Entradas escritas en Diciembre, 2005 ↓
Diciembre 29, 2005 — Cien Noches.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando abrí los ojos, Eva todavía estaba ahí, usando una de mis camisas como única ropa. No había tenido sexo con ella, o no lo recordaba, no sé cuánto había bebido. Cuando abrí los ojos, busqué mis lentes pero no los encontré, vi el borrón de Eva con una taza de té, sentada en el sillón conmigo, mis piernas en las suyas, su otra mano sostenía lo que parecía un cuaderno. Si mis instintos no me engañaban, era uno de los diarios que contenían lo más sorprendente en mi vida, lo más inesperado. Aquellas cien noches que empezaron a registrarse. Mi cumbre y mi fondo. Cerré mis ojos y escuché la taza de té aterrizar en la mesita. La mano de Eva empezó a acariciarme las rodillas y después el vientre. Me dolía la cabeza, no quería hablar, sentía las colillas del cenicero en la garganta. Cerré los ojos y traté de dormir, mientras sentía como me cosquilleaba el vientre, con los dedos de Eva toqueteando juguetónamente el cierre.
—La noche del Francés —leyó Eva en voz alta—, me hizo comprender donde estaba, que esto iba en serio. Al mirar la facilidad con que compartía su sexo con uno, y que esto podría estarlo haciendo con otros, y como esto lo hacía por entretener a un grupo de gente, me hizo comprender que incluso algo tan íntimo podía ser fingido o actuado. Entendí la estrechez de mi mente y entendí que lo mío siempre sería privado, si acaso dos personas nada más. Comprendí que yo siempre sería un espectador o un actor discreto, que yo no sería capaz tocarle las tetas para inmediatamente después, sonreírle a la cámara. Yo no sería capaz de grabarnos un video para disfrutarlo con los amigos. Todos notaron mi silencio, mi rigidez. Marcos no dejaba de ofrecerme una soda, sonriendo un poco, no sé si sentía pena por mí o si se estaba burlando, como Almaguer —Eva suspiró, abrió el botón de mi pantalón, subió mi playera, me acarició el estómago—. A los pocos minutos, entré a tu habitación, ¿recuerdas? Y te pregunté que te había parecido.
Entrecerré los ojos, Eva continuaba siendo un borrón. Mis lentes, quería mis lentes y mi vientre cosquilleaba en respuesta a sus caricias. Me dolía la cabeza, lo que menos deseaba era recordar la noche del Francés. Eva dijo que se quedaría una noche la tarde que llegó a verme, sin embargo, de buenas a primeras, al siguiente día me pidió permiso para quedarse y que no quería un hotel. Que procuraría no molestarme, que estaría cenando varias noches con viejas amistades y que si quería, podíamos cenar juntos el veinticino o hacer algo, lo que yo quisiera. Estaba borracho como siempre y me sentía solo, así que no pude negarle nada. Mis padres habían muerto hace unos años y no tenía a nadie para festejar. Si acaso acepté fue para no quedarme solo. La presencia de Eva fue muy discreta, tal como ella lo prometió. El veinticinco aceptó acabarse una botella conmigo, mientras escuchábamos música navideña y nos reíamos, contando chistes estúpidos.
—Creo que estabas escribiendo esto cuando te lo pregunté —dijo Eva—, porque cerraste la libreta, me miraste como si fuera una rareza y me expresaste que te había parecido muy bien de la manera más seca posible. Yo me reí como nunca al ver tu cara, los del grupo me habían contado como te habías puesto, pero al verlo tan cerca no me la creí. ¿Piensas hablar de eso en tu bitácora también?
—¿Cuál?
—La de internet.
—Oh, has estado ocupada —le dije—. ¿Te molesta que lo haga? Incluso te cambié el nombre.
—No me molesta, si con ello abandonas la idea de usar esa pistola mejor.
—¿En serio quieres detenerme?
Vi el borrón de la sonrisa de Eva.
