Entradas escritas en Julio, 2006 ↓

La esotérica historia de Bob, el cacto. (5)

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 5 de 9


Aquí es donde debo disculparme contigo y con tu séquito de lectores, quienes han agarrado un curioso gusto por mi historia humana. No les ha importado saber mi debilidad, mis decisiones erróneas, mi falta de carácter. Supuse que como tú, ya le habían tomado demasiado cariño al Bob tiránico, inteligente, consciente como si estuviese en peyote y que al contarte mi historia, acabaría por provocar nuestra muerte. Que acabaríamos borrados del mapa, como el camino que no existe. Pero tú accediste a contar mi historia a todos y yo no pude abandonarte. Pudiste escucharla tu solito, ¿sabes? Pero imagino que una historia de mi magnitud significa un peso enorme que no puedes cargar solo y aunque los demás crean en el valor entretenimiento que significa este probable invento, tú sabes que pasó de verdad, porque puedes escucharme y ver como reaccionan mis espinas al evocar recuerdos dolorosos. Si, esta bien, no siento nada, pero recuerdo como se siente, o siento diferente, siento como un cacto. Recordar es como acercarme un cerillo encendido, mis células se disparan y todo se nubla, es como estar a punto de desmayarse pero ser incapaz de hacerlo. Y créeme, cada que me acercan un cerillo, me vuelvo un poco más loco. Pero, igual con la nostalgia o con el trauma, la locura es la de un cacto y esa locura vegetal no sé como explicártela.

Guillotina me envenenó y me enterró, no muerto, pero si bien atarantado. Ni siquiera pudo meterme una bala el cabrón… no sé si porque nunca usaba pistolas el pendejo o porque su emotivo discurso mientras partía la tierra sólo era una mentira, pero lloraba de verdad, así que supongo fue un error de lo más humano (por supuesto) el no llevar la pistola para terminar de sacrificar el animal. Después que me enterró empecé a escucharlo todo. Escuchaba a tres kilómetros las patitas de un alacrán bordeando un cacto, escuchaba a dos o tres metros como el calor quemaba las espinas débiles de un nopal, podía mirar las olas de calor que estaban sobre mí modificando la percepción de un mundo normal. El calor más feo que una guayabera desfajada, semidiós dixit. Entonces, o empecé a delirar, o de veras ya estaba muerto, porque estaba mágicamente en una playa y en esa playa miré a Salcedo sosteniendo una concha en la palma de su mano, miré a Salcedo acercarse a mí y tomarme las manos (que había perdido por la Guillotina), sentí a Salcedo acariciarme con la otra palma bien suavecito el sexo y se me acercó a la oreja, me sonrió bonito, me dijo: “Resucitarás al tercer día corazón”. ¿Me creerás, que aun con la tierra erosionada metiéndose por las fosas nasales, por los labios, por el ano, estaba yo sonriendo? Pero sonriendo de veras, de oreja a oreja, como pinche Dante que finalmente encuentra a su Beatriz, como pinche Simón Dor que finalmente encuentra a su Beatriz. Y había una parte, el espíritu, que ya estaba más allá que pacá, y esa parte solamente odiaba, solamente odiaba la sonrisa humana estúpida de satisfacción porque al pendejo le hubieran cortado las manos, le hubieran engañado por dinero, le mataron por ordenes de su padre, le pidieron perdón mientras le arrastraban con el olor a sangre y orines exhudando por las ropas. Es aquí donde te digo y me temo que ya debes saberlo, que el espíritu rencoroso tiene un poder infinito y este hará todo lo que pueda a su alcance para no desperdiciar su existencia, o sus ansias de venganza.

El calor se intensificó a niveles que no puedes creer, los alacranes se hicieron más grandes, las espinas del nopal robustecieron tanto que ya no se quemaban por el calor del sol. La imagen de Salcedo adquirió tonos naranjas y pude verla tal como era, la imagen digo, porque a Salcedo en ese momento seguía pensándola como mi verdadera salvación. Supe que no era Salcedo cuando se arrodilló frente a mí y empezó a morderme el sexo salvajemente. Se levantaron dos líneas de arena, o dos líneas de tierra, y apareció éL. ¿Sabes a quien me refiero? En un cadillac rojo, siempre caminando al sur, siempre al sur, esta montado el Rey Satán. Su coche arrastra con él las nubes, su escape libera al infierno, una vez sentándote como copiloto no te puedes bajar y la misma canción de The Coral en el estéreo, todo el tiempo. Un hombre de traje blanco, fumando un puro igual que mi padre, cuyo rostro era irreconocible, se bajo frente a mí. ¿Sabes lo que es el temor de Dios? No se compara nada cuando sientes el temor de los infiernos. Acarició la cabeza de Salcedo mientras me la mordía y me dijo—. Esta es su alma, que ya me pertenece y usted, mi buen señor, esta a punto de pertenecerme. Como no le queda mucho tiempo en esta tierra y como, la verdad, dudo que los tratos burocráticos entre cielo e infierno arreglen que usted vaya allá arriba, ¿por qué no mejor nos ahorramos cualquier juicio y le propongo un trato? Creame que si en México se gastan recursos y todo es mejor por la vía alterna, entre el cielo y el infierno es lo mismo, no se pierde de nada, mas que tiempo para disfrutar la eternidad donde mejor merece.

No pude evitarlo, le pregunté si era el diablo, y una carcajada varonil estalló, movió la tierra, deshizo nubes, provocó un huracán.

