Entradas escritas en Julio, 2006 ↓

12:50

Cuando estas consciente del tiempo, este misteriosamente pasa más rápido. Según yo no hace mucho escribí el primer post de mi experimento y ya estoy de nuevo peleándome con el cuadrito en blanco. Para que la cosa sea interesante, debiera inventarme un propósito para que vaya con todo esto, pero la verdad es que no tengo ninguno. Mero entretenimiento. Probablemente a las 12 horas me de flojera y decida dejarlo. O tal vez antes. También debería planificar la acción, para que esto contenga no solamente lo que pienso, sino lo que hago, y no verme enteramente reflejado en la cita que publicó Iria en Rulemanes para Telémaco.

Pero a veces soy de esos, de los que piensan mucho y no hacen nada. Mi novia puede certificar que tengo mis días donde soy todo el caso contrario y anda persiguiéndome para que me calme y no haga idioteces.

A ver, son 12:57 y hay unos pajaritos haciendo escándalo. Creí que ellos dejaban de hacer ruido a partir de las 11 de la mañana, ya veo que no.

He puesto a cocer pollo. De haber sabido lo hubiera puesto antes a fuego muy lento. Uno de los secretos de la cocina básica es el fuego lento para cocer carne. De esa manera, por los poderes mágicos de Dios, queda más suavecita. Lo importante de la carne, primero es la suavidad, después vienen los condimentos que son los que agregarán los sabores exóticos. Hoy tengo que preparar la comida para cuatro personas porque me comprometí. De alguna manera me gusta cocinar, aunque mi conocimiento sea muy poco.

Se supone que cocinaré enchiladas.

Los señores que estaban trabajando en la casa de a lado ya dejaron de hacer ruido. Y ya tengo una de mis horas comprometida: se estrena el programa de “El Informal” (a las 9.30 de la noche, en Azteca 7), donde uno de los escritores es el mismísimo Salvador Leal. Salvador ya prometió que el humor será un poco más refinado y que el propósito del programa es elevar la calidad del humor mexicano. Donde no me lo cumpla, se los haré saber. Aunque… alguna noche nos quedamos platicando un rato por el messenger, y con lo poco que me pudo compartir, puedo intuir que será un buen programa.

Debería fijarme un límite de tiempo para publicar estos posts, porque de tardarme una hora con uno, puede que esto tenga resultados desastrosos.

11:50

¿Es posible escribir durante 24 horas? ¿Qué de bueno podría resultar escribir cada hora lo que pasa por mi cabeza? Es como la propuesta gringa de escribir una novela en tres meses, ¿o era una semana? En esa propuesta, estaba explicado que de ninguna manera esperaras un Proust en el resultado, pero que el acto en sí, de escribir lo más pronto posible, te ayudaría a terminar el producto y ya una vez finalizado, tendrías la opción de editarlo. Yo no soy así, yo no puedo escribir una novela de corrido y luego regresar a ella. He descubierto que pasado un tiempo considerable, puedo animarme a releer el texto y sentir que puedo mejorar cosas. Pero fui educado con la necedad de que lo escrito, escrito esta y como con las palabras, estas no se retiran. Creo que es un sentimiento de lo más mexicano, responsabilizarse por los actos para sentirse héroe, noble y bien parido.

Supongamos que de veras me animo, el día de hoy, a escribir cada hora lo que esta pasando por mi cabeza. Y también de mis alrededores. Si hago eso, podré demostrar finalmente lo aburrida que es mi vida y también, como no, descubriré lo poco interesante que es seguir escribiendo en mi blog. O también podría descubrir una joyita dentro de todo lo escrito, una línea que sea capaz de disparar una inspiración propia y que me permita continuar algo que he dejado pendiente, o incluso crear una historia. Supongamos que es una idiotez escribir 24 posts, con una hora de diferencia cada uno. ¿A qué hora voy a dormir? ¿De veras el animo infantil lo vale?

