Entradas escritas en Noviembre, 2004 ↓
Noviembre 25, 2004 — Consumidor de Entretenimiento.
Escrito por Agustin Fest.
Hoy salgo para Guadalajara…
Tenemos algo organizado para mañana, Viernes:
Arturo, quien es su anfitrión y su servidor (Homero) estamos organizando una pequeña e intima (¿?) reunión que tentativamente se llevaría a cabo en el Sirloin Stockade del centro (esta situado por Avenida juarez/vallarta a dos cuadras de Avenida Alcalde) a las 7:00pm.
Están cordialmente invitados.
Aunque estaré en Guadalajara, no estaré tan conectado como siempre… así que pórtense bien y nos vemos el lunes. A quién le interese, llevaré el siguiente celular (Telcel para mensajitos): 55 1479 6892.
Y pues ya…
Divirtámonos.
|
Tags: don-arturo, Guadalajara, Homero-Vidal, vacaciones
Noviembre 24, 2004 — Ayer.
Escrito por Agustin Fest.
He who desires but acts not, breeds pestilence.
William Blake, The Marriage of Heaven and Hell, Proverbs of Hell
Algo que no puedo hacer mientras trabajo, es escribir. Me distrae, me roba palabras y energía. No hay una sana concentración. Sin embargo, tengo las letras en los dedos y no puedo cerrar la pantalla blanca hasta escribir al menos un inicio. Lo mío es servir a dos amos y temer quedarle mal a uno. Comprimir doscientos videos, puede ser una tarea por demás tediosa… pero hoy la aprecio, aunque no me permita escribir tranquilamente.
¿Qué sentido tiene escribir hoy? No lo sé. Alguien más tiene que saber… alguien necesita saberlo. Solamente necesito una persona que comprenda estas letras que escribo.
Llamé a Geraldine un par de veces más y ella nunca respondió. Ni casa, ni celular. Me encontré caminando en la calle, mirando hacia la ventana de su casa. La luz apagada en las tardes y luego naciendo, cada noche. No entendía lo que estaba sucediendo. No fue hasta la tercera, ayer, que decidí resolver la duda. Todo parecía normal en el edificio, hasta que llegué a la puerta del departamento de Geraldine y la encontré abierta. Toqué de todas maneras, nadie me respondió. Adentro se escuchaban murmullos y el sonido de una televisión prendida. Entré silenciosamente.
Al asomarme, miré hacia la sala donde el padre de Geraldine jugaba con el volumen del control remoto. Subía y lo bajaba. Estaba acostado en el sillón para tres personas, su rostro se veía algo gris y … estaba más viejo que la última vez que lo vi. Sin pasión alguna, él continuaba subiendo y bajando el volumen. En la tele se miraba el noticiero, hablando de los policías que habían linchado y quemado. Uno de ellos, con el rostro cubierto de sangre, daba una entrevista. En el sillón para una persona, se encontraba la madre de Geraldine arrodillada. Ella también se veía más vieja. Estaba llorando… rezando.
—Si no te hubieras ido con él, Geraldine… si no te hubieras ido con él.
—¿Con quién? —pregunté, sin temor de interrumpir. Pero me ignoraron, como si yo no existiera… como si, ni siquiera, fuera el vuelo de la mosca que distrae a los ocupados. Esa sensación… de estar y no estar, ¿dónde…? La señora volteó a mirarme y miró a través de mi. Yo era aire.
—Te recuerdo… la calle mojada… la lluvia en el pelo, ibas a encontrarte —estaba cantando. Curioso, el reportaje del policía medio muerto parecía acoplarse a la canción de la señora. Me alejé de ellos y fui a la habitación de Geraldine, un olor me invadió.
El olor del sexo de Geraldine, es una combinación de olores… entre el jabón, el shampú, el sudor. Es una receta de aromas que se conjuntan en una sola persona. Cuando camino solo en la calle, a veces me atacan aromas individuales e inmediatamente, se dispara el recuerdo del sexo de Geraldine. De las veces que me acerco a olerle el cabello, o la frente, o la muñeca, y nada más. ¿Y dicen que con té se disparan siete novelas de recuerdos?
Empujé la puerta…
Y ella estaba ahí.
Degollada, hincada… con la cabeza hecha un harapo apunto de caer, sus ojos muy abiertos, mirándome. Los labios entreabiertos. Con un tatuaje de un árbol en la espalda. No había sangre. Me llevé una mano a los labios y salí corriendo…
|
Noviembre 18, 2004 — Ayer.
Escrito por Agustin Fest.
