El caracol

Me perdí buscando casa
siendo un caracol,
por buscar afuera lo que había en mi interior.
La amistad se hizo teoría,
y el amor se convirtió en fotografías.

—Sayeg. Que verde es el azul.

Helix Aspero, el caracol, se arrastraba lentamente sobre el piso, ignorando las espigas de trigo que se habían escapado —o por el viento, o por la casualidad—, en aquella casa de un solo cuarto. Sentía los oídos (o más bien, los otocistos… pero ustedes, ni yo, conocemos muy bien esa palabra) llenos de ruído y el instinto de fuga lo tenía en un stress comparable a aquel de cuando había terminado por error en un jardín, donde había tres nidos de gorriones. Helix no sabía exáctamente porque debía escapar, como los caracoles no tienen memoria pues no estaba al tanto de que estaba escapando del causante de todo el ruido.

Además, como buen caracol, su instinto de fuga se disparaba en espacios demasiado encerrados o demasiado abiertos. Era un ambiente sin humedad. Eso le decía: “PELIGRO, peligro, PELIGRO, peligro”. Un caracol nunca deja de arrastrarse, de ello depende su vida. Y Aspero no quería hacer la fabulosa excepción de la especie, menos en ese momento. Sentía las piedras de sus os-to-cis-tos moverse en su cabeza y su cuerpo le gritaba: “FUGA, FUGA, FUGA… LUEGO TRAGAS… ¡FUGA!”.

—Ya no estas en el frasco —escuchó Helix Aspero—. ¿Dónde te metiste? No muy lejos de aquí… mi casa no te lo permitiría.

Aspero aceleró un poco su marcha, empujando el vientre a todo lo que daba… y no era mucho. Sus tentáculos le decían donde había aire y donde había más trigo, no debía estar lejos del aire libre. Estando lejos del predador, ya podría pensar en comida… en aparearse o algo así. Primero tenía que escapar. Estaba seguro que lo que había escuchado era el predador más terrible de todos, le harían como a tantos de sus primos: sal y pimienta, directo al estómago de algún infeliz.

“Me estoy arrastrando mal” —pensó Aspero, inevitable en su especie—, “Esto no se siente bien”. Así que, en vez de arrastrarse por el centro de la casa para llegar en línea recta a la puerta, viró a su izquierda para pegarse al muro.

—Eres algo de aquí… estas aquí todavía —dijo el predador—, todavía puedo sentirte. Tan pronto te encuentre… no habrá otro cien vidas más.

Helix sintió una punzada al escucharle, sin embargo, continuó su marcha lentamente al muro de la izquierda. Y después, se hizo un silencio intenso, que suavemente reconfortó a Aspero. Sus tentáculos no le avisaban ya de ningún movimiento, se sentía seguro. Poco a poco, olvidó al predador que le había agudizado el instinto de fuga hacía un momento.

Cuando sus tentáculos toquetearon el muro, viró a su derecha y se arrastró agustito con la vida. El instinto de fuga continuaba, pero ya no punzaba tanto como hacía unos minutos, o tal vez horas. Los caracoles no tienen memoria, y por lo tanto, nada saben del tiempo. Aspero eso lo tenía consciente cada segundo de su existencia. Se arrastró y se arrastró, centímetro a centímetro se encontraba más cercano a la corriente de aire. Si los caracoles pudiesen sonreír, él lo hubiera hecho… el ambiente estaba húmedo allá afuera.

Movimiento brusco. Helix se enroscó rápidamente y sintió una ráfaga de aire.

—Si, soy yo —dijo el predador—. Fue divertido mientras duró.


El otro cien vidas abrió la boca y se comió al caracol.

Inmediatamente, las vidas faltantes se adhirieron a su cuerpo y una fuerte carcajada escapó de sus labios.

Había terminado con todo, ya no quedaban más de su especie y, como un hombre satisfecho que ha terminado el trabajo de siglos, se dejó caer en una silla.

—Me siento tan fuerte como un muro —dijo—, y otro cien vidas, jamás.

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