Entradas escritas en Abril, 2004 ↓

Mamada machista

Se ponen los labios femeninos, hey… hey, los que están en el rostro… se ponen en donde se encuentra el falo masculino y empiezan a chupar.

SLURRRRRP

El diecisesiavo sueño, es el último…

Este post es parte de una serie, llamada “La Torre de los Sueños”. Anotación 16 de 16


Los habitantes de Garalla y Vort Wunden, el día que terminaron todos los sueños —incluyendo este, el último, que habrá de desvanecerse en la tierra como polvo de libro viejo—, miraron hacia la torre. El cielo estaba oscuro, más oscuro que la noche misma y de las múltiples ventanas, se esparcieron luces de colores. Como si los sueños hubieran decidido escapar para no regresar jamás.

Alissa Aren asomó la cabeza por la ventana hacia aquella torre, que parecía envejecer los años en tan sólo minutos. Se sentía intrigada y aterrorizada porque sus maridos debieran encontrarse ahí. ¿Y no fue qué cuando miraba, un halo de luz azul se le metió por los ojos y la boca e hizo casa en ella? ¿Habrá sido la travesura de algún hado o el designio divino? En su mente pudo ver todo lo que había sucedido en la torre, así como los sueños del mundo entero. En unos segundos recordó su niñez y las pesadillas que nacieron de ella, en unos segundos miró el futuro y se prometió recordarlo. Y supo, maldición y bendición, que ella podría continuar soñando a diferencia del mundo entero.

—El primer sueño es el más confuso de todos —se dijo. Se apresuró a ponerse una piel para abrigarse del frío y abrió la puerta. Sus ojos miraron hacia adelante, tal vez horas hasta que empezaba a amanecer. A lo lejos, distinguió la silueta del marido que le restaba, un marido que había matado a los dos restantes y así los había asimilado. Vort Wunden quien solo poseía una mano y un ojo sanos. Atrás de él, caminaba el gigante que se llamaba Chocolate, lo hacía cabizbajo, observándose las manos abriéndose y cerrándose. En su espalda descansaba un martillo de bronce que no sería utilizado en mucho tiempo.

A ambos los recibió en casa, a uno amándolo como hizo desde el primer día, al otro queriéndolo como un hijo. Porque ella en esa noche conoció todos los sueños, en especial los de aquellos dos guerreros.


No fue al día siguiente, ni a las dos semanas, cuando la gente se dio cuenta… si es que acaso lo notaron. Se levantaban y empezaban los días, el color de sus ojos se opacaba de gota en gota, sin protesta alguna. Las acciones cotidianas adquirían un sin-sentido, pero las hacían de cualquier manera. El herrero no podía pensar en un nuevo diseño para un escudo, pero no se preocupaba en ello… sencillamente hacía el escudo de la manera más rudimentaria. A veces, lograba hacer un escudo hermoso, pero era un escudo igual al que había vendido hacía tres días y se frustraba al darse cuenta. Los viejos y los niños, se mantenían aparte los unos de los otros… tal vez porque eran rivales similares, eran los más necios, eran los que más se negaban con que los sueños se habían perdido.

No había miedo a la oscuridad, pero tampoco había gozo con el día.

Alissa Aren observó esto con mucha atención, lo había notado con su marido quien había abandonado la espada en su totalidad. Ni siquiera lo había decidido, o lo había anunciado. Tan sólo el día que había llegado con el gigante a sus espaldas, había arrumbado su espada en un rincón de la casa y lo primero que pidió fue una taza de chocolate caliente para él y para su amigo. Alissa se las ingenió para conseguírselos, los observó beber en silencio y sin ninguna expresión en el rostro.

—Observa muy bien Alissa —se dijo—, porque así serán de ahora en adelante todos los días de tu vida.

En principio creyó que era una cosa que había sucedido nada más con el pueblo, había incluso contemplado la idea de escapar con Vort, y tal vez con Chocolate, a otro lugar en la tierra. A los montes de Vania, o al pueblo de Gundewal, incluso la ciudad de Trino. Sin embargo, como adivinando sus pensamientos, llegaron extranjeros de diversas razas y colores, tamaños y formas, y todos tenían la misma mirada opaca. Recordaba el interés dicharachero que se formaba en Garalla cuando un extranjero llegaba y le robaban como pudieran, todas las historias que este pudiera ofrecer. Pero es que los extranjeros y los pueblerinos, ya no tenían nada que contar, nada que aspirar, nada que soñar. Pasaban y se iban, pasaban y se quedaban. Y vivían, y morían.

