Hoy es el día para festejar a la mujer, dicen por ahí. ¿Festejarle qué? ¿Qué es una superviviente del yugo masculino? ¿Qué ya pueden votar? ¿Qué su vientre fertil nos traen las nuevas generaciones de chimpayates? ¿Qué hay que festejarle a la mujer? ¿Sus curvas estéticas, su culo levantado, su cariño desinteresado? ¿Su cabello largo, su espalda arqueada, sus gemidos débiles? O tal vez, habrá que festejarle que sabe leer, que queman brasieres o que los avientan para ganarse un par de collares en el mardi grass. ¿Hay que festejarle que tiene la capacidad de perdón o la capacidad de responder a todo aquel que descrimina? ¿Hay qué festejarle su intuición, sus manos suaves, sus caderas grandes, su batalla contra la anorexia y la bulimia? ¿Qué se le festeja a la mujer? ¿Por qué es negra, amarilla, mulata y europea? ¿Se le festeja la indecisión, las horas en el mercado, las ganas de usar maquillaje? ¿O se le festeja su rebeldía social, cómo van contra el estigma de la femeneidad? ¿Se le celebra que se deje crecer los pelos en las axilas, qué deje de bañarse, qué no use maquillaje? ¿Se le celebra que se corte el cabello largo, se le celebra como si fuese un ronin, una dama sin señor? ¿Se celebra que a la mujer, hoy tan libremente, se le puede llamar tanto princesa como puta, y luego bien valientes dicen que ninguna de las dos? ¿Entonces por qué la insistencia de llamarte mujer, mujer…? Si al mismo tiempo, estas tan orgullosa de serlo, como negada a la palabra. Pura contradicción eres, mejor no te festejo nada.
Y aproveché para leer esto y hablar de otras cosas en un audiopost. Dura 11-12 minutos. Lo pueden bajar en dos calidades:
No es que te haya olvidado, no podría, nada más encuentro el espacio en blanco y no sé que escribirte. Es como el matemático en “El espejo en el espejo”, que aparece en una de las notas del principio trabajando sus ecuaciones laboriosamente y para mí fue impactante, casi terrible, volvérmelo a encontrar a punto de llegar al final del viaje. En otra de las historias, el matemático se convirtió en parte del mobiliario y lo cubrían innumerables telarañas. Se había convertido en una estatua y su cuaderno yacía olvidado, presumiendo una ecuación que no tuvo un final. Fue horrible para mí encontrármelo, porque me acordé del momento que hice un Rhapson Newton a mano, y descubrí que si no tenía cuidado, podría llenar cuadernos enteros buscándole más decimales a una simple cifra. Es por eso que a Ende lo quiero como si fuese un genio, por esas sutilezas, esos detalles, esa manera de transformar lo primario en secundario, lo importante se convierte en olvido y en erosión.
No es que te haya olvidado, es que tengo miedo que seas mi ecuación irresoluta y que en algún momento, en mi vejez, tan sólo recuerde los espacios en que me sentaba a llenar de letras la espalda y la nuca, en que te babeaba justo en el contorno de tu ombligo verbos interminables e inconexos, ¿y qué sentido tiene sugerirte que te estoy hirviendo el ombligo, que te estoy socavando el ombligo, que te estoy ululando el ombligo, qué te orino el ombligo? Y pobres de tus muslos, que habrán de sufrir mis dedos adjetivos blancos prístinos huranos cachondos y sixtinos. ¿No ves? Si estando muy viejo recuerdo eso, tan sólo pienso que mi verga de noventa años estará peleando por erectarse, y me matará la carencia de sangre en el cerebro tan sólo por recordar como en mis noches, a veces en mis tardes y mis días, procuraba llenarte celosamente como un amante, y como te ignoraba por el hartazgo.
Habré de musitar—: Es que eras lo que menos tenía importancia en mi vida y eres lo único que recuerdo tan intensamente.
A veces quisiera que fueses mi única amante y quisiera que este ímpetu, esta energía incontrolable, me obligara a tomarte todos los días por la fuerza, estrellándote contra el muro y abriéndome paso entre tus piernas cual salvaje y hambriento perro. Pero no es cierto, porque me educaron a cansarme, y no me queda otro remedio que burlarme de mi juventud y practicar para mis años de plata, dónde me encuentre extendido sobre la cama y aprecie el sencillo placer de mirar como te pones la horrible piyama que habrá de cubrirte todo el cuerpo. Y no diré nada, porque la piyama es blanca y por más que artistas e idealistas lo intenten, no es inmediatamente bello apreciar un cuerpo viejo y desnudo. Por eso algunos han muerto viejos, han muerto solos, porque su soberbia no les permitía entregar el poco cariño que le tenían a la estética humana o porque lo amaban demasiado. Y deseo creer que tú envejecerás como yo, ahí radica mi pequeño ego trip, donde te hagas amarilla y vieja como el papel, donde te burles de mí porque serán más frecuentes los lapsos donde no pueda llenar tu espacio en blanco y vacío, porque me recordarás historias pasadas, donde podía sentarme e hilar interminablemente gozosos discursos, entre vanales y esotéricos e histéricos y compungidos, los pliegues pixelares de tu vientre.
Si bien, el libro de T.F. Hadied es un libro críptico, a veces contiene textos que poseen una coherencia y se pueden ligar fácilmente a otros textos. Sin embargo, ocurre el caso que esta liga es el mismo texto escrito desde otra perspectiva, o con los hechos totalmente cambiados. Es imposible confiar en el Libro de T.F. Hadied aunque el mismo autor, ha tratado de darle sentido a una o más historias, una línea común, un desarrollo tradicional. Hadied le nombró “The Book of the Dead Children”, porque hay registros de niños (Alemania, 1918 — Portugal, 1932 — México, 1968 y muchos otros) que han leído el libro y han encontrado en él un sentido, una coherencia terrible. Dicen en sí que el libro contiene escondido en sus letras el verdadero significado de la vida. A pesar de que el libro contiene en una de sus páginas una plática entre Hadied y el personaje oscuro que le otorgó el libro, diciéndole que por cada página escrita en él habría de prolongar la vida de un infante, los niños acaban muriendo poco después de leerlo. Sé que como adulto joven, no podré morir leyendo las letras de este libro y que no habré de encontrar nunca su verdadero significado, pero he leído las historias que suponen hablar de muchos días y muchas noches relajadamente. No creo, honestamente, que un libro tenga la capacidad de diezmar una mente infantil y mucho menos, una mente que ha crecido como la mía.
Que el crecimiento, no sé si es para bien o para mal, pero últimamente me he dado cuenta como he abandonado la infancia.
Marzo 2, 2006 — Critica Social. Escrito por Agustin Fest.
Jorge Carrillo, a partir de sus raíces en el Colegio Madrid, me pidió como un favor personal publicar esto para difundirlo. Esto viene de parte de los estudiantes de dicho colegio y de Lydia Cacho. Yo sólo tengo una opinión a un tema que ha sido bastante sonado: No puedo darle mi voto a un partido que tiene entre sus filas, a un gobernador que protege a un pederasta por la módica suma de dos botellas de cognac.
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Recibí dos super premios al esfuerzo personal, jo jo. Uno de parte de Edilberto Aldán y otro de parte de la Shelle. Muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido.
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