Entradas escritas en Diciembre, 2005 ↓

80.

Los cuervos…
ya cercana la Navidad,
reflexionan.

Son ochenta, según esto,
pero no podrían asegurarlo,
no saben contar.

Piensan en el pasado,
en sus acérrimos enemigos,
como el espantapájaros, señor botones…
—aquel, que Mamá Cuerva se las arregló,
para robarle tres y
convertirlos
en tres…

También, piensan en las gallinas
—las negras—,
y en el puto cacto
[Bob, mucho gusto].

Los cuervos…
reflexionan y…
vaya,
no tienen amigos.
Sólo se tienen unos a otros,
como una gran familia.

Los cuervos saben,
como todos nosotros,
que la Navidad se acerca.
Y se ríen un poco.

2. Descenso.

El negocio de Almaguer poseé tres cámaras, cuidadosamente ubicadas alrededor de la cama. Estas mandan señal a tres computadoras, que capturan lo que sucede en una noche y luego, dos editores se encargan de recortar y de agregar efectos breves, a veces títulos. También le paga a dos fotógrafos para que tomen capturas de lo que esta sucediendo en el colchón, con cámaras grandes, de esas de once megapixeles y que hasta fotografían el pelo en la pata de la araña. Los fotógrafos entregan el material a los editores, para que ellos “limpien” las fotografías. A mi, supuestamente, me pagará dieciocho mil a la quincena para escribir lo que pasa, del día a la noche de lo que sucede con sus hard workers, cómo él los define. Si a mi, en un trabajo inútil como ese, me paga dieciocho mil pesos por solamente mirar… ¿cuánto le pagará a los fotógrafos o al editor? Cuanto dinero… ¿quiénes serán los clientes que pueden sostener un negocio como este? Y aunque es bastante obvio lo que sucede, ¿en qué consiste el negocio exáctamente? —29 de Noviembre 2003.

Eso lo escribí la primera noche, donde Almaguer me presentó a los fotógrafos y a los editores. Eran hombres bonitos, como él, sin ninguna arruga extra en la cara y la piel limpia. Olían bonito. Supuse que eran sus amigos, conocidos, gente que compartía el gusto por el negocio en el que estaban inmiscuidos. Escribí sus nombres, pero ellos no se veían dispuestos a socializar conmigo, tal vez por órdenes de Almaguer. Sólo nos saludábamos con la mano y a veces de nombre, cuando empezaba la jornada, y después cada uno regresaba a sus casas (excepto yo, Almaguer y el grupo, Luxus, pero eso viene después). Incluso me encontré a uno de los editores, uno que le decían Linus, y para él fue un episodio vergonzoso mirarme en Galerías Insurgentes, comprando unas pilas recargables para mi cámara. Al notar su incomodidad me hice el que no le conocía, pero no fue suficiente porque desapareció, escondiéndose entre la gente, caminando a otro lugar donde estaba seguro que no nos encontraríamos. Fue entonces que comprendí que Almaguer me tenía aparte de los editores y de los fotógrafos. Aunque compartíamos la labor de registrar, yo estaba separado de ellos.

Almaguer me invitó la misma noche del regaderazo. La primera noche, cien noches. En su carro, un BMW azul, me platicó que tenía un trabajo para mi, que podría escribir para él si quería, que necesitaba alguien que guardara un registro personal de las cosas, de sus trabajadores, de Luxus, porque le parecía un buen servicio al cliente y porque de alguna manera, eso querían, o eso pedían sin saber como pedirlo, porque de esos se trata, me dijo Almaguer, de buscar en los clientes lo que piden, y si no lo piden, insistirles en cuánto lo necesitan. Yo me encogí de hombros, aún estaba amodorrado por el alcohol, por el dolor de cabeza, medio preguntaba cosas como que había hecho de su vida, que cómo me había localizado y él no me respondía, seguía insistiendo con que yo escribiría para él, claro, si yo quería, y cuánto me pagaría. No tenía trabajo en ese momento, pero no pensaba en dinero. Aún me quedaba mucho dinero en la cuenta (por supuesto, lo suficiente para una boda, la primera, para la mujer de mi vida). Un BMW paseando en las Lomas, un saco Armani ¿o Guess?, aventado ruidosamente en la parte trasera del coche, dieciocho mil pesos quincenales, un poco más de lo que ganaba en mi trabajo antes de que me corrieran por bebedor, por las faltas, porque ella me dijo que no quería casarse.