—No soy el diablo mi buen señor. ¿Acaso me ve cuernos, colita, bigote victoriano? Vea mis piernas, no son las de una cabra y ciertamente, mi piel no es roja. Soy un espíritu que viaja al sur, siempre al sur y dio la casualidad que pasaba por aquí, y también, porque ¡cómo la vida esta llena de casualidades, mi querido buen señor! que tengo llaves del cielo y del infierno. Que son los nombres básicos, digo, porque igual que yo, han habido tantos nombres como culturas hubo en la tierra. Sin embargo, y si le es más cómodo, puedo adoptar esa imagen vieja y estúpida y también le puedo prometer que vivirá usted en un gastado mito en la otra vida para que su espíritu descanse. Pero antes de que me responda algo, es otro el trato que quiero hacerle: Le doy tres años, escúcheme bien, tres años para que usted pueda consumar su venganza y también, prometo que usted saldrá de aquí, ileso, sin ningún rasguño. ¡No es algo que cualquiera puede hacer! ¡Y no es algo que se pueda hacer todos los días! ¿Qué dice, ah? Tres años deben ser suficientes para que usted sacíe cualquier sentimiento de rencor, para que usted adelante el buen camino que deben tomar unas almas (que es a mis manos, por supuesto) y quien sabe, igual hasta se salva. Se redime. ¿No piensa en redención cada que la putita esta le chupa el sexo? Disculpe la mala palabra, no se me ocurrió otra, creame que en otras condiciones cuidaría mejor mi lenguaje pero… es que queda poco tiempo, porque mientras usted esta pensando… ¡oh, demasiado tarde! ¡mientras usted pensaba su respuesta su cuerpo se ha pudrido! ¿pero me esta diciendo que si? ¿qué si a la venganza? ¡Me parece perfecto mi buen señor, la mejor decisión que ha hecho en toda la vida! Sólo que… hay un pequeño problemita, como su cuerpo se perdió mientras usted pensaba, lo triste de la vida, puedo ofrecerle el cuerpo de un cacto pero no es un cacto cualquiera, ¡no señor! Siendo usted un cacto descubrirá sus verdaderos límites como humano y le aseguro que no querrá abandonarlo. Pero mire… será mejor que empiece usted a caminar, o a saltar sobre su eje más bien, porque ya no tiene piernas, ni manos, que esas ya no las tenía. Y lamento decírselo, hay otra cláusula en este contrato… si quiere usted continuar consciente, debe comer carne viva. De lo contrario, entonces se volverá más cacto que híbrido. Tampoco abuse, porque se volverá más carne que planta. Recuerde, ¿eh? Todo en un justo balance… paz universal, Kowlesbeffen mi querido amigo…

No falta mucho para que se cumplan esos tres años y la verdad, es que me ha dado hambre… ¿me permites salir? Prometo que nadie se enterará y si no encuentro un gato, elegiré al niño más malcriado de todos. ¿Si? ¿Me abres la puerta? ¿Por favor?

Foto: Aro.

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Antes de dormir…

…siempre pienso en un pasillo, un pasillo enorme, el cual voy a tardar mucho tiempo en recorrer caminando. Es mi último descubrimiento y el mejor de todos. De esa manera, puedo quedarme dormido rápido y puedo enfocarme en pensar una sola cosa: solamente caminar. Si tengo algún problema, algo que resolver, entonces agrego una puerta al pasillo y continuo caminando. Si sucede que pasó algo en el día que me sorprendió, o que me molestó, también agrego una puerta. A veces mi pasillo son dos hileras de puertas, muchas puertas, y si por alguna casualidad terminan las puertas, entonces convierto el pasillo en un círculo. Así continuo caminando. Cuando estoy entrando a la primera etapa del sueño, entonces el pasillo puede convertirse en un jardín o en una casa, en ese momento, todavía consciente, descubro que ya estoy entrando al sueño. Sin embargo, al contrario de mi manera anterior de dormir donde solamente cerraba los ojos y rogaba porque mi cerebro se cansara, y los pensamientos se callaran, no me canso tanto (no hay un shutdown) y es así que puedo despertar facilmente con algún ruido repetitivo o un movimiento abrupto. Y entonces, ya que trato de retormar el pasillo, si no estoy tranquilo, no puedo volver a dormir.

Pensándolo relajadamente, dormí durante tres horas, o dos y media, y según los que saben, un sueño tranquilo de esa cantidad de tiempo puede ser suficiente para que el cuerpo trabaje sin problemas unas seis o siete horas. Ehm, ¿según los que saben? ¿Y quienes son los que saben? Bueno, la verdad no lo sé y si lo leí en alguna revista de curiosidades, no recuerdo cual. Creo que esos artículos los hacen para calmar el espíritu de los neuróticos como nosotros. Probablemente si me voy a dormir en este momento, despierte hasta el mediodía un poco confundido, preguntándome donde estoy, qué hago aquí y terminaré por revisar mi muñeca, do you remember Sammy Jankins?

