Piernas

Why can’t you please understand what kind of man I’ve got to be? You’re saying I’m such a fool, You’re right, and it’s driving you wild! I’m sorry I’m a cool kat baby.

—You make me cool, del soundtrack de Cowboy Bebop.

Cada que me preguntan cuál es mi parte preferida en el cuerpo de una mujer, puedo decir varias cosas y dar una serie de motivos, inventados ya por hombres que han pensando antes que yo, de por qué me gusta tal y esto y aquello. Por ejemplo, de los ojos decir que me gustan porque son la ventana del alma, de las manos decir porque muestran que tanta mujer se esconde adentro, del cuello decir que entre más largo, más sensual se vuelve su conquista, el cabello te dirá como se levanta en las mañanas, las caderas claman que tanta fertilidad poseen, los pechos son un atractivo sexual del tamaño de tu fruta predilecta y las madre serán sus espejos, en cincuenta años. Etcétera, etcétera.

Sin embargo, siempre me ha gustado como una mujer utiliza las piernas y … no lo digo con el afán del albañil que grita: “¡Bonitas piernas! ¿A qué hora abren?”. No. Me gustan las piernas, su figura, el contorno, lo abultado de una pantorrilla, lo arrugado de una rodilla, el calor de los muslos. Me gusta como una mujer juega con ellas, como las cruza las al sentarse o como las junta rigurosamente. Como las separa, cuando está cansada. Como retira las medias, cuando ha terminado el trabajo. Como las esconde con una falda larga, porque teme que sean de palo.

Y así, han pasado a gustarme las faldas, las medias, las calcetas largas o las musleras (no para mi, para ellas). La manera en que adornan, algo que por si mismo es bello.

En Sin Remitente, recuerdo una escena donde el Don platica con su cuate del trabajo. Esa escena se me quedó muy grabada, aún hoy día me pregunto por qué. Tal vez, porque en cierta forma me siento como aquel hombre confesando a otro que es lo que le gusta de su mujer, como le retira las medias y eso le permite acariciar sus piernas. Como tarda en retirárselas, como las medias le recuerdan el olor de su esposa, como siempre ese acto suave y despacio, genera otro de mayor intensidad.

Si, me gustan las piernas.

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