Entradas escritas en Enero, 2006 ↓
Enero 24, 2006 — 1000n, Memes, divier-tt.
Escrito por Agustin Fest.
Cinco hábitos extraños:
(Esto es un meme donde platicas, supuestamente, cinco hábitos extraños o raros, que tienes)
A menudo, hablo solo de situaciones que me parecen inverosímiles. Por ejemplo, me imaginé a un viejo borracho, saliendo de una cantina, exclamando: “¡Putas! ¡Putas!” a la señora que vendía tamales en una esquina. E hice lo mismo, imaginándome que era el viejo borracho para observar las reacciones a mi alrededor. También, los títulos de este blog a menudo los hablo en voz alta para escuchar si me gustan, y si no me gustan intento variaciones distintas hasta que el sonido me parezca agradable. O me parezca que el sonido encierre en sí lo que estoy intentando decir. Como a veces, creo que puedo pronunciar inglés, alemán y francés correctamente (y nah, puro show), sólo me imagino las letras que llevarían y así. Por supuesto, esto raras veces lo hago en público, a menos que me olvide que hay gente a mi alrededor… lo cual lleva al segundo hábito extraño.
Cuando hay mucha gente que conozco a mi alrededor, me bloqueo completamente y misteriosamente, todos desaparecen. No es algo que pueda hacer conscientemente, por más que lo he intentado, pero cuando sucede es agradable, entonces empiezo a hacer lo del hábito número uno y como si quebraran una burbuja con un alfiler, me preguntan: ¿Qué? y acabo respondiendo: Oh, es que estaba hablando solo.
Una temporada, me volví tan fanático de Cowboy Bebop y del personaje de Spike, que tenía que retorcer un poco mis cigarrillos antes de fumármelos. Una de las características de Spike es que nunca se fumó un cigarro derecho, lo cual, supuestamente es un homenaje a otra serie o película cuyo nombre no recuerdo. Después de romper tres cigarrillos en una época de mucha carencia económica, haciendo estas jaladas, dejé de hacerlo (o lo hacía con los Delicados, un dolar una cajetilla de dieciocho cigarros sin filtro y que me daban dolor de cabeza después de cinco).
Cacahuates. De vez en cuando me compro dos o tres bolsas de cacahuates y de eso me alimento. Ya sé los estragos estomacales, pero no me importa. Puedo estar durante horas partiendo cacahuates y como elefantito, comerme uno detrás de otro, durante días enteros.
En extrañas ocasiones, me han dicho que puedo sostener una conversación entera y coherente mientras estoy dormido.
Como siempre, rompiendo las reglas de estos cosos, yo digo que quien lo quiera hacer, puede hacerlo. Si quieren avisar que lo vieron aquí, avisen y déjenme una liga (que las visitas grátis no se desperdician). Les dejo una copia de las reglas tal cual:
El primer jugador de este juego inicia su mensaje con el título ‘5 extraños hábitos tuyos’ (o algo parecido).
Las personas que son invitadas a escribir un mensaje en su respectivo blog, a propósito de sus hábitos extraños, deben también indicar claramente este reglamento.
Al final, debes escoger 5 nuevas personas y añadir el link de su blog o diario web.
No olvides dejar un comentario en su blog o diario web diciendo: ‘Has sido elegido’ y rogar que lean el tuyo.
Lagartija con alas — Cinco hábitos extraños.
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Enero 23, 2006 — 1-2-3, Consumidor de Entretenimiento, Del deber ser.
Escrito por Agustin Fest.
A beautiful morning with you. Sonidos templados (¿existe eso en los sonidos?). Vaivén, a eso me refiero, es un vaivén en las mañanas, una progresión que sube de derecha a izquierda y el centro, pues, es el centro armonioso, ¿o sería mejor “armónico”? En las mañanas no hay palabras, nadie tiene que decir nada, sólo abrir los ojos y difuminarlo con la mirada entre abierta, el sopor del sueño. Aún las mañanas, aquellas mañanas bobas, donde me despiertas a brincos o quitándome las sábanas, son mañanas que recuerdo como si fuera un joven eterno e inmortal. No porque esté enamorado precisamente, aunque seguramente eso contribuye enórmemente, sino porque me siento como un niño, como una regresión a los días tranquilos. ¿Eso lo hace estar enamorado? ¿Y cuántos años podré disfrutar de estas mañanas, cuya hermosura es casi mística? O mágica, ay Dios, que cómo lo explico. ¿Será qué en unos años, estas mañanas perderán su encanto? ¿Será que en algunos años, extrañe estas mañanas y me las guarde, receloso, mientras hablo idioteces con amigos y familiares? Me queda un último cigarrillo y lo prendo, nomás porque si, no tengo miedo. La verdad es que no… no tengo miedo de perder. Siento que lo tendré para siempre. Y si no para siempre, móndrigo…
…al menos antes de pudrirme.