—Siendo honesta, no creo que tengas el valor para hacerlo, así como no tienes el valor para negarme lo que estoy haciendo, así como no tuviste el valor para negarme aquella noche que me envió Almaguer para tranquilizarte —la borrosa mano de Eva bajó el zipper, o la cremallera como dirían en su patria y buscó debajo de mis pantalones, sentí su mano fría, tranquilamente empezó a acariciarme por encima de la ropa interior. Tenía razón, no pensaba decirle que no, el cuerpo lo haría, me dolía la cabeza, estaba crudo, no se me levantaría nada—. Nunca has tenido el valor para hacer nada, es por eso que estas donde estas, pero no vengo a deciros mi verdad sobre ti. Aunque estas escribiendo la bitácora en la internet y es distinto a lo que leo aquí. Puede que te cures. ¿Quieres qué me quede contigo hasta que termines?
Los ojos borrosos de Eva estaban mirando a los míos, hice una mueca, no sé cual y ella solamente se rió. Sus dedos jugaban al gato encima de mi ropa interior y, aún esperando que mi cuerpo se negara para evitar decirle que no, este se rebeló e hizo lo que quiso, ella lo tomó con sus dedos, por encima de la tela y empezó a masajear. Aquella noche, cuando Almaguer la envió a tranquilizarme, si tenía lentes y pude empalmar los recuerdos. Pude empalmar su rostro, su cuerpo solamente vestido con una bata, estaba nervioso todavía por lo que había visto con el Francés, no podía dejar de imaginarme su mirada retándome, el arco de su espalda retorciéndose, sus gemidos.
—Quítate los pantalones, es una polla y ya. Me dijo, muy seriamente, Eva. Pío Pío. Y luego no escribiste lo que pasó después, pero te lo puedo recordar. Puedo recordar tu rostro sólido, tu vaso de whisky a medias, tu cigarro consumido, el silencio que me respondiste. Me quité la bata, me acerqué a ti y me arrodillé. Te rodeé las nalgas con mis brazos, te acaricié con la cara y tú seguías rígido en todo el cuerpo. Desde entonces hasta hoy, la rigidez existe, en algún lado, yo creo que en tu espíritu, si tal cosa existe. ¿Hay alguna manera de suavizar tu espíritu? Y restregué mi cara contra tus pantalones, hablando de rigidez… y podía sentirla, podía sentir el calor que emanaba de allí dentro. De lo que se perdió la putita aquella, ¿Lorena dices? Porque pude intuir de que estabas hecho, pude intuir con tu sexo, traspasando el olor a whisky, atravesándote por la piel. Tú lees a las personas con tus ojos, yo los leo con la boca.
El borrón de Eva sacó mi borrón de sexo y lo metió en su boca borrada. Todo parecía en paz, todo parecía la unidad profética. Lo mismo hizo aquella vez. Me rodeó con sus labios y empezó a robarme algo. Empezó a borrarme el frío en los huesos, que me dio al verlos platicar a todos desnudos. Y también, con la boca se llevó su imagen de gata sonriente, que cerraba los ojos con cada embestida del Francés. Es como si ella me hubiera dicho cariños al oído, eligiendo entregárselos, más bien, a mi sexo, platicándole frente a frente, piándole a la polla de cerca. El borrón de Eva y los labios que se hundían, la humedad… ella tiene razón, aquí adentro se conserva algo imposible de alcanzar, inclusive por mí. No puedo siquiera disfrutar una mamada sin estar pensando, sin estarla analizando, sin querer otorgarle líneas de separación a la carne borrosa. Y aún así se sienten las pulsaciones en los testículos, en el vientre, se siente la lengua y la humedad y la carne, como si fuese autónomo, como si estuviese separado de mi cuerpo. Y se sintió aún, como aquella vez, la erupción de mi semen en su boca. Recuerdo su cara de esa noche: una polla es una polla. Y no pude ver sus ojos, como aquella vez, dos brillos difusos que pretendían ser sus ojos, creo que su mano se limpiaba la cara o se llevaba los restos a la boca y la garganta. ¿Qué se yo?
—Pobrecito —dijo Eva—, pobrecito pobrecito. Que tu sabor me dice lo perdido y solo que estas, me dice lo cobarde que eres, me dice que cuando venga el momento no serás capaz de tomar esa pistola y darte un tiro.
Siguey leyendo →
|
Diciembre 28, 2005 — Video juegos, Videos.
Escrito por Agustin Fest.
En esto se me fue diciembre.
Powered by Castpost
DragonQuest VIII es la neta.
|
Diciembre 23, 2005 — BOB.
Escrito por Agustin Fest.
