Entradas escritas en Noviembre, 2004 ↓

50

Los cuervos…
graznan,
a veces croan,
o también rebuznan.

Dependiendo de su humor,
y las gallinas negras alrededor.

49

Los cuervos…
son unos chismosos.

Miran a la vecina desnudarse,
en el piso número 48,
del edificio “Narvarte High Class Society”.

YUM YUM.

VI

Este fin de semana empezó con un terror genuino de salir de casa. No quise arriesgarme a que todo cambiara frente a mis ojos. No quise de nuevo encontrarme a Ayer, quien se había convertido de un simple misterio a un Dios travieso, perverso… un Loki. Fue una mala trastada lo que hizo con la chica del suéter, estoy dudando de mi cordura cuando no lo había hecho antes. Pensaba encerrarme: no salir, no llamar a Geraldine, no escuchar a la señora de las hijas muertas… pero sonó mi celular y me avisaron que debía editar de urgencia. Se me había olvidado por completo mi proyecto.

Al otro lado de la línea, mi jefe hablaba de los personajes, de los órdenes de edición, de las cien personas que debían estar recortadas para el día de mañana. Hablaba y yadda bla bla, como si no entendiera la importancia de que el azul se convirtiera en rojo por la santa voluntad de un sueño. ¿Y cómo iba yo a explicarle eso sin parecer un loco? Dejé que mi boca respondiera mientra pensaba lo rápido que caminaría y lo mucho que me esforzaría por cerrar los ojos en el camión. Me enfoqué a mi trabajo… cien personas, cien personas… mi fin de semana estaría arruinado. Bonito. No podría encerrarme en … azul o rojo. ¡Mierda!

Salí… el trabajo me ayudaría a mantener un hilo a tierra. Y como me prometí, caminé rapidito, sin mirar a nadie y hablé absolutamente lo necesario—: ¿Cuánto es, mi estimado señor operador de la unidad automotriz 45001 vestido de azul?

En cuánto llegué, me compré una cajetilla de cigarrillos y el refresco de siempre… no, no saludé, no hice plática con el señor de la tienda.

De niño pensaba que quería formar parte de algo que moviera los cimientos de la realidad y me descubriera algo distinto. Que me descubriera la manera en que el universo puede quebrarse y estar preparado para ello. La ruptura de la realidad. Pensaba que ser loco era la manera más sencilla de hacerlo.

Ya no estoy tan seguro. Que espantoso dejá vù continuo.

No pierdas el control… vamos, juega.

Agustín hablaba de eso… es una de las cosas que le robé, que asimilé de él. Hablaba de cuánto quería tener el poder de cambiar las cosas en sus manos. Ayer me dijo que yo era como él, que yo también tenía el poder de “cambiar” las cosas, ¿qué tiene esto que ver con los universos paralelos? Para mi, un universo paralelo significa algo tan sencillo como: ¿Y si hubiera? Y de ahí, uno puede reinventarse de nuevo. Construir a través de frases sencillas, la vida compleja que pudo haber sido. ¿De eso hablaba Ayer? La chica cambió drásticamente al tener un suéter rojo en vez de uno azul. Un color, una diferencia importante, un viaje más incómodo en el metro. Un “hubiera”.

Cuando llegué a mi trabajo, mi jefe me repitió más lentamente lo que ya había dicho por el teléfono. Me sonrió y se despidió de mi, tenía que ir a Texcoco a cumplir deberes con su novia. Al irse, miré la lista de edición y negué lentamente: Cien personas, no saldría esta ncohe. Tan sólo de bajar material, serían alrededor de cuatro horas. De edición, serían aproximadamente dos horas… y así, uno va acumulando horas. No minutos, no segundos. Pensé que el trabajo me ayudaría a meditar cuando el celular sonó de nuevo.

—¿Hoy?

—Si, ¿qué pasó Geraldine?

—¿No nos veremos?

—No creo, tengo mucho trabajo…

—¡¡Pero te extraño mucho!!