El BMW se subió a la banqueta y se estacionó frente a una entrada. Me le quedé mirando y recordé cuán engañosas eran las casas de las Lomas, con sus entradas grandes, fuertes, robustas, como de fortaleza y por dentro se extienden terriblemente, como si fueran un mundo dentro de la ciudad pequeña que les mantenía. De noche, las casas de las Lomas eran peores, caras pero lúgubres. Trescientos veintiuno, decía el número de hierro, y el portón de madera. Almaguer apagó el motor de su coche, las luces y descansó las manos en el volante, puedo decir, que aquella noche, le restaba un poco de humanidad o se acordó de aquella mentira piadosa, de nuestra supuesta amistad. No duró mucho tiempo porque le brillaron los ojos y su cara limpia presentó al empresario, al político.

—Ya llegamos a la casa. Antes de presentarte con el grupo, necesito saber si quieres hacerlo. Me gustaría que fueras tú, por los viejos tiempos —me dijo Almaguer. Yo me le quedé mirando, sentí una acidez en la garganta, una pequeña jaqueca, mis ojos se estaban resbalando suavemente por la cuenca.

—No entiendo nada. No sé que quieres de mi.

—Quiero que escribas, como en la preparatoria. ¿Te acuerdas?

—¿Estas dispuesto a pagarme tanto por escribir? ¿Y de qué voy a escribir? —pregunté. Luego recordé que en la preparatoria escribía pura porquería, por eso me hice ingeniero.

—Tienes que decirme que sí o que no, primero. No te vas a arrepentir —suspiró, luego sacó un cuaderno bonito de alguna parte de los asientos traseros del coche, forrado de piel, me lo entregó y me dio una pluma fuente que estaba en el bolsillo de su camisa—. Ten, no vas a poder decirme que no.

Tocó el claxon y se abrió el portón de madera. Dos vigilantes armados saludaron a Almaguer y yo recordé que era hijo de licenciados. Manejó unos metros, miré adelante y había una casa… no, no era una casa, era una mansión. Cuando ves que uno de tus amigos te lleva a una mansión, primero piensas que le esta yendo bien y luego recapacitas. Cuanto se jode uno por rentar un departamento, comprar un coche a pagos, ahorrar para casarte, sin quebrar la ley, y te das cuenta que uno de tus amigos ya se pudo haber casado tres veces, puede tener tres coches en el garage y además, tiene una mansión, cuyo mantenimiento debe costar diez veces lo que me cuesta pagar mis servicios, o dos veces una renta en algún lugar mediocre. Me acaricié la frente y me sonreí.

—Quiero que escribas para mi y si aceptas, vivirás aquí. Mi gente ya debe estar en tu departamento, recogiendo tus cosas, nada más estoy esperando a que te decidas. Te pagaré como hemos acordado. Como todos los del grupo, hay un chofer que comparten o puedes pedir un taxi si quieres salir. Puedes invitar a quien quieras, incluso hacer fiestas, pero tienes estrictamente prohibido hablar del grupo con gente ajena a él.

—¿Cómo puedo hablar algo de lo que no conozco?

—¿Eso es un si?

—Lo pensaré —dije, haciéndome el interesante. Almaguer sonrió con mi respuesta, en ese momento ambos supimos que yo había aceptado mi descenso. Se estacionó, nos bajamos del coche y entramos a la mansión.

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1. Almaguer.

