¡Dom! ¡Dom! ¡Dom-bi-dom!
¡Dom! ¡Dom! ¡Dom-bi-dom!
¡Dom! ¡Dom! ¡Dom-bi-dom!
¡Yiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
Afuera de la Torre de los Sueños, un guerrero dormía placidamente, mientras una niña quien siempre manejó una espada tan grande y tres veces más pesada que ella, rasguñaba a una diosa. La rasguñaba y la mordía, con la fiereza del ratón acorralado por el gato. La diosa la consideraba tierna. La dejaba luchar y sabía que eventualmente se cansaría, entonces la tendría en su poder al ver que no había más esperanza. La niña se resignaría como tantos otros niños hicieron antes que ella por el bienestar de los sueños. El lugar donde estaban era prueba de ello, donde una torre desvencijada, una copia fiel de la torre que existía, se alzaba orgullosa portando en todas direcciones filas de seres diversos y todos llevaban un niño o una niña en brazos.
La diosa lunar, Dolmení, admiraba a la niña que tenía enfrente aunque deseaba no hacerlo. Le estaba dando lástima y de haber tenido el poder, la habría salvado. Le hubiera concedido el capricho, pero ¿quién era ella? No era más que una diosa y como todos los dioses, existía para servir a los seres quienes le sueñan. Ella no era más que un sueño más, capaz de convertir todos los sueños en realidad exceptuando ese pequeño, que le rasguñaba y le chillaba y le mordía…
A veces, sangre inocente debe ser derramada para hacer algo tan grande y tan sencillo, como permitir los sueños.
—Vamos —dijo Dolmení, cerrando los ojos, permitiéndose maltratar—. Acaba ya. Acaba ya. No me hagas esto.
La niña se alzaba, con la piel maltratada y las uñas rotas. Se sentía enloquecer por momentos, porque su destino seguía ahí. ¡Continuaba ahí, seguro e inexorable! ¡El destino estaba aún, diciéndole lo diminuta que era no importando cuánto pelease! ¡Su destino!
Miriod jadeaba, caminando entre los vórtices que la diosa Finerá había puesto a su servicio para guiar a Chocolate, el gigante quien le acompañaba. Chocolate le miraba atento, le había dado la impresión de que el ojo, de millares de ojos, que tenía en el hombro lentamente se le enterraba dentro de la piel.
—Es Sztamozs —había dicho Miriod cuando iniciaron la caminata—, una vieja pesadilla mía. Es el guía que conoce el camino a todos mis sueños. Él y la diosa, él y la diosa.
—¿Qué son los sueños, Señor Miriod? ¿Por qué cuando los mata uno, desvanecen en humo púrpura o no se pueden beber, como el chocolate caliente? ¿Por qué?
Miriod sonrió y miró brevemente al gigante. Le daba gusto que preguntara, porque sentía que la respuesta excusaría sus acciones. Aún siendo el gigante estúpido quien le escuchara, había alguien quien podría decir los sacrificios que costaron los sueños del mago Miriod.
—Los sueños son lo más hermoso. Los sueños son los que impulsan nuestros pasos, aún si estos nos llevan al infierno.
Sztamozs brilló complacido en los hombros de su soñador.
—Que bobo soy, Señor Miriod —dijo el gigante, muy serio—. A mi que me gusta la brisa en las playas y el calor del sol. El sabor del jugolar recién cocido. Soy un bobo por tomar chocolate… soy un bobo por no soñar. ¿sabe una cosa? Yo sueño que Dom esté muy bien, porque ella me acaricia la cabeza cuando la subo a mis hombros. Y a veces, me cantaba canciones. Por eso sueño, ¿sabe? ¿no es tonto soñarlo? Lo sueño desde que dejé de mirarla, sueño que esté muy bien. Sueño estar con ella y protegerla.
—¿Si? ¿Hasta cuándo durará tu sueño, grandote?
Chocolate sonrió avergonzado.
—Hasta siempre.
Miriod sonrió y se sintió un poco culpable. La diosa Finerá había permitido que el gigante soñara, porque es bien sabido, que los gigantes no sueñan.
Los ojos de la diosa se cerraron y así, porque no quería mirarla, tomó a Dom de la cabeza y la abrazó. El gesto fue tan sorpresivo, que Domenich dejó de luchar. La diosa besó cada una de las mejillas de la niña y le sonrió, aún con los ojos cerrados. No quería mirar su decepción. Quería conservar la imagen de la niña valiente, que luchó contra ella hasta el último momento.
—¿Ya acabaste? —preguntó la diosa—. Dilo en voz alta, porque no pienso mirarte a los ojos.
—Ya —respondió Dom con la voz quebrada.
—Algún día, habrás de perdonarme.
—¿Los dioses sueñan con el perdón? ¿Desde cuándo nosotros perdonamos a los dioses, si nos han enseñado que son ellos quienes perdonan nuestros pecados?
