Entradas escritas en Febrero, 2006 ↓
Febrero 7, 2006 — The Net.
Escrito por Agustin Fest.
Una de esas propuestas medio locas… un número para identificar tu blog, al estilo del registro de libros.
Por lo pronto el 5-371-1000-21.
Cinco: Mi número preferido.
Tres, Siete y Uno: Harto cabalístico el rollo.
Mil: Más que obvio.
Veintiuno: Porque de alguna manera, si aparece algún veintiuno en mi vida, algo importante esta sucediendo o por suceder.
Si quieres el tuyo, entra a la página y sigue las reglas: Internet Blog Serial Number.

Ve nomás, ¡qué mamón (o monón)!
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Febrero 7, 2006 — Asceta, Del deber ser, Despertares.
Escrito por Agustin Fest.
Ayer escuchaba a un grupo de personas, mujeres todas, discutir acerca de un chavo de diecisiete años que esta terminando la preparatoria. El chavo en sí, quisiera estudiar Ingeniería. Su papá desea que estudie Licenciatura en Administración de Empresas. Entonces, el chavo ha decidido que no, que estudiará algo de hoteles. Para un chavo de diecisiete la opinión de su padre aún es importante y si no impone un poco, esa decisión dirigirá gran parte de su vida. Desde la mujer que se case, hasta los niños que eduque, el coche que compre, el enganche de tal departamento, donde se irá de vacaciones. Su vida. De escuchar la opinión y validarla como suya, las decisiones importantes girarán en torno a ella. Sin embargo, si estudia lo que desea por sus tanates, entonces el no haber hecho lo que su padre quería también se convertiría en un factor importante. Es un juego de aprobaciones y desaprobaciones un poco complejo, que durará los años que tenga que durar, incluso hasta morirse o heredárselo a un hijo. Es un ciclo desgastante, un moebius.
También hablaron de gastos, de becas y de colegiaturas.
Yo sólo pensaba que alguna vez estuve en su situación y no me agradó. Mi vida se estaba construyendo a partir de lo que deseaban para mí. Alguna vez, incluso, escuché que si me pagaban tal o aquella universidad, hubiera sido una buena inversión. Cuando lo escuché no pensé que estuviera mal que pensaran en mi como un negocio. Al contrario, incluso pensé que era justo retribuir el dinero que habían gastado en mi educación, así que no hubiera estado tan mal escoger una carrera que pagara bien como sistemas. Gratitud. Me la tomo muy en serio. Afortunadamente, no pasé los dos exámenes del ITAM que hice y no los pasé tan sólo por tres y cinco puntos, respectivamente. Me sentí un idiota… pero no era para mi, al fin y al cabo. En este momento continuaría estudiando mi carrera, preguntándome por qué, mientras que mi deuda kármica y económica hubieran seguido aumentando. No hubiera trabajado en casting y creo que me hubiera amargado para siempre.
Por otra parte, no se me hubiera ido tanto el tiempo. De haber impuesto mi decisión de estudiar literatura o actuación (porque si, me metí a un grupo de teatro durante un año), ya hubiera terminado, ya tendría mi papelito y probablemente, con suerte, estaría trabajando en algo que involucrara lo que me gusta. O bien, estaría trabajando en algo que no me gusta, pero con el respaldo de un título. Que el título es lo de menos en esa etapa de la vida, la experiencia universitaria es lo único que importa. El desmadre, por ejemplo. Afinar tus pensamientos, tus convicciones, tus ideas y también, para confrontarte y aprender. De eso sirve la universidad, de que te des cuenta de la juventud que esta vibrando, que esta pensando y que esta constantemente aprendiendo. Viviendo por aprender. Sufriendo por aprender. La transición de la diversión a la responsabilidad y la búsqueda porque ambas no se lleven mal.
