William Blake, The Marriage of Heaven and Hell, Proverbs of Hell
Algo que no puedo hacer mientras trabajo, es escribir. Me distrae, me roba palabras y energía. No hay una sana concentración. Sin embargo, tengo las letras en los dedos y no puedo cerrar la pantalla blanca hasta escribir al menos un inicio. Lo mío es servir a dos amos y temer quedarle mal a uno. Comprimir doscientos videos, puede ser una tarea por demás tediosa… pero hoy la aprecio, aunque no me permita escribir tranquilamente.
¿Qué sentido tiene escribir hoy? No lo sé. Alguien más tiene que saber… alguien necesita saberlo. Solamente necesito una persona que comprenda estas letras que escribo.
Llamé a Geraldine un par de veces más y ella nunca respondió. Ni casa, ni celular. Me encontré caminando en la calle, mirando hacia la ventana de su casa. La luz apagada en las tardes y luego naciendo, cada noche. No entendía lo que estaba sucediendo. No fue hasta la tercera, ayer, que decidí resolver la duda. Todo parecía normal en el edificio, hasta que llegué a la puerta del departamento de Geraldine y la encontré abierta. Toqué de todas maneras, nadie me respondió. Adentro se escuchaban murmullos y el sonido de una televisión prendida. Entré silenciosamente.
Al asomarme, miré hacia la sala donde el padre de Geraldine jugaba con el volumen del control remoto. Subía y lo bajaba. Estaba acostado en el sillón para tres personas, su rostro se veía algo gris y … estaba más viejo que la última vez que lo vi. Sin pasión alguna, él continuaba subiendo y bajando el volumen. En la tele se miraba el noticiero, hablando de los policías que habían linchado y quemado. Uno de ellos, con el rostro cubierto de sangre, daba una entrevista. En el sillón para una persona, se encontraba la madre de Geraldine arrodillada. Ella también se veía más vieja. Estaba llorando… rezando.
—Si no te hubieras ido con él, Geraldine… si no te hubieras ido con él.
—¿Con quién? —pregunté, sin temor de interrumpir. Pero me ignoraron, como si yo no existiera… como si, ni siquiera, fuera el vuelo de la mosca que distrae a los ocupados. Esa sensación… de estar y no estar, ¿dónde…? La señora volteó a mirarme y miró a través de mi. Yo era aire.
—Te recuerdo… la calle mojada… la lluvia en el pelo, ibas a encontrarte —estaba cantando. Curioso, el reportaje del policía medio muerto parecía acoplarse a la canción de la señora. Me alejé de ellos y fui a la habitación de Geraldine, un olor me invadió.
El olor del sexo de Geraldine, es una combinación de olores… entre el jabón, el shampú, el sudor. Es una receta de aromas que se conjuntan en una sola persona. Cuando camino solo en la calle, a veces me atacan aromas individuales e inmediatamente, se dispara el recuerdo del sexo de Geraldine. De las veces que me acerco a olerle el cabello, o la frente, o la muñeca, y nada más. ¿Y dicen que con té se disparan siete novelas de recuerdos?
Empujé la puerta…
Y ella estaba ahí.
Degollada, hincada… con la cabeza hecha un harapo apunto de caer, sus ojos muy abiertos, mirándome. Los labios entreabiertos. Con un tatuaje de un árbol en la espalda. No había sangre. Me llevé una mano a los labios y salí corriendo…







6 comentarios ↓
Realmente no tengo nada que comentar, pero queria dejar constancia que lei eso
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¡Caray, Don Árbol! Interesante la narración. Crea muy buena idea de la densidad del momento. Me gusta el manejo de lo cotidiano y el absurdo que éste encarna a lo largo de la narración. Esperaré para leer como resuelve el final de esta IX entrega. ¡Gracias!
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Hola, Arbol. Escribes muy bien. Ha sido un placer este pequeño fragmento. Saludos. Mauricio.
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Uno mas o menos se imagina q paso una tragedia y definitivamente la tal geraldine estaria en otro mundo, pero la ultima descripcion es matadora… tremendO
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hay !! temendo … hay ……………….. besos
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No mammmm…. muy bueno
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