Entradas escritas en Julio, 2006 ↓

Le he dicho a mi madre.

Sabía que las actas para iniciar mi compromiso social y formal con Sol, no estarían en decirle a sus padres, en ir a un juzgado y firmar, en creerme que soy esclavo del amor verdadero, en besarla y que los dioses naturistas bendijeran nuestra unión, o incluso en el sexo. No. Nada de eso. La iniciación de este rito llamado matrimonio, para que se escuchara correcto y justo al hablarlo (a pesar de que nunca la veo y rara vez le pido opiniones respecto a mi vida), empezaría con decírselo a mi madre. Y que mientras no le dijera a ella nada, entonces ese compromiso continuaría siendo un plan, un simple futuro probable, algo que puede llegar a pasar o que puede no suceder. Por supuesto, hablando solamente en un sentido formal de las cosas. Por mí, y Sol María lo sabe, cualquier buen día hubiera podido despertarme, insistirle que fuéramos a un juzgado, firmar el acta y se acabó la soltería. Si, así me gustan, me acomodan, me fascinan las cosas de simples. Pero tampoco quise dejar ir la oportunidad de vivir uno de los escenarios sociales más divertidos y elegantes que puede haber en nuestra vida.

Y pues, le he dicho a mi madre. Ahora que ella lo sabe… creo que ya puedo platicarles un poco más de esos planes escabrosos, que me ponen medio neurótico de vez en cuando. Fue después de platicar idioteces que la miré a los ojos y pensé—. Si no se lo digo ahorita… okay, piensa rápido, ¿cómo vas a decírselo? Pensé en cámara lenta y hablé en cámara rápida. Porque lo anterior lo seguía pensando mientras decía—: Pues, ¿qué crees mamá? ¿a qué no sabes quien se quiere casar con tu hijo? (Les juro que ese acomode de palabras, sujetos y verbos, era la mejor manera de iniciar esta conversación con ella. Se los juro que si).

Después de ella preguntar gozosamente quien, le respondí que Sol.

Como hacemos todos los Salazar (bueno, tal vez no, tal vez solamente yo) después de plantear una cosa muy importante de la manera más estúpida para bajar defensas, evitar evasiones y silencios fríos, hablamos entonces de … el clima. Y la verdad, quisiera evadirme del tema y no hablarlo en mi blog. Así lo he estado haciendo durante un tiempo. Hablamos un rato, hablamos de mis planes. Si todo sale bien, pediré la mano de Sol este diciembre, esperando que no traigan un serrucho y un botecito de formol donde guardarla. Y si todo sale aún mejor, estaré cursando el último semestre de mi carrera en Agosto del 2008 y casándome, más o menos, al mismo tiempo. Eso si es una carrera, ¿eh? Cuando a mi madre se le enrojeció la nariz y puso una expresión de anonadación total, una que no había visto nunca (en toda [mi chingada] vida) me sentí un poco desconcertado y también, aliviado. Le platiqué de mi preocupación económica. Ella sabe que no tenemos un patrimonio, que no tenemos dinero ella y yo, y que si quiero casarme, debo de alguna manera, hacer una muy buena planificación y contar con uno que otro chispazo de suerte. Desafortunadamente, nunca tuve una familia que me pusiera las cosas en bandeja de plata, que planificara pensando en el chamaco.

Hablamos del tiempo, me preguntó si dos años no era mucho, que si ella querría esperar ese tiempo. Me encogí de hombros. No tengo manera de saberlo. A menos que me saque la lotería o haga un muy buen negocio, podría pensar en hacerlo antes. Incluso Sol platicó alguna vez conmigo y me dijo que la boda no me preocupara, que mejor fuéramos planeando para comprar una casa.

Le he dicho a mi madre. ¿Y ahora?

La casa vacía.

