Entradas escritas en Febrero, 2005 ↓
Febrero 9, 2005 — Fractal Chaos, Paranoidefobico, Sueño-Insomnio.
Escrito por Agustin Fest.
Ayer no pude dormir hasta las cinco de la mañana… so, estuve aquí con una taza de café, vaciando un post completísimo acerca de mi estado anímico actual. Estuve, dos, tres horas escribiéndolo, arreglándolo, buscando decirlo todo con palabras claras y concisas, haciendo mis debidas referencias a los maestros literatos y blogueros, hurgando y confesando recuerdos de mi niñez que a estas alturas del partido, ya son más que fragmentos, memorias incompletas que se presentan como fotografías instantáneas. Ayer me estaba quedando un bonito post, durante mi insomnio, que hablaba de aquello que no me dejaba dormir y que comunicaba, en pocas palabras, mi descaro de mensajear a Duveth a las dos de la mañana para decirle cuán triste y desesperado estaba por mi situación económica.
Me quejé de la humanidad en un post que se titulaba zángano.
Y entonces, salí por más café… y encontré en el fregadero una cucaracha. Me quedé inmóvil, mirándo a una cucaracha enorme de unos siete u ocho centímetros de largo. Tenía unas patas gruesas, que los microfotógrafos juzgarían como hermosas. Aquí hay una encrucijada temporal muy curiosa, ayer… después de la cucaracha, regresé a borrar cinco párrafos del post y titulé uno nuevo: Cucaracha. Gracias al animalejo que se encontraba en el fregadero y después de lo que sucedió, me sentí como japonés escribiendo un diario de cabecera: Mis sentimientos cambiaron al ver a una cucaracha. So, escribí ese nuevo post… donde confesaba mi pánico por todos los bicharajos en general… le temo a las cucarachas, a las arañas, a las abejas, a los moscos que zumban demasiado fuerte y escribí esa explicación del temor… y en otros dos parrafos volví a quejarme en contra de la humanidad.
Entonces mi pie jaló demasiado el regulador y el post se perdió. Me quedé todavía, a las cinco de la mañana, mirando la ventana de un nuevo post… pensaba recuperarlo, palabra por palabra, hasta que sentí que el cansancio y el estrés me mandaron a dormir.
Desperté pensando que eso sucedió por alguna razón. Me quejé de la humanidad durante cinco párrafos y decidí borrarlo tan sólo por una cucaracha. Escribí mi pánico por los insectos y un poco mi desesperación, y entonces mi pie apagó el regulador.
Esas no son coincidencias. Estoy aquí… preguntándome, ¿qué es lo que debo aprender? ¿cuál de las personas que se esconden en mi interior, esta mandando el mensaje? Recuerdo que ayer, después de aceptar mi pánico, agradecí por haberme encontrado a la cucaracha y hoy, estoy aquí, pensando… que no sólo es ese “algo” lo que debo buscar, también hay un “alguien”. O bien, es alguna evasión psicológica, será mi inconsciente… será algún mecanismo de defensa… será, será.
Si fuera un personaje secundario de equis novela escrita por Clive Barker, mis sueños de muerte involucrarían uno que otro bicho. Recuerdo que a mis tres o cuatro años de edad, me levanté en la noche para ir al baño y después de hacer lo propio, me encontré con tres o cuatro bichitos… estaban pequeños, pero me asustaron sus movimientos rápidos, repentinos, sin patrón alguno y eran demasiados, no podía mantener la vista fija en uno… so, me quedé inmóvil y me quedé sin voz.
Miraba la ventana, esperando que en algún momento apareciera la luz de día y recuerdo que estaba llorando, sin hacer ruidos, ni movimientos. No quería ponerme histérico, no quería poner a mis carceleros histéricos… nadie sabe que puede pasar cuando un niño de cuatro años, y una bola de insectos, pierden los estribos. Entonces llegó mi abuela (ayer escribí que había sido mi madre… pero no, fue mi abuela… y resolví su rostro en ese recuerdo difuso por simple lógica: ella dormía poco y se despertaba fácil, con cualquier movimiento o ruído). Abrió la puerta y me preguntó si algo estaba pasando. Le señalé a los insectos, a la araña colgando del techo que tejía y destejía su telaraña.
