El diecisesiavo sueño, es el último…

Este post es parte de una serie, llamada “La Torre de los Sueños”. Anotación 16 de 16


Los habitantes de Garalla y Vort Wunden, el día que terminaron todos los sueños —incluyendo este, el último, que habrá de desvanecerse en la tierra como polvo de libro viejo—, miraron hacia la torre. El cielo estaba oscuro, más oscuro que la noche misma y de las múltiples ventanas, se esparcieron luces de colores. Como si los sueños hubieran decidido escapar para no regresar jamás.

Alissa Aren asomó la cabeza por la ventana hacia aquella torre, que parecía envejecer los años en tan sólo minutos. Se sentía intrigada y aterrorizada porque sus maridos debieran encontrarse ahí. ¿Y no fue qué cuando miraba, un halo de luz azul se le metió por los ojos y la boca e hizo casa en ella? ¿Habrá sido la travesura de algún hado o el designio divino? En su mente pudo ver todo lo que había sucedido en la torre, así como los sueños del mundo entero. En unos segundos recordó su niñez y las pesadillas que nacieron de ella, en unos segundos miró el futuro y se prometió recordarlo. Y supo, maldición y bendición, que ella podría continuar soñando a diferencia del mundo entero.

—El primer sueño es el más confuso de todos —se dijo. Se apresuró a ponerse una piel para abrigarse del frío y abrió la puerta. Sus ojos miraron hacia adelante, tal vez horas hasta que empezaba a amanecer. A lo lejos, distinguió la silueta del marido que le restaba, un marido que había matado a los dos restantes y así los había asimilado. Vort Wunden quien solo poseía una mano y un ojo sanos. Atrás de él, caminaba el gigante que se llamaba Chocolate, lo hacía cabizbajo, observándose las manos abriéndose y cerrándose. En su espalda descansaba un martillo de bronce que no sería utilizado en mucho tiempo.

A ambos los recibió en casa, a uno amándolo como hizo desde el primer día, al otro queriéndolo como un hijo. Porque ella en esa noche conoció todos los sueños, en especial los de aquellos dos guerreros.


No fue al día siguiente, ni a las dos semanas, cuando la gente se dio cuenta… si es que acaso lo notaron. Se levantaban y empezaban los días, el color de sus ojos se opacaba de gota en gota, sin protesta alguna. Las acciones cotidianas adquirían un sin-sentido, pero las hacían de cualquier manera. El herrero no podía pensar en un nuevo diseño para un escudo, pero no se preocupaba en ello… sencillamente hacía el escudo de la manera más rudimentaria. A veces, lograba hacer un escudo hermoso, pero era un escudo igual al que había vendido hacía tres días y se frustraba al darse cuenta. Los viejos y los niños, se mantenían aparte los unos de los otros… tal vez porque eran rivales similares, eran los más necios, eran los que más se negaban con que los sueños se habían perdido.

No había miedo a la oscuridad, pero tampoco había gozo con el día.

Alissa Aren observó esto con mucha atención, lo había notado con su marido quien había abandonado la espada en su totalidad. Ni siquiera lo había decidido, o lo había anunciado. Tan sólo el día que había llegado con el gigante a sus espaldas, había arrumbado su espada en un rincón de la casa y lo primero que pidió fue una taza de chocolate caliente para él y para su amigo. Alissa se las ingenió para conseguírselos, los observó beber en silencio y sin ninguna expresión en el rostro.

—Observa muy bien Alissa —se dijo—, porque así serán de ahora en adelante todos los días de tu vida.

En principio creyó que era una cosa que había sucedido nada más con el pueblo, había incluso contemplado la idea de escapar con Vort, y tal vez con Chocolate, a otro lugar en la tierra. A los montes de Vania, o al pueblo de Gundewal, incluso la ciudad de Trino. Sin embargo, como adivinando sus pensamientos, llegaron extranjeros de diversas razas y colores, tamaños y formas, y todos tenían la misma mirada opaca. Recordaba el interés dicharachero que se formaba en Garalla cuando un extranjero llegaba y le robaban como pudieran, todas las historias que este pudiera ofrecer. Pero es que los extranjeros y los pueblerinos, ya no tenían nada que contar, nada que aspirar, nada que soñar. Pasaban y se iban, pasaban y se quedaban. Y vivían, y morían.

Y Alissa podía soñar por todos ellos, pero no era suficiente. Uno solo no puede cargar con todos los sueños. Se levantaba llorando de la cama, por la pesadilla de la noche anterior y su marido no podía consolarla, ni comprenderla. Disfrutaba el paseo y la caminata, sonreía a los niños y a los ancianos, pero estos no sabían como corresponderle. Al no poder soñar, ellos que habían soñado siempre, no podían disfrutar lo más sencillo que era tener.

Pero ella había soñado con el futuro y no podía decírselo a nadie… ella había soñado con una hija de ojos azules y piel bronceada, en quien tendría que tener mucha fe porque podría ser quien salvara a todos.


