Entradas escritas en Junio, 2004 ↓

Fanta sonríe y es bella.

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Fanta es una mujer hermosa, le pido disculpas por la foto de su cara normal, digo… su cara deforme por el lente donde hacía cara de puchero…

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Esa foto, evidentemente, está deformada por el lente y por el viento.

Besitos Fanta, eres un amor. :grin:

un semestre…

Ya estoy organizando todo para regresar a la escuela este semestre. Originalmente, me iba a tomar todo el año, pero he decidido no hacerlo así. Muchas cosas me vienen a la mente, en especial, un pequeño miedo infundado—: Ya no estaré al mismo nivel de mi generación, ahora todo lo compartiré con una generación atrás (y tan sólo, un pedazo). Ya no voy a conocer a nadie, tendré que hacer nuevas amistades (si decido so-cia-li-zar), y procurar a las viejas amistades (en serio, en serio espero encontrármelos por ahí).

Mientras transcurrió el tiempo, después de dejar la escuela, pensaba (y pienso) continuamente—: No debí dejar el semestre. Debí hacer todo lo posible por salvarlo. Me decía que el problema que me había obligado a dejarlo, no había sido tan grave. Transcurrían las semanas, platicaba con Ariadna, o con Astrid, muy esporádicamente y preguntaba por todos, profesores y alumnos. Preguntaba de exámenes y tareas. Me levantaba en las mañanas con esa ansia de recuperarlo, de regresar a resolver lo que había dejado.

Y me deprimía, en un rato de abrir los ojos, porque sentía que eso no era posible. Inmediatamente, tomaba partido aquella voz que me hablaba desde niño—: Tú eres fuerte, tú puedes. Nunca, nunca te has dejado vencer.

¿Pero qué hacer cuando la voz no basta? Peor, ¿cuándo esa voz es caprichosa y quiere resultados inmediatos? ¿Cuándo quiere ver el fruto de años en segundos? Tuve que entrenarme a mi mismo en ser paciente. Digamos que era una contravoz, basada en el dicho que reza—: Cuando no hay prudencia en el otro, que quepa en ti. Suavizar la depresión, al mismo tiempo que hacía más potente a aquella otra voz y no callar a la caprichosa, no… dejarle hablar. Explicarle.

¿Mentirse? Tal vez.

Hoy que revisé horarios, salones, grupos y materias que puedo tomar para adelantarme en algo, descubrí… que esto ya es mi decisión. Mi decisión de seguir estudiando y completar el hecho. Ya no hay nadie atrás que me esté haciendo caminar y me diga—: Bien, tienes una carrera que terminar. Podría olvidarlo, podría enfocarme a mi trabajo en un cien por ciento y olvidarme, ganaría buen dinero. El doble, incluso el triple, del que estoy ganando ahorita.

Ya no hay madre que esté al pendiente. Ya no hay tíos que me estén empujando.

Estoy solo en esto.

Argel hizo bien en platicar conmigo, cuando estaba avisando que ya no iría a la escuela.

“Independientemente de lo que hagas… debes vivir la experiencia de una carrera universitaria. Si te deja mucho”. Si lo miro así, es más fácil. Es algo que tengo que vivir, y nunca… nunca, me ha gustado dejar algo inconcluso. Ni las promesas, ni los escritos, ni los amigos, ni las viejas amantes, ni los… las… lo losla.

Eventualmente lo termino, porque así yo lo quiero.

Los hombres, mujeres y niños, que miran aviones…

Este domingo dejé a mi tri-endemoniada chiquita frapapú en el aeropuerto, nos sentamos en el piso y esperamos a que avisaran de su vuelo. Fue un fin de semana pesado, lleno de tiempos cortos, de correr de un lado para otro, de buscar libros… de sustos de muerte (casi me la atropellan un par de motociclistas cuando no se fijó al pasar la calle. Tuve que moverme rápido y jalarlas a ambas, a Sol que se quedó pasmada y a Luz “cuñada-corazón”, que le apresuraba a moverse).