Una clásica costumbre en el mundo masculino, es la medición fálica. Desde tiempos inmemoriales. Supongo que los cavernícolas hacían sus reglas de madera, o de piedra, quien sabe… reglas especiales para medir su falo contra otros. Todo empezó con lo que los antropólogos creen, inocentemente, que eran “herramientas de piedra”. ¡Vil mentira! Las hachas, y los martillos, y lo que fuera, y como se llamen, en realidad eran falos de piedra y le pertenecían a cada individuo para denotar, de manera precisa, el tamaño de su miembro, o pene, como se dice hoy en día. Claro, que este fuera verdad o mentira, eso no importaba. Lo que de verdad importaba, es que el arma fuera más grande que la del vecino. Entonces se inventó la belleza y se inventó que lo que brillaba era bonito, y también, por supuesto, la utilidad para matar y cortar la carne con esas armas —porque todo es Freudiano—, cortar la carne es penetrar al individuo, sea hombre y mujer, con mi espadota flamígera de la verdad y la justicia. Con mi falo enorme. ¿Ven? Así, de las hachas y los cuchillos rudimentarios, nos movemos a las espadas, como la Masamune, o como la Excalibur. En la historia esta comprobado que el Rey Arturo tenía un mega miembro, es por eso que era el Rey Arturo, rey de toda Inglaterra, y es todavía recordado en nuestros días. Pero antes del Rey Arturo, por supuesto, esta el super pito llamado: “La lanza del destino”, aquella con la que atravesaron la carne de Cristo. Pero tuvieron que madrearlo, a Cristo digo, tuvieron que meterle una hiper mega madriza antes de meterle el delgado y filoso glande humano, porque Cristo era Dios, (aunque fuera, también, humano en su confusa naturaleza) ¿ven? Y todos sabemos, aún siendo ateos, que el gran Falo Divino de Dios mueve una gran cantidad de humanos a su disposición y criterio.
Pero vamos, antes de continuar con falos divinales y espadas flamigeras de verdades y justicia que son tan ampliamente reconocidas… tenemos los pequeños falos humanos, que no son tan reconocidos o que son el centro de atención de un reducido grupo de gente. Estas virilidades que son, más bien, metáforas de la verga milenaria. Por ejemplo: quien corre más, o quien poseé un mejor vocabulario, quien puede concatenar discursos de gran discresión, humilidad y justa razón. Falos que determinan quien vende más en la empresa, o quien puede decir un trabalenguas sin atorarse, o quien poseé a la mujer más hermosa y de piernas que se extienden, cuyas columnas de marfil. El falo se traduce en el modelo de un coche, en el costo, en los caballos de fuerza con los que puede penetrar las mentes de otro individuo. El falo colectivo, de un equipo de futbol, o de beisbol, o de una religión, o de un país entero. El objetivo es penetrar al otro individuo, sin importar su nata condición de hombre y mujer… penetrarlo y modificar su percepción, que en modos más vulgares es, pues, que ponga los ojitos en blancos mientras se le taladra algún punto vulnerable y elástico que permita el acceso a sus órganos internos. Y como los cuarenta ojos de vidrio del general, hay un falo para cada ocasión, y para cada escenario, en una fiesta esta el pito ruidoso, en un funeral esta el pene religioso que puede rezar la cantidad de rosarios necesaria sin olvidar uno siquiera, en el mundo del modelaje esta la adornada verga con joyas y ropa de marca, y pupilentes azules, para causar una buena impresión y así, indefinidamente.