Y Alissa podía soñar por todos ellos, pero no era suficiente. Uno solo no puede cargar con todos los sueños. Se levantaba llorando de la cama, por la pesadilla de la noche anterior y su marido no podía consolarla, ni comprenderla. Disfrutaba el paseo y la caminata, sonreía a los niños y a los ancianos, pero estos no sabían como corresponderle. Al no poder soñar, ellos que habían soñado siempre, no podían disfrutar lo más sencillo que era tener.

Pero ella había soñado con el futuro y no podía decírselo a nadie… ella había soñado con una hija de ojos azules y piel bronceada, en quien tendría que tener mucha fe porque podría ser quien salvara a todos.


Chocolate se hizo una enorme silla de madera en el patio de Vort Wunden y dejó que sus pies se hicieran de piedra, porque así son los gigantes cuando están tristes y cuando quieren morirse rápido para olvidar. Él, igual que Alissa, podía soñar todavía. Pero solamente soñaba con Dom y como la había dejado irse de sus manos, como la había dejado correr. El primer sueño es el más confuso de todos… y también, el más real que hubiera existido para Chocolate.

Vort le llevaba una taza de chocolate caliente todas las noches y el gigante a veces se la bebía, y a veces no. Cuando no se la bebía, cerraba los ojos muy fuerte y se decía en silencio, para convencerse así mismo, que quería soñar con que mañana se tomaría el chocolate y sería el más sabroso del mundo entero… pero no era así. Los gigantes no sueñan bobo, se recriminaba y se tomaba su taza sin rechistar.

Chocolate miraba a la Torre, sus ojos ausentes más cada día. A veces lloraban, pero no gritaba ya como aquel día que la había perdido. A veces alzaba de nuevo las manos y jugaba con que sus dedos agarraban la torre y la sacudían para poder sacarla a ella. Y después se miraba las manos, durante mucho tiempo, aprendiéndose cada línea de la palma, contando la mugre de sus uñas gigantescas, descubrió cada callo que se había hecho por la empuñadura de su martillo.

—Más valdría morirme —dijo Chocolate un día y esperaba, pacientemente, que el tiempo lo hiciera por él.

No sabía, el pobre gigante, que una diosa dormía en su estómago y se bebía el chocolate por él.


Vort Wunden vendió sin dificultades los pedazos del quetzalcoatli y se quedó con dos pedazos, para su espada y su armadura. Más tarde le diría al herrero como incorporarlos y en que forma los quería. Pero desde que había tirado su espada, cada que miraba los pedazos de jade y onyx, no sabía como los quería y más tarde, no sabía porque quería la espada.

Ya no tenía pesadillas de la muerte de sus hermanos, pero tampoco tenía sueños de hacerse un nombre por su cuenta y que todos le conocieran como el guerrero manco-tuerto. Había olvidado como soñar y como temer la noche al dormir, y se había dado cuenta, que todos lo habían hecho como él, excepto su mujer. No sabía como reaccionar ante ello, le hubiera temido o le hubiera hecho un altar de haber tenido ideales o temores.

—Es que todo es un sueño —dijo Vort, al despertarse una mañana, después de escuchar el grito de su mujer por una pesadilla—, y no somos nada sin eso.

Recordó entonces las esferas que tenía en sus bolsillos, cada una encerraba un sueño. Sacó una y la observó una tarde, por curiosidad. Sabía que adentro estaba encerrado un sueño, ¿pero de qué le servía? ¿qué utilidad podía darle? Intentó romper la esfera de diversas formas, intentó mojarla con agua o ponerla en el horno. Nada funcionó. La esfera parecía reírse de él.

Pues se la comió y el efecto fue inmediato. Tuvo un sueño, donde él se veía como el vendedor de sueños más grande del mundo, y que todos le buscarían a él para comprar la asombrosa capacidad de soñar, y hasta de tener pesadillas por un precio más barato. Se vio así mismo, como un hombre de gran fortuna y riquezas, donde seres de todos los países lo buscarían a él, exclusivamente a él, a Vort Wunden.

Con el sueño en su mente, contó las esferas que le restaban y sabía que no le serían suficientes. Aquel día fue por su espada, su esposa le miraba excitada y un gigante de pies hechos piedra, le miraba confundido en su patio.