Aunque ella conoce una de las verdades esenciales de mi persona, del mito que he creado en este espacio… sabe cuánto me asusté. Y sabía cuánto se había asustado ella. Si cualquiera de nosotros se hubiera apendejado un segundito más… no quiero ni pensarlo.

Una calle después me hizo otra vez la trastada de cruzar la calle sin fijarse y pasó otro motociclista un poco menos apresurado. Que midió a la señorita pasando la calle. El motociclista me miró a los ojos, con el ceño fruncido… eso me dio la extraña sensación de que había sido el mismo que casi la mataba, una calle atrás.

Estaba en que esperábamos en el aeropuerto, ya más tranquilos. Ella leía uno de los libros que había comprado, una compilación interesante de Cuentos de Amor que provenían de todo el mundo. Leímos uno europeo, uno africano, y tal vez otro más, en lo que esperábamos. En algún momento me dijo—: Ya vas a descansar de mi, ya me voy. Me quedé pensando que tanto de verdad había en esa frase y pensé: siii… voy a descansar MUCHO MUCHO… (no te creas, jajajajajajaja)

La verdad es que no quiero descansar de ti.

Cuando ella tuvo que irse, yo decidí caminar. Caminé por las afueras del aeropuerto y miré aviones, saludando y despediéndose. Tan pronto llegaba uno, tan pronto se iba el siguiente. Y así, sucesivamente… he de haber caminado una media hora o más, alrededor del aeropuerto. Primero me encontré a alguien que seguramente no ha pisado casa en mucho tiempo, o ¿es qué la calle ya era su casa?. Y después, me encontré con un hombre de gorra ya enloquecido, que me gritaba a mis espaldas algo de aviones.

Supongo que los enloqueció la idea de volar. Los enloqueció el ruido ensordecedor, los químicos de los combustibles. Su sueño se ha tornado en su pesadilla verdadera, amén. A seguir caminando, mientras ustedes vuelan.

Llegué entonces a una parte donde habían coches estacionados a un lado de la acera. Había gente de todo tipo. Salían de sus coches y se pegaban a la reja, miraban hacia la pista. Nunca me imaginé, o había escuchado, que la llegada e ida de los aviones era un pasatiempo, o que fuera alguna especie de atracción o espectáculo. Ahí estaba la gente, señalando los aviones comerciales, los aviones de pasajeros, los aviones de carga… se los enseñaban a sus niños y a sus abuelos. Los niños decían hola y adios con la mano, y los viejos observaban su pronta ascención al cielo (o descenso a los infiernos, pero para ello… me imagino que tendrían que observar el Metro). Incluso había un vendedor de aviones en miniatura.

Los dejé atrás, me subí a un puente peatonal, adelante de mi había un viejo humilde con un sombrero. Estaba recargado y miraba hacia arriba, alcé mi vista mientras caminaba y vi de cerca a un avión que aterrizaba. Miré de reojo como alzó la mano y se despidió de él, como si fuesen amigos o como si él fuese un niño callado, que se sentaba en el parque y contaba aviones en el cielo, como si fuese su única escapatoria, como si no encontrara como soñar que volaba.

Me sonreí y apresuré el paso, tenía que llegar a casa. Cuando pasó otro avión, como aquel anciano, alcé mi mano y le grité—: Hola.

Rafael I

He tenido esta imagen insistente… estoy seguro que el que heredó los gestos mágicos de Narayanath, fue Rafael. Uno de mis tíos. Creo que es el más parecido a ese señor: en la sonrisa, en el tono de voz, en la manera de sostener una opinión, en la picardía. Los labios gruesos y los ojos caídos son el rasgo Salazar. También los tengo, un poco modificados por el gen Fest y el gen Rojas en mi sangre.

Mi abuela lo consideraba el más listo, el más informado de sus hijos. Le heredó la manera de vender, la manera de contar las cosas para crear un cliente. Ella adoraba cuando visitaba las casa.