Y me llevó tiempo aprender eso. Abandonar una carrera, trabajar durante seis años en casting para comerciales, un año de teatro y escribir constantemente durante tres años. Y no supe exáctamente del proceso de aceptación de mi jefa, o de mis tíos, por estudiar una carrera que te puede matar de hambre. Creo en las opciones: Si todo sale mal, existen los trabajos mediocres, finalmente, y no estoy ni manco, ni tuerto, ni soy un idiota que abandonó la prepa por no saber cuando parar su desmadre, como para no tomar esos trabajos o para rechazar otra experiencia. Dinero habrá de cualquier manera. Sólo sé que terminó mi proceso de decisión, que ya no tengo diecisiete años y que no tengo que complacer a nadie. También sé que mis tíos y mi hermano me molestan gozosamente, como una buena familia, preguntándome si ya estoy escribiendo la gran novela mexicana. Me molesta un poco, no soy tan pretencioso, pero también me relaja: Hago lo que me gusta, le estoy chingando y ya.
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Febrero 6, 2006 — Fractal Chaos.
Escrito por Agustin Fest.
¿Qué quieres hacer monina? No sé, qué quieres hacer monino. Esas son las palabras de amor que dice mi novia esta noche mientras escribo a su lado. Hmmmm, rasco la cabeza y miro hacia abajo. Ah, por cierto. Ve nomás, ni modo. Ok. Risas. Ok. Al final de todo, terminan enamorándose, terminan los problemas de ese par y empiezan a salir, entonces la mamá de la chica le dice que se va a casar con el papá del chico y serían hermanitos. Entonces los van a mirar feo, porque en Japón cuando hacen eso, cambian todos los apellidos y tendrían los mismos. Eso del incesto procura involucrar un momento trágico en cualquier historia, le da todo un giro que bien armado, puede ser muy efectivo. También, después de los griegos, se volvió un recurso de varios autores para hacer de la historia algo más interesante. Yo más bien, pienso que ya esta demasiado poblado. De referencia, tenemos las telenovelas de Televisa, que en un momento tranquilo, o bien, momentos de pura felicidad para los personajes principales, el chico y la chica… resulta que sale un papelito donde se intuye que podrían ser hermanos. El horror. El autor lo hace cuando la historia ya esta perdiendo brillo. Ya después del incesto, es muy difícil que otra cosa le gane, aunque lo intentan. Para mi son como patadas de ahogado (en mi muy personal opinión). Por ejemplo, ella se quiere volver monja, el novio se quiere ir a vivir a otra parte y así, y asá, tenemos armado todo un lagrimerío horrible, que puede durar años y que puede provocar traumas. O bien, en el peor de los casos, existirá alguien como yo que critique el incesto como una herramienta o un recurso clicheresco para asombrar a la audiencia.
Soy una niña buena.
(¡Ajá! ¡En serio lo soy!) —Ajem, bueno, en este momento, mon cherie agarró la totalidad de su humana humanidad y desapareció.
Pídeme lo que quieras… soy muy complaciente.
Soy bien buena.
Ok… en verdad, este post iba a estar dirigido al huevo, como siempre. Ya que todos mis pensamientos han girado en torno a él… Si lo quiero estrellado o revuelto. Si lo prefiero rojo o blanco. O verde, o motuleños, o veracruzanos, o divorciados, o tibio, o hervido, o en polvo. Si me gusta con poca sal, o con catsup. Que no, la neta, no me gusta con catsup, pero obviemos eso. Olvidemos lo de la catsup. Yo sé, por ejemplo, que a Sol María le encantan con catsup, y mi mamá los prefiere divorciados. Por mi, preferiría que ambas fuesen vegetarianas, o antihuevos, que el huevo estuviera excluido totalmente de sus dietas, pero si consideramos que el huevo contiene, al menos, diez aminoacidos indispensables para el cuerpo humano, y que no se pueden conseguir con cualquier otro alimento, estamos jodidos. Tenemos que comer huevo, al menos dos al día, con poco aceite, no vaya a ser que el colesterol nos mate. Así que, sin poder evitar que el huevo forme parte de mi dieta alimenticia, los revuelvo con jamón o salchicha, un salchichón incrustado. O nopales, pa´ que le pique al baboso. O papas, sólo para acompañar.