Y entre todos esos rosaditos y fulgurantes miembros de reproducción masculina, se encuentran los más graciles y hermosos de todos ellos. Los que miden su falo a través de la ambigüedad o de esconderlo, propiamente, en sus jeans y sus calzones. Se les llama los invisibles y por todos los métodos que existen, demuestran su elongación, su largo y su espesor, a través de un silencio impenetrable. Son el falo de acero, de adamantium, de mitrilo… que, esperando a que los demás terminen su grito y la exposición de su miembro en el aparador, se mueven discretamente detrás del portador, se acomodan pertinentemente entre los suaves o duros gluteos, y, viéndose triunfantes, solamente le sugieren al otro que aguante la respiración y después se empuja a todo lo que da.
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Enero 21, 2006 — 1-2-3, Del deber ser, Despertares, Notas aleatorias, otros blogs.
Escrito por Agustin Fest.
Son nueve de la mañana, de sábado, y tengo los ojitos de regalo como si estuviera crudo… pero de cafeína, ha de ser, y de la peor: de la supuesta light. Me he levantado temprano porque Du Veth viene a México, específicamente, viene a comprar una computadora porque la casera de Puebla esta en las últimas (y, las veces que me ha tocado usarla, me ha puesto los pelos de punta una y otra). Coño… Esta vez me siento como en Resident Evil, abriendo el ojo lo más que da y despertando en una realidad que no es la mía después de haber soñado con zombies e imbéciles. Hacía mucho que no me levantaba a las nueve de la mañana, de un sábado. O más bien, siempre reniego de levantarme a las nueve de la mañana, de un sábado. Odio levantarme en las mañanas, de cualquier sábado. Que poco a poco me han despertado sin querer: el blog de recuerdos inútiles ha dejado tres canciones de Wilson Pickett y una de ellas esta muy animada. Por cierto, Pickett acaba de morir y ayer leí tres o cuatro anotaciones al respecto… no fue hasta que escuché las canciones que lo identifiqué. Es engañoso para mí, eso de la música… que descanse en paz, pues. A ver… haciendo cuentas, el camión salió a las nueve de la mañana. Dicen que son dos horas de allá para acá, pero a veces los camiones se la jalan y llegan en hora y media. Una vez, no miento, me tocó tomar un económico que llegó en hora y cuarto a Puebla. Esa noche, miraba asombrado a través de la ventana como rebasábamos a las lloronas y los trailers, y los coches compactos. El cabrón iba hecho como alma que se la lleva el diablo y en el hotmail no hay nada, puras invitaciones a puros servicios que nunca voy a usar y olvidar. Ohh… y algo de sexsearch no se qué. No sé porque estoy ahí. Alguna vez habré cometido la pendejada de poner mi mail donde dice: “PON TU MAIL AQUÍ”, porque esos son los gajes del oficio del internet, ya son como la anécdota diaria. Mi hermano nos ha preparado un chocolate en la licuadora y comenta, casualmente, que le desespera no tener agua… porque si, nos hemos despertado y misteriosamente, no hay agua. No voy a poder bañarme y, ayer, francamente no me bañé, porque me había bañado el jueves, y últimamente no soy una de esas personas que se baña todos los días. Panqué con pasas y un poco de chocolate, eso debería hacer el milagro de, finalmente, levantar mi culo y vestirme.
Nueve treinta y ocho. Creo que será mejor que me apure, ya llevo cuarenta minutos tonteando en nada de provecho.
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Enero 20, 2006 — Familia, Mi abuela, Niño viejo, Nostalgico.
Escrito por Agustin Fest.
Si bien, mientras fumaba un cigarro aquel día que neceé con mi hermano, y que esto se empalmara, de alguna manera curiosa, con el recuerdo que tuve de Narayanath y como mi abuela preparaba la carne para las hamburguesas, pasaron unos minutos para que nos perdonáramos, él mi necedad y yo su pubertísimo valemadrismo. Nos perdonamos en silencio, después de un rato de no hablarnos. Nos perdonamos en el momento que retomamos las pláticas simples y sencillas, los chistes que entendemos entre él y yo como un código, con esas claves que usamos para acostumbrádamente reirnos y comunicarnos. No obstante, cuando salí a fumarme un cigarrillo, y cuando él se quedó en la azotehuela, pensando en la discusión que habíamos tenido, mi abuela seguía en alguna parte, flotando como un fantasmita, su recuerdo necesitaba ser escuchado y no podía apartar de la mente aquellos momentos difíciles después de su muerte, que nos vinieron a joder toda la agenda y que nos cambiaron de manera radical la tradición, la manera de ver el mundo y nuestra situación como familia.
