedir un poco de tocino y piña a la hamburguesa, o donde sólo comíamos mi mamá y yo, papas y huevo… papas y huevo, nada más.
Si mal no recuerdo, en una plática entre mi tía y mi madre, hablaron un poco de mi abuela. Algo que escuché y me llamó mucha la atención, es que en su pueblo le llamaban la coneja y se burlaban de ella por su tez blanca. Mi abuela fue una persona humilde, de ser la que no estudiara en su familia, pasó a la que hacía todas las tareas de la casa. Su segunda familia, cuando su padre se casó de nueva cuenta, no dejaba de molestarla con lo blanca, lo pálida, lo débil que se veía por su falta de bronce. Finalmente, y no se como, mi abuela acabó como sirvienta en la ciudad de México. Hay muchas historias al respecto y creo que ya he vaciado la mayoría en este pequeño descanso. La coneja… tiene unas implicaciones muy curiosas esa pequeña burla mexicana, una mujer de tez blanca, de rasgos finos, haciendo de sirvienta y corriendo descalza por el pueblo, persiguiendo conejos, haciendo las tortillas, recibiendo los golpes de su papá, quien, por cierto, también era de tez clara. Eso me hace entender un poco porque mi abuela, y mi madre después, tenían cierta renuencia a que tuviese una novia morena.
Sin embargo, aquí juega otro papel. Soy hombre, criado en una sociedad mexicana, y además de tez clara y rasgos europeos (lo que no quita que sea tan mexicano como un nopal). Eso me hace pensar, ¿qué rasgo se presenta primero cuando me ven? ¿Mi sexo? ¿O el color de mi piel? Eso no es todo, también me hace pensar qué puertas se me han abierto o cerrado por algún impulso inconsciente, o muy consciente, de discriminación. La verdad pensar en el tema me molesta un poco, me hace sentir incómodo, porque he guardado de chiquito las ganas de defender las causas nobles y supuestamente, la lucha contra la discriminación es una de estas causas. Pero… ¿qué? ¿Y si este sentimiento lo guardo porque soy hombre, o porque soy blanco, y porque no he sufrido tanto como otro, y mis experiencias no se ajustan para defender esta causa? De chiquillo siempre tuve amigos de todos los colores y sabores (a nadie se le ocurra pensar que “sabían saladito”) y todavía hasta unos seis o siete años, pensaba la idea de que México era un buen lugar por su variedad cultural y porque estas diferencias de color, o esas diferencias notables, no rompían con la armonía. O al menos con mi armonía.
Algo sucedió que empecé a ser más consciente de que los rasgos físicos (y también, la educación individual) convierten el cuerpo en un arma o una herramienta de trabajo, de negocios o bien, una manera de dominar. Tal vez mi consciencia empezó al darme cuenta de la cantidad de palabras que había para hablar de un lisiado, de las más bonitas a las más feas, y de que hasta tenían unas olimpiadas y cada deportista en ellas, obligadamente tiene que ser una historia inspiradora. De mirar en los medios como los homosexuales se destapaban cada vez más y necesitaban hacer ruido, vestirse de todos los colores, marchar en las calles a ritmo de trance y techno. De ver incontables comerciales y anuncios en la calle como las mujeres son maltratadas y abusadas, física y psicológicamente, todos los días y, que loco, ahora esto también empezaba a pasar en hombres. También pensando un poco más en las palabras de mi abuela, que conmigo no sé, pero me contaba todas sus opiniones políticas y educadoras, y yo las escuchaba muy atento, por ejemplo cuando leía alguna noticia roja de algún asesino, siempre me decía—: Esto no pasaría si las madres educaran bien a sus hijos. Si educan bien a las madres, que son las que pasan todo el día con los chamacos, tendrían buenos hijos… pero es que ahora sólo tienen mierda en el cerebro. Yo asentía un poco inocente y me pregunto, hoy en día, ¿cómo hice para pensar que la educación debería de venir a dos personas? ¿Cómo hice para abandonar el concepto de que solamente las madres deben hacerlo?
Puede ser que ahora que he crecido un poco y que vivo otra situación muy diferente, puedo poner en duda la educación base. Puedo darme cuenta de que mi abuela siempre tuvo buenas intenciones, sin embargo, no todo lo que dijo me es útil. Eso duele un poco, así como duele un poco estar consciente del lugar que uno ocupa en el mundo de las imágenes, e incomoda. Pero también, es fascinante descubrirse uno como persona, siento que abandonando la incomodidad que a veces me provoca ese tema, podría descubrir algo bueno y siento que la manera de luchar contra ello, es explotándolo, hablar de ello, hablar de lo que uno siente honéstamente.
Olvidé durante un buen rato que este espacio también sirve como documentación y curioso, quien me lo recordó fue la australiana esa, famosa en todo el mundo ya, Emmalina.
Si quieren ver el video, adelante. Sólo les advierto del acento inglés australiano y un resumen: cinco minutos de básicamente muchas babosadas, infinidad de babosadas, pero en alguna parte dice: I love documenting things (…) I just love being able to look back on myself, on things I´ve done, on experiences I´ve had… it´s just great. A veces, en esas cositas sencillas encontramos la verdad. Si yo fuese un bitacorista responsable, tal vez estaría documentando de las lluvias que azotaron México-DF, de los problemas ecológicos, de los líos del peje y de la gran subcultura en internet que ha estado surgiendo, apoyándolo o desacreditándolo. Si yo fuera alguien responsable, estaría documentando las circunstancias de mi época, sin embargo, lo único que puedo hacer es documentar el tiempo como yo lo vivo, como estoy pensando en el momento, con lo que imagino en este segundo o en este minuto. Y no sé cuan irresponsable pueda ser eso, pero estoy seguro que no estoy dejando algo que pueda documentarse históricamente, siquiera medio analizarse durante un segundo. Solamente estoy dejando líneas pasajeras, líneas que se irán diluyendo conforme pase al tiempo.
No sé si estoy seguro de que sólo soy un pasajero. Sé, sin embargo, que he olvidado o he negado documentar muchas cosas por egoismo o desidia. Sé que he olvidado, o dejado de documentar cosas que me gustaría repasar en algunos años, tal vez porque esta bitácora ha crecido más allá de mi alcance, o tal vez porque siento que no sirvo para documentar. O porque, erroneamente, he creído que hay cosas más importantes que hablar de mi presente y lo que me rodea. ¿Pero qué no es así el tiempo? ¿No pasa que lo que es importante hoy, ya no vale de nada mañana? ¿No pasa también que todo tiempo pasado fue mejor? ¿Y no es clásico que… aunque escuchemos la advertencia hoy, no haremos nada hasta que el futuro nos alcance? Esas preguntas medio paradójicas son las que luego me detienen de escribir un hecho presente.
Escribir todos los días. Eso es lo que hay que hacer. Documentar un poco más.
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