Ella marcó lo evidente, que yo era un millón de millones de millones de veces más grande que cualquiera de ellos y que seguro, ellos estaban más espantados de mi, que yo de ellos. Me sentí ridículo. Tomó la escoba y los aplastó, uno por uno. Después me mandó a dormir.
Así explico ese miedo irracional que le tengo a los insectos. Tan sólo los mato por instinto, si estan a cinco centímetros de mi pie y a dos segundos de su muerte. Si tengo tiempo para pensarlo, entonces me paralizo. Puede que alguien esté en ese momento conmigo y si esa persona no les tiene miedo, intentaré matarlo.
Una de las cosas que pasa por mi mente cuando estoy en esa situación es que me he vuelto un billón de billones de billones de veces más grande que el insecto y que no debiera sentirme ridículo… pero por eso el miedo, es miedo… porque es irracional. Es inútil racionalizar durante el miedo.
|
Febrero 8, 2005 — Amigos.
Escrito por Agustin Fest.

Yep… en todas las fotos, me las arreglo para verme igual de feo que en persona.
Hoy Yushe vino a una entrevista de trabajo y tuvimos oportunidad de encontrarnos, beber un café, fumar, reír un poco y platicar un poco de las diferencias entre el Distrito y Puebla (Ciudad de los angeles… ¡Qué chula es puebla! (restaurant)). También platicamos un poco de nuestra blogósfera, de los blogs en común que visitamos ella y yo.
Y luego, me vi un poquitín cruel y me la llevé a caminar… ajem, soy un poco desorientado (ok, ok, bastante mucho muy desorientado) y curioso, con Yushe a un lado… logro ser más desorientado todavía. Así que me la llevé caminando, de la Tapo, a la Merced. ¿Cómo lo hice? No tengo la menor idea, aún sigo recorriendo las calles en mi mente. Alguna vez espero repetir el recorrido tal cual como salió hoy… no sabía que la Merced estuviera tan conectada con lo que antes eran mis rumbos, la Jardín Balbuena, la Moctezuma, Ignacio Zaragoza y todos esos alrededores. (O no está tan conectada como quiero creer y caminamos un montón). So… salimos caminando de la Tapo y en realidad, quería llevarla a esa zona para repetir un patrón, como viejito, de contar las viejas historias de casa… pero acabamos en la Merced, si… ¡en la Merced! ¡En el mercado de San Ciprián! Cooooñooooesumare…………………
A Stephen Hawkin le encantaría caminar conmigo, probablemente soy el único que podría guiarlo a un agujero negro. Y lo mejor es que sería sin intenciones de…
So… nos metimos a la Merced y de ahí, nos subimos al metro para bajarnos en Moctezuma (lo que hubiéramos hecho en un principio, si… ya sé, ¡Ya sé!). Y de ahí, caminamos hacia el mercado donde la abuela solía vender zapatos. El mercado de Balbuena, es un lugar pequeño y escondido… recién pintado de azul. Antes era blanco, y antes de ser blanco, era color crema. Caminamos por el pasillo donde solía jugar y huir de los perros callejeros: la misma gente, de hace veinte años. Algunos de hace quince… pero los mismos, esencialmente.
Ver a esa gente me hizo pensar que mi abuela no debió morir tan joven.
Salimos del mercado y nos seguimos derecho, tan sólo para conseguir mi escuela primaria y después, salimos a la avenida para regresar al Metro. Yushe me preguntó porque todos en esa zona vivían tan encerrados y le dije la verdad: la inseguridad… aunque a veces, me pregunto si esa es la verdadera razón. ¿Por qué la colonia se volvió un lugar lleno de rejas? Antes era una colonia bonita. Pero bueh… seguimos platicando un ratín y cuando llegamos a la Tapo, nos dimos un abrazo fuerte. Ella me amenazó con que estaría viniendo al Distrito seguido y yo, olvidé con amenazarla que me la llevaría a caminar.