La abuela se enfermó gravemente, mientras yo trabajaba en casting. Teníamos comerciales pendientes, estábamos atiborrados de trabajo, tiendo a pensar que en ese momento había alguna campaña, o tal vez, algún comercial de pesadilla con Javier Blanco, un director que no podía estar agusto con nuestro casting o con cualquier cosa. Tan siquiera hubieran sido comerciales memorables, entonces sus decisiones para mí hubieran sido entendibles, pero no era así, nada en la publicidad era así. Alguna vez, me quedé un rato en la productora donde trabajaba y vi un demo con los comerciales que había hecho en Argentina, esos si fueron buenos comerciales… Vaya, me he separado del tema. Estaba yo demasiado agusto con mi trabajo, la empresa estaba creciendo y era una delicia trabajar ahí, de alguna manera. Y también me convencí, en ese año, de abandonar mi carrera cuatrimestral y barata en sistemas computacionales. La Universidad de por sí no me gustaba y sólamente me estaba volviendo un alcohólico, donde cada tercer día me salía a beber con los compañeros. Mi madre, mientras tanto, seguía trabajando en el Instituto Electoral del Distrito Federal, donde, como una bendición, le pagaban por ahí de treinta y cacho mil pesos mensuales. Para una mujer en sus cuarenta y tantos años, que se quedó como eterna pasante, conseguir un trabajo así en México, realmente fue un golpe de suerte y mi hermano, bueno, estaba estudiando la primaria. A veces, Victor Hugo se quedaba a dormir con mi tía Imperio, mi tío Daniel y la abuela, quienes vivían juntos en un departamento. Antes, junto con mi tío Ángel, vivíamos todos en un mismo lugar, pero hubo discusiones muy fuertes por el caracter de mi mamá y porque mi abuela quería, en cierta forma, que ya cada quien hiciera su vida aparte del otro.
Empezamos a vivir como un núcleo. Éramos solamente mi hermano, mi madre y yo. Yo tenía ganas de seguir trabajando, no quería seguir estando en esa universidad porque la educación no era buena, porque sólo me gastaba el dinero de mi trabajo en beber y porque, sencillamente, no quería estar ahí. Cuando la abandoné no le dije a nadie, sencillamente la taché de mis horarios. No fue mucho tiempo después que mi abuela se enfermó, empezó como un simple dolor en los riñones y después continuó como que acabó en un hospital del seguro social. Mi hermano acostumbraba a comer con mi abuela, y que ella vigilara sus tareas, mientras yo y mi madre trabajábamos, ella con su sueldote y yo con mis cuarenta dólares por proyecto (y había, uno o dos proyectos a la semana, si bien nos iba). A veces me iba bien, a veces me iba mal, que siendo honestos, (mal) por mil seiscientos pesos mensuales mejor me hubiera quedado en mi casa, o hubiera terminado mi carrera y (bien) por tres mil y cacho pesos mensuales, mejor conseguía otro trabajo. Pero en ese momento si me gustaba el trabajo y me fascinaba el movimiento, la publicidad, las nalgas bonitas, me fascinaba todo. Quería más. Mi mamá, en cambio, me presionaba para que me hiciera cargo de mi hermano, para que lo llevara a la escuela, para que fuera por él, para encargarme de sus comidas y de su educación. A veces lo hacía, a veces no, a veces me quedaba dormido. Carillo entonces empezó a decir que cuando algo no estaba agusto con mi vida, sencillamente me quedaba dormido y era muy fácil en un trabajo donde no tenía horarios. Francamente, lo hice muy bien durante dos o tres meses, donde pude manejar a mi hermano, a mi madre y mi trabajo. Mi tía Imperio y mi tío Daniel también apoyaban con cuidarlo, se lo llevaban a un pequeño negocio que habían montado y él hacía ahí las tareas, y comía con ellos. Nunca fueron muy intrusivos, Daniel e Imperio aceptaban que estuviera en mi rollo.