Rafael, para mi, era el tío mágico. Cuando era niño, un niño muy pequeño… recuerdo como se quitó el dedo pulgar y se lo puso como si nada hubiera sucedido. Lo hizo tan rápido la primera vez, que me aterrorizó… e inmediatamente después me fascinó. Pedí que lo hiciera un par de veces más y observaba atentamente al tío mágico, que podía quitarse el pulgar. Debe ser una de esas cosas que fomentan la magia en la niñez, que fomentan el asombro y también, que fomentan el misticismo. En mi caso lo hizo. Me hizo creer en aquellas cosas extrañas, curiosas e imposibles de controlar.

Cuando trabajaba con él —tendría unos quince o dieciseis años—, le pedí que lo hiciera de nuevo. Que lo hiciera más lento para que pudiese ver cómo era. Así lo hizo, me enseñó como hacerlo. En algún lado, mi cerebro se desconectó y me declaré idiota (tal vez no quise aprenderlo, tal vez quería seguir sorprendiéndome). Quería creer que la magia existía.

Aún recuerdo la pelota roja de Narayanath, como la tenía en sus manos y hacía cosas con ella. El recuerdo fragmentado, que no tengo completo. Hacía magia con su pelota. Así como mi tío Rafael hacía magia con su pulgar. En algún lugar, veo a mi abuela sonriendo, bañada de sol, observando a Narayanath y al nieto. Satisfecha, ha traído el conocimiento de la magia de Narayanath en el niño. Satisfecho, Rafael hizo crecer la magia del conocimiento.

La flojera (el ingenio o la muerte de la dignidad humana)

Salí a prepararme un café. Al entrar a la cocina, vi los tres recipientes de cajeta que trajeron de Celaya (memento de un casting que hicimos allá). Sabía que no había pan integral para ponerle la cajeta. So, la reacción natural es… o una, salir a comprar el pan o dos, olvidar el pan por la pura flojera disfrazada de gula.

Pero el ingenio pudo más. Restaba todavía pan de hot-dog de la semana pasada, so… saqué uno y le puse cajeta. Adiós gula, adiós antojo y adiós necesidad de comerse un pan con cajeta. (Siempre me he preguntado si “Adiós” va acentuado, ahora que lo he escrito tantas veces surge la duda de nuevo. Según la RAE —el pinche obsesionado— si lleva el acento. Ahora que lo pienso, casi nunca he escrito esta palabra… ¿será muy triste o será una negación personal?).

Está cabrón ese paréntesis… ¿qué pedo con el que cambia el tema a lo pendejo?, bue, regresando a lo del título.

Acto seguido, me engullí mi hot-cajeta improvisada. Cuando era chiquito y preparaban hot dogs para toda la familia, me acuerdo que me inventé algo llamado: “Hot-Món” (cuando mi tío Rafael escuchó el nombre de mi invento, se rió como nunca). Es la misma porquería que un hotdog, solo que en vez de usar chalchicha se usaba jamón. Eso me lo inventé porque las salchichas nunca alcanzan. Es el enigma del consumismo: ¿Cuántos paquetes de pan compro para las salchichas? Y si eres un ob-se-sio-na-di-to, comprarás el número de paquetes hasta que se adecúe al número de salchichas.

A lo del café… me di cuenta que no quedaba suficiente para llenar mi vaso. Una de dos, un hombre sensato haría un nuevo café para que todos sus compañeritos lo disfruten o dos de dos, olvidaría el café por la gula o el antojo o la adicción cafeínica. Pues… no, lo que hice fue echar lo que restaba al vaso (alcancé a llenar como un poquito más de 1/3 del vaso) y después ponerle agua.

Bien… la azúcar. Había más que una cucharada en el botecito del azúcar. Un hombre sensato hubiera llenado el botecito, y un huevón se lo hubiera tomado negro. Pero soy ingenioso, ¿recuerdan? muy ingenioso (insertar tono de voz de conquistador mundial aquí)… puse la cucharada de azúcar en mi café y decidí conformarme con ello.

La crema, afortunadamente hubo suficiente.

So, en este instante estoy disfrutando un delicioso café calcetinudo medio desabrido, mientras un hot-cajeta se hace chiquito en mi estómago. Sabe medio mierda, pero este post es para tratar de convecernos, a ustedes y a mi, que hubo practicidad en las herramientas a la mano y que este café, en verdad es delicioso.