Me despertó un perro ladrando y eso me hizo salir a revisar. Me fumé un cigarrillo, me tomé un vaso con agua y esperé un par de minutos. Cesaron los ladridos agudos, molestos, de algún perro pequeño. Entonces me senté en el sillón, adopté una postura zen y miré a ningún lugar en particular, todo a oscuras. Me dije que guardaría la posición hasta que el perro empezara a ladrar de nuevo o hasta que descubriera el motivo de su descontento, porque es así, que los perros luego saben cosas que a uno le gustaría intuir siquiera. Igual que los cactos, supongo. Oscuridad, postura zen, empecé a contar segundos y cuando todo se hizo un mar de tranquilidad, un nuevo pasillo para entrar a un sueño consciente, una bolsa de papel empezó a crujir. Me acerqué a ella y descubrí a un ratón medio embrutecido, algo le habrá pasado antes de encontrarse conmigo, lo empujé a la azotehuela, tomé una escoba y le crují el craneo, después tomé una bolsa, lo metí allí adentro y lo tiré a la basura. Cada que mato ratas me acuerdo un poco de mi abuela. Me acuerdo de los departamentos de la Narvarte, que a veces tenían un serio problema por la cantidad de ratas y alimañas que aparecían por ahí. Fue en ese lugar que empecé a encontrarme con mis amigas las arañas de caño. Unas arañas enormes y negras. Yeck. En el departamento de la unidad, a veces se cuela uno que otro ratón, a veces hay cara de niños, cucarachas gigantes, y una vez tuve el honor de matar un escorpión negro que me metió un pinche susto… estoy tan acostumbrado a la ciudad que nunca esperaba encontrarme con un escorpión y fue mi primero, de casi once años (aun con sus recesos) de vivir ahí. Sin embargo, aun después de tanto tiempo, todavía no puedo acercarme a un insecto (o a un arácnido) para matarle.

Este fin de semana me compré tres pantalones y me regalaron unos zapatos, unos Caterpillar, de esos grandotes, pesados, que duran años. Siempre quise unos de esos y cuando se dio la oportunidad la aproveché. Ahora que no soy productivo económicamente tengo que aprovechar esos destellitos, comprar lo práctico. Mi abuela actuaba en base a que no se compraba nada que no fuera comida en momentos de necesidad, que si se compraba algo debía hacerse cuando había dinero y debía ser algo duradero. En ese aspecto soy bastante práctico, siempre y cuando sea algo práctico (como unos zapatos o ropa). Sin embargo, cuando es un antojo… soy igual que mi madre, o que mis tíos, y el dinero termina escapándose de poco en poco hasta que es un chingo. No solamente porque he vivido la angustia de sus deudas he decidido no tener una tarjeta de crédito en mi vida (al menos no ahora y no en los próximos diez años), sino también porque tengo algo de su mala educación para los gastos. Ahora que he vivido como amo de casa, yendo de un lado a otro pagando deudas, me he dado cuenta de lo gravísima que es la palabra “intereses” y el doble filo de la palabra “crédito”. Aunque es difícil pensarse sin una de esas cosas en estos días, ¿no?

Ayer me preguntaron qué pensaba hacer de mi vida, qué pensaba hacer después de terminar mi carrera. Si entonces me animaría a buscar una editorial o si me dedicaría a dar clases. No supe que responder. Me gusta el trabajo de profesor porque he vivido como alumno y he aprendido a respetar a esos hombres, me he dado cuenta del cariño que se les tiene y he descubierto las enormes diferencias que pueden hacer. Es increible como un profesor se puede quedar grabado en la mente de un alumno hasta los límites del absurdo. Y una editorial, si como no, me gustaría trabajar en ello, me gustaría pelear por un lugar en las letras mexicanas impresas en papel y tinta, quien sabe, igual hasta internacional, y después encontrarme en el embrollo de vender mis libros, de aguantar gente mamona hablando de si misma, de aguantarme yo, como no, escribir rete hartos artículos en rete hartas revistas, conferencias y lecturas, todas esas cosas. Y se pueden hacer ambas cosas, ¿no es así? Sin embargo, ayer que me preguntaron, sólo supe responder que no estaba seguro, que no era fácil y que, de verdad, no me gustaría tener una tarjeta de crédito.

La común historia de Agustín, el árbol.

Cuando escucho la historia de Bob, siempre tengo una urgencia de salir a fumar y de pensar que después de todo, sigo siendo un hombre común. Y sutilmente trato de convencerme que mi historia no tiene su tragedia o su tristeza o su inspiración. Que si bien, lo más que tengo es el poder de escucharlo a él, y a medio cigarrillo consumido, mientras él espera paciéntemente en la casa y el lobo devorador de mundos mira al piso, atiendo poco a poco a la resignación. Sin embargo, mi vida no ha sido de lo más común, tal vez lucho porque lo sea, tal vez quiero que lo sea. Y así lo repudio también. Pensando en mi vida, en la vida de Bob, pensando en el cigarrito y pensando a qué hora llegara la vecina en minifalda para que le pueda mirar los muslos, empieza una lucha básica: ¿Cuánto de tu vida ha sido normal? ¿Cuánto de tu vida no ha sido explotada al máximo? ¿Cuándo mueras, estas seguro que será porque ya quemaste toda la mecha?

Es el delirio del fénix, de quemarlo todo en un sólo evento, de explotar la muerte y convertirse en una estrella. De explotar y ya.

La inspiradora historia de Bob, el cacto. (4)

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 4 de 9


¿Recuerdas qué quiere decir Kowlesbeffen, amigo? Kowlesbeffen quiere decir amor, paz universal, ilapso perpetuo. Kowlesbeffen somos tu y yo. Y tu y yo, también somos amor.