Estaba lleno de trabajo. Daniel me comentó, dos o tres veces, de distintas maneras, que debía ir al hospital a ver a mi abuela, pero no tenía tiempo para hacerlo. Algún proyecto nuevo salía y también, sentía que no quería hacerlo. Tenía miedo de ver a mi abuela en un hospital y tenía ya, en ese momento, distintas presiones para dirigir de distintas maneras mi vida. A mis veinte años yo no quería que nadie me dirigiera. Fueron en esos meses que se formó mi instinto de preservación, lo que me impulsa a hacer las cosas porque quiero hacerlas, en esos momentos se hicieron varias de mis decisiones tajantes, lo que yo quería para mi vida y todas esas pavadas. Estudiar letras, por ejemplo, porque me gustaba. Seguir trabajando en publicidad, porque sentía yo que estaba aprendiendo y porque en ese entonces, empezaban a haber más proyectos y más dinero. Pero había poco apoyo. En mi trabajo me presionaban porque era como el padre de mi hermano y mi madre me presionaba con que no tenía que trabajar, que ella podía pagarlo todo… pero no era así, porque me daba el dinero cuando se le daba la gana. No había ninguna seguridad en alguna parte, no había ningún apoyo completo, fue en ese momento que estallé y mi decisión, tal vez la más importante y la más necia, de esas pendejadas que dirigen la vida, es que si alguna vez decidía meterme en una cruz, lo haría por mi y para mi, nada más. Si quería una mejor educación, la conseguiría yo. Si quería un mejor trabajo, lo conseguiría yo. Si quería ser el padre de mi hermano, sería porque yo lo quería y porque podría mantenerlo así. ¿Se entiende?
Todo eso pensaba ayer, mientras fumaba un cigarro y pensaba que me había puesto de necio con mi hermano. Todo eso pensaba ayer y mi abuela no me dejaba en paz.
Si bien, fui solamente una vez para ver a mi abuela y esa vez, platicamos poco. Me dijo que siguiera estudiando y me dijo que presentía su muerte. Yo no dije mucho, yo sólo la abracé, le di un beso en la mejilla y empecé a medio llorar. No me gustaba que la abuela pensara que se estuviera muriendo y ella no quiso soltarme, pero me hice a un lado, porque no quería que me viera medio llorando. Dejé el hospital sintiéndome mierda y mi hermano estaba conmigo. Al día siguiente, Imperio me amonestó, me preguntó que le había dicho y que había pasado. Le dije que nada. Entonces me explicó que a la abuela se le había subido la presión, que no pensara que en ningún momento estuvo mal mi visita, pero que tuviera cuidado que hablaba con ella, por la salud de ella. Y me sentí más mierda, y me prometí que ya no regresaría al hospital, si de todas maneras me regañaban, si de todas maneras hacía más maldad que bien. A los tres días, ella regresó a la casa y pensé que había sido tanto por nada, que no hubo ningún problema y murió la misma noche que regresó.
Y lo que pasó después, no tuvo alguna diferencia. Mi madre y yo seguimos trabajando. Imperio se fue porque quiso hacer su vida en otra parte y Angel regresó a vivir con Daniel. Lo que pasó después, fue que mi hermano se quedaba más tiempo solo, yo me quedaba dormido más a menudo. Mi madre presionaba más para que me quedara con él, pero ella no ofrecía ningún tipo de seguridad a cambio, si para dar dinero había que llenar doscientas formas y presentarse a tres instituciones. Y mi hermano se quedó sólo un tiempo, aprendiendo a cuidarse él sólo, aprendiendo a cocinarse él su comida. No es que no me hiciera cargo de él, tampoco era así de rudo, sencillamente pensaba que él debía hacer esas cosas por sí mismo. Que en algún momento le tocaría estar a sus anchas, donde le apoyaran nada más un poco, donde él tendría que valerse y ser un poquito cabrón, si verdaderamente quería algo. Pensaba que era mi lección para él, la más importante y me di cuenta de lo amargado que estaba, y que de veras, a veces cuidaba al niño como si fuera su padre, y otros días como si fuera mi carga. Fumando, en la reja, me acordé del momento en que los dos nos quedamos a ver la televisión y él me dijo que no le gustaba quedarse solo, que no me fuera. Entonces primero descargué toda mi frustración, todos los planes que tenía, y como todos me imponían otras responsabilidades. Lo hice con muchas palabras, como aquella vez de las hamburguesas y no podía explicarme, no podía decir lo que verdaderamente quería decirle. Y él sencillamente se enojó, y empezó a llorar. ¿Extrañas a la abuela?, atiné a preguntar, que creo era la única pregunta válida entre los dos, en ese momento, y él asintió. Lo abracé y los dos lloramos durante un buen rato.