—Esos enormes cactus pueden picarnos con sus malvadas espinas —escuché decir a una mujer en Discovery, al pasar cerca de una televisión y no sé… pero me dio un cosquilleo en la entrepierna.
|
Diciembre 22, 2005 — Fractal Chaos.
Escrito por Agustin Fest.
Мчтнопоеикон:
Le deseo a usted un muy sobresaliente año nuevo, y que estas fechas en las que se celebra el aniversario del natalicio de uno de los íconos mas importantes de la mitología judeocristiana le sean propicios para saturar su santo prepucio de excreciones de féminas tórridas
Fest says:
Fest says:
jajajajajaja
Fest says:
feliz navidad, pinche clicko.
Мчтнопоеикон:
Мчтнопоеикон:
jajajajajajajajjajajaja
Мчтнопоеикон:
que te la pases muy chingon a webo!
Fest says:
Мчтнопоеикон:
Por mi parte, todavía tengo que trabajar,,, =/
Мчтнопоеикон:
quizás ni vacaciones tengamos la semana que viene, ya sabes, la conveniencia patronal de que navidad y año nuevo cayeran en domingo
Fest says:
ohhh, eso es una lástima,
Fest says:
pero eres ateo, así que no te afectará mucho
Fest says:
de hecho, es como utópicamente los ateos festejan la navidad: sin nada de recordaciones de Jesucristo y esas pavadas.
Мчтнопоеикон:
Soy ateo, pero también soy un webon convenenciero
Felices navidades, fiestas, años nuevos, hannukahs, y sea lo que sea que festejen.
Los veo el próximo año.
|
Diciembre 20, 2005 — divier-tt.
Escrito por Agustin Fest.
Puedo estar seguro de muchas cosas, pero hay algo que es irrefutable: igual que un noventa porciento de la población, soy un sabelotodo, y del diez porciento de ese noventa, soy insoportable. Vamos, se habrán dado cuenta, yo me doy cuenta, cuando me levanto y le doy los buenos días a mi reflejo, me dan ganas de sacarle los ojos con los dedos porque soy eso, insoportable, y también, porque tengo una certeza de que no sería algo muy bueno, no me decido a sacarme los ojos con los dedos, ergo: lo sé todo.
Por eso hay ciertas reglas que un sabelotodo insoportable debe seguir. Por ejemplo, no discutas contigo mismo o te verás involucrado en, como dirían en Saint Seiya: “La Guerra de los Mil Años” (es una guerra horrible que se da entre Caballeros del Zodiaco con el mismo nivel de poder y como no hay manera de que uno gane o pierda, pues se enfrascan en su desmadre durante mil años). O, como diría el vulgo, perderías el tiempo de la manera más banal y … banal. Pensarían que estas vaneando pues, cuando en realidad, estas hablando con la persona mejor calificada para entenderte.
Otra de las reglas es que no todos deben saber cuan insoportable eres. No deben chismear, no deben hablar, no deben mensajearse, no deben mandarse un mail o una carta, describiendo lo poco aguantable que es tu presencia, aunque sea una línea… porque siendo ese el caso, automáticamente pierdes el status de sabelotodo, para ser insoportable (a secas). Uno debe ser discreto y estar atento a las pequeñas oportunidades donde se demuestra la gran sabiduría. Es así, por ejemplo, que en una discusión casual entre dos personas, uno debe soportar el ominoso destino de ser el tercero que escucha y cuando se haga un silencio, “aportar” la opinión. Y digo “aportar”, porque es el verbo discreto y que debe ser utilizado en boca abierta, cuando en realidad, ese pequeño disimulo de verdad es un golpe de conocimiento, que… aunque posiblemente no será entendido por algunos mortales, será suficiente para darles la luz de la verdad, inalterable e indiscutible.
Claro que no muchos nos escuchan.
|
Diciembre 19, 2005 — Cien Noches.
Escrito por Agustin Fest.
—Es una polla y ya —me dijo, muy seriamente, Eva. Pío pío. —30 de Noviembre, 2003.
Eva me llamó ayer, a las seis treinta y cuatro de la tarde. Fíjense. Rewind. Stop. Play. Hola, estoy en México visitando a los amigos y me encantaría verte. ¿Vale? Llama a este número xxxxxx cuando tengas un momentito. Almaguer me dio tu número, espero no te moleste. Stop. Y llamó otra vez. Y escuché de nuevo el mensaje. Play. Te extraño como los extraño a todos. ¿Estás bien? A… mi nombre no vale, no vale. Vale no. Fast forward. Play. En serio, quiero verte. No quiero que me obligues a pedirle tu dirección a Almaguer, por cierto, feliz cumpleaños atrasado. Stop. Mi cumpleaños fue en noviembre, trece, por si a alguien le interesa… en serio quiere verme ¿después de todo lo que pasó? Play. Todos te hemos perdonado, yo… yo te he perdonado.