Espero que Stephen Hawkin venga a los recorridos turísticos.
|
Febrero 7, 2005 — Ayer.
Escrito por Agustin Fest.
Vi descender del cielo a otro ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza; y su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego. Tenía en su mano un librito abierto; y puso su pie derecho sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra; y clamó a gran voz, como ruge un león; y cuando hubo clamado, siete truenos emitaron sus voces. Cuando los siete truenos hubieron emitido sus voces, yo iba a escribir; pero oí una voz del cielo que me decía: Sella las cosas que los siete truenos han dicho, y no las escribas.
—Libro del Apocalipsis 10:1-8
Hoy caminé tanto, que olvidé quien soy. Hoy caminé tanto, que me vi caminando a casa y miré a mi madre por la ventana, asomada, sonriendo. Yo no tenía veintitantos años, tenía seis o siete y mi hermano Agustín, un poco más grande que yo, me pasaba una mano por el pelo. Grité el nombre de mi madre y sonreí, alcé mi mano para saludarla y un avión hizo que me tapara los oídos… porque Dios mío… no me dejarás mentir, cuando era pequeño los aviones hacían tanto ruido que daban miedo. No escuché la carcajada de Agustín, pero lo miré con mis ojos e imaginé ese ruido, casi cristalino, retumbándome en los pulmones, en el estómago de la emoción y del contento. Mi madre recargó su cabeza en su mano y nos miró como si fuésemos un sueño irresistible, una realidad eterna. Mi padre, una figura ausente, nos miraba a todos, escondido en las sombras, con la certeza de que su presencia rompería el edificio, abriría los cimientos y se tragaría a los coches.
Pérez-Moldován se limpió el polvo de sus pantalones de pana. Se acarició la cabeza y sonrió, como hacen los niños inocentes al haber tirado el tarro de cerveza que ganó papá en alguna rifa estúpida. Se metió las manos a los bolsillos y con esa sonrisa, que partía su cara en dos a medida que daba un paso, medio caminó y medio bailó en las calles. Hacía frío, pero Pérez-Moldován no creía en las chamarras porque nunca se había puesto alguna. Para él no existía el clima, o eso parecía, porque usaba una camiseta roída por el tiempo. Y… en un segundo, de ese día o de esa noche, ¿de veras importa? Un destello en sus ojos deslumbró a un niño e hizo gruñir a un perro. Pérez-Moldován asintió varias veces, satisfecho. Había encontrado lo que estaba buscando.
Saqué mi llave y entré a los departamentos, a medida que subía las escaleras, dos fantasmas infantiles se carcajearon y se retaron a subir las escaleras tan rápido como pudieran. Les seguí el ritmo durante dos o tres o diez escaleras, escuchaba sus pasos como de batallón, les miraba los dientes de leche, perfectamente blancos aunque parecían una ciudad con los edificios demasiado separados, les miraba los pelos peinados con baba y con las manos sucias, se apuntaban para dejar en claro el reto lleno de voces agudas, amenazas de muerte y de transmutación humana a burro. El más pequeño se cayó y se raspó la rodilla. Eso te pasa, chamaco imbécil, escuincle imprudente, pendejo argentino, por correr en las escaleras. Me senté junto a él, le escuché lloriquear y moquear, enfrente de su hermano quien le examinaba de cerca la herida, como todo buen médico de ocho o nueve años, y le decía: shhhh, no tienes que llorar o mamá nos va a regañar. Shhhh… no tienes que llorar… o
Pérez-Moldován empujó la puerta, quedito… quedito, aunque sabía que la presa herida ya no podía correr, y escuchó, con deleite, una canción de cuna… el aullido del lobo con la pata en la trampa. Su sentido del olfato se agudizó complacido. Ya había estado en esa casa antes. Era una casa de viejos conocidos, de presas agonizantes que alguna vez se le habían escapado, ¿o les había permitido escapar para volverles a cazar? Pérez-Moldován se acarició la cabeza, se acarició el cuello… —Cabeza lele — dijo, en voz baja—… nonae lerá cabeza, cuande terminae. Se metió y caminó donde había sombras, evitando la breve luz que proporcionaban los faroles de luz o los rayos solares, ¿de veras importa? Cuando llegó, encontró al viejo valiente de hacía unos años, recargado en las piernas de su hija vieja. —¿Dónde estáe? ¿Ummm? ¡El otro, el otrio danestae!!