Cien noches, pensé, cien noches solamente y entonces regresaré a casa. La primera noche, de haber sabido eso, las cosas hubieran sido diferentes hace dos años. Hoy se cumple el segundo aniversario de aquel día, y me encuentro revisando cada uno de los diarios, esos horribles cuadernos de anotaciones breves, de poemas insulsos, de los textos que me pedía Almaguer, y las anotaciones que pretendían aligerar la carga de aquellas noches con sus días. Cien noches… fueron cien noches exactas, hoy lo acabo de comprobar a través de una lectura concienzuda de las bitácoras (Cuatro y un tercio, en total). Nada más fueron cien noches y, no quiero admitirlo, pero fueron como una vida entera. Hoy me encuentro aquí, reescribiéndolo, tal vez con ello logre ordenar la mayoría de las anotaciones, si tengo mucha suerte podré expiar la culpa. Es eso o la bala que me espera desde hace dos años. Dicen que uno escribiendo resucita, que uno escribiendo puede alcanzar la catársis, la luz, el entendimiento, Dios… si, si tengo mucha suerte podré expiar la culpa.

Almaguer y yo nos conocimos en la preparatoria. Algunos pensaban que éramos como brothers, pero él y yo sabíamos que no era así. Más bien éramos rivales que se tenían respeto por las habilidades, por la condición, que poseía el otro. Claro, era una escuela marista, entonces era fácil para nosotros disfrazar la rivalidad con camaradería, inclusive con amistad… hermandad, en el peor de los casos. Por esas habilidades que adquiere uno en una escuela marista es que somos confundidos con una pandilla. Tal vez, Almaguer y yo, llegamos a creer que fuimos verdaderos amigos en algún momento… era una mentira piadosa. Conforme pasaron los años, descubrimos la verdadera naturaleza de nuestra relación. Que él me dejara en su coche, que yo le ayudara con español y literatura universal, mientras que él me explicaba matemáticas y anatomía, que yo le pagara con unos cigarros y él me ofreciera uno, que jugáramos dominó nunca como pareja, sino el uno contra el otro retando al perdedor a pagar las hamburguesas. A veces, Almaguer era el testigo de mis textos, o mis bocetos de pintura y cuando terminaba de leerlos o de admirarlos, ambos con la misma brevedad, me comentaba de sus números, de sus planes, de su próximo viaje a Europa.

Él era hijo de políticos y yo de licenciados. Estábamos condenados. Cuando se acabó la ilusión de la preparatoria, cada uno partió caminos y se olvidó, yo me hice ingeniero en informática y él… esta escrito en esos cinco cuadernos.

Hace dos años, Lorena me abandonó porque pensó que era muy temprano para casarnos, porque sus intereses eran otros, porque ya no le gustaban mis lentes o por mi cuerpo flacucho. Era la segunda mujer más hermosa que mis manos hubieran tenido. No fue por dinero porque no ganaba mal. Por alcohólico no fue, porque empecé a beber cuando ella me dejó. Y no fue por mi cacto, ni por mis perros, porque no tenía nada de eso. En algún momento pensé que fue por Almaguer, o por Luxus, pero ya no tiene caso culpar a nadie y yo también formé parte de ello. El único culpable de sus acciones, y sus reacciones, es uno mismo… no hay de otra y ya.

En noviembre del dos mil tres, Almaguer vino a mi casa y lo primero que hizo fue meterme a la regadera. Yo todavía no terminaba de reconocerlo, cuando de golpe, con los chorros y el frío, mi boca parió todos los recuerdos distorsionados por el enojo y la borrachera. Él sencillamente me miró sonriendo y le brillaron sus ojos azules, su cabello castaño púlcramente peinado, sus zapatos gucci. Aunque tenía toda la cara para hacerlo, me enteraría después que no pretendía ser político. A ratos, cuando estudiaba en la universidad, me preguntaba cuando vería la contaminación visual que significa ser diputado, papeles y papeles con la cara de Almaguer, y me sonreía. Si él hubiera decidido ser político, no estaría contando esto y no hubiera escrito cinco cuadernos con porquería, manchados de semen, de fluídos, de saliva, de poemas insulsos, de anotaciones, de Lorena, de Azul, de Horacio, de Marcos y del Negro… de…

Azul.