Porque también tuve mis amaneceres y mis días de ocaso en una playa. Tal vez un tercio de mi vida, millones de celulas muertas, se diluyeron entre infinitos bancos de arena, se fueron por la edad y por el aire, tallando mi cuerpo humano y se escaparon hundiéndose entre sal y minerales, a veces hubieron de arrastrarse al mar para convertirse en las proteinas de algun coral joven. Si pienso en mi vida humana, esta también fue inspiradora, y bastante cobarde. Si bien sabía que mi familia vivió de drogas y drogadictos, también usaba el dinero para fortalecer mi espíritu, para sanar mi alma. Al contrario que Guillotina, cuya mejor redención era despojar de su carne a los desleales y traidores, la mía era utilizar el dinero para buscar el mejor crecimiento, el mío y el de algún pobre desafortunado al que me encontrara. Si muchas veces durante la carrera me encontré con algun pobre iluso que no le alcanzaba para la cita o que necesitaba dinero para una camisa, ¿quién se los dio? Fui yo. Si, si, ahora si soy muy oriental, ahora sé del proverbio que dice: “No le des el puto pescado, dale la puta caña”. Es algo que se escucha en el flujo natural todos los días. Pero en ese entonces, no pensaba así y de todas maneras, pensaba que la única oportunidad de redimir ese dinero manchado era regalarlo. Muchas veces mi padre me mandó a llamar para que pusiera los límites, para que dejara de hacer pendejadas, para convencerme de que el siguiente en la línea era yo y que no estaba dedicándome a nada. Y yo tuve mi etapa de playas, de arena, de mar, donde me tomaba fotos aplastando el sol con un dedo, donde viajaba mentalmente una cantidad de impresionante de caminos donde yo pudiese ser perdonado y no por lo que hice yo, escúchame bien, sino por lo que hicieron mis antecesores y hasta los antecesores de mis antecesores. Pensé, sentado en una cabañita nada modesta, en una cama que había costado tres mil dolares y en sábanas del precio de la cama, que Dios podría perdonarme si hacía algo de bien. En algo nos parecemos: Tu a veces piensas que Dios necesita tu perdón, mientras que yo pensaba continuamente necesitar el suyo, ya cuando se acaba esa oración acostumbrada y luego del Padre Nuestro, entonces dejamos de creer en Él. ¿Y de quién se acordaban mis amigos cuando faltaba Dios? De mí, por supuesto, y de mi dinero. ¿Por qué Salcedo se sintió rescatada en cuánto fui a coquetearle, con el Patek Philippe dio vueltas en mi muñeca? Porque miró el dinero, porque miró el sol, porque pudo sostenerlo entre los dedos, porque pensó que por fin la perra se había conseguido un buen dueño.

No pienso haber sido un mal hombre, fui un buen hombre dentro de mis limitaciones. Siempre fui un hombre preocupado por su familia, por como íbamos a parar todos en el infierno, siempre fui un hombre que le dio a los chamacos que pedían y también quien compraba las artesanías más caras a los hombres de semblante humilde, yo era a quien mandaban para hacer los tratos en la Iglesia y para no descuidar que no hubiera un cero menos en todas sus cuentas. Pude haber sido mejor, pude haberme flagelado frente a mi padre y pude haberle pedido que lo dejara, pude llevarme a Guillotina lejos, muy lejos, para que no creciera como creció, pude haber terminado mi carrera para hacer una diferencia en el mundo, en este país tan cochino como esta y también, por supuesto, pude no haberme dejado llevar por Salcedo para que las cosas no acabaran como lo hicieron. Pero esos son sueños de hombre bueno y cobarde y aunque el amor de Salcedo acabó convirtiéndome en una marca, fue la necesidad extrema para que mi cuerpo abandonara la porquería. Pero mi espíritu no se fue tranquilo, ¿sabes? Soy como el cuerpo y sangre de Cristo, que aunque existen como un símbolo para redimirnos, estan ahí para recordarnos el pecado. ¿No es así que se nos prohibe canibalizarnos (simbolicamente) con el Salvador a menos que hayamos hecho nuestra confesión dominical? ¿Y tú, tragas o escupes la hostia? ¿Qué haces con ella cuando la vez frente a ti, mientras un hombre la sostiene dos escalones más arriba, ese hombre que esta más cerca de Dios? Eso me hace pensar que ese no es Cristo, el hombre perfecto, sino Cristo el hombre maligno, arriba de ti, fisgándote nada mas, siempre.

Después de conocer a Salcedo la vida fue muy rápido y me di cuenta, después de cogérmela, que Salcedo era mi oportunidad a la salvación. ¿Y sabes qué hace un hombre con dinero cuando encuentra la luz redentora? Se lo gasta, por supuesto. Los que no tienen dinero hablan, o escuchan música, o componen, o tienen hijos para arreglar sus desastres. Yo me gasté el dinero. Si la perra necesitaba una casa, se la daba. Si la perra necesitaba ropa nueva, le conseguía hasta dos armarios. Si quería irse a Europa, ¿cómo no, mi vida? Boletos de primera clase. Me di cuenta que solamente era mi dinero, y que Espinas movía su collar coquetamente, su etiqueta de dueño reluciente, y me sentía perdido, incapaz de decirle que no. Era un hombre bueno y cobarde. Eso no era Kowlesbeffen, eso era simple y sencilla humanidad. La de ella y la mía. Eso también era amor, amor universal, porque a través de todos los eventos que sucedieron entre Salcedo-Espinas y yo, seguramente surgieron otros chispazos, cosas minúsculas, que hicieron que dos desgraciados se amaran más o que le dieron a un estudiante el empujón que necesitaba para terminar su carrera. Uno nunca sabe como los errores de uno son los aciertos de otro, ¿no? Eso quiero creer, con eso me siento menos maldito.

