Los guerreros del pasado, que miran a la luna.

Chocolate, el gigante, ha muerto… o más bien, se hizo de piedra. Si despertara algún día, estaría loco o idiota. Sería triste verlo despertar, porque antes se contaban historias grandiosas de las veces que entró en la Torre para recuperar su sueño. Historias que, sin querer, cuentan que poco a poco enloqueció de amargura, de nostalgia y de tristeza. Que se torcía las manos con su propio martillo de bronce, decía que así al menos sus manos tendrían dolor, que no estarían grandes y vacías.


Chocolate, el gigante, un día decidió sentarse en la gran silla de madera que había puesto en el patio de la casa de su amigo, Vort Wunden. Y decidió sentarse para ya no levantarse definitivamente. Así lo explicaba a quien pasaba a saludarle. Así les decía a Alissa y a Wunden. Que ya no se iba a levantar y esa voluntad de piedra, fue la que le hizo grises los pies, las piernas y las manos, después el estómago abultado y los pechos, finalmente el cuello y una parte de su rostro. Sus ojos eran los únicos que aún se miraban con vida, brillaron solitos con las estrellas, una noche. Reflejos de luna.

Chocolate, el gigante, una noche se convirtió en estatua. Se escuchó un terrible estruendo, como piedra resquebrajándose y el pueblo entero, corrió para ver que pasaba. Miraron al gigante, con su martillo de bronce descansando en sus piernas. Le buscaron los ojos y no los encontraron, eran tan grises como la piedra en la que se había transformado. Finalmente, decían algunos, había muerto la tristeza más grande. Finalmente, decían otros, se había convertido en el monumento que merecía. Lloraron de rodillas la muerte del gigante esa noche, y le llevaron flores y cada mañana los lavaban. Sobre todo Vort Wunden y Alicia.

Chocolate, el gigante, descansa en paz mirando a la luna. A menos que alguien con su canto pueda despertar la piedra.


En cambio, en la Torre de los Sueños, la que envejece día a día y pierde sueños cada noche que pasa, hay un mago que lejos de estar muerto, mira a la luna todas las noches. El mago antes se llamaba Miriod y ese nombre se le fue olvidando, para llamarse Sztamozs. Era la pesadilla más espantosa que se hubiera conocido, o así gustaba pensar de si mismo. Su cabeza era un ojo, de millones de ojos. Sus piernas se deformaban con facilidad, para pisar todo el terreno que quisiera. Sus manos, tenían uñas largas y filosas.

Sztamozs se paseaba todas las noches en La Torre de los Sueños y se encontraba con aventureros de Wunden Corp. De alguna manera, quería pedirles ayuda, pero estos jamás le comprendían. Así que tenía que matarlos, con las uñas de sus manos y las puas que le salían por todo el cuerpo. Se apretaba a ellos y esperaba a que sangraran por completo, con los miles de ojos que hacían heridas. No le gustaba matar, pero tenía que sobrevivir.

La pesadilla de los millares de ojos, se acariciaba el estómago envuelto por sus ropas negras. Y cuando estaba de buenas, caminaba a lo más alto de la Torre y se quitaba las ropas. El rostro de un hombre estaba arraigado en su estómago. El rostro de un hombre… ¿quién era? Sztamozs no sabía, de niño tuvo una pesadilla llamada Miriod. A veces, ese rostro abría los ojos y se ponía a llorar cuando miraba la luna. Y ambos se decían, tanto pesadilla como soñador—: La diosa lunar… pronto estará cerca.

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Un comentario hasta el momento ↓

#1 Koala .Exe el 08.06.04 a las 5:23 pm

Chocolate!!! T_T

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