—Vengo a proponerte algo, ¿te acuerdas qué te gustaba escribir en la preparatoria? —preguntó Almaguer, mientras me ofrecía un café y me sonreía con dientes que brillaban al primer contacto con la luz. Después de tantos años, embriagado aún con Lorena y Johnny Walker, venía el cabrón a recordarme que me gustaba escribir en la preparatoria. Me le quedé mirando durante largo rato y cuando descubrí que él podía sostener la mirada tanto tiempo fuera necesario, decidí preguntarle: ¿Qué?

—Tengo un negocio privado y necesito alguien que escriba —Hizo una pausa—. Necesito alguien que escriba como tú.

Cinco cuadernos… cien noches.

Cien noches solamente y entonces regresaré a casa.

Soumaya.

Gracias a B3co y sus fotos en flickr, me dieron ganas de ir al Museo Soumaya, así que me llevé mi hermano, mis últimos cien pesos, y nos empapamos un poco de cultura. Yo siempre he sido muy malo para ir a los museos, porque no anoto nada y la mayoría de las cosas se me olvidan… por ejemplo, el nombre de las obras o sus artistas. Aunque, gracias a los años (jie), (realmente) aprecio distinto el arte clásico, sobre todo si a pintura y escultura se refiere. La sala de Julian Slim (con esculturas de Rodin, en su mayoría) fue, sencillamente, increíble.

Tres

Arquero

Victor Hugo (mi hermano), en cambio, miraba las pinturas y me decía—: Ese sería un buen stage de MUGEN. O bien, miraba una escultura y me comentaba—: Oye… ¿Rodin esculpió esa mano haciendo huevos? Ajem… si, apreciar el arte, o algo así, toma sus años (al menos callarse lo evidente, supongo).

El calvario

La mano

En fin, si eres del DF o si te animas a venir, estas cordialmente invitado a visitar el Museo Soumaya… sobre todo ahorita que tienen su exposición temporal “Seis siglos de arte, cien grandes maestros”. Ver al Greco a un metro de distancia nunca hace daño. Diez varos la entrada y así te evitas mirar mis fotos que parecen como la versión pirata.

El amor secreto

(Y un regalo para mi novia, a pesar de mis fotos chafas y todas movidas… le dejo a San Jorge [en sus dos representaciones]).

San Jorge

El dragón

San Jorge - Dali

Umija.

Así pasa que uno se fija, cada vez menos, en los comentarios, en las ligas, en todo lo demás. Ese hervor social que significa internet, gente que no somos nadie (leído en un comentario, en el blog de maese WOM), podemos ser alguien, al menos en una comunidad virtual. En una comunidad como los blogs. A lo largo de tres años he tenido mis aciertos, y mis desatinos, sé más del netiquette que de literatura o de publicidad. Yo pensaba en el poder de convocatoria, en las ganas de ser famosito con uno de estos, hace tres años, cuando abrí este coso. Pero lo único que descubres, a lo largo de los años, es que inevitablemente sigues siendo lo mismo, independientemente del alguien o del nadie. Ya que se te acaba la vanidad, o la novedad, cuando al año (o dos) se te acaba la influencia del diablo, y cuando la gente deja de exclamar cuanto eres o cuanto no eres (porque en tres años, menos atención le prestas), sólo quedas tú mismo y ya no sabes de que estas escribiendo.


Es obvio que sabes. Te escribes a ti. Y es bien sabido, que te puedes gustar mucho o pensar que eres una basura. Un neuras como yo no escribe y ya, un neuras como yo escribe según el nombre (de mil), que se haya despertado en el día.