Cuando llegué al primer millón, habló mi padre y me preguntó en qué diablos me estaba gastando el dinero. Y en el segundo millón, llamó a que me presentara con ella, para saber si valía la pena. No debí hacerlo. Cuando mi padre la miró, le brillaron los ojos igual que Salcedo cuando me conoció por primera vez. Si mi familia estaba rota, la presencia de Salcedo jaló la última hebra. Entonces mi padre empezó a dejar en claro de dónde provenía la fuente de ingresos, ¿y qué sucedió? Que la perra olió un mejor hueso. Espinas movió la colita, Espinas se hizo la muerta, Espinas lamió la carnasa, su carnasa, ya no la mía. Yo empezaba lentamente a desaparecerme del panorama y ella no se decidía, porque me la cogía sabroso, porque nadie le jalaba tanto la correa como yo, porque yo estaba joven y mi padre, un viejo gordo, que fumaba solamente puro, que ya había traspasado cualquier umbral sexual. ¿Y qué hace uno por amor? Fácil, si Salcedo la Perra se mantenía con dinero y si había un hueso más grande (aunque yo fuese uno más sabroso)… entonces debía preocuparme por hacerme tan grande como el hueso y mantenerme igual de sabroso. Empecé a robarme el dinero del negocio, pesito por pesito, y luego pesote por pesote. Le acaricié por detrás de las orejas a mi perrita y decirle: No te preocupes Espinas, nos iremos de aquí, nos iremos donde ya no importe y seamos solamente tu y yo, a Europa, a Sudáfrica, a la Luna mi amor, a donde quieras. Espinas movía la cola, pero nunca imaginé que me mordería los tobillos la malagradecida.

La puta Salcedo fue con mi padre y le gruñó todos mis planes, seguramente, mientras le chupaba el sexo. Todo eso, mientras yo, de muy buena onda, le compraba todas las rosas a un niño callejero para regalárselas. ¿Y cuál sería mi sorpresa, que mi cita era nada más y menos que con Guillotina? Esa misma noche me vi golpeado, maltratado, despeinado, oliendo a sangre y orines, arrodillado frente a mi padre. Mi padre estaba tomando vino, mi padre estaba fumando un puro, y también, creo, se estaba comiendo un pan. Mi padre estaba dispuesto a sacrificar al cordero de Dios. Escuché la cantidad exacta que me había robado de los negocios, miré como a Guillotina le estaba temblando una rodilla, escuché que me iban a matar y me iban a enterrar en cualquier parte del desierto, sin una tumba. Y también, cómo no, ahí estaba Salcedo, con una cadena que se movía al compás de los dedos de mi padre. En su cara se veía la culpa de lo que estaba haciendo, tenía los ojos muy abiertos y le temblaban los labios, pero ya era tarde, la única vez que pensaba abogar por mí, con un gesto fue como si mi padre la hubiera callado con un periodicazo y le hubiese puesto la mordaza. Lo que provoca el amor y el deseo, ¿a poco no es una historia inspiradora de hombres que entregan el corazón por amor? ¿A poco no esta llena de bonitos lazos familiares, de redención, de lealtad, de estar ahí en las buenas y las malas? Es la inspiradora historia de hacer lo correcto. Es el Kowlesbeffen. Si te interesa saber, mientras el verdugo de Guillotina me arrastraba fuera del estudio, se escuchaban mis gemidos y mis chillidos, no morí con honor, pero pude escuchar la última palabra de Salcedo: “Perdón”.

Fijate nomás, hasta perdón por mis pecados recibí. ¿A poco la vieja esta no era una chingona?

Foto: Fantazy.

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La guillotinada historia de Bob, el cacto. (3)

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 3 de 9


Tenía un primo, de la misma edad que yo, cuyo padre tenía como afición la carpintería. Al primo le llamábamos “Guillotina” porque le pidió una vez a su padre que le hiciera una pequeña guillotina donde cupiera la cabeza de un animal. Por el ambiente en el que vivíamos, o por la sorpresa de que un niño pidiera algo así, le concedió el deseo su hijo quien entonces tenía once años. El padre, tal vez para descubrir los propósitos de Guillotina, trabajó con él y le enseñó la importancia de las herramientas, le enfatizó el respeto que se le debía tener a cualquier objeto filoso y le platicó de su abuelo quien había perdido tres dedos usando mal una sierra y que por ello, ya no tomaba café porque le era insoportaba no poder agarrar el tarrito de cerámica. En ese momento de padre e hijo, Guillotina aprendió carpintería, aprendió la importancia de las herramientas y aprendió a diseñar cosas en su cabeza. Aprendió muchas cosas. Después de terminado el artefacto fue por una caja de cartón que guardaba bajo la cama, sacó a una rata y el padre miró, con algo de horror, fascinación y morbo, las moronitas de pan que escaparon a la mesa y luego como su hijo acomodó la cabeza del animal en la guillotina y la ajustó.

—¿Por qué? —preguntó el padre.

—Porque es una rata y las ratas se comen lo que es de la casa.

—Pero, pudiste matarla con un palo, pudiste patearla, ¿por qué… algo así para un animal?

