Este es el último mensaje que yo les escribo. Cuando me sentaba aquí, frente al ordenador y me enfrentaba con el rectángulo en blanco, pensaba que lo mejor sería escribir una historia épica, donde el héroe viajara en algún paraje cyberpunk, o en una ciudad élfica. Donde yo viajara en una cibercapital y destruyera los monitores, uno tras otro. Una historia, donde al final, después de varios viajes y tormentas, yo resultara el héroe de una historia sin igual. O una telenovela donde me casara con la mosca muerta, que trabaja de sirvienta en la casa del rico.
Esta es la última página que escribo en mi diario. Pensé que tener uno de estos sería un hobby interesante, uno que me ayudaría a mantener mi redacción fresca. Eso es un error, porque no existe una retroalimentación verdadera en un diario, como dirían en algún lugar por ahí, tan sólo sirve para darte cuenta quien eres y quien has sido siempre. Es un consuelo de pendejos, diría mi abuela. Me hubiera gustado ser un héroe, como Agustín, y perseguir mis sueños. Me hubiera encantado viajar a los lugares donde él estuvo, para ser fotógrafo o para ser chef. A él le encantaba conocer gente, se le facilitaba tanto. Me hubiera gustado ser él…
Es el viaje que tenemos todos los héroes, donde antes de vencer al maldito, hay que vencernos y conquistarnos a nosotros mismos. Cuando me sentaba aquí, frente al ordenador, fuera en la casa de mi amigo, un cibercafé o cuando trabajaba, lo hacía para ser féliz, para evadir la monotonía horrible a la que me estaba enfrascando. Para ser feliz en otro lado, en un universo paralelo. Y las cosas pasaron, entonces vino Ayer y me enseñó que podía ser posible. Me enseñó el sufrimiento, las muertes de los que más quiero e incluso, me trajo al malo de la película, uno que esta más allá de toda comprensión. Ayer me enseñó, yo (Hoy) creo que no aprendí nada.
He viajado por las razones equivocadas: Buscar al asesino de mi hermano y así he descubierto tantas cosas, he conocido tanta gente. He descubierto el terrible poder de los deseos, de las oportunidades, del cambio. Tan sólo tienes que estar atento, callar al cuerpo y la mente, dejar que el alma vea los destellos de luz y … ¿te vuelves Dios? Supongo que si, porque tocas la luz para distorsionar la realidad a tu antojo. Creas una vertiente en el espacio tiempo que muchos llamarán “universo paralelo”. Debí hacerlo para ser feliz… y creí que buscar al asesino, a Pérez-Moldován, lo arreglaría. No fue así, lo único que hice fue alimentarlo… yo me convertí en el deseo de él. Yo fui su luz, su barro. Si lees esto, mi querido yo-alterno…
Cuando releí todo lo que les he escrito, deseé que nada hubiera sucedido y a través de mis deseos, de las letras que no escribí en un diario, sino aquí, pude cambiarlo… pero mi deseo no es tan fuerte. Soy perezoso, soy un hombre sin pasiones, sin creatividad, sin fortaleza justa y necesaria. Y el malo, Pérez-Moldován, es alguien que lo desea todo. ¿Cómo puedo yo enfrentármele? ¿Cómo puede un hombre incompleto, acercarse a él y decirle buenos días, te voy a matar? Supongo que no puede, supongo que no puedo… pero es el destino. Hay una lucesita de esperanza donde el héroe puede ser un tipo enclenque, delgado, desnutrido e incluso, idiota.
… tienes que saber que buscar a Pérez-Moldován significa la muerte. No hay esperanza, los tuyos y tú, morirán. Sin embargo, si mueres tú primero, existe la oportunidad de que los otros se salven. Por eso hice todo esto y si existe en ti una noción del sacrificio, habrás de entregarte como el cordero ante el tigre. No te pido perdón, no tengo por qué.
Esta es la última anotación que les escribo. ¿Quieren preguntarse que será de mi? Pues… no lo necesitan saber, yo no lo necesito saber. Sólo ando con la esperanza de que al final, mi deseo sea más fuerte que el de Pérez-Moldován y que el de un hombre llamado Ayer. Sólo me queda esperar que este hombre sin pasiones, saque una fuerza interna desconocida y los destruya a ambos. Y si sobrevivo, si este dios chiquito resucita, entonces me encargaré de mi mismo… que nadie se atreva a poner mis manos encima de nuevo, ni a controlar mi destino. Que nadie se atreva a tocarme, mientras observo una pantalla en blanco y escribo una historia épica, donde soy féliz, mientras cumplo mi trabajo monótono y estudio literatura, mientras amo a Geraldine y a las que vengan después de ella. Que nadie se atreva a tocar a este hombre flojo… sin sueños… sin deseos… sin piedad de sí mismo.
Un comentario hasta el momento ↓
Don Árbol, mientras leía este escrito tuyo recordaba algo que dijo Rilke… “yo la llaga y yo el cuchillo”… ¡me gusta como escribes!
Un abrazo, desde una oficina subyugada por los libros…
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