Llevo dos días en esta casa vacía. Me despierto en su habitación, me paseo en su cocina, veo sus dvd´s, husmeo sin querer en su computadora, de repente me veo abriendo su armario. Llevo dos días en su casa y esta vacía. Mientras he estado aquí, solo, he trabajado un poco, casi nada. Es probable que no termine el trabajo para esta semana y eso me hace sentir un poco mal. También, no sé, me ha entrado un pequeño acceso neurótico y acabé tomando un cuaderno, y escribiendo cosas que no debí escribir, pero tenía que hacerlo. Son cosas que pasan cuando uno esta solo. Llevo dos días en esta casa vacía. Creo que ahora la comprendo un poco, cuando se encuentra sola, con el ruido de los niños y los autos pasando de repente, con los pájaros que hacen escándalo en las mañanas. Con tanto silencio me he sorprendido de poder dormir, porque el silencio nunca ha sido mi amigo. Cuando el silencio se encuentra en grandes cantidades, sentado por las mesas, en los sillones, fumando en las azotehuelas, recogiendo los pedacitos de jitomate y cebolla picada y tirándolos al sartén, mirando la tele y ojeando los relojes, cuando el silencio se reune como si fuese un concierto o como un flash mob en las calles de Londres, y el eco de sus alaridos rebota en las habitaciones, es entonces que grito con él y se reunen mis tiempos en un sólo lugar, a cinco centímetros de mis ojos, un revolver apuntando a mi cabeza cuyo gatillo se activa si mis dientes se aprietan demasiado. El silencio no es el amigo de un neurotico. Llevo dos días en esta casa vacía y son cosas que pasan, nada más.

Hoy pensaba mandarle un mensaje y me imaginé a mí mismo como un asiático, siempre cargando el movil para todas partes. El movil incrustado a mí, como una extensión de mi cuerpo. Me imaginé como siendo un espíritu tecnocrático. Cuando terminé de meditar esa nimiedad, pensé escribirle: “Te extraño tanto que duele”. Un poco exagerado, para darle un efecto dramático. Y luego pensé escribirle: “Te extraño un poco que duele un mucho”, más exagerado todavía, con un elemento cómico por lo cursi e infantil e ingenuo que suena. Después pensé: “Te extraño poco, duele muncho”, para hacerlo más cómico, agregando la n de los gringos que no saben hablar español, y sin restarle la verdad que hay detrás. Luego me dije: “Te extraño” y ya, lo más simple, lo más honesto, lo más concreto. Cada que escribía y revisaba el mensaje, mi mente pasaba por un proceso de orientalización: soy un asiático, el celular es una extensión de mi cuerpo. El movil entonces, se convirtió en un reflejo, un horrible elemento de ficción que podría dar a pie a nunca recibir una respuesta a ese mensaje, o un mensaje similar. Lo comprendí: Yo soy mi celular, no es que sea parte de mi cuerpo. Soy el celular y soy una parte individual de un todo.

Me desperté oliendo sus sábanas. A veces miraba sus fotos, sus velas, sus libros. Me sentaba un momento, con el cigarrillo prendido, admirando todo lo que era yo y no lo era. Pensé en Matthew Sweeney otra vez: “Si tan sólo ella estuviera aquí, se sentiría como en casa”. Y pensé, divertido, con gusto sería parte de sus muebles, tal vez podría ser uno de sus libros, le plantearé la idea de ser su ropa interior. Si bien, uno es parte individual del todo, entonces puedo ser lo que me plazca y seguiré dentro del conjunto. Puedo ser su brazo o su pierna, y ella puede ser mi pecho y mi sexo. Y juntos, ya entremezclados, continuaríamos el orden natural de las cosas. Un orden armonioso y natural, a pesar de los camaradas del silencio gritando alaridos y escoger trabajo, escoger carrera, escoger la casa, escoger los perros, escoger la computadora, choose what you fucking want matey se vuelve un engrane, de esos que siempre salen sobrando cuando el mecánico los arregla, dentro de una maquinaria universal.

Y dolería… ciertamente dolería, que mi amor por ella en su casa vacía, donde cosas pasan, fuese también uno de esos engranes… cuando siento que ese amor puede ser el universo completo.

El catálogo de los olores.