—Porque así pienso que sufrirá menos —dijo Guillotina—. Una muerte debe ser rápida y sin dolor, ¿no padre? —Y sin permitir que él le respondiera la pregunta, accionó el mecanismo y el padre de Guillotina, y Guillotina, miraron como la navaja cayó y atravesó como un resplandor el cuello del animal. Escurrió muy poca sangre que terminó por manchar la mesa de carpintería y la cabeza cayó suavemente, como un pedazo de algodón que se desliza dudoso por el aire. Mi primo fue por una bolsa, depositó los restos del animal y esa noche, durmió tranquilamente. Sin embargo, el padre, se sentó a mirar a través de la ventana, con un cigarro y un café humeando, e igual que el resto de la familia, empezó a tenerle un miedo perpetuo a Guillotina. Ahora que soy un cacto, ya no le temo. Él fue quien me despojó de vida humana. Ahora puedo entenderlo y perdonarlo, después de todo… estábamos destinados a enfermar más rápido que el común denominador humano. Si no te digo el nombre de Guillotina, es porque te estoy protegiendo. Así como no te digo el nombre de mi padre y de mis tíos, quienes se dedicaban a traficar. Ese ambiente carcome, yo me enamoré de una perra y Guillotina aprendió a matar, rápido y sin dolor, pero a matar.

Guillotina era un niño silencioso que se la pasaba encerrado, leyendo, así como tu. Nada más que su gusto siempre fue más serio y leía libros de historia, se bebió las Cartas de la Revolución, se aprendió la biografía de Napoleón de memoria, se orinó encima de Marx, cosas así, cosas que hacen los chamaquitos que no tienen tiempo de digerir miles de años de antigüedad, pero siente que lo hacen y siguen tragando más y más. No fue que hasta sus veintes empezó a salir conmigo y con otro par de amigos, y para olvidarnos de dónde venía el dinero, nos lo gastábamos en mujeres, uno que otro carrito anual, cámaras digitales y celulares. Ese era nuestro poder de decisión, cómo aprovechar el dinero que habían hecho nuestros padres en un negocio en el cual se habían metido, y no podían, ni querían dejar por la comodidad o por ve a saber tu qué. Y no había ninguna bronca, en nuestro estado (y mientras menos detalles sepas mejor), era común que Guillotina alzara su dedo y tocara a quien quisiera dónde quisiera, por ejemplo a una pobre mujer, mientras Guillotina bailaba, le bajó la falda con un sólo dedo y nadie respondía, nadie hacía nada, ni siquiera ella dijo nada cuando vio quien lo hizo, nosotros solamente pudimos reirnos, pedirle amablemente que lo dejara por la paz y nos alegrábamos de verlo contento, le invitábamos otra copa y buscábamos otra mujer u otra fiesta, porque el momento en que Guillotina se ponía serio era terrible, no sabíamos lo que podía pasar. Yo no sabía nada del negocio, yo me alejaba de él, sin embargo Guillotina lo sabía todo, él estaba mucho más informado con mi padre que yo y de repente, me contaba cosas y me recalcaba la importancia de la familia, de la lealtad y siempre terminaba sus frases con un: “Es lo que no separa de las ratas” y asentía, solemne, sonriendo, dándome palmaditas en la espalda.

Durante meses escuché los rumores de como mi padre utilizaba a Guillotina como su sicario y escuchaba con detalle los asesinatos, las torturas, los artefactos. Porque, si bien es cierto que la primera vez que mató lo hizo rápido y sin sufrimientos, tengo que recordarte que su primera víctima fue una rata y que a las ratas les tenía… piedad. Si a Guillotina le llamaban para matar a otro ser humano, se sabía que era por una traición o por abuso de confianza, y en ese caso no se le podía pedir misericordia. Nunca vi como asesinó a otro ser humano, siempre escuché de segundas bocas, eso me permitía el beneficio de la duda, eso me permitía salir con él algunos fines de semana y mantenerlo contento, porque igual que su padre, cada que escuchaba otro asesinato cometido por Guillotina, me prendía un cigarro y le dedicaba un par de horas a la ventana, viviendo con el temor de si algún día me mataría a mí por alguna estupidez. O peor aún, que su mano divinal, quien tenía el derecho de decidir la vida o la muerte, se hiciera demasiado fuerte y hubiera una guerra interna entre mi padre y él. Entre yo y él. No fue hasta más tarde que comprendí que después de todo Guillotina me quería bien, me quería mucho, y por el simple hecho de que nunca le había traicionado a él o a la familia. Porque de alguna manera, sus ojos y sus libros de historia, le permitían prejuzgar el temple de un individuo.

Mientras dormía, tuve pesadillas con él.

El último rostro que miré mientras estuve vivo fue el de Guillotina. Ya no tenía manos humanas, él me había despojado de ellas y estábamos los dos, en un desierto, pero ni el calor se notaba, sudaba tanto y tenía miedo. Guillotina y dos hombres más, que me sostenían para que no echara a correr. Guillotina cavando mi tumba, preparando cloroformo y los ojos enrojecidos porque había llorado muchísimo. —No pude contigo primo, la verdad no pude —dijo él—, te voy a envenenar y después te voy a enterrar. Discúlpame manito, no pude, en serio, discúlpame… siempre te quise carnalito, y nunca nos traicionaste, fue la pinche vieja, estoy seguro de ello, pero ya ves que tu papá manda… lo siento de veras. Y la pala, hundiéndose con cada jadeo, cada pausa, cada frase que me soltaba y yo sentía como se me iba la sangre por las muñecas, y el sudor tan frío, y trataba de imaginarme el calor sofocante, y después Guillotina terminó de cavar mi tumba, y no recuerdo a los otros dos hombres, y que tapa la nariz, que me echa veneno para ratas por la boca …

Y aquí estoy.