—Si nos vimos hace unos días… aunque no hay nadie en la oficina.

—Puedo pasar por ahí, ¿ya comiste?

—Si traes comida, si quiero. No he comido nada.

—Entonces te llevo un par de sandwiches, no quiero que mi chiquito se enferme porque no come.

—Está bien… si. Geralda, ¿me puedes hacer un favor?

—No me digas Geralda.

—Trae tu suéter azul.

—¿Y eso?

—Tú nada más traelo.

—Okaaaay. Nos vemos en un ratín.

Colgó.

Me dio curiosidad. ¿Podré hacerlo? Tal vez no me esté volviendo loco… y si soy un loco que puede ser Dios… creo que nada importará, esa línea delgada entre la cordura y la locura, entre el tatuaje de un árbol y Jesucristo, entre el rojo y el azul.

V

Puedes ser lo que otros quieren que seas o bien, ellos serán lo que tu quieras

La Ciudad de México es un panorama difícil. Es un perro bien alimentado de sus propios ciudadanos. Es nuestro monstruo particular y es responsabilidad de cada uno de nosotros, quienes lo hemos construido. La ciudad de México es como las fotos de Sorry Everybody que se han tomado los gringos: donde algunos huyen de la responsabilidad del niño que han malcriado, mientras que otros le enfrentan con valentía. Y otros tantos, la mayoría que no da la cara, se sienten responsables y sobre todo, resignados. Como una redención, adoramos al monstruo creado y que este nos coma, no tenemos ningún derecho a reprocharle. ¿Y por qué permito que mis pensamientos se extiendan tanto?

Fácil, hoy el metro estaba lleno.

No venía de humor… acababa de presentar una exposición acerca de Gloria Sawai, una escritora canadiense que hizo su fama a los setenta años. Expuse su cuento más leído, cuyo título malamente traducido es: El día que me senté con Jesús en el solar y el viento sopló abriendo mi kimono y Él miró mis pechos. Un poco largo el título ¿eh?, Está traducido en una antología de cuentos canadienses editado por la UNAM. El título del cuento resume todo lo que pasa, así que dense una idea. Ya había acabado la exposición para cuando estaba en el metro (obvio), pero la tensión de exponer en otro idioma (inglés) aún me tenía con un tick en el ojo. Y la gente, la gente se arrejuntaba como un grupo de bueyes donde tuve la mala elección de ser el buey que estaba hasta el fondo. Me apretaron como nunca.

Entonces volteé y encontré que Ayer estaba a mi lado, sonriendo. Vaya modo de aparecerse. Acaso… ¿Es un ángel? ¿Un dios? ¿Algún delirio mental? Que importa, en ese momento, él parecía entenderme más que nadie. Su sonrisa creció como la de algún gato perverso.

—Vine a buscar a mi novia, pero no la veo en ningún lado —dijo Ayer y suspiró un poco—, siempre me hace lo mismo. Ya la veré mañana.

—¿La viniste a buscar al metro?

Él se rió—: Suena un poco raro, pero así es. Mala elección para ver a una chica, y más a esta hora.

—¿Aquí? ¿En el vagón? ¿En este vagón? ¿En este metro? ¿No es más fácil adentro de cualquier estación?

Él se acarició la cabeza y me miró un poco avergonzado, ¿dónde había visto esa mirada?

—Mi novia y yo no nos vemos desde hace dos semanas. No es porque no queramos vernos, más bien es porque nos inventamos el juego —Antes de que le pudiera preguntar, él continuó—: Ella y yo inventamos un juego donde nos citamos en un lugar y en una hora, de manera ambigua. Tan sólo nos damos pequeñas pistas. Si realmente nos vemos, será por casualidad o porque el destino así lo quiso. Hasta el momento, nuestro pequeño jueguito no ha funcionado pero prometimos no hacer trampa.

—¿Cómo se puede hacer trampa en un juego como ese? ¿Incluyendo un mapa en una botella de papel y dejárselo al otro en su casa? —dije medio burlón y Ayer sonrió.