—¿A dónde vas? —preguntó Alissa.

—A la Torre, por más sueños.

—¡Los dioses te bendigan! —exclamó su mujer—. ¡Hazlo! ¡Ve por todos los sueños que puedas conseguir!

—¿No quieres venir Chocolate? ¿Por los viejos tiempos?

Chocolate no sabía responder que no, pero la Torre le daba miedo y sabía que si regresaba ahí, correría el riesgo de perder a Dom, o peor aún, de nunca encontrarla. Trató de sonreír y se puso una mano en la cabeza.

—No gracias, Señor Vort. Estoy esperando a que pase el tiempo.

Vort Wunden le sonrió, ¡si hacía su sueño realidad, lograría que Chocolate tuviera todo el chocolate que quisiese! Era lo menos que podía hacer por él. Chocolate y Alissa lo miraron partir y ambos le esperaron hasta entrada la noche. Venía con el cuerpo sangrando por varias partes, su espada un poco oxidada, cojeando un poco… pero llevaba un bolso de cuero lleno de esferas de los sueños…


Y Dom… Dom si escapó de la torre y cumplió su sueño de hacerse una mujer madura… pero esa es otra historia, y ya no vale la pena contarla.


Este es el último sueño.

El quinceavo sueño, ¡corre y corre! ¡Corre y déjalo solo!

Este post es parte de una serie, llamada “La Torre de los Sueños”. Anotación 15 de 16


¡Dom! ¡Dom! ¡Dom-bi-dom!
¡Dom! ¡Dom! ¡Dom-bi-dom!
¡Dom! ¡Dom! ¡Dom-bi-dom!
¡Yiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!


Afuera de la Torre de los Sueños, un guerrero dormía placidamente, mientras una niña quien siempre manejó una espada tan grande y tres veces más pesada que ella, rasguñaba a una diosa. La rasguñaba y la mordía, con la fiereza del ratón acorralado por el gato. La diosa la consideraba tierna. La dejaba luchar y sabía que eventualmente se cansaría, entonces la tendría en su poder al ver que no había más esperanza. La niña se resignaría como tantos otros niños hicieron antes que ella por el bienestar de los sueños. El lugar donde estaban era prueba de ello, donde una torre desvencijada, una copia fiel de la torre que existía, se alzaba orgullosa portando en todas direcciones filas de seres diversos y todos llevaban un niño o una niña en brazos.

La diosa lunar, Dolmení, admiraba a la niña que tenía enfrente aunque deseaba no hacerlo. Le estaba dando lástima y de haber tenido el poder, la habría salvado. Le hubiera concedido el capricho, pero ¿quién era ella? No era más que una diosa y como todos los dioses, existía para servir a los seres quienes le sueñan. Ella no era más que un sueño más, capaz de convertir todos los sueños en realidad exceptuando ese pequeño, que le rasguñaba y le chillaba y le mordía…

A veces, sangre inocente debe ser derramada para hacer algo tan grande y tan sencillo, como permitir los sueños.

—Vamos —dijo Dolmení, cerrando los ojos, permitiéndose maltratar—. Acaba ya. Acaba ya. No me hagas esto.

La niña se alzaba, con la piel maltratada y las uñas rotas. Se sentía enloquecer por momentos, porque su destino seguía ahí. ¡Continuaba ahí, seguro e inexorable! ¡El destino estaba aún, diciéndole lo diminuta que era no importando cuánto pelease! ¡Su destino!


Miriod jadeaba, caminando entre los vórtices que la diosa Finerá había puesto a su servicio para guiar a Chocolate, el gigante quien le acompañaba. Chocolate le miraba atento, le había dado la impresión de que el ojo, de millares de ojos, que tenía en el hombro lentamente se le enterraba dentro de la piel.

—Es Sztamozs —había dicho Miriod cuando iniciaron la caminata—, una vieja pesadilla mía. Es el guía que conoce el camino a todos mis sueños. Él y la diosa, él y la diosa.

—¿Qué son los sueños, Señor Miriod? ¿Por qué cuando los mata uno, desvanecen en humo púrpura o no se pueden beber, como el chocolate caliente? ¿Por qué?

Miriod sonrió y miró brevemente al gigante. Le daba gusto que preguntara, porque sentía que la respuesta excusaría sus acciones. Aún siendo el gigante estúpido quien le escuchara, había alguien quien podría decir los sacrificios que costaron los sueños del mago Miriod.