Foto: El Chukustako

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Ácido.

Tengo sueño y la hoja en blanco no me convence. La luz es un poco molesta ya. Bob, el cacto, me esta mirando y espera el momento indicado para continuar contándome su historia. No es una historia muy agradable, de hecho, me siento azorado y pesado por ella. Pero se dice por ahí que uno debe escuchar a los amigos, a los que te importan y cómo siempre he escuchado a la gente, no pienso cambiar de parecer. Aunque es molesto. Mientras tanto, siento que misteriosamente algo falta, algo falla, algo esta perdido… una especie de paranoia postneurosis. Todavía me da, de vez en cuando y me pregunto un poco infantil si dejaré de tener ese sentimiento de que “algo se me perdió”. Creo que lo tengo desde niño, esa sensación de que algo se fue y no va a regresar.

Me pregunto en días como estos, ¿a dónde se va tanta gente? ¿de dónde viene toda? ¿qué pasa con todo el talento desperdiciado? ¿con los callados? ¿y por qué hablan tantos? ¿qué pretenden? Me pregunto, también, porque no nos callamos todos un rato, ¿por qué este impulso autosatisfactorio de continuar escuchándonos? ¿Nuestra voz es agradable? ¿Nuestra opinión por más pequeña que sea, siempre cuenta? También hablo con Dios, y le pregunto si de veras existe, si no es parte de la imaginación de un hippie. Y me pregunto, también, ¿por qué si no tengo nada que decir, por qué no dejo la hoja en blanco? ¿tengo que decirlo todo para estar satisfecho? ¿no debería callarme algunas veces? ¿no debería dejar de actuar, de hacer, de pensar? ¿No sería justo dimitir después de años de esparcer letras por ahí y por allá? ¿Y qué va a pasar si no escribo? Seguramente no me voy a morir. ¿Y si muero, Dios me esperará con un cuaderno en el cielo y me dirá, escribe esto hijo mío? ¿Y si lo hace solamente para tenerme ocupado? ¿Es este uno de sus Artificios?

¿Por qué siempre hay tanta gente con cosas tan valiosas y no lo comparten? ¿No lo necesitan? ¿Saben lo que les conviene? ¿No saben el valor de lo que tienen? ¿O lo saben tan bien qué no deben hacer nada? ¿Por qué hay gente tan graciosa? Hay mucha gente graciosa en el mundo, y también ingeniosa. Hay unos que son ingeniosos y graciosos a la vez, demasiado listillos. Y por cada uno de ellos, hay diez que estan dispuestos a reirse de lo graciosos e ingeniosos que son. ¿No es así? ¿Estan mal mis matemáticas? ¿Por qué tanta pregunta el día de hoy? ¿Acaso me siento en el centro de una encrucijada? ¿Acaso estoy buscando en la cruz, la dirección a cada una de mis respuestas? ¿Y si me voy un rato, qué pasa? ¿Si me compro un perro, para llamarle Kromg, sentiré que puedo devorar al universo?


6 A.M., no pude dormir…

creo que, tengo una pequeña crisis neurótica.

La lujuriosa historia de Bob, el cacto. (2)

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 2 de 9


“El mundo natural”.

Puedo contarte la historia de Salcedo de dos maneras: la amorosa y la lujuriosa. Si es que te cuento la lujuriosa, mi querido amigo, es porque ahora soy un cacto y ni un mililitro de amor humano corre por mi cuerpo. Puedo entenderlo, si, porque fui humano y porque estoy en contacto con el mundo natural. Sin embargo, también puedo entender que muchas de las pasiones humanas, aunque naturales, se deben a un desbalance, una psicosis personal que cada ser humano tiene (y, no te rías, pero esta psicosis actua de manera similar en todos ustedes). Puedo contarte, por ejemplo, que si los árboles no se han levantado para matarse los unos a los otros por sus vastas diferencias clasificadas en un científico reino vegetal, es porque no se creen lo más importante en el universo, no luchan por ser lo mejor en el universo, y saben, de antemano, que tienen un justo lugar que la naturaleza les regaló. Cumplen una misión fotosintética y nada más. Sin embargo, los humanos para reclamar sus espacios se tienen que matar unos a otros, o porque no entienden su lugar en la tierra y la suya es siempre una lucha de identidades (pereza… pereza…) o sea por un desbalance hormonal que se adapta a la pequeña contradicción natural, lo que Natura o Gaia o el Padre de Cristo no previno cuando dio el libre albedrío. Así que por estos motivos, no puedo contarte del amor que le tengo a Salcedo, puedo tratar de describirte el amor que le tuve y puedo comprender que la lujuria provocada por ella en el primer momento que le vi fue parte de mi lugar en el mundo natural, porque lo único de lo que puedo enorgullecerme es que mi cuerpo escogió a una hembra adecuada para procrear la especie y … no me mires así, si me divertí, me entretuve, la amé hasta que morí e hice tratos con el diablo, pero vamos… eso ya quedó en el pasado y me siento afortunado de poder comprenderlo ahora.

