XII - La señora de las hijas muertas

Estoy sentado aquí, con un café recalentado, frente a la computadora, pensando en como contarles el resto… no debí prometérselos, lo hubiera dejado con la muerte de Geraldine y después, con el último recuerdo que tengo de ella. Así, hubiera abusado de un final ambiguo y oscuro, que podría satisfacer a la mayoría, más no a los más exigentes. Dirían que él se fue cansado de su historia, que se fue a solucionar lo suyo, a buscar su propia vida, a soñar con historias de universos paralelos que sabemos no existen, en esta y otras vidas reales, cuantas vidas puedan existir así como todo día nace gente caminando, conduciendo al trabajo, meditando mientras esperan el metro —el orange limousine—, sin la posibilidad de transformar un suéter azul, en rojo. Entonces dirán que nada de esto ocurrió en realidad, que fue el pequeño impulso de un hombrecito aburrido que, a contrario de lo que dice, continua en su oficina, editando un casting de doscientas veintiun personas.

Ayer, hace dos meses, estuve sentado en esa banca recordando a mi Geraldine. Se me hizo de día cuando un sol iluminó las nubes grises de invierno. En algún lado quería proponer un rayo completo… pero las nubes, tercas, tapaban toda señal de su existencia. Como complice de las nubes, un humo se escapaba de mis labios y mis fosas nasales para perderse en la humedad. Mis manos y mi cara tenían frío, mis labios temblaban ligeramente. Mis nalgas tenían rato que se habían entumido ya, con el metal de la banca y… hoy puedo recordarlo todo.

Recuerdo también, que no sentía nada de eso, nada del frío, ningún diario en las manos, ningún nada…

Estuve sentado en esa banca, esperando que Ayer apareciera, que el anuncio de su muerte fuera una broma de esas crudas, que les haces a tus amigos y enemigos de confianza. Y nunca apareció…, Y nunca apareció. La historia de Ayer había terminado y yo era una clase de punto final. Nunca supe como empezó, nunca supe porque yo debía terminarla… ¿o era yo el inicio? Eso esta por verse, pero no será hoy… ni fue aquel día, con mis manos sosteniendo su diario. Me levanté y me fui a casa, después de un rato más de frío, no sin antes mirar atrás, esperando que mi mirada fuera lo suficientemente respetuosa al fantasma de Geraldine.

Cuando llegué, la señora de las hijas muertas dormitaba en su sillón, con las luces aún prendidas, y el sol tan débil, entrando por la ventana. Ese cuadro de luces me recordó a mi madre cuando decía que estaba pensando, no dormitando, sino pensando y sentí amor, amor genuino por ella y por la señora, como si el tiempo y leyes que desafían la genética, las hubiera convertido en una sola. Tomé una de las mantas y la deslicé suavemente, por temor a despertarla, para cubrirla con ella. La señora de las hijas muertas no se dio por enterada, siguió meditando, como si estuviese muerta. Me quedé mirándola un rato más y después apagué las luces, subí a mi cuarto, arrojé el diario de Ayer y me metí a dormir, sin siquiera desvestirme.

Me despertó el celular, contesté y era mi jefe preguntándome si pensaba ir a trabajar el día de hoy, miré el reloj, eran las tres y un poco más, le respondí que no, que no iría a trabajar algunos días porque no me sentía bien. Colgué, sin dar más explicaciones y busqué mis cigarrillos. Saqué uno y lo doblé casi en dos, con mis dedos torpes de sueño, pero no me importó… así lo prendí. Me recosté y me froté los ojos, estaban hinchados, había llorado en algún momento de un sueño imposible de recordar. Eso no lo hacía desde que Agustín, mi hermano, se había perdido. Fumé y miré el techo. Fumé y me froté los ojos. Fumé y me levanté.

Cuando bajé las escaleras, la señora de las hijas muertas ya estaba platicando con los sillones vacíos frente a ella. Estaba hablando con Estefania, estaba reprendiéndola por algo que había hecho cuando era niña. Le escuché un rato y entonces ella me miró a los ojos, pero no estaba con ella… entonces, me desperté. Esa mirada, esas actitudes… —Como pude ser tan pendejo —, me dije en voz baja. La señora de las hijas muertas, la madre de Geraldine, mi propia madre cuando supo la muerte de Agustín… hice los sillones a un lado, como un bruto, la furia escapándose de los ojos y tomé por la ropa a la madre de Natalia, de Estefania, de Geraldine y de Agustín, porque eran una sola, en ese momento eran una sola… y la señora continuó hablándole a Estefania, aún teniéndola bien ceñida, lastimándole por la ropa que le torcía alrededor del cuello. Le grité pidiéndole las explicaciones que ella no podía dar y lo sabía, porque ella y yo, éramos víctimas de algo más allá que aún estaba por descubrirse. No escuché que la puerta se abrió, no sentí a Ulises apartándome de ella…

—¡Dime! —exclamé—, ¡dime lo que sabes de los tatuajes! ¡qué sabes de los muertos!

Ulises me aventó contra una de las columnas de la casa y nos miramos un momento, su rostro era algo parecido al asombro. Esperaba que me corriera de la casa, que tomara el teléfono y llamara a la policía. Esperaba, incluso, que me matara.

—Por eso, Estefanía, nunca juegues con navajas… nunca.

—Tenemos que hablar —dijo Ulises, se apartó el cabello despeinado de la frente y fue a la cocina, se quedó pasmado un momento antes de poner agua a hervir, yo continué tirado, sentado contra la columna—. Tenemos que hablar…

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