Ahora que, hablando de huevos, se dice que se necesitan muchos huevos para hacer las cosas. La verdad es que los huevos sólo se necesitan para procrear (la semilla, el esperma, la lechita blanca para irse a dormir) y para adornar nuestro falo milenario. También, funciona como el método anti-patanes más efectivo sobre la tierra, si no me creen, solamente denle una patada en los huevos a cualquier patán, y mírenlo retorcerse en el piso llorando de dolor y citando, a balbuceos, la horrorosa culpa que provoca Dostoievski en sus personajes. Por mi, aunque tengo mi masculinidad bien arraigada y he sido educado como cualquier otro machito mexicano, creo bien, sin duda alguna, que podría sobrevivir al hecho de que me faltaran los huevos. En verdad, son inútiles, un cuero que sobra y que sólo sirve como un método egoísta para otorgarle al mundo una continua herencia de nuestros genes. Ya es bien sabido, que si uno quiere traer a un pobre desgraciado a este mundo, sólo se tiene que comprar en África o adoptarlo. Aunque no niego que si un ser humano tuviera mis ojitos o mis cejitas o un reflejo de mi enorme miembro, me sentiría muy feliz. Pero insisto, los huevos son una carga y una debilidad humana.
Recuerdo que me platicaron ciertas amistades de la UNAM de un personaje curioso… le decíamos el “Monohuevo”, y era un hombre, que lejos de llorar su desgracia, gustaba de ofrecerle a las mujeres que miraran su única gonada, resultado de una condición médica muy singular. Mi señora se dignó a asomar su cabeza para decirme que es algo, realmente, que sucede a menudo (y bueno, medio le voy a creer). Supongo que, finalmente, somos seres humanos y como tal, e igual que el falo milenario, estamos orgullosos de nuestros huevos, o huevo, en el peor de los casos.
Pero me he separado del tema, una vez más. Letorgi, el título de este post, es un anagrama de “El grito”, y era de los gritos de lo que quería hablar.
Habré de hacerlo en otra ocasión.
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Febrero 4, 2006 — Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Foto: Gail S..
Era un panda llamado Pupú. Estaba muy triste porque veía colores por todas partes y cada que veía sus garras, y su panza, y sus patas, sólo podía ver blanco o negro. Envidiaba a la gente de distintos colores que lo admiraban todos los días en el zoológico, ellos eran cremita, y muy blancos lechosos, y marrones prístinos, y los otros bien morenos, harto prietos y negros azabache. El pobre se sentía gris. Él deseaba ser tan verde como el bambú que se comía y lo más que lograba era cagar en verde como el bambú que le alimentaba. Eso le alegraba un poco y por ello, comía, masticaba, engullía y tragaba tanto como podía. Más por verde que por casualidad, entre sus amigos más queridos, se encontraba Charly, el perico. Todos los días le lloraba aunque fuera por veinte minutos su deseo por ser verde. Y Charly trataba de animarlo diciéndole de la Naturaleza que nomás era así por capricho, y otras veces se exasperaba teniendo que decirle que por la Naturaleza de las cosas no pensara más en su capricho. El perico estaba más harto que comprensivo —no era fácil hacerse el admirado por la caca verde que Pupú le enseñaba maravillado una o dos veces a la semana—, pero aún así, quería mucho a Pupú, su mejor amigo. Fue así que un día el perico Charly se medio escapó del zoológico y voló por todo Chapultepec, hasta que encontró uno de esos maquilladores que disfrazan a niños, y niñas, a los pubertos desmadrosos, y al ocasional adulto loco. Le robó a un comerciante honesto uno de esos sprays que pintan de colores los cabellos. Se robó el verde por supuesto, y voló de regreso a su jaula, se metió por donde se medio escapaba diariamente para chiflarle a las palomas de Polanco, y esperó a que dieran las diez de la noche para darle la sorpresa a su amigo. Y en la noche se hizo una fiesta entre Pupú, el panda, y Charly, el perico. No descansaron hasta que el panda quedó completamente verde, y comieron bambú hasta el hartazgo, aproximadamente hasta las diez y media de la noche. Y el Panda durmió esa noche, bastante contento, pensando que amanecería verde.