Tengo que terminar un trabajo que tengo pendiente, puedo trabajar y cuando pase el tiempo, sencillamente escribiré ese progreso. Puedo detallar del trabajo que estan haciendo en la casa de a un lado, puedo determinar a qué horas pasa el gas y el agua. Puedo platicar cada cuanto tocan a la puerta. O si me siento muy valiente, puedo salir corriendo por un café al Starbucks más cercano y regresar a tiempo para la siguiente entrega. Puedo convertir esto en un meme, ¿alguien más se animaría a hacer esta idiotez? Puedo describir con absoluta presición los procesos mentales que pasan por mi cabeza, ya casi cumpliendo las 24 horas de necedad y pendejada. Puedo convertirlo en un ejercicio mensual, procurando hacerlo un fin de semana de cuatro, para llamar la atención de los webloggers. O bien, puedo sugerir que se convierta en el día internacional de postear 24 horas en todo el mundo, no me sentiría tan sólo si algún español, argentino, hindú y británico, me acompañaran en esta empresa.

De alguna manera, estaría haciéndole honor al espíritu original de un diario, que es escribir lo que se piensa en el momento, lo que pasa en el momento. Es lo que hacían los escritores que llevaban su libretita, que al caminar por las banquetas de alguna plazuela, se les prendía el foco, sonreían siniestramente, luego adoptaban pose misteriosa, sacaban su plumita y anotaban “que el hamster le daba vueltas a la ruedita”. Ya después, en sus casitas, tachaban al hamster o la ruedita, y lo cambiaban por la vida o por el amor. De eso se trata tener un blog, para aquellos que se sientan escritorsuchos, de anotar lo que piensan y luego, ya más calmaditos, tachan, revisan y reescriben. No es para que los descubran como grandes escritores. Disciplina y control, como diría el hombre oscuro. Amor al arte, pues.

Veamos qué tal me va, he puesto el temporizador de mi celular para que suene a la hora que empecé a escribir esto. Veamos si tengo la disciplina para escribir esas 24 horas. Y ojalá surja algo divertido, además de babear como estúpido a las diez horas de haber empezado esto.

Guerra Secreta.

Mi personalidad paranoica me lleva a pensar que muchas veces vivo dentro de una guerra secreta. Creo que todos sabemos de eso, ahora más que hay internet, que detrás de cada contrato hay una pequeña lucha de poderes… dependiendo de los alcances de esos contratos, es la cantidad de gente que participa en las guerras secretas. Sin embargo, las más comunes son las que llevamos adentro, con las personas inmediatas a nosotros: nuestra familia, los amores, los compañeros del trabajo, la persona con la que cogemos, las personas de las que nos creemos dueños… y así, y asá.

A veces quiero pensar que no es de esa forma, que no estoy en guerra con nadie. Pero será porque mi madre me enseñó a jugar ajedrez desde muy pequeño que siento a veces el mundo gira en torno a eso, en anticipar los movimientos de las otras personas para ganar un mejor espacio. En leer como se mueven las otras personas para quitarme mi espacio. Y me gana otro sentimiento a su vez, uno muy infantil, dónde prefiero estar alejado del juego y aventar mi piedra al tablero, para romper cualquier guerra secreta que tenga el mundo contra mi.

Me acuerdo un poco de José Agustín, cada que pienso en eso, “ciudades desiertas del corazón”. No hay razón alguna para empalmar la novela de Ciudades Desiertas con mi pequeña paranoia… pero recuerdo la línea porque así me llego a sentir cuando pienso en esos hilos invisibles que mueven a la confrontación entre personas. Como el ajedrez, es un juego elegante, matemático e intuitivo. La primera persona en perder, es la primera que se equivoca en leer mal al otro, en hacer mal un movimiento. Como decirle a la muchacha que te gusta de la manera no indicada y que esta termine con otro. Y en su parte tragico-cómica, cada hombre es una ciudad desierta cuando se involucra en alguna guerra secreta. Se descubre solo moviendo las piezas, descubre que sus decisiones son las municiones que le quedan y tiene que luchar con todo, para obtener lo que quiere. Se encuentra solo… en el desierto.

Me sentiré muy solo el día que no estes, Bob.

La notoriedad de tus cuadritos que se mueven con el suave y continuo susurro del viento.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 28 de 59


Cuando esta sentado en la banquita con su libreta de notas en la mano, piensa escribir la historia más grande del mundo, piensa escribir la historia que contenga dentro de sí todas las historias, lo cual sería imposible, porque después habrá alguien como él, que piense incluir dentro de la historia de las historias la propia historia que ahora esta pensando escribir. Sentado en la banquita con el viento pegándole en la oreja, toma su pluma y anota palabras al azar, pensando que algún día podrá utilizarlas de veras y que uniéndolas, en el contexto adecuado por supuesto, dirán solas lo que ha tratado de decir todo el tiempo. Y escucha mientras, a los niños corriendo por el centro comercial de enfrente, pidiendo a sus madres un helado por el calor espantoso que hace. También escucha a las parejas besándose cuando juntan los labios y explotan los smuacks tronados, como estrellitas marineras que explotan. A veces escucha y mira, por supuesto, a los coches que se estacionan enfrente, pensando que algún día será grande para comprarse uno de esos, filas interminables de coches con placas del otro lado exponen su culo ante sus ojos, como si fuesen bailarinas de can can.