—Los sueños son lo más hermoso. Los sueños son los que impulsan nuestros pasos, aún si estos nos llevan al infierno.

Sztamozs brilló complacido en los hombros de su soñador.

—Que bobo soy, Señor Miriod —dijo el gigante, muy serio—. A mi que me gusta la brisa en las playas y el calor del sol. El sabor del jugolar recién cocido. Soy un bobo por tomar chocolate… soy un bobo por no soñar. ¿sabe una cosa? Yo sueño que Dom esté muy bien, porque ella me acaricia la cabeza cuando la subo a mis hombros. Y a veces, me cantaba canciones. Por eso sueño, ¿sabe? ¿no es tonto soñarlo? Lo sueño desde que dejé de mirarla, sueño que esté muy bien. Sueño estar con ella y protegerla.

—¿Si? ¿Hasta cuándo durará tu sueño, grandote?

Chocolate sonrió avergonzado.

—Hasta siempre.

Miriod sonrió y se sintió un poco culpable. La diosa Finerá había permitido que el gigante soñara, porque es bien sabido, que los gigantes no sueñan.


Los ojos de la diosa se cerraron y así, porque no quería mirarla, tomó a Dom de la cabeza y la abrazó. El gesto fue tan sorpresivo, que Domenich dejó de luchar. La diosa besó cada una de las mejillas de la niña y le sonrió, aún con los ojos cerrados. No quería mirar su decepción. Quería conservar la imagen de la niña valiente, que luchó contra ella hasta el último momento.

—¿Ya acabaste? —preguntó la diosa—. Dilo en voz alta, porque no pienso mirarte a los ojos.

—Ya —respondió Dom con la voz quebrada.

—Algún día, habrás de perdonarme.

—¿Los dioses sueñan con el perdón? ¿Desde cuándo nosotros perdonamos a los dioses, si nos han enseñado que son ellos quienes perdonan nuestros pecados?

La diosa sonrió por la respuesta.

—No lo sé.

Dolmení estaba dispuesta a sacrificar a la niña, cuando sintió una sacudida que la alzó por el aire. Abrió los ojos para mirar a un gigante enfurecido, quien la sostenía con ambos brazos. Detrás del gigante, un mago oscuro muy enfermo, se encontraba arrodillado como un perro.

—¡¿Quienes son ustedes para interrumpir el rito!?

—¡Chocolate, mi gigante! —exclamó Dom con una sonrisa, y Chocolate le sonrió en respuesta.

—¡Deja a Dom-bi-Dom en paz! ¡No vuelvas a tocarla!

La diosa se enfureció y Chocolate sintió los estragos de inmediato, su cuerpo se llenó de cicatrizes y sintió un dolor intenso en el estómago. Pensó que su mamá nunca le había dicho como pelear contra dioses, porque nunca habían creído en ellos. Chocolate alzó a Dolmení y le separó los brazos, escuchó el grito de la mujer y se sintió satisfecho, era algo contra lo que podía luchar después de todo.

Y después, descubrió que no había sido su colosal fuerza la que había impulsado el grito. Detrás de Dolmení, una mujer de cabello amarillo, casi rapado, muy delgada y de vestido azul, poseía una daga llena de sangre.

—¿Señor Miriod? ¿qué pasa, Señor Miriod? —preguntó Chocolate, ignorando el dolor de las cicatrices. Cuando volteó a ver a Miriod, descubrió al mago aún arrodillado, con los ojos cerrados, enseñando los dientes.

—¡Esta niña será mía, hermana! —dijo Finerá, la diosa de cabello amarillo—. ¡Es hora de que las pesadillas tomemos el lugar de los sueños!

Chocolate estaba tan confundido, intentó soltar a la diosa que tenía en sus manos para llegar a Domenich y protegerla, correr hasta llevársela. Pero Dolmení se había pegado al cuerpo de Chocolate, no podía quitársela de encima. La sangre de la diosa, que corría por sus cicatrices, habían hecho de ella y él un solo cuerpo en ese lugar tan extraño.

—No sabes lo que acabas de hacer, estúpido gigante —dijo Dolmení—. ¡Corre Domenich! ¡Corre!

La diosa de vestido naranja volteó hacia Domenich con la daga empuñada. Chocolate miró a la diosa rubia alzar sus manos y un puñado de tierra envolvió a Domenich en los pies, sin dejarle opción de escapar.

