Estaban celosos, porque no aparecieron de nuevo en su historia… el uno y el otro, habían tocado su existencia y de alguna manera le extrañaban, o le envidiaban. No sospechaban que esta plática era escuchada por él y que sus palabras las llevaba en su cuerpo y que incluso, miraba en sus entrañas, porque el mundo y todos nosotros, estamos llenos de viento.
Dos personajes curiosos se tomaban un café en la Alameda y permanecían en silencio, cada uno pensando sus diálogos. Un hombre ya viejo, vestido de manera estrafalaria, con púrpuras y naranjas, azules turquesa y un sombrero de plumas rojo carmesí. Debajo del sombrero se escondía el brillo de su calva y poseía unos lentes de fondo de botella que agrandaban sus ojos como un par de universos. Cabe destacar, que esas eran sus ropas para salir a la calle.
Nunca le dieron un nombre que los demás conocieran, sin embargo, su profesión era reconocida en todo el mundo por aquellos que sabían de su existencia. Era el Maestro de los Disfraces. Y desde el inicio de los tiempos, los varones de su familia se dedicaron a servir, guiar y proteger a los Cien Vidas. ¿Por qué? ¿Quién lo había decidido? ¿Hay libros que hablen en detalle del tema? Por supuesto que los hubo —en pasado—, los más importantes circularon en 1820 (Alemania) y en 1924 (Brasil), pero se perdieron.
El conocimiento, o la información, es algo que se pierde muchos años o que deja de importar, en algún momento, cuando se descubre el argumento cíclico de la vida. El Maestro aceptaba su destino porque le hacía más cómodo su futuro. Ya había pasado su niñez curiosa y su adolescencia rebelde… ya no quedaba nada más que descubrir. Ningún nuevo propósito o misión vital. Ser el Maestro de los Disfraces le permitía, al menos, una manera de resolver lo que restaba de su existencia.
El otro, era Guadalupe Espártaco. A diferencia del Maestro, Guadalupe poseía una infinidad de conocimientos en su cerebro. Los demonios y los ángeles, cuando hablaban de él decían de sus milenios de edad. Algunos decían que cinco, otros lo reducían a tres. Otros tantos, lo asociaban como uno de los maestros escondidos de Cristo, pero esos… son los que tienden a mitificar la figura de alguien… ya de por si, mítico.
Espártaco tenía en su poder el conocimiento de lo oculto. Conocía millones de combinaciones de hierbas para cualquier cosa que se le ofreciera, desde rejuvenecer su cuerpo hasta la conservación de las neuronas. También poseía un lenguaje oculto que se decía que con una palabra, sería capaz de destruir el mundo y aún buscaba la palabra para destruir el universo entero. No lo tomen a mal, no teman a Espártaco… para él, poseer conocimiento era mera curiosidad “científica”. No sentía necesidad en utilizarla y si un hombre no ha cambiado su naturaleza bondadosa en milenios de edad, no lo haría al día siguiente.
(¿O si?)
Como se dio su reunión fue una casualidad (o Coincidencia Macabra, dirían). Se encontraron en la calle, se miraron unos segundos y un signo distintivo que deja un “Cien Vidas”, es que quien ha pasado por su camino de una manera directa, será capaz de reconocer a otro que también lo ha hecho. Es como el sentimiento de cuando ves a alguien en la calle, en una reunión y te preguntas: “¿De dónde lo conozco? ¿De dónde lo conozco?” y puede que te acerques a preguntar y te lleves la sorpresa de reconocer a alguien que compartió contigo la primaria o la secundaria.
Dado la naturaleza de ambos hombres, sabían de donde se conocían. Aunque no sabían exáctamente quien era el uno, y quien era el otro. Escogieron uno de los bancos de ajedrez en la Alameda, tomaron asiento y pensando cada uno sus diálogos, dejaron que el viento los meciera suavemente a ojos de algunos espectadores curiosos, que no dejaban de mirarles.
—¿Y bien? —Es una pregunta que cualquiera de los dos pudo haber hecho, así que, pueden permitírselo al personaje que más le haya agradado. Si se da el caso en que ninguno de los dos le haya provocado un sentimiento positivo, puede adjudicarse la pregunta a usted, mi querido lector.
—Pues me pregunto que ha sucedido con este cien vidas —dijo el Maestro—. Hace mucho que no le veo y casi no ha requerido de mis servicios. Recuerdo a mi abuelo, que fue un hombre muy ocupado con su Cien Vidas en particular. Hasta pareciera que se vivió las cien en dos noches, porque mi abuelo tuvo una racha muy difícil donde apenas durmió cuatro horas. Entre que preparaba disfraces y le ayudaba a descubrir un nuevo propósito. Pero mi viejo se veía satisfecho, muy orgulloso de lo que su Cien Vidas estaba logrando.