Este post es parte de una serie, llamada “Listas”. Anotación 8 de 13


Estuve a punto de escribir la palabra holores, en vez de la correcta. Por supuesto, si alguna vez lo digo en voz alta, no se darán cuenta de mi error. Y mejor aún, si holemos, es imposible que se den cuenta de ello. Horacio Oliveira, personaje canon de la literatura juvenil, agregaba h a las palabras que de alguna manera, le daban dolores de cabeza. Palabras que se quedaban en su lengua, en su cabeza, y a través de la letra muda, retumbaban constantemente como la sirena de un coche de bomberos, a menos que su neurosis se ocupara en otras cosas (en algún otro ínfimo detallito). Es por eso que me relaciono con Oliveira, es por eso que muchos jóvenes neuróticos e indecisos del futuro, incapaces de abandonar el pasado que significó su juventud, se relacionan con él. A pesar de que en Argentina se habla de la caducidad de Rayuela, por las situaciones políticas y sociales que encierran al personaje, a razón de profundidad y pensamiento es fácil identificarse con él, al menos en cierta etapa de la vida.

Si tuviera que hablar de olores, los que me persiguen de esa manera obsesiva, son aquellos que pertenecieron a mi infancia y que evocan a la memoria de esos días primitivos que se pierden aun más a medida que pasan los años. Me hace pensar que son aquellos aromas que en alguna mente sustancial, inteligente, enferma y neurótica, evocaron siete tomos de recuerdos. Asakhira me invitó a hacer una lista de olores para agregarlos a un catálogo, y según el creador de la cadena original, estos olores no deben repetirse. Al leer los de Asakhira me encuentro en común con muchos olores que hubiera querido agregar a mi propia lista y sin embargo, no podré hacerlo porque alguien los olió antes que yo y no soy el creador, a pesar de que un niño confundido en mi pasado continue creyendo que ese descubrimiento olfativo es suyo, y suyo nada más. Lo mejor que puedo hacer, es intentar recrear estos olores.

  • Cuando abría una bolsita de plástico, conteniendo dinosaurios o soldaditos de más plástico. El olor a nuevo de estos juguetitos siempre me ponía contento.
  • Licuado de plátano con chocolate. Fue lo que desayuné todos los días, durante quince años de mi vida. El olor me recuerda a la escuela y de manera curiosa, al deber.
  • Olor a zapatos nuevos. También crecí con ello. Es por eso que a veces, no puedo pasar por una zapatería sin acercarme a oler un zapato.
  • El olor de los cigarros sin fumar. De niño olía las cajetillas de cigarro de mi madre y descubría que el olor era placentero.
  • El gas de los encendedores, me llamaba mucho la atención liberarlo del encendedor y darme cuenta como tenía un olor característico.
  • El mismo perfume siempre, entrelazado con el estambre de los suéteres de mi abuela. No sé el nombre del perfume, sin embargo, cuando lo huelo en la calle siempre llama mi atención.
  • El olor de la boca de la primera chica que besé a los seis años. Olía bastante mal. Una combinación de leche descompuesta y pistache.
  • El olor a mentolado de la boca de la primera mujer que besé. Ella tenía treinta y un años, y yo diecisiete.
  • Los olores de un cuarto encerrado con alfombra, donde hace calor. De alguna manera me hacen sentir como en casa, cuando la mayor parte del tiempo he vivido en lugares fríos.
  • El olor de mi sudor y de mi sexo, la primera vez que me masturbé. Es un olor que se fue después de algunos años, rara vez me golpea e inmediatamente me pone alerta.
  • El olor de un pino húmedo, de tierra mojada. Para un citadino, ese olor es muy poderoso.
  • El olor de Sol. Supongo que las hormonas funcionan, por más que uno deseé negarlo.

En cierta manera esta es una cadena, si quieres contar tus diez aromas porque lo viste aquí… adelante, nada más déjame una liga y avísame si respondiste, para darme una vuelta y alimentar al voyeur que tengo dentro.

Finalmente, 2 de Julio…

Fue como si un peso se hubiera levantado de mis hombros, con tanta publicidad, proselitismo político, ganas de votar, elección de candidato y cualquier chingadera más, me había sentido un poquito ahogado.

Sin embargo, ahorita viene el otro rollercoaster: de aquí hasta las 11, que finalmente tengamos un mejor número que el de “Virtual Empate de los Presidenciales”.