Aquel muro, dicen, estuvo de pie desde que Pancho Villa se robó el avión de los gringos o tal vez desde antes, fijese. Y se encontraba solo, en la planicie, donde caracoles se arrastraban a sus pies. Girasoles crecían a su alrededor y nunca miraban al Sol, lo miraban a él. Como por arte de magia. Se alzaba imponente, fuerte y robusto. Sus ladrillos y su cemento, parecían nuevos en el día y envejecían en la noche. Era como si solito, el muro se tirara y volviera a alzarse con sus propias manos. Sería cosa de fantasmas o de brujos. O de Dios… pero Dios no daría algo tan terrible.
Necesito el deseo para una siguiente vida. O moriremos ambos. ¿Tú la serás? Tú creías que moriríamos, no es así. Si es así. No hay otra vida más.
El loco del pueblo, dijo que el muro hablaba —o más bien le escribía fráses en su ladrillo— desde que era un crío. Sabíamos que el muro era raro, pero nadie quería creerle—: bastaba más, ahora resulta que el cabrón habla.
El loco, ahora ya está huevoncito. A pesar de estar loquito, trabajaba igual que nosotros. Vivía con su padre, ya un viejo curtido. El loco no bebía, ni dormía en las calles. Parecía un hombre de bien y muy respetable. Siempre y cuando no hablara del muro. Cuando hablaba de él, se ponía pálido pálido, como leche cortada, y enseñaba mucho los dientes. Y se le ponían arrugas en el rostro que antes no tenía. Tartamudeaba, medio escupía. Si nos asustaba el loco.
No que estaba tan cerca de descubrir quien soy. No te lo permitiré. ¿Será el pecado del padre? No sabes ni que dices. No… No… No… Ya no habrá otra vida más.
Un día lo vimos caminar muy decidido… nadie le dijo nada por la sangre que manchaba su camisa. Tal vez el cura hubiera tenido valor para decirle algo, pero no se acercó por el martillo de minero que arrastraba en su mano derecha. Murmuraba algo del “Pecado del Padre” y el pueblo lo miró caminar por la calle. Lo seguimos, guardándonos distancia, pero él parecía no tomarnos la menor importancia. Arrastrando las patas, con la cabeza medio caída, en una procesión lenta le seguíamos los curiosos… y llegamos al muro.
Mira, helo ahí… él iniciará otra historia al destruirnos ¡Aquí terminará todo! No lo sabes… no lo sabes… habrán vidas más, hasta que mi palabra tenga sentido
El loco alzó el martillo, hombres y mujeres contuvimos el aliento. Queríamos decirle que no lo hiciera, porque caería sobre nosotros el mal de ojo. Y también, sabíamos que sería él unico que tenía el valor de hacerlo… muy adentro, le gritábamos que diera el primer golpe. Se alzó el martillo y con el primer golpe, tan sólo le hizo un rasguño. Eso no lo detuvo, continuó y continuó. El rasguño pronto se convirtió en un agujero y se alzaba el polvo. Morían los caracoles y los girásoles. Morían santos y demonios. Cada golpe del martillo alzaba la tierra y su polvo se nos metía en los pulmones. Cuando me dí cuenta, le gritaba que siguiera, que destruyera al cabrón. Los otros reían y lloraban. Estábamos igual de locos que él. Pronto nos unimos a la destrucción del muro, para empujarlo o patearlo o golpearlo, uno hasta se atrevió a morderlo.
Nos caeremos… y nos levantaremos. Era el último y tú el primero.
No fue hasta que cayó el muro… que estuvimos en paz. El loco dejó caer el martillo y se tiró de rodillas, una sonrisa hermosa iluminaba su rostro.
—Todo vuelve a empezar tan sólo con un grano de arena —dijo… y murió. Murió del calor y de lo exhausto. Murió cuerdo y con su sonrisa hermosa. Luego supimos que había matado a su padre, porque más tarde lo encontramos con el cráneo destrozado.
“El pecado del padre”, no puedo evitar pensar en ello. No puedo dejar de pensar en la historia que jamás nos contó el loco.
Un comentario hasta el momento ↓
Historia que sin duda pronto nos ha de contar, verdad?
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