—Podría funcionar —dijo Ayer, tomándosela en serio. Y nos callamos un rato, nos quedaban cuatro estaciones y mil empujones más.

—¿Crees en los universos paralelos?

—Si, si creo —respondí.

—Mira a la chica de suéter azul —me dijo Ayer y la señaló con la mirada—. Mírala bien, no te lo vayas a perder.

Le hice caso. La chica pasaba desapercibida, era un azul casi grisáceo, falto de vida. Una de tantas tonalidades azules que me gustan mucho. Parecía muy tranquila, un poco agobiada por la cantidad de gente pero eso era inevitable. Se mecía un poco por el movimiento del metro… no parecía aferrarse fuertemente al tubo. Ella seguía tranquila su viaje.

—Hoy… no existe ningún futuro, porque el futuro se come así mismo mientras vivimos el presente… y no existe el pasado, porque el pasado muere en el momento que el tiempo sigue su marcha —dijo Ayer, el movimiento del metro en el túnel tan ad hoc, parecía uno de esos momentos perfectos—, todo el tiempo está en un sólo lugar, en este instante que me escuchas. Continuamente avanzando. El tiempo sólo es uno. No hay nada que hacer por esa chica de suéter azul. En teoría, era inexorable que lo utilizara hoy. ¿Me entiendes?

—Creo que si.

Llegamos a la siguiente estación y miré a la chica de suéter rojo, me sentí triste: ¿tan condenada? ¿tan predestinada? … ¿suéter rojo? Miré a Ayer y este esbozaba una sonrisa perversa. Suéter rojo. La mirada de la chica había cambiado, estaba enojada y más agresiva. Su cara resaltaba más, se veía mucho más atractiva. ¿Un simple color había hecho la diferencia?. Las puertas del metro se cerraron, gente salió y gente se enlató. La chica del suéter rojo tenía un tipo atrás que se le pegaba ocasionalmente y ella volteaba a mirarle molesta, trataba de despegarse, de alejarse pero la gente… tanta gente.

—Tú eres como yo —dijo Ayer, no podía despegar la mirada de la chica de suéter rojo—. Puedes ser lo que otros quieren que seas o bien, ellos serán lo que tu quieras.

Cuando volteé a mirarlo, él había desaparecido.

IV

No hemos tenido proyectos esta semana. Más bien, hemos tenido pocos. No he visto a Ayer en estos días, ni en la escuela, ni me lo he encontrado misteriosamente cerca de dónde vivo. Tampoco lo he vuelto a ver en algún sueño. Es como si él estuviera esperando o bien, como si yo le huyera. O viceversa. No entiendo nada de lo que está sucediendo, pero me esta gustando el misterio. Seré paciente y esperaré, rara vez me doy el lujo de dejarme vencer por mis impulsos.

Ayer, al llegar a casa, escuché un rato a la vieja platicar con su hija Natalia (la primera muerta). Estefanía (la segunda) no fue nombrada en esta ocasión. Ella misma le dijo al sillón rojo manchado de mugre—: Creo que te he estado prestando poca atención Natalia, de haber sabido antes, jamás te hubieras metido con ese drogadicto, pero para eso es el presente, ¿verdad, mi niña? Si ahora estas conmigo aquí puedo cuidarte y protegerte.

La vieja miraba al canto de la puerta, donde yo estaba recargado, pero como si yo fuese aire. Ayer no existía. Uno debe preguntarse como una vieja “loca” como ella me cobra la renta del cuarto: sencillo, su hijo Ulises viene cada quince días a cobrarme las michas. Es un hombre de cuarenta años, paciente, muy amable. En mi ha visto un muchacho noble, honesto y trabajador. Por eso me deja solo. Sabe que en cierta forma le hago compañía y le cuido a la madre.