Noviembre 18, 2004
Ha pasado el tiempo y Geraldine no se ha comunicado conmigo, raro en ella… si siempre está llamando para contar cualquier nimiedad que se le ocurra en el momento. No quiero llamarle, no aún. Cuando terminamos aquella noche, deseé que su aspecto fuera como antes y ella conserva el recuerdo de esa noche como una de tantas más; una donde no sabemos como, pero acabamos con las piernas entrelazadas y el cuerpo mordido.
Meditando, descubrí algo: Puedo hacer que Geraldine o cualquier otra mujer sea lo que yo deseé, y por tanto… ¿de qué me sirve el deseo si puedo hacerlo realidad? Tenerlo a mi antojo, cuándo quiera y dónde quiera. Es cuestión de utilizar este nuevo poder y desear, desear, desear. Los límites son impuestos por mi imaginación y mis ambiciones. ¿Cierto?
Extraño a Geraldine, la de siempre… no la que quiero, no la que yo deseo.
Noviembre 19, 2004
Tengo miedo de desear y que todo se haga como yo lo quiero. Tengo miedo de no poseer ningún control en ello. Tengo miedo porque soñé a Ayer, tenía un tapabocas y sus ojos se veían rojos, enfermos. En sus brazos, cargaba a Geraldine muerta.
Cerca
Qué imbécil, tengo el poder de cambiar todo y tengo miedo de utilizarlo. Algunos le llamarían madurez.
Noviembre 21, 2004
Esperé tener mucho trabajo esta semana, pero no ha caído ningún proyecto. Sigo con el proyecto anterior, pero no sabré de él hasta el lunes o martes, sólo se que el director del comercial dijo que no teníamos el casting, pero que ibamos bien. Yo entendería si hubiéramos presentado a veinte personas eso de ir bien, pero no… el video tenía a cien. Cien personas y ninguna de ellas le gusta.
No es bueno quedarse con un proyecto, ya quiero otro, ya quiero el que sigue. No tener trabajo me pone los pelos de punta, porque empezaré a utilizar el dinero que está en la cuenta y eso, básicamente, lo tengo contado.
¿A quién quiero engañar? La verdad es que quisiera tener trabajo como una distracción. He terminado los deberes escolares a tiempo. En tan sólo unas horas, me leí uno de los libros que tenía pendientes y preparé unas preguntas a manera de examen por si este llegara a ocurrir. Si me preguntaran en este momento acerca de la Reina Elizabeth y la dinastía Tudor en la historia de los ingleses, podría darles un fascinante tour hablado, con ademanes ensayados y efectos visuales preparados.
El ocio también es la madre del conocimiento.
Llamé a casa de Geraldine pero nadie contestó, he pasado por su departamento y las luces estaban apagadas. ¿Habrán salido de viaje? Decidí caminar por la colonia, llegué a una glorieta y me senté un rato, a mirar la fuente apagada. Se estaba haciendo de noche y el agua estaba reflejando el sol que se escondía ya, detrás de un edificio. Un drogadicto indigente estaba a unas bancas de distancia, lo miré un rato… se puso a saltar y después empezó a jadear. Volteó y me miró a los ojos, me señaló y se echó a reír. Es la segunda vez que me pasa eso de que un drogadicto indigente me señale y se ría. Me pregunto, en un estilo de morbo, ¿qué ven en mi para reírse? ¿O se reirán de todos nosotros, en general?
—No lo sé, yo también me pregunto lo mismo —dijo Ayer. Otra de sus apariciones oportunas. Alcé mi vista y lo miré: llevaba una chamarra café de esas gruesas para el frío, una bufanda, un gorro y un tapabocas. Se veía cómico, no evité la sonrisa—. Se acerca el invierno, y es en invierno cuando me da más frío. Estoy enfermo…
—Me imagino.
—Voy a morir.
—¿Por un resfriado?
—No… pero moriré de todos modos —Ayer se sentó en la banca—. Ya se está cumpliendo este ciclo. No tardo.
Suspiré.
—¿Y qué te puedo decir, si apenas te conozco?
—¿Eso le dirías a tu hermano si vieras su fantasma?
—Lo más seguro —respondí secamente, no quería dejar ninguna duda—. ¿Eres el fantasma de mi hermano? ¿Quién o qué eres tú?
Ayer se quedó callado, se recargó en la banca. Fue el silencio el que me hizo escuchar su respiración flemática, sus jadeos escondidos por el tapabocas, sus ojos enrojecidos que perdieron brillo a medida que el sol se escondió completamente. No era ningún fantasma, a menos que ellos tuvieran que morir de nuevo.
—Ya te dije que somos lo mismo —dijo Ayer—. Yo también puedo cambiar el presente y hacerlo distinto, por medio de mis deseos. La cosa está en que tú y yo, no somos los únicos. ¿Te divertiste jugando con Geraldine?