Stop.
Aquella tarde, donde la niña masticaba el melocotón, llegó un camión con mis cosas. Ramón, uno de los guardias armados, subió a avisarme y me preguntó si deseaba que subieran las cajas a la habitación. Yo asentí. Era un hombre de bigote, moreno, jeans, camisa de cuadros y una panza de tres meses. Mellizos, pensé y sonreí perverso. Se veía cuerdo y sereno. Lo acompañé abajo, hacia el camión y miré como los trabajadores descargaban diez cajas con mi vida empacada y eran dirigidos por Ramón a mi habitación. Almaguer pasó por ahí y me dio una palmada en la espalda.
—En lo que descargan tus cosas, vamos a comprarte ropa —me dijo—. Espero hayas disfrutado tu desayuno.
Le sonreí. Cuando olí mi propio sudor y el alcohol de la noche anterior, entendí la diplomacia y la poca disposición a platicar de Azul. Necesitaba un baño y ropa nueva que Almaguer me había prometido. Quise bañarme primero, pero Almaguer me lo impidió y me llevó al centro comercial. Permití que Almaguer eligiera por mi, aportando un poco al asentir cuando me señalaba algo. Nunca fui muy quisquilloso con la ropa hasta que él me enseño de la presencia. Lorena, a veces, escogía la ropa por mí y tenía buen gusto, porque siempre había algún comentario cuando llevaba algo suyo. Habremos tardado dos horas, Almaguer se encargó de que subieran y acomodaran mi nuevo guardarropa y llegamos justo para la cena.
yo te he perdonado.
En la cena se encontraban todos los del grupo, excepto Eva. Es que vino el francés, dijo Almaguer, se encuentran en el Registro y cuando terminemos iremos a verlos. El argentino y Azul se miraron como complices, el Negro enseñó sus dientes blancos en una gran sonrisa. Bisteces, unas cuantas tortillas, papas cocidas y frijoles. Una cena muy mexicana para todo tipo de gente. Platiqué un poco con ellos, de sus intereses, de qué hacían en las mañanas y en las tardes. Todos respondieron con una hora de gimnasio y me invitaron, coordialmente, a que les acompañara. Reí educadamente y me serví otro whisky. Marcos me contó que le gustaba pintar, que estaba yendo a clases con una pintora y que también le servía de modelo, que le gustaba caminar en las tardes y que llevaba su alimento para las palomas, igual que Borges (lo dijo él, no yo). Los demás se rieron cuando dijo eso y podía entender un poco el chiste… con la pinta de metrosexual de Marcos, yo no le visualizaba alimentando palomas. Horacio tenía una vida un poco más activa, veía a sus familiares que vivían en Oaxaca cada que podía, les visitaba para comprarles cosas y para pasar tiempo con su hermana menor. Le gustaba salir de antro los viernes que tuviera libres. El Negro estaba estudiando economía y se estaba especializando en finanzas, o algo así. Actualmente, salía con otro chavo de su carrera. Respondí con el rostro y todos se carcajearon con mi reacción. Me sentí de lo más puritano. Azul estudiaba derecho penal, hija de madre viuda y llena de tíos. Su familia sabía en lo que estaba, y aunque no se acostumbraban, trataban de entenderlo.
—El dinero —dijo Azul—. El dinero obliga que todos comprendamos. Además, no es como si no me gustara. Me gusta.
Alcé mi vaso en su honor y todos hicieron lo mismo. La compadecía, de alguna manera, y de otra, sentía que muy adentro estaba yo también hundiéndome como ella. Sentir lástima por ella era lo peor que podría hacer, si yo estaba participando en ello. Incluso el consumidor más moderado, sería un hipócrita si en cualquier momento compadeciera a cualquiera en el negocio, por el simple hecho de consumir, de requerir sus servicios. En eso pensaba, mientras tomaba mi whisky, se terminaba la cena y me preguntaron de mi.
Almaguer les detuvo con un gesto.