La señora de las hijas muertas, a veces recuerda mi presencia y a veces no. No está loca, no señor, ella esta más cuerda que todos nosotros juntos. Siento que actua y que algo está escondiendo, detrás de todas esas pláticas con sus hijas muertas. Probablemente estas ni existan, jamás le he visto ninguna fotografía de ellas, aunque bien… tampoco he visto ninguna de Ulises. Él debe ser el mejor de sus hijos, o digo eso porque me permite tener a mi amiga en la casa, siempre y cuando sea callado, discreto…

Mi amiga se llama Geraldine, ella lo pronuncia Yeraldin, yo le llamo Geraldina o Geralda. Cuando le cambio el nombre, se sonroja un poco y se queja debilmente. Es mucho menor que yo, como unos seis o cinco años. Nunca me he molestado en pedirle la edad pero según las leyes, ella ya tiene decisión para acostarse conmigo. Es un juego tierno el de nosotros, empieza lento y suave. Es como convencer a una virgen, empezando con los muslos o acariciándole el vientre. Es pervertir al angel. Hablándole bajito al oído y advertirle que no tenemos que hacer mucho ruido… porque abajo, esta la vieja hablando al sillón rojo y manchado de mugre, o al sillón purpura muerto por algún gato. No querríamos que ningún gemido nos interrumpiera, le digo jugando y ella los contiene deliciosamente. Me los entrega a medias o a cuartos, mordiendo la sábana o mi hombro.

Cuando terminamos una vez, Geraldine me dijo que se sentía incómoda porque sentía la presencia de las muertas. A mi no me importó, continué el juego de convencer a la niña siempre virgen. Le convencí de que dejara de rezarle a los santos y que sintiera un poco de calor conmigo. Me olvidé de hermanos muertos, de trabajos difíciles y de ayeres…

III

No lo tuve que buscar. Él me encontró.

Los fines de semana son lentos. Son tranquilos para una persona como yo. En ellos me dedico a leer los textos que me dejan en la Universidad. A veces paso por la oficina para empezar algún trabajo, comentar algo o navegar en Internet. La oficina es como mi base de operaciones, mi sede computarizada. Los sábados en la noche, por mi carencia de amigos (curioso… me viene a la mente la imagen de mi hermano Agustín, quien era muy sociable), salgo al supermercado y hago las compras. Alguna vez leí uno de esos estudios ridículos, donde dicen que es en las noches cuando la mayoría de los adultos jóvenes (hombres) hacen sus compras. Supongo que es por el trabajo, porque el día lo ocupamos para las obligaciones más extenuantes o bien, porque a los hombres nos avergüenza que nos vean comprando y metiendo cosas en un carrito, sin ninguna pareja que nos acompañe o que elija la fruta por nosotros. A mi, mi madre me enseñó a escoger los aguacates y con eso me basta.

Hace cuatro o cinco años de esta rutina en los fines de semana.

Hoy fui a la Universidad. Mis clases son diurnas-nocturnas, con enormes separadores de tiempo libre. Hoy, por ejemplo, tengo un descanso de tres horas entre clase y clase. Descanso que ocupo para ir a la biblioteca, pasear entre facultades, buscar algo que comer o nada más sentarme en algún lugar y ver como la gente pasa, en fast forward o en slow rewind. Los miro y les envidio los cinco o siete años menos que tienen. No es nada fácil crecer, no es nada fácil ser adulto. Eso quisiera decirles con una sonrisa burlona. Y la dificultad crece exponencialmente con cada año. De ello deberían hacer algún estudio, me sacaría una enorme carcajada.

En eso estaban mis pensamientos cuando el hombre del cabello castaño claro, casi rapado, se acercó a la banca donde estaba sentado y esperando que el tiempo pasara segundo por segundo. Tres horas así pueden ser muy largas, pero soy muy paciente y sucesos extraños como ese me pueden animar el día.

—Mi nombre es Ayer, ¿cómo te llamas tú? —Me preguntó, un tanto extrañado. Le noté una cicatriz en la ceja que se le marcaba cuando fruncía el ceño. Saqué mi cajetilla de cigarros y le ofrecí uno. Él lo negó, señalando su garganta. Yo también estaba nervioso.