También, pienso que por eso es difícil mantener un blog personal, creo que es el más difícil de todos, porque te expones y descubres cuanto influyen los demás en ti. Hay un descubrimiento personal de cuanto su deseo que seas puede influir en tu percepción y cambiar tu día. Más allá de un poema o de una canción, la opinión del otro afecta, aunque sea para reafirmar tus principios, tu esencia o ese yo interno. Pero eso es obvio, porque nuestra educación nos pone dentro de un escenario social, el tener un blog, uno personal, es tan sólo otro de tantos niveles de ese escenario. Mejor aún, es un escenario mundial, donde un español o un argentino puede leerte y comprender a medias lo que el mexicano dicharachero cantinflesco dice. Supongo que por eso abren tantos y cierran muchos, después de unos días. Otros aguantan su par de años antes de cerrarlo. Descubren, eventualmente, que siguen siendo ellos y que estan expuestos, sin importar que el blog del vecino le eche porras o que el troll lo haga pedacitos día a día.


A mi no me gusta lo que veo todos los días, pero me gusta eso de escribir, regularmente. Es una manera de confrontarme a mi mismo, o de confrontar dos personas, la que vive y la que escribe. De no gustarme eso de escribir, o de no gustarme vivir, ya lo hubiera cerrado.

Babummm!!! Aeja!

Ayer hice a enojar a Sol María, discutimos, y en consecuencia sacamos enfrente un par de cosas que nos enojan el uno del otro, ¡pero es qué a veces me desespera!


Si… si hay una nueva vecina. La bronca es que siempre la veo vestida y en el pasillo. No hay manera de ver su ventana, sin parecer un stalker pro.


Eso de vivir en un bosque, lo pienso… me encantaría ver animalitos, si, ardillas, tal vez, un oso inclusive (más citadino no podía ser). El problema de vivir en un bosque, es que, no habría vecinas que ver por las mañanas, o en las noches, en ropa interior, vistiéndose, y sus ventanas, a través de ellas, las promesas del voyeur, ese que sólo mira y nunca cumple, que pretende apreciar la belleza (yo, como voyeur masculino, heterosexual, aprecio la belleza femenina, sin discriminar sus preferencias sexuales). Y sería peor en invierno, lo del bosque, porque habría nieve, entonces disminuyen (bastante), las probabilidades de que pase corriendo alguna jovencita (dieciochos [tal vez dieciseis] - veintiunos) corriendo por el bosque, en ropa interior.

Si podría vivir en un bosque, pero tendría que sacrificar eso… sniff.

Menina.

Cuendo sueño contigo, pueden ser tres cosas.

  1. Te extraño.
  2. Algo te pasó.
  3. Me siento culpable por algo que te hice.

Pero nunca las tres al mismo tiempo. Al menos nunca me ha tocado.


Blogueratura ha convocado … ehm. En mi humilde opinión, yo creo que antes deberían echarle una manita de gato al portal que -pretende (ummm, leí eso y me fijé que se leía demasiado mamón, mejor lo cambio)- une a varios de nosotros, literatos panfletistas (ay que mono). En fin, blogueratura ha convocado a elegir a los diez mejores y esta es mi lista, ordenada por el google reader. Son quienes más me entretienen, aún por su brevedad, o por sus apariciones/desapariciones, o por frases de esas que apendejan, o por preguntar la hora. Los he ordenado conforme se fueron presentando en mi Google Reader.

(Esto es como el “Día de presentar a mis blogueros que me caen de poca”, que algún cabrón por ahí estuvo anunciando como en chingo mil blogs. Nomás dejaba medio comentario, dizque relacionado con el post y luego dejaba su pinche anunciote. Igual al spam, igual al spam).

  1. Ánima Dispersa.
  2. Humphrey Bloggart.
  3. Relataduras.
  4. We love your audience.
  5. 365 Traducciones.
  6. Omeyocan.
  7. Recuerdos Inútiles.
  8. Asakhira.
  9. Apostillas.
  10. Ombloguismo.

No sé a que categoría pertenezca cada uno, como soy lector fan… de esos, fan mal pedo, que poseé sus fotos y sus direcciones y demás (nah, en serio que no), para mi son personales y porque más de una vez, en sus letras (o en letras de otros), he encontrado sustancia. Me han faltado nombrar otros como Et in arcadia ego (quien no esta registrado en blogueratura) y Lumbre Culebra, y seguro otros que se me olvidan.

So, que tengan un buen día, o una buena semana.