Pero el Panda murió intoxicado de bambú con spray verde, sorprendiendo a muchos trabajadores del zoológico cuando fueron a despertarlo. Y Charly se suicidó, ahogándose en el lago de Chapultepec, al no poder lidiar con la culpa de haber matado a su amigo… Unos patos no supieron si reírse o preocuparse, temiendo que la gripe aviar fuera el motivo.
¿Cuál es la moraleja?
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Febrero 3, 2006 — Fractal Chaos.
Escrito por Agustin Fest.
Todos estamos interconectados: es así, por ejemplo, que si hubiera aguantado uno o dos meses más trabajando en casting, hubiera conocido a Ricardo Arjona, en la filmación de su video “Acompáñame a estar solo”. Es así que, el reproductor me ha puesto de manera aleatoria las tres canciones que tengo de Luz Casal. Si pensamos que ayer leí a ambos, en una vieja revista para caballeros —no la que estoy a punto de mencionar, sino la competencia—, en una entrevista que les hicieron preguntándoles lo que las revistas “cachondas” y “sexualmente liberadas” preguntan (sus fantasías, como ligan, su sex symbol, todas esas maravillas), entonces diría que estoy a seis grados de separación de ellos. Pude haber conocido a Arjona, y definitivamente, he soñado con las piernas de Luz Casal mientras me canta, despechada y orgullosa, “Piensa en mi”.
¿Pero a qué viene todo esto? Nada más es un aviso para que compren este mes la revista de Penthouse. Encontrarán esta nota publicada en tan distinguida revista. También, es justo mencionarles que si compran la revista DF, de este mes de febrero, verán que Big Blogger sale mencionado. Si, es nuestra fama de quince minutos de este mes…
Ya no soy un blogstar, ya soy un playmate (Salvador Leal dixit).
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Tags: Big-Blogger, cachonderías, Casting, citas, nexos, Penthouse, piernas, salvador-leal
Febrero 2, 2006 — BOB, Enigma, Kromg, No Fumar, The Book of the Dead Children.
Escrito por Agustin Fest.
Bob, si no me respondes habré de escribir como si estuvieras despierto todos los días, como un eco de tu voz en días pasados y te prometo cactaceo amigo, que no habré de fallarte. Buscaré una cura para despertarte del ensueño mortal al que te has sometido. Ese cansancio horrible que no permite tus paseos para admirar niños y comértelos, o acariciar gatitos para después devorarlos y escupir sus huesos. Me sentiré muy solo el día que no estés, Bob, y que hayas cerrado el pico sin aviso, es para mi como si hubieras muerto. Así que empacaré mis cosas, te llevaré en el hombro cual perico y habremos de irnos monín, a buscar al médico de cactus. ¿O necesitas un clima cálido y seco? ¿O qué será monín? ¿Qué será? Cuéntame mientras platico, mientras guardo algo de ropa, un tubito con pasta de dientes y pongo música en mi portatil de emepetres y windows media music. ¿Quieres que nos madreemos al presidente Bush? ¿Necesitas una rubia a dos metros de distancia? Tú dime, dame una pista, y vemos como te despertamos Bob. Eres muy joven para estar tan sereno, somos tan jovenes como para estar tan callados y analíticos y poco subersivos.
