El rey de Pasteland…

…Es el señor Klaus Kringle, conocido en otro mundo como Santa Claus. Es un gordo imponente, cuya piel excedente se amontona sobre más piel y cómo él dice—: así es feliz, si es que ese sentimiento existe dentro de su alma. Tiene una barba blanca que no excede de los seis centímetros, perfectamente bien cortada, no sobra en ningún ángulo… sin embargo, el bigote si rebasa los quince, dándole un cierto aire oriental a su rostro ario. Tiene en su guardarropa veintre trajes de corte inglés, de rojo oscuro, confeccionados por sus cinco sastres personales (todas mujeres). Las noches frías son las que más le desagradan porque le arrancan unos tosidos fuertes que parecen decir—: JO JO JO JO.

Klaus Kringle se reconoce orgullosamente, ante el espejo, como uno de los mentirosos más eficaces de la humanidad. Hizo creer durante siglos a toda una raza, que él era un constructor de juguetes y que su fábrica existía en el Polo Norte. Incluso se inventó una esposa y renos que volaban; a uno de ellos, dentro de sus mentiras, le dio una nariz roja y brillante. La efectividad de su mentira se dio a conocer y fue así como se convirtió en el asesor de imagen de gobernadores, presidentes, escritores e incluso actores de televisión. Klaus Kringle no vive mal, es dueño del 60% del territorio en Pasteland… un excelente discurso verbal, inversiones inteligentes y un manejo cuidadoso de su imagen han logrado su fortuna.

El “Gordo Rojo” mira a través de la ventana mientras come, muy lentamente, una barra de chocolate.

—Jo jo jo —hacía frío, más noche iría con el Hada Madrina a obtener un poco de calor y si tenía suerte, no le tendría miedo al Coco al sudar el chocolate.

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