—Hay que ir con Eva, después de todo, nuestro escritor estrella ha visto muy poco.
Play. yo te he perdonado. Silencio. Fast Forward. Play. Ya pedí tu dirección, estoy tomando un taxi en este momento que va para allá. Nunca has sabido cuando abrir la boca, joder. Stop, hideputa. Y si, Eva llegó a las siete veintidós de la noche, cuando abrí la puerta me soltó una sonrisa cálida, una sonrisa que sólo las mujeres saben hacer y mueve fibras, las venas esas que se conectan al corazón y al estómago, y hacen que uno salte, que se hundan en un vacío enorme durante segundos, como cuando uno acelera de bajada. Me abrazó, me olió y luego se echó a reir. No has dejado de beber, corazón, pero te entiendo… lo entiendo todo muy bien. ¿No quieres ir a España? Te alojo un mes o dos, lo que necesites, y dejas ese mal hábito, te sentará bien el aire, te gustarán las calles. Jolines, Eva… Jolines no, risas, eso sólo lo dicen los niños y los idiotas, o los gilipollas que pretenden ser graciosos. Eso pretendía, precisamente… le dije, y no iré a España. ¿Aún tienes el arma? No puedo detenerte, pero quiero hacerlo. Quiero hacerlo. No fue tu culpa. En ese caso, no fue de nadie, pero alguien tiene que pagar, siempre alguien tiene que pagar o si no, las leyes de los hombres se quiebran. Gilipolleces, ¿quieres que me quede esta noche?
Entramos al Registro esa noche, El Francés era un hombre robusto, castaño claro, cabello quebrado y largo, con bigote, de unos cuarenta y tantos años. Había visto sus fotos en periódicos antes, ¿era un diplomático? Ummm, no, ¿o si? No, no, era un empresario, o era un empresario con un diplomático. Algo así, nunca me molesté en investigar, preferí saber lo menos posible por discresión, no por seguridad. Por eso nunca contrato jodidos de lana, me dijo Almaguer, porque aprovecharían mucho llevándose esas fotos y aún así, tengo software de seguridad disponible, uno nunca sabe. El francés pellizcaba con sus robustos dedos los pezones de Eva y se los enrojecía, su bigote sonreía, la piel se le miraba suave, sudaba poco. Los monitores en el cuarto oscuro del Registro me permitían verlos desde distintos ángulos, Eva en cuatro, mirándolo, sonriéndole muy distinto a como me sonrió el día de ayer, el Francés moviéndose, acelerando el ritmo, apretándole las caderas. Eva es la favorita del Francés, me dijo Marcos, ¿querés una soda? Si Azul presentaba una inocencia, Eva era todo lo contrario. Sentía como el rostro se me quemaba… los estaba viendo.
—Esta es una sesión privada —me explicó Almaguer—. Más tarde los editores harán un DVD y yo se lo entregaré personalmente. Suele presentárselos a sus amigos en reuniones privadas.
Como gatos, pensé, cuando El Francés recargó su mano derecha en el cuello de Eva y la empujó contra el colchón. Los fotógrafos tomaban fotos. A veces el solamente le sonreía a la cámara, mientras Eva se sumergía en su papel, El Negro y Marcos la comentaban, yo sentía que el rostro se me quemaba, miraba las piernas perfectas de Eva, el arco de su espalda, sus labios enrojecidos. A veces, Eva volteaba el cuello para mirar al Francés y le retaba empujando sus nalgas, la mirada coincidía con el espejo hacia el cuarto oscuro, la mirada de Eva coincidía con mi mirada. Almaguer, sonriente, me empujó el cuaderno, la pluma, y me dijo escribe, de eso se trata, escribe todo lo que ha pasado esta noche y no lo olvides. La segunda noche de cien noches.
Siguey leyendo →
|
Diciembre 12, 2005 — divier-tt, otros blogs.
Escrito por Agustin Fest.
Acabo de parir un monstruo.
Espero que no me duela mantenerlo. El concepto es muy sencillo y es normal en toda la blogósfera, así que no debiera haber ningún problema.
Si les gusta la idea, visítenlo y si no, olvídenlo.
Feliz cumpleaños a Nuestra Buena Madre.
Recuerda, cuando mandas a chingar a su madre a cualquier mexicano, la mandas a chingar a ella, así que modérate.
Jiji.
|