Durante un buen rato.
Luego de ese día me prometí nunca abandonar a mi hermano. Y que si alguna vez mi vida tendría que funcionar en base a alguien, aparte de la mujer que amo, sería por él. Por él.
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Enero 20, 2006 — Familia, Fractal Chaos, Mi abuela, Niño viejo, Paranoidefobico.
Escrito por Agustin Fest.
Si trato de acordarme de aquella ocasión en que mi abuela me llevó con Narayanath, lo único que puedo visualizar aparte de la pelota roja de goma, es su departamento en el centro, que a mis cuatro años me parecía tan grande como el interior de un templo, y cada que lo recuerdo, regreso a las enormes paredes forradas de libros y las columnas de periódicos, interminables, apilándose una detrás de otra. Cada que recuerdo a mi abuela, sentada y callada, con la mirada penetrante que doblegaba al ser humano más culto, mirando como Narayanath congeniaba con su nieto, vienen a mi memoria los papeles que llegaban hasta el cielo y el olor a naftalina, y la sonrisa de Narayanath, que más tarde, se contagiaría de manera inexorable, por los genes o la costumbre, a todos los varones con un Salazar en su apellido. Ese recuerdo, de manera inevitable, me obliga a pensar en las hojas de otoño y en el frío del invierno, en un día aburrido de verano, pero jamás en la primavera, a menos que sea un domingo de Marzo, y aunque es una imagen fascinante, siento que muero un poco cada que recurro a él.
Y es un recuerdo vago, difuso, cuyas partes seguro he inventado mientras más han pasado los años. Seguro que lo he completado con experiencias recientes. Es un recuerdo que probablemente no exista como yo lo imagino. Es como una esperanza, como que mañana no se presentará el profesor y no nos hará el examen para el que no he estudiado, o no pedirá las tareas que no hice. Ese recuerdo es sentirme impreciso, difuminado, enamorado. ¿Enamorado… de qué?
Hace unos días, mi hermano y yo hicimos unas hamburguesas. Preparamos la carne como la abuela nos enseñó a prepararla, porque la abuela no nos alimentaba con porquerías a menos que fuera a su manera. Desempacamos la carne molida y la pusimos en un traste hondo, rayé algo de zanahoria, piqué un poco de cebolla, y se lo agregamos a la carne. Luego, echamos unos cuantos huevos crudos para que la carne se mantuviera en su posición, algo de sal, y un poco de ajo en polvo. Cuando quedó, finalmente, condimentada a nuestro gusto, amasamos la carne entre nuestras manos, porque así lo hacía la abuela, con las manos grandes y sin miedo a la consistencia. Hicimos bolitas aplanadas de carne y la echamos al sartén con un poco de aceite. Compramos los panes, les pusimos mayonesa y catsup, queso amarillo. La abuela les hubiera puesto queso Oaxaca, y nos hubiera pedido aguacate, picar jitomate y algo de perejil, pero como la abuela no estaba y la verdulería estaba cerrada, nos permitimos saltarnos esos pasos.
Quedaron muy buenas y después preparamos más, para que cenáramos todos.
Y en eso, me di cuenta que mi hermano empezó a usar una pala de madera, alternándola entre la carne cruda y la carne ya frita. No sé con que tono le dije que eso no se hacía y se enojó bastante. Llevaba ya dos hamburguesas hechas. Al sentirme ignorado, me encendí y también me enojé con él. Empecé a preguntarle si se daba cuenta de lo que estaba sucediendo, y él solamente insistió con que él se comería esas dos hamburguesas, que ya no le molestara. Le respondí que no, que me las diera, que ya las iba a poner el pan y que siguiera preparando las hamburguesas así, que daba igual, que la carne molida a veces se comía cruda, como en la tártara. Y él me volvió a responder que no, que él se las comería y me arrebató el plato. Discutimos durante un rato. Le insistí que no se usaban los mismos trastos para la carne cruda y para la cocida, o frita, o como fuese. Y él sólo supo decirme que se comería esas dos hamburguesas. Y no fue hasta que le pregunté porque andaba tan mamón conmigo, que ambos nos quedamos en silencio y esperamos a que hablara el otro. Las entrañas se me hicieron espiral, no sabía si me estaba sintiendo mal por alzarle la voz a mi hermano (y lo dice alguien que nunca se enoja tanto como para alzar la voz) o si me hacía pedacitos que me estuviera ignorando, tirando de a loco (y lo dice alguien que, a pesar del blog, no busca tanta atención como parece).
