Debo prender un cigarrillo antes de continuar con esta historia… es como despertar de nuevo. He despertado tantas veces ya, que deseo dormir pronto. Deseo dormir hasta el final.
—Las navajas Estefanía… las navajas deben estar bien afiladas, por eso no juegues con ellas.
Ulises se sentó al otro extremo de la mesa y le dio un sorbo a su café. Le ofrecí un cigarrillo pero me lo negó, había olvidado que él no fumaba. Aún recuerdo el aroma de café veracruzano, aunque no le di ningún sorbo. Miré a Ulises atentamente, le miré el mentón cuadrado, mismo que poseía la señora de las hijas muertas y esos ojos tristes, esas cuencas hundidas. En los labios y la nariz diferían, en uno era ancha, en otro era delgada. La señora, igual que él, debieron de ser muy apuestos en su adolescencia… debieron ser irresistibles para aquellos quienes deseaban descubrir misterios tan sólo por mirarles la cara, sin importar sus modos, sus expresiones… Ulises se mantenía callado y yo le observaba, un poco ansioso, esperando aquello que tuviera que decirme.
—El tiempo no existe —empezó Ulises, con un suspiro cansado—, el tiempo está en un sólo lugar. No hay pasado, no hay futuro… es un momento continuo. Cuando aprendes eso, entonces no hay marcha atrás. Es como si se te regalaran las pinturas para pintar el lienzo celestial. Para pintarte a ti mismo, en una autobiografía inventada que los demás —aquellos que creen en el tiempo—, aceptarán como realidad. Si nos detenemos a pensarlo no fue una coincidencia que vivieras aquí, conmigo, con mi hija y el fantasma de mis nietas. Estas aquí porque estoy pagando algún pecado que desconozco.
—Natalia… tú y yo sabíamos que era un drogadicto, tú y yo lo sabíamos.
—¿Tu hija?
Ulises sacó su cartera, buscó en ella y sacó unas fotografías en blanco y negro. Las deslizó por la mesa para que yo las tomara y como yo me lo había imaginado, el hombre se me presentó en todas sus edades pero diferente época. Era Ulises, vestido con un traje y corte inglés, peinado con la raya en medio, un reloj de cadena en el chalequillo ese que sólo se utiliza en algún evento formal. Era Ulises, en otro tiempo… otro lugar, usando unas ropas que ningún hombre común, en una fiesta común, soñaría utilizar hoy en día. Recorrí las fotos para encontrármelo, un poco más informal, sonriendo mientras abrazaba a una mujer y esa mujer, tenía a una niña en brazos… una niña de mentón cuadrado. Mas fotos de la mujer, de la niña, de ellos creciendo. Más fotos de un inexpresivo Ulises, de una sonrisa juvenil en la señora de las hijas muertas, de una mujer cuyo destino es inseguro pero fácil de imaginar.
—Yo también tuve deseos… yo también puedo alterar la realidad a mi gusto —dijo Ulises—, quise destruir el tiempo, quise buscar la inmortalidad y él se cobró. Pérez-Moldován —no sabes como busqué el nombre—, asesinó a mi esposa, la degolló y le tatuó un Jesucristo en el vientre, un árbol en el hombro derecho. ¿Sabes qué el deseo, cuando decides cumplirlo se convierte en un viaje sin retorno?
Esa fue la primera vez que escuché el nombre.
—Lo sé. ¿Quién es Pérez-Moldován?
—Escapé con mi hija y con deseos, con esos universos alternos que uno sueña, traté de crearle una vida casi perfecta. Si ella pudiera contarte, sabrías que hice bien… que sólo quise lo mejor. Escapé con ella y traté de esconderla, porque Pérez-Moldován no descansa, Pérez-Moldován es un perro que olfatea y cuando muerde, no suelta. Cuando me aseguré que mi hija podría crecer sin mi, me dediqué a buscarlo para vengarme de él…
—¿Quién es Pérez-Moldován?
—Nunca te hubieras ido con él, Natalia…
¿No escuchaste nada de lo que te dije?
Ulises me miró y encontré en él una mirada vencida.
—No lo sé. Cuando lo busqué, encontré a muchos como yo, como tú, en todos los lugares, en todos los tiempos. Le conocían con distintos nombres pero su método era el mismo: Mataba los deseos, degollaba y tatuaba los deseos, se los devoraba y como si nunca hubieran existido, excepto para nosotros… que aún podemos ver los cuerpos, que aún sentimos la presencia de aquellos que no debieron morir. En mis viajes, algunos decían, los más viejos, que él fue el primero. Otros decían, los más jóvenes, que era el último. Y todos concordaban con que era único. Lo que tengo cierto es que los deseos de Pérez-Moldován son los más intensos, los más poderosos. Son deseos tan grandes —Y a veces, pienso en ello y descubro que son tan hermosos—, que son imposibles de anular. Es inútil desear que no exista, es inútil desear su muerte. Por más que le busqué para vengarme, no pude encontrarlo… pasaron años, años en los que mi hija creció y tuvo a su familia. Regresé en algún momento, deseaba vivir con ella y morir tranquilo, envejecer y morir. Despertar del sueño que se había convertido en deseo. Cuando regresé, Pérez-Moldován había hecho de las suyas con mi último deseo… las hijas de mi niña… igual que mi esposa…
Ulises se acarició la frente.
—Viviré toda la vida para pagar por mis deseos, de eso me encargaré… de no morir, hasta que explote la última estrella —y luego me miró, un débil brillo en sus ojos hundidos—, tienes hoy y mañana para recoger tus cosas y largarte. No quiero volver a saber de ti, no quiero nada que me recuerde mi pecado.
Asentí.
—¿Cómo puedo encontrar a Pérez-Moldován?
Ulises sonrió.
—Niño —me dijo—, de saberlo, tú y yo no estaríamos teniendo esta plática —se levantó y se acercó a su hija, a su madre, a su último deseo, le acarició la cara y la cabeza, le besó la frente y se arrodilló frente a ella. Le cantó una bonita canción de cuna, que no había escuchado antes:
Cierra tus ojitos, dulce amor,
con mi canción, olvidaré tu dolor,
las penas que te acosan
y los fantasmas que se asoman
Estaré abrazado a ti eternidades
hasta el final de todas las edades
Cuando el cielo caiga y se termine
El devenir, el tiempo ya se extingue