Y todo se le olvida, cuando a las 3.13 de la tarde, a veces un poco más tarde, ella toma asiento donde siempre y se le queda mirando a su vez. Se le olvida su libreta tan importante donde reunirá el destino de todas las historias del universo y se le olvidan los helados y los coches, y los niños llorones. Sólo permanece un calor insoportable y la notoriedad de su falda de cuadritos, de sus muslos de niña, de su mirada altiva. Ella debe de saber lo que estoy pensando, piensa, ella debe saber que pienso que piensa lo que pienso.

Alguna vez anotó en su libretita que era imposible hacer cualquier actividad cuando una estudiante como ella se paseaba inocéntemente, casi enseñando los calzoncitos de algodón, moviendo las caderas y riendo con las amigas. Anotó también que el mundo debía detenerse, que coches debían estrellarse unos contra otros, que los contadores anotarían mal un cero, que los curas detendrían casi, imperceptiblamente, su sermón para tragar saliva. Incluso pensó, mientras trataba de dormir con el miembro bien parado, que las nalgas de una colegiala era la verdadera historia que contenía todas las historias, que no necesitaba más, que no habría que escribir lo que ya estaba escrito. Y si fuese músico acabaría cantándoles, y si fuera pintor acabaría pintándoles, y si fuera alfarero haría unas piernas preciosas, con todo y calcetas, de cerámica para adornar su casa. Durante muchos días y muchas noches no pudo dormir, pensando en ello. Pensando eso que ella sabía que pensaba.

Ya no tuvo caso resistirse. Fue en la brisa vespertina que ella se sentó a mirarlo de lejos otra vez, entonces el hombrecito valiente dejó su libreta en la banca, caminó hacia ella, le apretó los cuadritos con la mano y le besó en sus labios para susurrarle el viento.

Foto: noeshtiosita

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

4.10 de la tarde y continua lloviendo.

Empezó a llover como a las tres de la tarde. Salí a caminar un poco y de paso a entregar un encargo del señor Humphrey Bloggart, también me fumé como ochenta cigarrillos representando el papel del buen neurótico. Una exnovia me dijo que debería considerar dejar de fumar ahora que me he comprometido, un compa se sorprendió cuando le di una cátedra acerca de los beneficios de dejar de fumar a corto y largo plazo y me preguntó: ¿sabiendo todo eso, por qué no deja de fumar usted? Le respondí que lo mío era un pequeño efecto colateral a mi personalidad obsesivo neurótica y que para dejar de fumar, tendría que atravesar muchas barreras, no solamente la de los químicos y las psicológicas que vienen inscritas en las fórmulas mágicas del cigarrillo. Probablemente deje de fumar, digo, últimamente me siento capaz de hacer muchas cosas.

Sigue lloviendo pero ya menos.

Me siento capaz de hacer muchas cosas, pero extrañamente, sé que necesito abusar del tiempo para lograrlas todas.

Amarrado al pensamiento futuro.

Hace unos días empecé escribiendo un post donde trataba de explicar un sentimiento. Sin embargo, Opera falló y lo que estuve escribiendo se perdió. Estaba bastante agusto con el post hasta el tercer párrafo que alcancé a escribir, sin embargo… se fue y también se fue el sentimiento de orgullo por sentirme listo. Me prometí dejarlo esa noche, meditar un poco y tratar de reescribirlo lo mejor posible. Llevo como una hora, cambiando a esta ventana, escribiendo líneas y borrándolas, cambiando palabras, meditando y reestructurando lo que estoy diciendo. El resultado no es muy fructifero. Finalmente prefiero hablar ambiguamente del proceso que esta ocurriendo en mi mente, y cuando salgo a fumar, acabo pensando como voy a continuar con esto. Cuando salgo a fumar, así como con el blog, estoy pensando como continuar con mi vida.