¿A quién quiero engañar? Voy a tirar esta porquería. Ahorita vengo, voy a preparar café. Como reza el dicho: “El flojo y el mezquino andan dos veces el camino”.

Actualización: He escrito la palabra adiós, en 11 posts de 1023 que van hasta la fecha. Por supuesto, la he escrito sin el acento. Y Juan Carlos se me adelantó, él preparó el café que me estoy tomando en este instante.

Desmadrito oficinal

Dale click para ver. (esta vez, fue quicktime) Si nos divertimos…

¿a poco no?

Los trastes sucios.

Un signo distintivo de aquella señora, la abuela de un servidor, era poner su radio viejo y sucio, manchado de grasa, en cualquier estación de radio. En las mañanas era Radio Red, donde escuchaba a los locutores (Gutierrez Bibó(?) y a uno que se apellida Limón) hablar de los acontecimientos políticos de hoy y de las fallas que tiene la ciudad de México. En el mediodía tocaba el turno del psicólogo que trataba a gente por radio: Lamoglia me parece que era. En contadas ocasiones ponía cassettes con música clásica (Mendehlson, Tchaicovsky o Mozart) o bien, con Fausto Pappetti o este cuate… Otmar Liebert?. En fin… durante el rito, se escuchaba el agua y el choque de los trastes. A veces la carcajada de mi abuela por algún comentario del radio, una carcajada sincera. Me gustaba mucho ese sonido agudo, por eso me hacía el gracioso en cuanto pudiera… me encantaba arrancarle carcajadas.

Huele a lluvia.

Cuando presentí su muerte, por tantas veces que la llevaban al hospital, me dediqué a intentarlo. Puse un radio en la cocina y cuando me tocaba lavar trastos, lo prendía. Quería conocer algo de su disciplina, o de su trance, o nada más intentar estar en sus zapatos. Abría la llave del agua, llenaba el botecito de jabón y pensaba que pensaría ella. Me acordé de aquella vez, cuando la sorprendí hablando sola mientras lavaba los trastos. Yo quería un refresco del refrigerador y entonces la escuché. Hablaba sola de lo mal que se sentía, de sus hijos que le culpaban de todo, de lo culpable que se sentía por aquellos que no le culpaban abiertamente. Hablaba de lo mucho que luchó para educarlos ella sola y hablaba de que le había faltado algo, en alguna parte.

Fue la primera vez que le escuché un—: “¿Tú crees que ha sido fácil, Agustín?”… ¿tú crees que ha sido fácil? La primera y única vez que se lo escuché.

Pensaba en sus hijos ya grandes y todavía solteros. Pensaba en los casados, si habían decidido a la persona indicada. Pensaba si debió de decirles más o decirles menos. Pensaba si debió ser más estricta. Si debió buscarles un padre. Y sobre todo, se daba cuenta que ya era tarde… que ella ya no podía hacer nada al respecto, porque todos estaban crecidos.

Ya no hablaba sola, me miraba y me decía las cosas. Me decía como la culpaban a ella y me decía como se culpaba ella. No dormía tranquila en las noches, la abuela, mi abuela… así como rara vez duermo tranquilo en las noches. En ese momento crítico, después de conocerla tantos años, encontré ese rasgo característico familiar de culparnos por todo. Culpable, culpable, culpable.

Esa película es padrísima… en ella baila un hombre vestido de geisha, la música me gusta mucho. Ya no huele a lluvia, pero el cielo amenaza.

Y se soltó a llorar, se soltó a llorar. Volteó hacia mi y me dijo—: Ya me escuchaste. Ya vete Agustín, déjame llorar sola.

Me alejé de la cocina y a los diez minutos, escuché que prendía de nuevo el radio. ¿Por eso lo escuchabas, para no pensar?… No lo sé… Alguna vez, ya cuando ella murió, visité a mis tíos. Cuando entré, escuché el radio viejo de la abuela, mientras uno de ellos lavaba trastos en la cocina.