—Abre tu boca, gigante —dijo Dolmení escupiendo sangre. Chocolate obedeció, sin comprender que sucedía. Sólo sabía que eso daría una oportunidad, que había cometido un error tan grande, que su sueño había sido estúpido. La diosa se metió al cuerpo de gigante y éste se la comió. Se sintió fuerte, renovado y en su cerebro, miró tantas imágenes que no sabía como detenerlas.

—¡Corre Domenich! ¡Corre ya, y déjame sólo! ¡Corre Domenich!

—¡NO! ¡El gigante debe seguir soñando! ¡Miriod! —exclamó la diosa rubia.

Chocolate sabía que lo que gritaba, era lo que menos quería y después todo fue un mar de confusión en él, quien nunca había soñado tanto. Su cuerpo respondió con lágrimas y miró a Domenich liberarse de su prisión de tierra, y le gritó que corriera y que tuviera cuidado, y que corriera más rápido, se sentía como cuando uno empieza a despertar, y la miró correr y cada paso que daba, era alzar la tierra y partir los cielos, y la miró alejarse, y no podía dejar de gritarle que corriera, que corriera y ella se fuera, lejos, tan lejos de él como pudiera.


Chocolate se descubrió así mismo, frente al portón de acero de La Torre de los Sueños, con lágrimas en los ojos y su martillo de bronce, tirado a un lado. Golpeaba la puerta con una fuerza que no sabía que tenía, pero la torre se sostenía tan fuerte y tan grande ante él, como nunca antes la había visto. Gritaba el nombre de Domenich y no había ninguna respuesta. Rogaba que le dejaran entrar, que le dejaran ir por ella y llevársela lejos para protegerla, pero no había respuesta.

Vort Wunden, quien todavía se encontraba ahí, se acercó con cuidado a él y esperó a que dejara de llorar, a que dejara de observar sus manos tan grandes y tan vacías.

Así fue como los sueños y las pesadillas, dejaron de existir para todos.

¡Lo he descubierto!

No es ser “gay el último grito de la moda”:http://www.mexsa.com/arboltsef/cibernauta/archivos/critica_social/003494.php. Será ser me-tro-se-xual. Cool!

En el catorceavo sueño, la duda que pudo haber salvado los sueños…

Este post es parte de una serie, llamada “La Torre de los Sueños”. Anotación 14 de 16


En la Torre de los Sueños, el pulpo de los tentáculos interminables sostenían a un guerrero con fuerza y lo apretaban tan duro que pronto lo harían explotar. Pero el guerrero no estaba solo, con él se encontraba un gigante quien sonreía recordando viejos tiempos. Pulpos como esos los atrapaba su mamá con las dos manos, les quitaba los tentáculos uno por uno y después los echaba a una enorme cacerola donde tenían suficiente para comer en una tarde y cenar un poco en la noche. Así lo recordaba Chocolate, el gigante, quien rara vez recordaba con exactitud las cosas. La memoria de los gigantes, igual que su capacidad de soñar, era tan confiable como lo es una pesadilla que dura cinco minutos más después del despertar.

Haciendo gala de su fuerza y la agilidad, la cual era mucho mayor que la del pulpo, Chocolate utilizó su gran martillo de bronze para golpear los tentáculos que sostenían a Vort Wunden. Cuando observó que el guerrero caía libremente y que el pulpo movió todos sus tentáculos contra él, soltó su martillo de bronze y con ambas manos detuvo las extremidades que se disponían a atacarlo. Con los pies repelía los tentáculos que intentaban liberar a sus compañeros y Chocolate, como recordó su mamá que hacía, dominó al pulpo de tal manera que pudo alzarlo con toda su fuerza, quebrando así varias de sus articulaciones. Sin dudarlo, lo azotó varias veces contra una de las paredes.

Recogió su martillo, sin tiempo que perder, y se fue directamente contra los ojos del pulpo quien estaba aturdido. Primero los quebró, como cristales, y después agarró su martillo por la cabeza para meterlo como una vara contra una burbuja de agua. Empujó rápidamente, para llegar a su cerebro.

—¡Ya tenemos la comida lista, señor Vort! —exclamó Chocolate contento.

Vort se encontraba tirado en el piso, sosteniéndose la cabeza con su única mano y jadeaba constantemente. Nunca escuchó la exclamación del gigante y tampoco pudo distinguir el rostro de Miriod, quien se encontraba arrodillado ante él.