Mamá se asomó y nos dijo que éramos unos imprudentes. Tan sólo le faltó imbéciles, pero mamá nunca diría eso y después desperté, mi madre… envejecida, con arrugas marcando el pasillo de sus ojos a la cabeza. Me invitó a pasar, me dijo que había puesto agua para té de manzanilla o de limón. Los niños se esfumaron, un fantasma regresó a su tuma y el otro fantasma, regresó a mi cuerpo. Sonreí y terminé, apiadándome de mi mismo, de subir los escalones que me faltaban. Entré y tomé asiento, me recargué en la mesita y observé a mi mamá, alzar trastos, apagar la tele, recorrer uno y otro cuarto. Balbuceaba de las cosas que había hecho y de la familia que había visto. Yo sonreí, no quise arruinarle la magia y tan sólo me dediqué a mirar a mi madre, hasta que ella se acercó a mi y nos abrazamos, como no hacíamos ayer.
—Ulisssses. ¿Dónde está él? —preguntó Pérez-Moldován. Caminó con pasos tranquilos a la cocina.
—¿Quién? —preguntó Ulises, como en un sueño, con el mentón hundido en las faldas de su madre.
—El niño idiota, ¿dónde está?
—¿Quién eres?
—Tantos años de quererme… ¿y no me reconoces, mi amor?
—Pérez-Moldován.
—El mismo.
—Ya no te busco, ya no quiero matarte. Al que buscas se fue.
—Los cuchillos Estefania, siempre se guardan después de usarse.
Pérez-Moldován sonrió.
—Gracias por nunu consejo, vejatae —buscó en la cocina, con la mirada, hasta que encontró un cuchillo tan grande como sus deseos.
|
Febrero 7, 2005 — Literatura.
Escrito por Agustin Fest.
—¿Por qué te casaste conmigo?
El hombre le miró un rato las formas flacas, el pelo enrevesado en la nuca; luego caminó hacia atrás, hacia el sillón y la mesa. Otra copa, otro cigarrillo, rápido y seguro. La pregunta de la mujer había envejecido, marcaba arrugas, se extendía en desorden como una planta de hiedra aferrada a un muro con sus uñas. Pero tuvo que ganar tiempo; porque la mujer, aunque nunca llegaron a saberlo ellos, aunque nunca lo supo nadie, era más inteligente y desdichada que el hombre flaco, su marido.
—No tenías dinero, no fue por eso —trató de bromear el hombre—. El dinero vino después, sin culpa mía. Tu madre, tus hermanos.
—Ya estuve pensando en eso. Nadie lo hubiera adivinado. Y además, no te interesa el dinero. Lo que es peor, se me ocurre a veces. Entonces vuelvo: ¿por qué te casaste conmigo?
El hombre fumó un rato en silencio, diciendo que sí con la cabeza, dilatando los labios exangües encima de la copa.
—¿Todo? —preguntó por fin; estaba lleno de cobardía y de lástima.
—Todo, claro —la mujer se incorporó en la cama para verle enflaquecer la cabeza endurecida y resuelta.
—Tampoco lo hice porque estuvieras esperando un hijo de Mendel. No hubo piedad, ningún deseo de ayudar al prójimo. Entonces era muy simple. Te quería, estaba enamorado. Era el amor.
—Y se fue —afirmó ella desde la cama, casi gritando. Pero, inevitablemente, también preguntaba.
—Con tanta astucia y disimulo y traición, se fue; no podría decir si eligió semanas o meses o prefirió desvanecerse suavemente, una hora y otra. Es tan difícil de explicar. Suponiendo que yo sepa, que entienda. Aquí, en el balneario que inventó Petrus, eras la muchacha. Con o sin el feto removiéndose. La muchacha, la casi mujer que puede ser contemplada con melancolía, con la sensación espantosa de que ya no es posible. El pelo se va, los dientes se pudren. Y, sobre todo, saber que para vos nacía la curiosidad y yo empezaba a perderla. Es posible que mi matrimonio contigo haya sido mi última curiosidad verdadera.
