El dinosaurio, al oler carne roja, bajó su gran cabeza sonriente, enseñando millares de dientes ante el mago oscuro quien fumaba despreocupado. El mago oscuro solamente podía verle el hocico, la parte lateral de sus párpados, las fosas násales, verdes y escamosas, expedían un calor increíble en forma de humo. Admiró el labial del dinosaurio de cerca y olió un perfume dulzón, que le empalagó el sentido del olfato.
Sztamozs, el pequeño ojo de los millares de ojos, se escondió entre las bolsas de la saya del mago oscuro. Se asomó a la mitad, para escuchar mejor la conversación.
—Hueles a carne roja de jugolar de los montes de Vania… —dijo el dinosaurio—. Son los jugolares más grandes y deliciosos, sin embargo, no veo ningún jugolar por aquí. ¿No traerás un par, dentro de tu capa Mago Oscuro?
—Es usted —dijo Miriod, expulsando vapor de carne roja de su boca—. Un dinosaurio muy inteligente.
—Lo suficiente —dijo el dinosaurio modestamente—, para saber que quieres entrar por aquella puerta que yo guardo y has prendido ese cigarrillo, para nublar mis sentidos. Pero hay una cosita pequeñita que no sabes…
Miriod respondió haciendo un signo de interrogación con el humo de su cigarro.
—Que las pesadillas no tenemos sentido y lo sabemos todo, porque todos nos han soñado al menos una vez.
Y Miriod voló por los aires, por la cola del dinosaurio que le golpeó. Gritó un hechizo de anulación gravitatoria, tratando así de mantener en control su caída. Su mente, sin embargo, era distinta… estaba realmente asustado por el dinosaurio. La capa le respondió y le hizo caer suavemente al piso, donde las patas del dinosaurio, con todo y zapatillas rojas, ya le esperaban ansiosas para aplastarlo de un brinco. Miriod respiraba fuertemente, tantos hechizos inútiles que había gritado para defenderse y ni siquiera había tenido oportunidad de atacar.
Había intentado reducir al dinosaurio de tamaño, pero su magia fue inútil, sea por la edad del dinosaurio o porque las pesadillas reaccionaban distinto ante la magia. Recordaba sus años de estudio, donde los profesores habían dicho que la magia se comportaba distinto en el mundo de los sueños y solía tener efectos inesperados. No había habido mago oscuro, ni el más versado, que pudiera hacer funcionar sus hechizos en un ciento porciento.
Gritó el hechizo de velocidad monstruosa, y como los de un monstruo, los pies de Miriod se deformaron. Se hicieron como las patas de un gallo, con espolones y también, parecían los pies de un bebé pequeño, con escamas como los reptiles, o bien, eran las patas de un león… cambiaban conforme al terreno y a la velocidad requerida. Al caer al piso, se movió rápidamente para evitar que las patas del dinosaurio le trituraran. Sin embargo, se tropezó con facilidad. Sus hechizos ya no eran tan efectivos, había abusado de la magia oscura. Tenía que ganar y pronto.
El dinosaurio se movió rápidamente, para rugirle a Miriod y sintió que el aire de su aliento le desmayaba, ahora entendía porque usaba tanto perfume. Encantó sus manos, para que crecieran sus uñas como garras. Solo crecieron algunas, porque la magia se negaba a servirle más. Lo único que poseía ahora, eran sus pies deformes y sus garras mal crecidas. Agilmente, corrió para la cola del dinosaurio y esta se alzó para proyectarlo, nuevamente Miriod recurrió a su capa para caer en el inicio de la espalda del dinosaurio.
Las puas del dinosaurio se proyectaron, pero los pies mágicos de Miriod podían ajustarse para caminar entre ellas. El dinosaurio se rió.
—Muy listo, Mago Oscuro.
Miriod no perdió tiempo y recorrió el camino de puas tan rápido como pudo, el dinosaurio no se volteó a tiempo. Miriod cayó en su cabeza con las garras extendidas. Las clavó rápidamente, donde juzgó donde pudiera estar el cerebro del animal y una se le rompió, el cráneo era muy duro. Sin embargo, continuó insistiendo hasta que el dinosaurio empezó a esfumarse.
Miriod bajó corriendo de nuevo, por la espalda del animal, antes que este desapareciera por completo.
Y cuando Miriod estuvo ante la puerta, sintió que todos sus sueños se realizaban. Acarició la esfera con el sueño encerrado, la que ganó en su pelea contra Grat. Entró con pasos firmes, sus pies deformes no regresarían a la normalidad en mucho tiempo y sus manos tampoco, hasta que la magia regresara a él. Sztamozs regresó a su hombro y de una manera extraña, el pequeño ojo de los millares de ojos parecía sonreír ya que brillaba intensamente.
Una oscuridad envolvente se presentó al mago oscuro y su única salida, era una luz donde un altar se alzaba. Acostado en él, se encontraba una mujer de vestido azul y piel muy blanca, una rubia de cabello casi rapado, delgada y de facciones finas, unos pómulos bien marcados y unos labios, carmines como la sangre. La mujer dormía, y cuando Miriod estuvo lo suficientemente cerca de ella, abrió los ojos.
La mujer sonrió al ver a Miriod.
—Soy Finerá —dijo. Y Miriod, se arrodilló ante la diosa lunar quien podía cumplir todos sus sueños.
—Para cumplir todos tus sueños, mi querido mago oscuro —dijo la diosa—, abrirás un portal donde reside el sueño más puro de todos y habrás de evitar que se cumpla. Hay que salvar a la niña Domenich. Pero no lo harás tú, porque eres humano y los sueños podrían traicionarte…
—¿Entonces quién? —preguntó, Miriod, con la cabeza gacha en profundo respeto. Era la primera vez que estaba ante una diosa, y aunque quisiera no hacerlo, no podía evitarlo.
—El gigante —dijo Finerá—. El gigante quien habrá de soñar por primera vez.
Finerá sonrió amorosamente, en sus ojos había un destello de malicia. El pecado del mago oscuro, se había cumplido.







Un comentario hasta el momento ↓
“las pesadillas no tenemos sentido y lo sabemos todo, porque todos nos han soñado al menos una vez.”
Buena…muy buena.
[Reply]
Deja un comentario