El gigante observó como el pulpo se retorcía y lentamente se esfumaba, en una nube morada… varias esferas de cristal cayeron, como canicas y se distribuyeron a lo largo del pasillo. Chocolate se sintió frustrado… ¿había peleado todo este tiempo con un sueño? Si eran tan fáciles de dominar los sueños, pensó Chocolate, se prometió soñar más a menudo aunque no supiera como hacerlo. Suspiró y se encogió de hombros, se giró para encontrarse de nueva cuenta con el guerrero pero en su lugar, descubrió a Miriod quien sonreía con los ojos entrecerrados. Chocolate hizo una mueca al mirar que tenía un ojo de millares de ojos en los hombros, sus manos tenían uñas largas y torcidas, sus pies estaban deformes como los de un monstruo y seguía sonriendo, sonriendo…

—Señor Miriod… ¿dónde había estado? ¿Y dónde está el Señor Vort? —preguntó el gigante cautelosamente.

—El Señor Vort no tiene más que hacer aquí y lo he mandado a descansar. Sin embargo tú, todavía tienes un sueño que soñar. ¿Querías encontrar a Dom? Te llevaré a ella que necesita de tu ayuda. ¿Lo harás? ¿Soñarás por ella?

Chocolate olvidó su desconfianza y sonrió enormemente.

—¡Si! ¡Lléveme a Dom-bi-Dom! ¡La extraño muchísimo! Escuché que gritaba mi nombre… por favor, lléveme a ella.

Miriod, el mago oscuro, sonrió siniestramente. Caminó hacia Chocolate y le tomó la mano. El gigante cerró los ojos contento, sonrió con la boca cerrada y se acarició la cabeza. Por fin, sentía que habían sido años desde la última vez que Dom le había acariciado el cabello.


Cuando Vort Wunden despertó, se encontraba ante el portal de madera de la Torre de los Sueños, era de día y el sol le calentaba el rostro. Se sentó un momento y contempló la torre, metió la mano en el bolsillo de su pantalón para buscar la esfera que encerraba su sueño y en su lugar, encontró varias. ¿En qué momento habían llegado a la bolsa de su pantalón? Trató de recordar… y sólo podía ver la figura difusa de un mago oscuro quien le alzaba la cara y le daba de beber. Sacó todas las esferas y contó que eran siete en total, incluyendo la de su sueño.

En el otro bolsillo de su pantalón, se encontraban algunos fragmentos que había robado al quetzalcoatli muerto. Esos los podría vender por buen dinero al herrero, un solo pedazo podía fortalecer una armadura con magia.

Siguió mirando la Torre de los Sueños, todavía no quería ponerse en pie y regresar a casa. Quería regresar a la Torre, sentía que se lo debía al gigante. Después de todo lo apreciaba —y también, hablaba su sangre guerrera—, quería llevárselo a casa aunque no encontrarán a la niña, quería darle la taza de chocolate caliente que le debía, quería seguir viviendo aventuras con él en la Torre. Si, mientras los ojos de Vort miraban con intensidad el portón de madera de la torre, su mano restante jugaba con las esferas de los sueños. Quería regresar y dudaba… dudaba que debiera hacerlo… entonces recordó la voz del mago que le dijo—: No regreses hoy, Vort Wunden, o tus sueños te matarán…

Mientras Vort pensaba, el cielo encima de la torre se oscurecía y luces, de todos colores, traspasaron sus ventanas. Ese fue el día en que todos los sueños dejaron de existir gracias a la duda de Vort Wunden.

La tendencia de des-hacer, el hacer.

Cuando me desperté, el sol ya me pegaba en la cara. Bajé las escaleras y después las subí de nuevo, luego de dos segundos, volví a bajar las escaleras. No me percaté en ello, todavía no me sentía un personaje de Julio Cortázar. Al estar abajo, me dirigí a la cocina y mentalmente, tenía la ubicación de un plátano que había guardado para el día de hoy. Dirigí mi vista hacia allá y no lo vi, giré mi cabeza a la derecha y regresé mis ojos. Como por acto de magia, el plátano había aparecido.

Tomé el plátanao, lo puse en la licuadora con un poco de leche y dos cucharadas de chocolate en polvo. Prendí la licuadora, observé el giro y el giro, los espirales del chocolate. En lo que giraba, tomé un vaso de plástico y le puse cuatro hielos, para enfriarlo un poco. Me serví el licuado en el vaso, mientras un amigo entraba a la cocina, a hablarme de sus últimos problemas amorosos y de que le daba flojera hacer mucho café el día de hoy. Le asentí y el contenido del vaso, lo regresé a la licuadora con todo y hielos. Pensaba, adentro de mí, que debía licuar, que no lo había hecho todavía.