Entonces empecé a hablarle como adulto. Regresé a aquella confusa etapa donde parecía el padre de mi hermano.
Me escuché abrir la bocota—: No se trata de que te las comas, se trata de que me entiendas. ¿Si sabes qué pasó aquí? ¿Estas consciente de por qué estamos discutiendo? —No. —Estamos discutiendo que estas haciendo algo que no se debe hacer. ¿Seguro que sabes qué pasó aquí? —Que cometí una estupidez —No te estoy pidiendo que te comas las hamburguesas. Estoy pidiendo que me hagas caso. —Entonces mi hermano quiso que me hiciera un lado para irse de la cocina, pero no se lo permití, lo empujé con mi mano—. No se trata de que te las comas y te enfermes de cualquier chingadera que te pueda dar por comer carne cruda y que te de una diarrea de los mil demonios o que te pinche mueras. Dame la carne y ahorita se va a la basura. No importa. Al fin y al cabo hay más carne.
Mi hermano estaba llorando, no sé si por la cagotiza o por el coraje. Y yo estaba sintiéndome absurdo, y pendejo, por haber alzado la voz y no decir lo que en verdad quería decirle. Primero, no le negué que hubiera hecho una estupidez y no le dije que la estupidez la hubiera hecho si se hubiera comido así la carne. Segundo, lo que quería explicarle es que si no había de otra, y por necio él comía hamburguesas de esa manera, entonces, mínimo, yo también me comería así las hamburguesas, que si se enferma uno, se enferma el otro. Hermanos. Me salí a fumar, mientras miré como él se fue a la azotehuela, que no quería ni verme, ni aguantarme. Y yo sin saber como explicarle que yo también hacía eso cuando juzgaba que cometía una estupidez, como aquella vez cuando me compré un Yomi Lala y me pareció vomitivo, pero me lo tragué todo por varios motivos: porque vivía solo, ganaba poco dinero y en verdad, no quería desperdiciar aunque fuera remedo de comida. Y la más importante, para aprender que ESO NO y no volverlo a hacer, como niño chiquito, como necio orgulloso. Por un momento pensé que por ello se quería comer las hamburguesas… el gen familiar del orgullo.
Y al final… él se quedó un rato en la azotehuela y regresaba a la cocina, para darle la vuelta a la carne, mientras yo fumaba un cigarro afuera, y pensaba como decirle todo eso sin alzar la voz.
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Enero 18, 2006 — Consumidor de Entretenimiento, Fractal Chaos, Notas aleatorias, The Net.
Escrito por Agustin Fest.
Y me quedé pensando un rato, siempre pensando. Y si, ya tengo cigarros.
Antes me preocupaba por la blogósfera, o por las personas que escribían a su alrededor. Antes pensaba que éramos un universo muy bien definido, entonces me inmiscuí y abandoné el mero hecho de observador para también convertirme en un actor. Y la blogósfera creció, solita y lo sigue haciendo, y ya grandota, me convirtieron en una especie de portavoz. De repente, mi blog influía enórmemente en nuevos blogs, así como mi blog era una oportunidad para que otros fueran visitados de manera regular. Por eso mis visitas aumentaron y por ello, más gente me comentaba aunque fuera una tontería. Mamonería aparte, nunca me ha gustado eso, cada quien se gana el mérito que merece, por lo mismo no me dedicaba a borrar los comentarios que me parecían insulsos o que no tenían sentido con el post. Si ganaban un par de visitas a mi costa y sus textos eran lo suficientemente relevantes para el visitante (y el propio autor), entonces todos salían ganando (lo que fuera: conocimiento, diversión, información, un nuevo amigo, un fuckbuddy, whatever). Los visitantes que me intentaban usar de trampolín, se vieron repentinamente frenados al no darles una respuesta (que supongo esperaban) y yo abandoné mi status de “trampolín al millar de lectores”. Creo que funcionó, ahora pocas personas me visitan y, espero, se dedican a leer lo que aquí se escribe. Ahora los pocos comentarios que me dejan me aportan una diversión, no una presión por ayudar a que te visiten, o por hacer crecer la comunidad, o por enseñarte como se hace tal y tal. También por eso la creación de “Ramas”, para redireccionar las ansias de “fama” a otro lugar.