—Si, conocí a tu abuelo —dijo Guadalupe—. Alguna vez que pasé por ahí, por tu tienda de disfraces.
—¿Quién eres? —preguntó el Maestro extrañado—. Creo que se me escapó tu nombre.
—De hecho —dijo Guadalupe, sonriendo con dientes amarillos y con un río de arrugas sobre la cara—, no nos hemos presentado. Mi nombre es Guadalupe Espártaco. Y el tuyo lo conozco, he estado al pendiente de tu familia, así como estoy al pendiente de todo lo extraño en este mundo.
El Maestro palideció.
—¡Pero si eres un mito!
Guadalupe se encogió de hombros, el viento hizo un giro partícular, como si saltara en los hombros de Guadalupe—: Pues ya ves que no —sacó una pipa, le puso algo de tabaco y la encendió—. Estábamos hablando del Cien Vidas. ¿Dónde crees que esté ahora? ¿Qué estará haciendo? ¿Habrá resuelto su vida?
El Maestro, tomando un poco de aliento —el viento tomó forma de aire en sus pulmones y se expulsó con palabras—. Pensó como responder las preguntas de Guadalupe. Trató de olvidar el hecho de que estaba ante una figura legendaria. No fue difícil, ya que Guadalupe parecía un viejo común, moreno y anciano, de huesos fuertes y expresión suave.
—No lo sé —fue todo lo que pudo decir—. Podría estar en cualquier parte, podría ser cualquier cosa. No ha resuelto sus vidas, porque de ser así, yo lo sabría. Hay un vínculo muy débil entre él y yo, que me permitiría saber cuando mi trabajo no sea necesario.
—Comprendo —dijo Guadalupe pensativo, se puso la pipa en los labios y miró hacia la derecha. Observó a una madre y su niño quien señalaba al Maestro con sorpresa. “¿Es un payaso mami?”, Guadalupe le sonrió al niño y después continuó—: He escuchado rumores de que es el último de su especie, aún con una oportunidad.
—Debe serlo —asintió el Maestro, el viento a su alrededor siguió el movimiento de su cuello—. Porque soy el último de mi linaje. No tuve hijos y mucho menos, nietos. Aún puedo enseñar el oficio a alguien más, pero no me provoca hacerlo.
—Es una lástima que se perdiera —dijo Guadalupe, sonriendo triste—. También he escuchado rumores de que hay otro que le busca. Uno que está viviendo su última vida. ¿Tú sabes por qué le busca?
El Maestro se quedó pensativo.
—Si, si lo vi una vez. Un “Cien Vidas” perdido. Mi abuelo me contó que hay algunos que no resuelven sus cien vidas y las derrochan en placeres o en tormentos, olvidan su propósito básico. Es en la vida número cien donde sufren para conseguirlo. ¿Sabes? Probablemente le busca para robarle sus vidas, su palabra o el camino que ya lleva hecho. Ojalá no lo haga, porque de cualquier manera ya está perdido.
—Ojalá —afirmó Guadalupe.
—¿Por qué estás tan interesado en él?
—A mi, que me interesan todas las cosas raras —respondió Espártaco, sus palabras como viento travieso—. Nunca esta de más conocer algo nuevo. Ahora debo irme, la Muerte no tarda en pasar por aquí. Si ves a tu “Cien Vidas”, mándale saludos de mi parte.
—Lo haré —dijo el Maestro—. Es un gusto conocerle, Señor Espártaco. Había escuchado tanto de usted.
—Olvida las formalidades. Si no las tomaste antes, no las tomes ahora.
—Es un gusto verte, antes de morir. Lástima que no habrá a ningún nieto que se lo cuente —sonrió el Maestro, se despidió de Espártaco con un leve movimiento de la cabeza y lo observó partir caminando y después corriendo. Como un niño travieso, Espártaco se perdió entre las calles y la gente. De él le habían hablado, y se preguntó si alguna vez hablarían de él como el Maestro de los Disfraces que alguna vez sirvió a “Cien Vidas”.
Un hombre moreno y rechoncho miró al cielo. Sentía el viento en su rostro. Sonrió siniestramente, llevaba consigo un bote vacío donde alguna vez hubo mermelada, lo abrió y lo alzó. Esperó unos segundos y después, con un breve movimiento volvió a tapar el bote.
Acercó el bote a sus ojos, lo giró y dijo—: Te tengo…
3 comentarios ↓
Y sin embargo, todo lo que narra resulta familiar, como si el que lee estuviera ahi, observando tambien.
¿un cazador de almas?
Latro: Como si conocieras al 100 vidas?
A: O un ladrón de vidas… eso lo resolveré en unas cuantas horas.
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