Mi amigo hizo observación del comportamiento extraño y decidí adquirir un papel consciente de este. Le dije que tenía razón, que estaba queriendo des-hacer lo que había hecho, lo dije distraído, el método que utilizo para que… no pregunten más, que piensen que estoy loco. Me tomé el licuado, despreocupado y después, mi compañero de cuarto bajó para avisarme que buscaría donde comer. Decidí acompañarlo, finalmente… está solo y no tiene a nadie aquí con quien compartir comidas y cigarrillos en los fines de semana. Salimos en el coche, bajé la ventanilla y prendí un cigarrillo.

Acabamos donde un buffette argentino y pedimos. Le gusté a la chava que nos ofreció la mesa y me gustó una adolescente rubia, mediterranea, en una mesa apartada. Ella de repente me miraba y apartaba la vista. Me sonreí, en el momento que el mesero me dejaba la lata de coca, un vaso con hielos y un popote. Mi compañero de cuarto entonces empezó a hablar y yo asentía a lo que decía, mientras le quitaba la envoltura al popote. Serví un poco de refresco en mi vaso, le puse el popote a la lata y si hubiera habido manera, hubiera metido los hielos en la lata para tomar el refresco del vaso.

—Hoy tengo una tendencia en des-hacer lo que hago, ¿te das cuenta? —pregunté, de buen humor.

—Te estás volviendo loco, güey —dijo el venezolano, mi compañero de cuarto, con una sonrisa de oreja a oreja y abriendo los ojos. Enfatizando mi locura con su locura.

Reí educado y pensé en ello. Si, si me estoy volviendo loco.

:T:

“Eres un niño pequeño, habla mucho el niño grande. Necesitas que te cuiden. Necesitas que te quieran”.

:T:

Puedo deshacer lo que he hecho, en cualquier momento y salir de este lugar que me deprime. Me deprime ver los mismos rostros, todo el tiempo. Me deprime saber que el trabajo está aquí, aún los fines de semana. Es una pulsación constante, es mi vida. ¿Pulsión de muerte? A veces pienso que es así, que de alguna manera, sin quererlo, me he rendido al Thanatos y lo estoy admitiendo en mi vida. Que me tomó por otro lado. Y es así, que no me importa. Que pareciera no estoy creciendo, sino decreciendo. Me estoy des-haciendo.

Y todavía existe este lugar, donde hay narrados casi dos años de mi vida. Donde hay cuentos e historias inconclusas, de tiempos inmemoriales. Y también, hay escritos que hablan de otros tiempos que me parecen tan lejanos o irreales. Si pudiera des-hacer la historia de mi familia, o de Cecilia, o tal vez, de Sol María. Si pudiera des-hacer las cicatrices que me dejó Gloria o la pasividad con Claudia, o que no me enamorara de una tercera Claudia.

Si salvara a Simón Dor de su inminente destino o si salvara al Árbol de los Mil Nombres y no lo dejara caminar… caminar…

Lo escrito, se puede deshacer… haciendo trampa.

Pudiera regresar, abrazándome a mi mismo, compadeciéndome como hago ahorita, con los pies muy juntos y la nariz moqueando. Pudiera regresar y pedir ayuda, decir que … no es como yo esperaba, que no es nada como yo lo esperaba. Que las cosas suceden y se mueven, tan lento que me desespera y me tira. Eso pudiera hacerlo.

Pero hay algo que me sostiene, un pequeño fragmento de mi persona que dice que debo esperar aunque las demás se desmoronen. Aunque me cuesten las historias que escribo, aunque me cueste mi vida. ¿Qué es lo que estoy esperando? ¿Por qué estos ego-trips tan a menudo? No lo sé, francamente no lo sé. Esperaré.

Esperaré…

si…

es-pe-ra-ré.

23/5

Sin embargo, esas gentes vivían en una parte totalmente distinta del reino sin fronteras de Fantasía, más lejos, mucho más lejos aún que los comerrocas.

Michael Ende. La Historia sin Fin.

1) Se pilla el libro más cercano, 2) se abre por la página 23, 3) se busca la quinta frase, 4) y se pone en tu bitácora junto con estas instrucciones.