Ahora me siento como un “blogstar retirado” y eso, de alguna forma, esta bien. Menos presión social internetesca para amamantar chamacos.
En este momento, que he perdido la influencia que tenía sobre otros y como esos “otros” han crecido exponencialmente demasiado (o nos han abandonado al cementerio blogger), donde ya no se sabe quien es quien en la blogósfera, siento un poco de inseguridad (ajá). Más bien, el mero hecho de mirar el crecimiento exponencial de la blogósfera, me da inseguridad (ajá). Puede ser que, al haber perdido mi trabajo y pronto regresar a la escuela, bajo la premisa de terminar una puta carrera, me da inseguridad (ajá). Más bien, el crecimiento irrisorio de los blogs de gente necia que intenta definirse como portadores de verdades absolutas y universales, bajo la condición de que el blog les da una libertad de expresión y contaminan al que se deje con su discurso, con su opinión que necesita ser escuchada, me da inseguridad (ajá). Tal vez, descubrir que escribir un blog es más divertido que serio, que escribir y representar mi vida en línea es más diversión que seriedad, me da inseguridad (ajá). O me espanta que, los blogs que cada vez crecen más, poseen unas horribles faltas de ortografía, moral y buenas costumbres y se valen de un humor, más bien, escatológico, igual que los programas de televisa o peor aún, que los gringos, pura inseguridad (ajá). Me asombra la cantidad de lectores que puede tener uno de esos, también me asombra que ninguno de ellos considere las posibilidades educativas, el poder mediático, el alcance que tiene una de estas chingaderas, eso es lo que me da algo de inseguridad (ajá).
Cada quien usa la herramienta para su beneficio, pienso. Y México lo esta usando para demostrar el estado actual de su cultura. Después de todo, aún escribiendo lo más divertido, lo más hakuna matata, lo más inocentito con sus destellotes de buen y facilote humor, es un reflejo de lo que estas viviendo. Un reflejo de tu persona, un reflejo de tu estado, un reflejo de tu país, un reflejo de tu pinche madre, un reflejo de tu educación y así, nos vamos hasta el infinito, que todo lo reflejas.
Ahora me lee poca gente y tengo, más o menos, un buen radar de quienes me leen. Sé que con ellos podría tomar una cerveza tranquilamente (que de por sí, no tomo) y discutir sin ningún problema de que alguno, en su desinhibición etílica, quiera demostrar que es más o quiera lamer botas. O ambos, en el peor de los casos.
Eso es la blogósfera… es un barsote de gente. Y esta opinión tan vaga y general, no sé porque la escribo, pero me prometí que escribiría más a menudo, aunque fueran idioteces como esta.
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Enero 18, 2006 — Casting, divier-tt.
Escrito por Agustin Fest.
Hola ,me llamo milena y saben me interesaria partisipar en esas cosas yo creo que soy muy perfecta para recordarme de todo lo que me digan soy muy intelijente y me gustaria que me dieran una oportunidad no se desepsionaran de mi porque yo demuestro lo que soy y loque puedo haser soy muy abil y mucha energia ,desidida, de mi misma y segura de mi misma soy demasiado positiva y en dios confio grasias ,por su apoyo que dios le conseda mi respuesta Bay grasias.
—Milena, comentario en “El Universal hablando de Casting”.
Con este comentario no pude evitarlo. No pude evitar leerlo tres o cuatro veces, no pude evitar un poco de intolerancia. Pero por otra parte, me animé. Puede ser que una persona con tan gracil ortografía y construcción de oraciones, sea rubia… y buenísima, así que le he enviado un mail respondiéndole a su comentario, y a su vez, preguntándole: “¿Estas buena?”, en espera de que envíe una foto y de que se la presente a Carrillo, y entonces la haga una modelo famosa que me patrocine las hamburguesas durante un tiempo.
Voy a dejar de fumar una semana, nomás para ver que pasa.
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