Me recargué y prendí un cigarrillo.
—Si.
—Pues ya sabes cómo puedes cambiar las cosas. Ya conoces la facilidad que esto representa. Pero hay algunos de nosotros que no les gusta el cambio y lo erradican, lo eliminan a toda costa. ¿Te has puesto a desear la paz mundial? ¿Traer de nuevo el paraíso a la tierra y crear una utopia? ¿Por qué crees que no se materializa de la noche a la mañana? Lo has contemplado y sabes, de alguna manera, que no es sencillo porque hay una fuerza contraria que no lo desea.
—No tanto como la paz mundial… —sonreí—. Sigo siendo un poco egoísta.
Ayer se echó a reír.
—Debo irme, no nos volveremos a ver —dijo Ayer—. Y parece que ella no vendrá de nuevo. Esta era nuestra despedida… caray.
Me encogí de hombros—. Tal vez no le veía futuro a la relación, ¿sabes? Estas muriendo.
—Tan seco como siempre. Algún día aprenderás a llorar la muerte y aceptarla —dijo él, pero no había ningún rencor en su voz. Tal vez, compasión. Buscó en uno de los bolsillos de su chamarra y sacó un pequeño libro—. Este es mi diario, te lo regalo.
Me lo dio, medio lo hojeé. Ayer se levantó y se fue, con las manos en los bolsillos y el rostro alzado. Me dio un poco de tristeza. Yo hice lo mismo, me levanté y fui a casa de Geraldine… la risa del drogo me acompañó, cada vez más tenue, mientras me alejaba de la glorieta. Cuando llegué, vi que las luces estaban prendidas… mejor me fui a casa, le llamaría mañana. Tal vez podría olvidar todo lo sucedido: no más muertos en la memoria, no más deseos… una vida tranquila. Eso es lo que quiero.
|
Noviembre 18, 2004 — otros blogs.
Escrito por Agustin Fest.
Much of scholarly research is learning what others have discovered and building on it. As the famous Isaac Newton quote goes, “If I have seen further, it is by standing on the shoulders of giants.” Today we are launching the beta version of a service which we hope will help this process. Google Scholar is a free service that helps users search scholarly literature such as peer-reviewed papers, theses, books, preprints, abstracts and technical reports.
—Google Blog
La cosa es que Google había publicado en su blog, hace un par de meses, que iban a implementar un servicio donde escanearan libros para incluirlos dentro de sus búsquedas. Incluso, si no entendí mal, estaban en pláticas con varias editoriales para ver que contenidos podían liberar y así tenerlos en la red. Si no me equivoco, el Scholar es el servicio de búsqueda de libros. Para cualquier estudiante universitario, de literatura o física nuclear, este servicio caería de perlas. Y claro… para los periodistas, investigadores y demás.
|
Noviembre 18, 2004 — otros blogs.
Escrito por Agustin Fest.
Fusilado tal cual de alt1040.com
Se invita cordialmente al Beers & Blogs México la siguiente reunión de webloggers que como dice el título se llevará a cabo en la Ciudad de México este Sábado *20 de Noviembre* en el bar *Quetalcoatl* ubicado en la calle Carrillo Puerto esquina con Presidente Carranza, frente al IMSS, en el centro de Coyoacán. La cita es a las 5:00pm

Pues quien quiera ir, dele click a la imagen y confirme en los comentarios del post original.
|
Noviembre 16, 2004 — Familia.
Escrito por Agustin Fest.

Ese es mi padre. Y nunca les he contado de él.
Él es Agustín R. Fest.
Siguey leyendo →
|
Noviembre 16, 2004 — Ayer.
Escrito por Agustin Fest.
Era como escuchar la grabación de una sinfonía antes de que supieras de la existencia de la música
C.K. Williams, Primeros Deseos
Ayer no terminé de contar en que terminó lo del fin de semana y bueno, no tenía mucho tiempo para hacerlo. Entre la flojera, la apatía, un poco el suspenso que me regalo a mi mismo. No creo que haya lectores escrutando o reflexionando en mis palabras. No creo que haya gente que se pregunte si lo que escribo es realidad o ficción. No lo creo, pero no es cosa de mi que los lectores lo crean. Es para mi recordarlas, repasarlas y meditarlas. No conozco a nadie que tenga mi blog entre sus ligas y… la verdad no me interesa conocer a los pocos que leo. Prefiero estar oculto, que nadie sepa de mi. ¿Timidez o presunción? Ninguna, habemos algunos que nacimos para ser mejor reconocidos como lectores que como escritores.