Acompáñame a la reja como en viejos tiempos y prendamos un cigarro. El lobo, Kromg, el de rojo pelaje tan cálido como el propio infierno, nos observó medio interesado. Esta enfermo, musita, si quieres puedo acompañarlo, o acompañarte, hasta que le hallemos una cura. A dónde voy esta muy lejos, le he respondido, no he encontrado médicos de cactus en la Sección Amarilla y apuesto, que donde haya, no se extenderá la cadena que encierra firmemente tu cuello. El lobo se rió entre dientes, su garganta con flemas de fuego, su garganta con cáncer de fumador empedernido. Esta cadena es falsa, como la realidad universal, me ha respondido el lobo, esta cadena llegará hasta donde yo le permita llegar, porque puedo ser libre y llevar mi prisión a todas partes, ¿no ves que el mundo esta lleno de símbolos y metáforas, y una cadena, por más hierro bendito que sea, y los niños perdidos en el estómago de tu espinoso amigo, no son sólamente inventos del hombre imaginativo? ¿No sabes tú que tu cacto no habla realmente, tan sólo piensa que habla y su voz la lleva el viento, no sabes que yo no existo, si no es que tú me inventas? Y la reja, y el edificio, los coches detenidos en el tráfico y los semáforos, por más que nos peguen o nos claxoneén, no son otra cosa que la realidad interpretada, la que puede ser modificada e interpretada a nuestro gusto. Si no tenemos cuidado, el mundo entero sería un caramelo o el orgasmo del cerdo.
Medio cigarrillo consumido durante el discurso del lobo, de Kromg, del fuego eterno. Es entonces que por vez primera abrí la reja y con la mochila al hombro, di mis primeros pasos hacia la puerta. Las sombras de centenares de cuervos oscurecieron el brillo del sol que traspasaban los vidrios del edificio, el lobo tosía y caminaba a tres pasos de distancia, siempre detrás de mi, no adelante. Le sugerí que avanzara pero este negó con la cabeza, “eres tu quien sabes, tu camina”. Y así viajamos acompañados, el cacto, yo y el lobo, según las palabras en el Libro de los Niños Muertos de T.F. Hadied, durante muchos días y muchas noches.
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Febrero 1, 2006 — Del deber ser.
Escrito por Agustin Fest.
¿Propósito? ¿Cuál es el propósito? ¿O mi propósito? Escribir con un propósito. ¿Qué pretendo conseguir o enseñar? Incluso, una banalidad como la totalidad de esta bitácora… ¿de qué sirve? A menudo me pregunto eso y me vienen distintas respuestas a la mente. Cuando pienso en trascendencia, se me hace inútil, hace algunos años abandoné el deseo agresivo de trascendencia, el que viene con la mente joven y mal educada. Aquí es donde me quedo mirando la pantalla en blanco unos minutos. ¿A poco si? No trascendencia, no creo, ya es difícil de por sí. Tantos queremos trascender a nuestro pueblo o nuestra familia (mínimo), que ya una trascendencia universal simplemente es desear demasiado. Pensaba más bien en un testimonio. No abandono escribir aquí porque en unos años será un testimonio. Eso si continua existiendo internet y todavía hay petroleo. Esas joterías. En el caso optimista, vaya, esto será lo que puedan leer mis hijos, y los hijos de mis hijos, y sabrán quien fui yo y que papel jugué en su educación. Dirán que de ahí viene el pesimismo, dirán que de ahí viene la sonrisa, y dirán que su abuelo, o el bisabuelo, fue un sexoso. Ja, trascendencia familiar. Se escribe esto con el propósito de que unas generaciones más adelantes puedan leer quien fue su viejo y que lo odien, o lo adoren con ganas. Ya será de ellos. ¿Ese es mi propósito? Creo que si, creo que es el más importante. Esto se escribe pensando en los chamacos futuros. Que si hubiera sido trascendencia o fama universal, ya lo hubiera dejado… no sirvo para eso, mis habilidades sociales no dan para el papel. ¿Una fama de quince minutos? Puede que, ya la he tenido varias veces, en distintas situaciones.

Por ejemplo, sabrán que su abuelo, igual que su abuelita, era fanático de comprar esas loterías de “Rasca y Gana”. Y que su abuelo era de los que rascaba y ganaba, por ejemplo, pequeños premios de 50, 20 y 5 pesos. Que siempre que compraba, le salían dos veces los números grandotes (nunca tres) y mascullaba en voz baja: “Mierda… casi”. También, dirán que su abuelo alguna vez hizo un comercial y para él fue como ganarse la lotería. También, hablarán entre ellos que alguna vez se sacó un Yak! de Veinticinco mil pesos…
Pinche abuelo, tenía una suerte de repente el cabrón.
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