—Ayer es un nombre un tanto extraño —sonreí—, pretendamos que me llamo Hoy.

—Estoy aquí esperando a mi novia —dijo Ayer—, en verdad no pensaba encontrarte. Es más, nunca esperé encontrarte.

—¿De plano? —pregunté, como si tuviera idea de lo que estaba pasando. Traté de recordar el sueño, pero nada me venía a la memoria.

—Si. Ansina es —dijo. Raro—. En fin, parece que ella no vendrá… mucho gusto en conocerte Hoy. Más tarde te diré que tienes que hacer.

Asentí, lentamente, medio burlón. Qué magnífico día. Lo miré irse y perderse entre el cúmulo de imágenes, borrones de colores, que son las personas. Un sabor extraño recorría mi paladar y aunque mi cerebro seguía preguntando qué había sucedido, decidí esperar. Después de todo, era lo más interesante que me estaba sucediendo en mucho tiempo.

II

Estaba jugando en la computadora. Era una rana intergaláctica, aventando bolas de colores para destruir más bolas. Si estas llegaban al final, perdía; así de fácil. No me gusta perder, ni en lo sencillo, ni en lo complicado… esto se debe a que son pocas las cosas que me apasionan, que me despiertan de un letargo continuo en el que los días se me van como gotas de agua cayendo en un fregadero de porcelana. Debería conseguirme un hobby, me digo en ocasiones, uno que despierte algún lado artístico o creativo.

Intenté mantener un diario y fue un fracaso rotundo, el cuaderno que elegí especialmente para la tarea de “guardar mis más preciados pensamientos y sentimientos”, terminó siendo una agenda y después, feneció arrumbado en algún rincón de mi cuarto. Mi diario se convirtió en una fotografía sepia. Hoy en día, aunque estoy estudiando literatura, no aspiro ser escritor. Sé que no soy bueno. A mi sólo me gusta leer. Además, terminaría siendo parte del círculo vicioso de la literatura decadente. Un ridículo.

Agustín, mi hermano, soñaba con ser fotógrafo. Me acuerdo que en la comida hablaba mucho y yo le escuchaba paciente, era la manera de callarlo más rápido. Hablaba de que le tomaría fotografías a modelos bonitas y a paisajes increíbles, mientras la sopa se le escapaba de la boca. Era un hombre apasionado, pero se necesita más que pasión y agallas para ser bueno en algo. Se necesita talento. ¿Y qué hago recordando tanto a mi hermano? No lo amé. Ni siquiera le quise.

Habla de mi.

Al terminar mi juego, salí un rato a caminar. Aprovecharía para comprar una coca cola y unos cigarros, el combustible del hombre moderno. Los viernes no tengo clases, todos los fines de semana serían un tanto aburridos si no fuera porque en mi trabajo no existen horarios. Y tanto puede haber mañana, como no… es un alivio vivir sin saber qué pasará mañana, en algo tan monótono y rutinario como un trabajo. Caminé, caminé… crucé avenidas, recorrí cuadras gigantes, un gran círculo antes de llegar a la tienda. Me gusta observar.

Y como el ángel que se le apareció a José, un hombre de playera gris, sin marcas y sin otros colores. También vestía jeans deslavados, un collar con un dije que no reconocí. Él esperaba recargado en un poste. Su cabello era castaño claro, casi rapado, tenía labios gruesos y una barba mal afeitada. Lo seguí mirando, no podía apartar la vista. Le reconocí como lo había visto en mi sueño.

Era Ayer.

Caminé para acercarme —impulso personal— y cuando me di cuenta, el hombre extendió su brazo y un microbus paró a recogerlo. Se fue a unos pasos de alcanzar mi deseo oculto. El sueño se rompió.

Si fuera supersticioso, me sentiría maldito por quebrar el destino.