No he dormido en varios días, o tal vez… años. Quizás nunca he dormido. He de confesarles que abandoné mi trabajo y el estudio. No fue un deseo. Era algo que tenía que hacerse. No fue que me sentí dueño del mundo, de la realidad o del universo. Nunca podría sentirme Dios. He vivido escondido, en casa de un viejo amigo, estos días. Pérez-Moldován, me sigue buscando, puedo sentirlo. Ya no tiene caso relatar mi vida… si antes era aburrida, ahora se ha vuelto el argumento de una película que pocos entenderían. Lleno de fragmentos de espejos rotos, tirados en el piso de algún baño, donde una mujer y su hombre discuten porque el aniversario, y el divorcio, y elegiste una mala fecha para hacerlo hijo de puta. Me he convertido en una película de cinco pesos, en algún auditorio, de alguna universidad, donde habrá jóvenes comprensivos con el afán de mirar entre líneas, ¿sería más correcto decir “entre fotos”? Esos jovenes que gusten de buscar un significado al juego de un director, de un guionista, de unos actores crueles, que aún buscan el propio y se burlan de su audiencia en el proceso.
Esa noche, al dejar la casa de Geraldine, regresé al parque donde Ayer se despidió de mi y mantuve firme, en mis manos, su diario. Deseaba creer que esa era la única conexión con la realidad que tenía y en este momento, el cuadernillo de tapa dura me guiña el ojo, desde la mesita que mi amigo utilizaba como un arrumbador de ropa sucia. Puedo ver mis manos aún marcándolo. No lo he abierto, porque ya sé de antemano, así como ustedes, lo que se encuentra escrito. Esa fue la noche más larga de mi vida.
Cuéntame de Geraldine.
A Geraldine la conocí un día que me encontraba aburrido, en mi oficina, uno de tantos días que me decidí iniciar un experimento. Sé que no soy escritor, pero he hecho tantos de esos experimentos que pareciera que si. Compré un cuaderno e inicié una novela, con unas cuantas líneas escritas en el papel y dos tomos escritos, aquí, en mi cabeza. Es lo mismo que abrir un blog, una bitácora, y escribir durante unos meses cualquier historia que se nos ocurriera un buen día, incluso la historia de lo que llamamos vida.
La historia trataba de un peleador callejero, él era rudo, casi lo puedo ver como verme a mi mismo. Un tipo de complexión atlética, con el cabello casi rapado, y cicatrices manchando su cuerpo. Su misión era proteger a una prostituta que él amaba… No, una puta. No era una prostituta, era una puta. Y no era amor, era una obsesión. Él salía a pelear en las calles, todas las noches, para limpiarse esa obsesión enfermiza que él tenía por ella. Ella, sin embargo, trataba de demostrarle que su amor consistía en quererlo… por eso se acostaba con más hombres. Para ella, amar no estaba en el cuerpo, no estaba en el acto físico, estaba en … quererlo. Bonito círculo vicioso, algún día, si regreso a casa y si salgo vivo de esta, me prometo regresar a mi vida aburrida, donde aprovechaba cada descanso para agregar o meditar unas cuantas líneas a esos proyectos inconclusos.
Geraldine sufrió los efectos secundarios que esa historia me había provocado. Aún me recuerdo sentado, en aquella banca, con el diario de Ayer encadenando mis manos, repasando esta misma historia que estoy contando: aquella vez que la conocí. Aún me recuerdo, recordando como salí esa noche al supermercado con la tormenta de ideas nublándome la cabeza. En ese momento no era yo, en ese momento era el peleador callejero empujando un carrito de súper, apretando demasiado los aguacates y aventando los plátanos en el carrito porque tenía que limpiarse de una enfermedad. Y una pobre chica de cabellos rizados y pintados de rojo. Una pobre chica blanca con pecas en el rostro. Una pobre chica con la suficiente edad para decidir si se acostaba conmigo o no, se me acercó, con un gesto de reconocimiento en el rostro.