Ya… ya me separé del tema…
Geraldine vino con el suéter azul y los sandwiches. Llegó como a las siete, cuando ya no había sol y la mitad de mi trabajo ya estaba hecho. Estaba más nervioso de lo habitual y ella lo notó. Cuando suelo estar nervioso me abraza, me hace mimos, me habla despacito. Si ninguna de las anteriores funciona, se queda en silencio y evita mis ojos, me mira cuando no me “fijo”. Y así hicimos, comimos los sandwiches sin que ninguno de los dos pronunciara palabra. No hubo oración de las gracias. Cuando terminamos, ella me acompañó un rato en la sala de edición. Su último intento fue contarme de su día, de sus clases de teatro, de la obra en turno.
No supe como decirle que estaba, mentalmente, tratando de cambiar su suéter de azul a rojo. Tres veces miré su suéter, intensamente, y tres veces me preguntó—: ¿Qué? ¿No te gusta? —Y exclamó después—: ¡Si tú lo pediste! —siete veces le respondí—: Me gusta mucho (en distintos tonos y diversas palabras). Y mi mente se dijo—: ¿Por qué carajo no cambia de color?
Ella quiso irse en algún momento y le dije que no, que se quedara un rato más… que su compañía me relajaba, que me animaba a continuar mi trabajo. En mi estado habitual, uno donde Ayer no existiera, eso lo hubiera interpretado como que buscaba sexo esa noche. ¿Cómo podría explicarle que intentaba desquebrajar la realidad y transformarle una prenda de un color a otro con el poder de la mente? … Sería más fácil utilizar el poder de mis pies e ir a una tienda para comprarle un suéter de otro color.
Lo que tú deseés.
—Lo que tú deseés —dijo ella sonriendo y me guiñó un ojo—. Hubiera traído mi libreto, que bueno… ya mucho lo tengo memorizado, pero aún así. ¿Vas a tardar mucho?
Alguna vez leí una historia de Sherlock Holmes, no escrita por Conan Doyle… Era otro autor, uno muy leído… no recuerdo el nombre. En esa historia, quien resolvía el caso era Watson. Aún recuerdo vívidamente como a Watson se le aceleró la respiración y le dijo a Sherlock, en un estado de excitación—: ¡Ahora sé lo que tú sientes!, es como si lo viera todo en un sólo punto… absolutamente todo. ¡Con esta emoción, no hay necesidad de soluciones al siete por ciento! ¿Así te sientes Sherlock?
Una conciencia se despertó en mi.
—El libreto —dije yo—, lo dejaste en la mesa donde estuvimos comiendo. ¿Por qué no vas a buscarlo?
Geraldine me miró un tanto extrañada, pero no dudó. Geraldine nunca duda cuando pongo cara de convicción. Después fue natural…
—Cierto, lo olvidé —dijo avergonzada. Se retiró un momento y regresó con su libreto en las manos. El libreto de algún universo paralelo, donde ella nunca lo olvidó. El “hubiera” más sencillo. Me tapé el rostro de la emoción y di un brinco… no estaba loco. Recordé cuando de niño, había leído en los periódicos, en alguna sección de particulares, la parte de las oraciones milagrosas. Las instrucciones para que estas se cumplieran. Recordé cuando me arrodillé en mi habitación y recé catorce “Aves Marías”, veintiún “Padres Nuestros”, para que Dios hablara conmigo, para que Dios me regalara fortuna y la paz del mundo, porque no era tan egoísta. Y recordé la decepción que tuve, cuando al despertar no había montones de dinero en ningún lugar, ni siquiera una nota de disculpa de Dios, por no haberme cumplido el capricho milagroso.
Pero esta vez… esta vez, el libreto estuvo ahí… ¡El libreto estuvo ahí, dónde yo deseé que estuviera!
Y después todo fue tan sencillo… besé a Geraldine con el triunfo. Con mis deseos, el color de su cabello cambió de rojo a amarillo y luego a un negro profundo. Y después, la forma de su cabello también… no me decidía entre rizado, lacio, corto o largo. Sus ojos almendrados, sus ojos grandes, sus ojos de regalo. La llevé al baño de la oficina, la obligué a mirarse al espejo mientras le quitaba el suéter azul y la blusa de tirantes que traía abajo. Y sus caderas se ensanchaban, sus senos se achicaban a mi voluntad y ella era Lilith. Dios, mucho gusto. Su piel negra, su piel bronceada, su piel amarilla… ella se miraba al espejo, mientras le mordía su hombro, que no era siempre el mismo tan sólo porque se llamaba Geraldine. Ella tan sólo miraba al espejo como cambiaba, como si fuese natural que en ella se escondieran todas las Geraldines de todos los universos existentes… y no lo sabía… ella no lo sabía…
Ella no supo esa noche, que se convirtió en todo lo que yo deseé.
|