Querida Tantriste:
Comprendo, a pesar de ligaduras indecibles e innumerables, que llegó el momento de agradecernos la intimidad de los últimos meses y decirnos adiós. Todas las ventajas serán tuyas. Creo que nunca nos entendimos de veras; acepto mi culpa, la responsabilidad y el fracaso. Intento excusarme —sólo para nosotros, claro— invocando la dificultad que impone navegar entre dos aguas durante X páginas. Acepto también, como merecidos, los momentos dichosos. En todo caso, perdón. Nunca miré de frente tu cara, nunca te mostré la mía
J.C.O.
Juan Carlos Onnetti. Tan triste como ella
|
Febrero 3, 2005 — Ayer.
Escrito por Agustin Fest.
Los recuerdos lo obligan a uno a cambiar, ¿es qué estoy admitiendo que el pasado existe? No, no sería capaz… pero la memoria si, el recuerdo si, el laberinto adentro de mi cabezota si. Cuando recuerdo, me separo en tres: en el recuerdo, en el espectador y en el hombre que esta callado bebiendo su café en el presente. Y el espectador mira a ambos, camina de espaldas una considerable distancia para mirar las dos ventanas simultáneamente. El espectador es un hombre muy listo, él tiene la capacidad de juzgar ambas partes y de meter sus manos. Es inútil decir el enorme respeto que le tengo al escuchar sus palabras, sabias y duras.
Me llevé mis cosas, que eran pocas, al departamento de un amigo que me abrió sus puertas. Dejé a Ulises, cantándole a su mamá noche y día. Le envidié la canción de cuna… envidié que él quisiera dormir, cargando sus pecados encima. Mi amigo me debía varios favores en el pasado, así que no dudó en dejarme entrar. No hizo preguntas y nos pusimos al corriente en nuestras vidas, como hacen un par de amigos que tienen años que no se hablan y no se ven. Yo dije lo mío, sin añadir la existencia de Geraldine, de Ayer y de Pérez-Moldován. Es que no es necesario hablar de los deseos, banales, de trascendencia, de ir al baño, cuando uno se pone al corriente, ¿cierto? Hasta la fecha me he quedado con él, en lo que llega el momento indicado para terminarlo con todo.
Para dormir como es debido.
Mi jefe me invitó un café y me preguntó que si me encontraba bien, a los tres días de haber discutido con él por el teléfono… me miró duramente mientras inventaba una historia para dejar definitivamente el trabajo. Tomaba elementos de aquellas que había escrito cuando estaba aburrido y a medida que me escuchaba a mi mismo, pensaba que podría ser un excelente cuenta cuentos. Cuando terminé, le dio una mordida a su mollete, cortado con cuchillo y tenedor, y me preguntó si estaba en drogas o en apuestas, ya que es algo muy común que le suceda a cualquiera que esté dentro del rubro de la publicidad. Negué, me acerqué a él y le enseñé mis ojos. —Están rojos, ¿en serio no te estás drogando Hoy? —Por mi madre que esta mirando una ventana, un horizonte que termina ahí, donde se alzan los edificios y las nubes de humo. Mi jefe se carcajeó. —Cuando estés listo, regresa. Le sonreí. —Tal vez nunca esté listo. Él se encogió de hombros. —Ya estas huevoncito. Asentí.
Nos despedimos estrechándonos las manos y dándonos un abrazo. Reiteró su invitación y esta vez, solo respondí con un movimiento de cabeza. Finalmente comprendí lo que estaba pasando… me estaba despidiendo de él. Me estaba despidiendo, porque nunca lo vería otra vez. Nunca más, vería a nadie…
Saqué un cigarrillo y lo prendí. Me fui a casa de mi madre, debía despedirme de ella. Tal vez, y sólo tal vez, rompiendo los lazos de este mundo podría encontrar a Pérez-Moldován.
|
Febrero 3, 2005 — otros blogs.