La diosa sonrió por la respuesta.
—No lo sé.
Dolmení estaba dispuesta a sacrificar a la niña, cuando sintió una sacudida que la alzó por el aire. Abrió los ojos para mirar a un gigante enfurecido, quien la sostenía con ambos brazos. Detrás del gigante, un mago oscuro muy enfermo, se encontraba arrodillado como un perro.
—¡¿Quienes son ustedes para interrumpir el rito!?
—¡Chocolate, mi gigante! —exclamó Dom con una sonrisa, y Chocolate le sonrió en respuesta.
—¡Deja a Dom-bi-Dom en paz! ¡No vuelvas a tocarla!
La diosa se enfureció y Chocolate sintió los estragos de inmediato, su cuerpo se llenó de cicatrizes y sintió un dolor intenso en el estómago. Pensó que su mamá nunca le había dicho como pelear contra dioses, porque nunca habían creído en ellos. Chocolate alzó a Dolmení y le separó los brazos, escuchó el grito de la mujer y se sintió satisfecho, era algo contra lo que podía luchar después de todo.
Y después, descubrió que no había sido su colosal fuerza la que había impulsado el grito. Detrás de Dolmení, una mujer de cabello amarillo, casi rapado, muy delgada y de vestido azul, poseía una daga llena de sangre.
—¿Señor Miriod? ¿qué pasa, Señor Miriod? —preguntó Chocolate, ignorando el dolor de las cicatrices. Cuando volteó a ver a Miriod, descubrió al mago aún arrodillado, con los ojos cerrados, enseñando los dientes.
—¡Esta niña será mía, hermana! —dijo Finerá, la diosa de cabello amarillo—. ¡Es hora de que las pesadillas tomemos el lugar de los sueños!
Chocolate estaba tan confundido, intentó soltar a la diosa que tenía en sus manos para llegar a Domenich y protegerla, correr hasta llevársela. Pero Dolmení se había pegado al cuerpo de Chocolate, no podía quitársela de encima. La sangre de la diosa, que corría por sus cicatrices, habían hecho de ella y él un solo cuerpo en ese lugar tan extraño.
—No sabes lo que acabas de hacer, estúpido gigante —dijo Dolmení—. ¡Corre Domenich! ¡Corre!
La diosa de vestido naranja volteó hacia Domenich con la daga empuñada. Chocolate miró a la diosa rubia alzar sus manos y un puñado de tierra envolvió a Domenich en los pies, sin dejarle opción de escapar.
—Abre tu boca, gigante —dijo Dolmení escupiendo sangre. Chocolate obedeció, sin comprender que sucedía. Sólo sabía que eso daría una oportunidad, que había cometido un error tan grande, que su sueño había sido estúpido. La diosa se metió al cuerpo de gigante y éste se la comió. Se sintió fuerte, renovado y en su cerebro, miró tantas imágenes que no sabía como detenerlas.
—¡Corre Domenich! ¡Corre ya, y déjame sólo! ¡Corre Domenich!
—¡NO! ¡El gigante debe seguir soñando! ¡Miriod! —exclamó la diosa rubia.
Chocolate sabía que lo que gritaba, era lo que menos quería y después todo fue un mar de confusión en él, quien nunca había soñado tanto. Su cuerpo respondió con lágrimas y miró a Domenich liberarse de su prisión de tierra, y le gritó que corriera y que tuviera cuidado, y que corriera más rápido, se sentía como cuando uno empieza a despertar, y la miró correr y cada paso que daba, era alzar la tierra y partir los cielos, y la miró alejarse, y no podía dejar de gritarle que corriera, que corriera y ella se fuera, lejos, tan lejos de él como pudiera.
Chocolate se descubrió así mismo, frente al portón de acero de La Torre de los Sueños, con lágrimas en los ojos y su martillo de bronce, tirado a un lado. Golpeaba la puerta con una fuerza que no sabía que tenía, pero la torre se sostenía tan fuerte y tan grande ante él, como nunca antes la había visto. Gritaba el nombre de Domenich y no había ninguna respuesta. Rogaba que le dejaran entrar, que le dejaran ir por ella y llevársela lejos para protegerla, pero no había respuesta.
Vort Wunden, quien todavía se encontraba ahí, se acercó con cuidado a él y esperó a que dejara de llorar, a que dejara de observar sus manos tan grandes y tan vacías.
Así fue como los sueños y las pesadillas, dejaron de existir para todos.
2 comentarios ↓
saluditos
Buenas Tardes Amigo Arbol! Nunca me había pasado por tu web a pesar de pertenecer a trovadores y de leer comentarios buenos acerca de ti… La verdad me quede sorprendido, escribes espectacular! Es mas en este mismo instante voy a leer cada uno de los capítulos de la torre de los sueños. Le felicito de veras… Saludos
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