Chocolate se hizo una enorme silla de madera en el patio de Vort Wunden y dejó que sus pies se hicieran de piedra, porque así son los gigantes cuando están tristes y cuando quieren morirse rápido para olvidar. Él, igual que Alissa, podía soñar todavía. Pero solamente soñaba con Dom y como la había dejado irse de sus manos, como la había dejado correr. El primer sueño es el más confuso de todos… y también, el más real que hubiera existido para Chocolate.

Vort le llevaba una taza de chocolate caliente todas las noches y el gigante a veces se la bebía, y a veces no. Cuando no se la bebía, cerraba los ojos muy fuerte y se decía en silencio, para convencerse así mismo, que quería soñar con que mañana se tomaría el chocolate y sería el más sabroso del mundo entero… pero no era así. Los gigantes no sueñan bobo, se recriminaba y se tomaba su taza sin rechistar.

Chocolate miraba a la Torre, sus ojos ausentes más cada día. A veces lloraban, pero no gritaba ya como aquel día que la había perdido. A veces alzaba de nuevo las manos y jugaba con que sus dedos agarraban la torre y la sacudían para poder sacarla a ella. Y después se miraba las manos, durante mucho tiempo, aprendiéndose cada línea de la palma, contando la mugre de sus uñas gigantescas, descubrió cada callo que se había hecho por la empuñadura de su martillo.

—Más valdría morirme —dijo Chocolate un día y esperaba, pacientemente, que el tiempo lo hiciera por él.

No sabía, el pobre gigante, que una diosa dormía en su estómago y se bebía el chocolate por él.


Vort Wunden vendió sin dificultades los pedazos del quetzalcoatli y se quedó con dos pedazos, para su espada y su armadura. Más tarde le diría al herrero como incorporarlos y en que forma los quería. Pero desde que había tirado su espada, cada que miraba los pedazos de jade y onyx, no sabía como los quería y más tarde, no sabía porque quería la espada.

Ya no tenía pesadillas de la muerte de sus hermanos, pero tampoco tenía sueños de hacerse un nombre por su cuenta y que todos le conocieran como el guerrero manco-tuerto. Había olvidado como soñar y como temer la noche al dormir, y se había dado cuenta, que todos lo habían hecho como él, excepto su mujer. No sabía como reaccionar ante ello, le hubiera temido o le hubiera hecho un altar de haber tenido ideales o temores.

—Es que todo es un sueño —dijo Vort, al despertarse una mañana, después de escuchar el grito de su mujer por una pesadilla—, y no somos nada sin eso.

Recordó entonces las esferas que tenía en sus bolsillos, cada una encerraba un sueño. Sacó una y la observó una tarde, por curiosidad. Sabía que adentro estaba encerrado un sueño, ¿pero de qué le servía? ¿qué utilidad podía darle? Intentó romper la esfera de diversas formas, intentó mojarla con agua o ponerla en el horno. Nada funcionó. La esfera parecía reírse de él.

Pues se la comió y el efecto fue inmediato. Tuvo un sueño, donde él se veía como el vendedor de sueños más grande del mundo, y que todos le buscarían a él para comprar la asombrosa capacidad de soñar, y hasta de tener pesadillas por un precio más barato. Se vio así mismo, como un hombre de gran fortuna y riquezas, donde seres de todos los países lo buscarían a él, exclusivamente a él, a Vort Wunden.

Con el sueño en su mente, contó las esferas que le restaban y sabía que no le serían suficientes. Aquel día fue por su espada, su esposa le miraba excitada y un gigante de pies hechos piedra, le miraba confundido en su patio.

—¿A dónde vas? —preguntó Alissa.

—A la Torre, por más sueños.

—¡Los dioses te bendigan! —exclamó su mujer—. ¡Hazlo! ¡Ve por todos los sueños que puedas conseguir!

—¿No quieres venir Chocolate? ¿Por los viejos tiempos?

Chocolate no sabía responder que no, pero la Torre le daba miedo y sabía que si regresaba ahí, correría el riesgo de perder a Dom, o peor aún, de nunca encontrarla. Trató de sonreír y se puso una mano en la cabeza.

—No gracias, Señor Vort. Estoy esperando a que pase el tiempo.

Vort Wunden le sonrió, ¡si hacía su sueño realidad, lograría que Chocolate tuviera todo el chocolate que quisiese! Era lo menos que podía hacer por él. Chocolate y Alissa lo miraron partir y ambos le esperaron hasta entrada la noche. Venía con el cuerpo sangrando por varias partes, su espada un poco oxidada, cojeando un poco… pero llevaba un bolso de cuero lleno de esferas de los sueños…


Y Dom… Dom si escapó de la torre y cumplió su sueño de hacerse una mujer madura… pero esa es otra historia, y ya no vale la pena contarla.


Este es el último sueño.

3 comentarios ↓

#1 DonArturo el 04.29.04 a las 11:26 am

…ese fue el último sueño.

Muy buen desenlace, lo felicito.

Un Saludo.

#2 ruru el 04.29.04 a las 6:21 pm

mmmmmmmm

#3 Chivis el 04.30.04 a las 2:37 pm

Te saludo entre tus sue;os,gracias por visitarme por aca nos veremos!

Deja un comentario