Esa noche que la vi en el bar, con la falda corta y el top, lo primero que pensé lo putísima y deseable que era esa mujer. ¿Qué? ¿No se trata de ser honesto? No me mires así. Salcedo conjuntaba de manera misteriosa todas las aptitudes perversas que me gustaban de una mujer y aparte, era bonita y lista, asi que, ¿por qué debo mentirte? Amé su putez, amé su cara de mosca muerta cada que le pedía una mamada, amé como contoneaba las caderas cuando me decía: “Me duele tantito”, pero bien que empujaba contra mi pubis. Vulgaridades humanas. Esa noche que la vi en el bar, bebiéndose una copa con otro tipo, no suspiré derrotado en ningún momento. Al contrario, al tener la capacidad de evocar todos esos recuerdos que tendría en un futuro, esos que todavía no sucedían (ja, memorias del futuro, ¿qué tal?) lo primero que hice fue darle un beso y le pregunté quien era su amigo. La primera sonrisa de Salcedo, fue la más bella y cuando me respondió: “Nadie mi amor, un caballero que me invitó algo de tomar en lo que venías a acompañarme”, confirmé toda sospecha. Salcedo la puta. Si tuviera vientre ahorita estaría retorciéndose de excitación y de dolor por la pérdida, por la sonrisa que se fue. Pero ya no lo tengo, y lo menos que me puede importar es contarte lo que pasó después: que si bailamos, que si bebimos, que si reímos, que esa noche cogimos como animales en vías de extinción y que las noches subsecuentes, y algunos días también, seguimos cumpliendo el orden natural de las cosas. Que por la histeria, o la neurosis, o la compulsión por la identidad nos obligó a contarnos nuestras vidas, hasta ahora entiendo que salió sobrando. Y es por ambas cosas que puedo perdonarla, y odiarle tanto.

Esa misma noche entramos a su habitación, sin ningún remordimiento la empujé contra la pared y empecé a morderle las orejitas, entonces me pareció Salcedo, la Gran Perra, porque jadeaba sin cesar. Si mal no recuerdo hasta le pedí que ladrara y ella lo hizo. Me dio mi falsa sensación de poder, ¿qué te puedo decir? En la lucha de poderes siempre es bajar tantito para después aplastar, ¿no es así? Le mordí las orejas, le dije que ladrara y que moviera la cola como perra en celo y eso hizo. Le jalé las bragas hasta rompérselas, me quité el cinturón y se lo puse en el cuello. ¿Y sabes qué hizo? Siguió ladrando pues, hasta cometí la indiscreción de jalárselo un par de veces y ella sólo volteaba a mirarme entre extrañada y fascinada, jadeando y húmeda, porque la humedad le chorreaba entre las piernas. Ahora que soy cacto, te puedo decir esa humedad si me da sed. Así la tuve a ella contra la pared, a Salcedo la Mascota, y todavía me rogó, con las orejitas levantadas y la cola moviéndose de contento que le pusiera un nombre de perra, que le pusiera un nombre que pudiésemos usar todas las noches en la cama, porque haz de saber que esa noche no sólo obedecía a Natura, no señor, según la humanidad estaba firmando un contrato. En el momento que le metí la puntita, luego más, y que le clavé los dientes en el hombro, y que le jalé el cinturón a la perra cada que se revelaba, estaba también firmando mi sentencia amorosa. Como dueño de la perra tendría que darle sus croquetas todos los días, y llevarla al veterinario, y amarle profundamente por ser el mejor amigo del hombre. ¿Qué, no es así? Y también estaba previsto que le pondría una casa con su nombre, y un plato con su nombre, y un collar con su nombre. Cada que se la metía más adentro y que me decía: “Me duele bruto, ARF ARF” tendría que compartir mi sillón para que durmiera en mi regazo y que cuando no estuviera en casa, se comería las plantas y mordería los muebles de madera. Como dueño de la perra, o como la perra de su dueño, en ese momento de gran intensidad, de compartir una perversión adorable, me di cuenta que amaba profundamente a esa mujer, que me ocuparía de ella por toda la vida y que aprendería todas sus obsesiones simplemente por el mero hecho de estar junto a ella.

Así supe, por ejemplo, que a Espinas (su nombre de perra) le fascinaba tomarse fotos de las caderas para saberse delgada y que era cruel con la gente en público. También le gustaba comprar de dos en dos en el super solamente para asegurarse, que era intolerante a la lactosa y que no le gustaba la pasta. A Espinas, la Perra Dócil, le gustaba escuchar Pink Floyd algunos fines de semana y me platicaba de Syd Barret tanto que me daban celos. Seguro ahora estará llorándole. A Salcedo le gustaba su casa extremadamente limpia, ordenaba los libros que le regaló su padre por colores. Y Salcedo a veces lloraba, la pobre, después de que me la cogía, después de que se la metía por detrás. Se abrazaba a mí, llorando, pidiéndome que no le dejara nunca, que sería una perrita fiel. Y en sueños, Salcedo, la putísima Magdalena, todavía lloraba por un hijo que había perdido cuando su ex-marido le obligó a abortar y yo solamente podía rascarle detrás de las orejas y decirle “buena niña, buena niña, ya… ya… ya pasó, ya…” y le cantaba una canción de cuna… imagínate yo, cantando canciones de cuna, soportando órdenes enfermizos, soportando obsesiones estúpidas, imagínate yo…

Pero no todo puede durar. Salcedo es importante en mi historia, en lo que soy actualmente (Bob [el cacto]), pero no es lo único. La próxima vez te contaré un poco de mí, antes de Salcedo…

Foto: Cuarto Violáceo

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