Escrito por Agustin Fest.
Si eres un sabelotodo wannabe como yo (o mejor aún, si eres un diseñador)… y te interesa aprender un poco de todo, seguramente esto te interesará.
A menudo, mucha gente llega buscando soluciones a problemas específicos, desgraciadamente en muchas ocasiones esta información queda en anotaciones antiguas que tienen moderados los comentarios por lo que el flujo de retroalimentación se interrumpe. En Isopixel tenemos la premisa de seguir brindando nuevos servicios y posibilidades comunicativas, por lo que nos place anunciar nuestro nuevo Foro de diseño.
Felicidades a Raul y su iniciativa, le agregan a su sitio una funcionalidad más que las anotaciones diarias y traspasan el umbral de weblog, para convertirse en una herramienta más completa. Ofrecen a los lectores algo más que aportar con sus comentarios… los convierten en posibles creadores del mismo weblog.
Otra iniciativa interesante es el Wiki de Alt1040.
Dense una vuelta y aprecien, aunque sea como curiosidad, aquello de lo que los weblogs son capaces.
|
Febrero 2, 2005 — Sueño-Insomnio.
Escrito por Agustin Fest.
Hoy soñé con Isaac. Él fue un amigo de la secundaria: era/es un chavo alto… mucho más alto que yo. Apostaba a que llegaría a los dos metros. Era blanco, con pecas en la cara (o tal vez, es una distorsión de mi recuerdo), su cabello era chino y castaño claro, tenía ojos azules (o verdes, o grises, sé que eran claros) y un rostro que asemejaba al pelirrojo de MAD, unos cachetes grandes y demasiados dientes. Jugaba basquetbol y de haber sido gringos, él hubiera sido negro. Me gustaba juntarme con él porque se reía de mis chistes, de mis groserías. Él se reía de mi humor negro, no sé si porque lo entendiera, o porque sonaba chistoso ese lenguaje en un escuincle de trece o catorce años. Un recuerdo que tengo es que no me dejó solo cuando Itzel me rechazó un anillo de plata que le compré como un simple regalo —La pendeja debió creer que le proponía matrimonio—. En la secundaria no tuve mucha suerte con las niñas.
Esa era una secundaria de monjas para delincuentes ahora que pienso en ello… pero ese es otro tema.
Más tarde me encontraría con Isaac. Ya éramos jóvenes preparatorianos. Vino a mi casa para preguntarme si podía presentar unos exámenes por él y platicamos de nuestra vida un rato. Él ya fumaba, yo no… en ese tiempo, fumar se me hacía de lo más asqueroso. Él fumaba delicados y mientras fumaba un cigarrillo, solía escupir. Me platicaba de sus pedas, de sus viejas y de sus nuevos amigos. Isaac ya se estaba haciendo un hombre. Yo no recuerdo que tanto le platiqué. Esas visitas, habrán sido dos o tres… en lo que completábamos el negocio, ya saben, una credencial, ir a la prepa para ver donde se hacía el examen y demás… A ver si me animaba a hacerlo. Los exámenes eran de Física y de Lógica.
Soñé con Isaac, y con muchas otras personas secundarias en mi vida, secundarios que en su momento tuvieron un papel principal, pero el sueño ya no importa.
Estaba pensando, debido a que en la reunión del sábado pasado me fui rápido y conocí a poca gente (porque era muchísima gente, y, ajem, me engenté)… organizar una pequeña reunioncilla… bueno, no… reunión en si, no. Es una invitación a que me acompañen a comer unos molletes de Sangron’s en la Torre de Mexicana ((Mejor conocida como la Licuadora) en la Narvarte, como a cinco cuadras gigantes del metro Etiopía, caminando en contraflujo sobre Xola), este domingo a la una de la tarde. Es una invitación a quien guste caerle, en un ambiente más tranquilo y platicar, desayunar, tomar café (en el peor de los casos, donde únicamente me presente yo, tendrán que platicar conmigo).
Si no va nadie, no hay bronca
yo habré comido mis molletes
|