Ya no me siento tan chavo. Últimamente ya no pienso que me queda el tiempo del mundo, sino, más bien, me ocupo en la tarea presente. Ahora tengo un pensamiento muy estático, contrario a lo que pensaba hacía meses. Como si se hubiera desatado un nudo que tenía para jalarme al futuro. Obviamente, todavía estoy joven, pero ya no pienso en eso como una excusa. La excusa milenaria. De un momento a otro, supongo, me di cuenta que dejé de sentirme inmortal.

Mis dos tíos, mi hermano y mi madre ya saben mis planes. Y no se lo han tomado a mal, al contrario, hacen unas bromas muy voluntarias al respecto.

Este fin de semana fue de visitas. Estuvo mi tía Raquel y sus hijas de visita, y le escuché atentamente. Siempre me ha parecido que mi tía Raquel es una persona muy sensata y siempre me agrada escucharle hablar. Mi madre se enojó por recordarle aquella época donde perdió el trabajo y nos quedamos sin nada. Esta vez dejé mi necedad y escuché su versión de la historia durante varios minutos. Me prometí ser más cauteloso en mis opiniones y procurar ser un poco más empático, aunque me desespere. Entendí que hay cosas que hizo bien y cosas que hizo mal. Le di una tercera dimensión al pensamiento.

No me atreví a preguntarle a mi madre si me acompañaría a comprar un anillo de compromiso, creo que eso lo tendré que hacer por mi cuenta.

Puedo escuchar las voces de cincuenta personas diciéndome que estoy muy joven para casarme. Pero no me caso por joven, ni por viejo. También puedo escuchar a las personas diciéndome que no tengo el dinero, ni la educación para hacerlo. Pero no me caso por dinero o para aprender. Que el amor se acaba, que ahora lo siento más por mi juventud… pero no me caso para esperar a que se me acabe, y no me caso para ver si verdaderamente se acaba el amor. Sencillamente he elegido a la persona con quien pasar mi vida, si es la mayor parte de esta, o si es una ínfima parte, eso verdaderamente no importa. Soy incapaz de perderme la oportunidad.

Finalmente es un sentimiento que no puedo comprender. Aparte de la alegría, el interés y la neurosis que me provoca la aventura… hay otro sentimiento. Uno del cual no entiendo… nada.

La muerte de Raymundo Ríos.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 27 de 59


Cuando le dije a Raymundo Ríos, que el 24 de Junio del 2006 era uno de los días más felices de mi vida porque había apostado con Ruy (un pez gordo que maneja apuestas acá, en la Narvarte, por si gustan) cuarenta mil pesos a que ganaría Argentina 2-1, él sólo atinó a levantar tantito la mirada enrojecida por la tristeza. Pensé, por un momento, que estaba decepcionado de mí por haber vendido mi orgullo nacionalista. Me senté en su mesa, bajé un poco la mirada y después le dije sonriente—. Ya completé dinero para casarme manito, te invito a la boda, ¿vale? —Raymundo Ríos bajó la vista nuevamente, una lágrima se deslizó por su nariz y empapó el periódico, justamente donde el acento de la e, en México. Suspiré un poco triste, le puse la mano en la cabeza y se la acaricié.

—¿Qué tienes carnal? —le pregunté por fin—, mira, ya sé que … hice una apuesta al diablo, pero no es para tanto. Ya sabes que México es así carnal: lo emociona a uno y después lo hace pedacitos con el puño, no es para que te pongas…

—No es eso.

—¿Entonces?

—Aposté los veinte mil dólares que me dio el abogado a México, con Ruy. Adicional a eso, ya le debía como unos 5,600 de otros partidos.

—Verga…

—Si.

—¿Cómo lo vas a pagar?

Raymundo se levantó de la mesa, enrolló el periódico y se lo llevó bajo el hombro. “Felicidades por tu boda manito”, me dijo y se fue caminando. Yo pedí un café mocca latte, seguramente mañana, su mamá me llamaría en la noche para decirme que Raymundo se había ido y yo pensaría un poco angustiado que ya no estaba entre nosotros. Iría a cobrar mi apuesta mañana, si señor, y sería mi última vez. Para asegurarme de ello, leería los periódicos todos los días, buscando las notas, el obituario, el hallazgo del cuerpo de Raymundo y cualquier cadaver no identificado, llevaría impreso al pie: “La muerte de Raymundo Ríos”.

Foto: Don Arturo

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.