Se acercó la pobre puta.
—Tú eres el chico que trabaja en el casting… —empezó, y me siguió en el camino a los grandes botes de leche, que eran como las pesas que mantenían mis músculos para las difíciles jornadas nocturnas de violencia y lo recuerdo, porque había una parte que se negaba a dejar de ser yo… no el callejero—. Yo he ido a hacer uno que otro, nunca me he quedado… pero estoy estudiando teatro, porque me gustaría un día aparecer en la tele, o incluso… no sé si tú me pudieras ayudar, aconsejándome un poco… si conoces algún buen profesor de teatro o alguna escuela, y si…
—Pobre puta.
—¿Perdón?
—Pobre, pobre puta —Le dije secamente y luego me di cuenta. El valiente luchador, con media bola de queso oaxaca en las manos, miró como se sonrojó y suspiró. Suspiré. Ya no había valiente luchador y su lugar fue reemplazado por un joven solitario, cuyo hermano había muerto. Había arruinado una magnífica oportunidad de no hacer el super yo solito, como los hombres de las estadísticas. Antes que ella pudiera replicar, preferí darle los motivos para arruinarlo por completo, para que ella saliera huyendo y no se convirtiera en la imagen del personaje en la novela—. No me acuesto más que con putas.
Ella quiso abrir la boca y no pudo. Ella abrió la palma de la mano y, como el reflejo de un animal herido, la cerró. Sonreí, arruinándolo más y pareciera que en ese momento, todos en el super nos estaban mirando, esperando la cachetada reflejo y la serie de groserías concatenadas que serían vomitadas en mi rostro. Recuerdo que pensé, sentado en aquella banca, con las manos quemando el diario de Ayer, que si esa fuese una película francesa me hubiera tomado el rostro y me hubiera besado.
—¿Me tengo que acostar contigo para quedarme en un comercial?
Bellísimo.
—Depende… —alcé las cejas y la miré—. ¿Qué tan puta eres?
Ella entrecerró los ojos e hizo un gesto con el rostro, que nunca se repetiría jamás… porque Geraldine nunca replicaba, Geraldine cuando se enojaba, se quedaba callada… Geraldine…
—¿Qué tan puta me quieres?
Aquél que estaba sentado en aquella banca, con aquél diario en aquellas manos petrificadas… se rió al recordarlo y se inventó la respuesta que no tendría oportunidad de decirle—: Tan puta como seas posible. Y no existía ningún hubiera que pudiera salvar la muerte de Geraldine, no había “hubiera” o “universo paralelo” que transportara al chico del diario en las manos, aquel que está escribiendo en este instante, aquel valiente peleador que destrozaba los aguacates con apretarlos y soportaba la humillación de hacer las compras, solo. Aquél que soñó una noche con Ayer y con que podía cambiar la realidad, con tan sólo desearlo. Y este, es el último recuerdo que te dedico, mi Geraldina, mi Geralda, mi Yeraldin… porque es hora de terminar esta historia, la historia de Ayer. Destino no tarda en llegar… y debo detenerle, debo aceptar mi ciclo, debo destruír a Pérez-Moldován.







4 comentarios ↓
Hola me encannnnta tu blog. Te invito a que visites el mio y dejes tu sugerencia.
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m mmmmm .. besos
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Cumpliendo te visito y me sorprendo al leer un relato muy buen, (la sorpresa deriva de que te senti algo timido ayer… pero mira!! linda sorpresa …
Dejo mi huella entonces…
y un beso
Pieladentro
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Holap, sho solo tengo una pregunta… ¿k hace un hombre kon el diario de la mujer k se supone más amó?, lo pregunto por k a mi me pasó algo un tanto similar, el chiste es k mi “Kuadernillo” llegó por razones ekivokadas a manos de mi exmomio y al pedírselo se limitó a kontestar “lo perdí”… sé k no eres él, pero me puedes decir ¿k hiciste tú?
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