Hoy caminé tanto, que olvidé quien soy. Hoy caminé tanto, que me vi caminando a casa y miré a mi madre por la ventana, asomada, sonriendo. Yo no tenía veintitantos años, tenía seis o siete y mi hermano Agustín, un poco más grande que yo, me pasaba una mano por el pelo. Grité el nombre de mi madre y sonreí, alcé mi mano para saludarla y un avión hizo que me tapara los oídos… porque Dios mío… no me dejarás mentir, cuando era pequeño los aviones hacían tanto ruido que daban miedo. No escuché la carcajada de Agustín, pero lo miré con mis ojos e imaginé ese ruido, casi cristalino, retumbándome en los pulmones, en el estómago de la emoción y del contento. Mi madre recargó su cabeza en su mano y nos miró como si fuésemos un sueño irresistible, una realidad eterna. Mi padre, una figura ausente, nos miraba a todos, escondido en las sombras, con la certeza de que su presencia rompería el edificio, abriría los cimientos y se tragaría a los coches.
Pérez-Moldován se limpió el polvo de sus pantalones de pana. Se acarició la cabeza y sonrió, como hacen los niños inocentes al haber tirado el tarro de cerveza que ganó papá en alguna rifa estúpida. Se metió las manos a los bolsillos y con esa sonrisa, que partía su cara en dos a medida que daba un paso, medio caminó y medio bailó en las calles. Hacía frío, pero Pérez-Moldován no creía en las chamarras porque nunca se había puesto alguna. Para él no existía el clima, o eso parecía, porque usaba una camiseta roída por el tiempo. Y… en un segundo, de ese día o de esa noche, ¿de veras importa? Un destello en sus ojos deslumbró a un niño e hizo gruñir a un perro. Pérez-Moldován asintió varias veces, satisfecho. Había encontrado lo que estaba buscando.
Saqué mi llave y entré a los departamentos, a medida que subía las escaleras, dos fantasmas infantiles se carcajearon y se retaron a subir las escaleras tan rápido como pudieran. Les seguí el ritmo durante dos o tres o diez escaleras, escuchaba sus pasos como de batallón, les miraba los dientes de leche, perfectamente blancos aunque parecían una ciudad con los edificios demasiado separados, les miraba los pelos peinados con baba y con las manos sucias, se apuntaban para dejar en claro el reto lleno de voces agudas, amenazas de muerte y de transmutación humana a burro. El más pequeño se cayó y se raspó la rodilla. Eso te pasa, chamaco imbécil, escuincle imprudente, pendejo argentino, por correr en las escaleras. Me senté junto a él, le escuché lloriquear y moquear, enfrente de su hermano quien le examinaba de cerca la herida, como todo buen médico de ocho o nueve años, y le decía: shhhh, no tienes que llorar o mamá nos va a regañar. Shhhh… no tienes que llorar… o
Pérez-Moldován empujó la puerta, quedito… quedito, aunque sabía que la presa herida ya no podía correr, y escuchó, con deleite, una canción de cuna… el aullido del lobo con la pata en la trampa. Su sentido del olfato se agudizó complacido. Ya había estado en esa casa antes. Era una casa de viejos conocidos, de presas agonizantes que alguna vez se le habían escapado, ¿o les había permitido escapar para volverles a cazar? Pérez-Moldován se acarició la cabeza, se acarició el cuello… —Cabeza lele — dijo, en voz baja—… nonae lerá cabeza, cuande terminae. Se metió y caminó donde había sombras, evitando la breve luz que proporcionaban los faroles de luz o los rayos solares, ¿de veras importa? Cuando llegó, encontró al viejo valiente de hacía unos años, recargado en las piernas de su hija vieja. —¿Dónde estáe? ¿Ummm? ¡El otro, el otrio danestae!!
Mamá se asomó y nos dijo que éramos unos imprudentes. Tan sólo le faltó imbéciles, pero mamá nunca diría eso y después desperté, mi madre… envejecida, con arrugas marcando el pasillo de sus ojos a la cabeza. Me invitó a pasar, me dijo que había puesto agua para té de manzanilla o de limón. Los niños se esfumaron, un fantasma regresó a su tuma y el otro fantasma, regresó a mi cuerpo. Sonreí y terminé, apiadándome de mi mismo, de subir los escalones que me faltaban. Entré y tomé asiento, me recargué en la mesita y observé a mi mamá, alzar trastos, apagar la tele, recorrer uno y otro cuarto. Balbuceaba de las cosas que había hecho y de la familia que había visto. Yo sonreí, no quise arruinarle la magia y tan sólo me dediqué a mirar a mi madre, hasta que ella se acercó a mi y nos abrazamos, como no hacíamos ayer.
—Ulisssses. ¿Dónde está él? —preguntó Pérez-Moldován. Caminó con pasos tranquilos a la cocina.
—¿Quién? —preguntó Ulises, como en un sueño, con el mentón hundido en las faldas de su madre.
—El niño idiota, ¿dónde está?
—¿Quién eres?
—Tantos años de quererme… ¿y no me reconoces, mi amor?
—Pérez-Moldován.
—El mismo.
—Ya no te busco, ya no quiero matarte. Al que buscas se fue.
—Los cuchillos Estefania, siempre se guardan después de usarse.
Pérez-Moldován sonrió.
—Gracias por nunu consejo, vejatae —buscó en la cocina, con la mirada, hasta que encontró un cuchillo tan grande como sus deseos.
4 comentarios ↓
test… 1,2,3.
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Me conmueve mucho cuando hablas de tu hno y de tu mama. Un saludo, TT.
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Simultaneo: Sigue siendo un trabajo de ficción, no son mi hermano y mi mamá. Un saludo y gracias por conmoverte.
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je je je
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