Dom arrastró su rostro por la arena y una línea de polvo le siguió detrás. Volvió a levantarse, con ojos encendidos y la espada grande de su abuelo. Gritó una vez más y corrió a la dama de vestido naranja, quien le esperaba aburrida en la entrada de una torre derruída. A lado de la diosa se encontraban filas de seres, provenientes de todas direcciones. Entraban a la torre, todos con una niña en brazos e ignoraban la lucha de la pequeña contra la diosa, como si ellas fuesen el espejismo.
—¡Me niego a morir! —gritó Dom—. ¡Esto no es lo que se me prometió! Este no es el sueño por el que siempre luché.
—Niños, siempre tan corajudos y berrinchudos —dijo la diosa. Bostezó y lentamente alzó sus manos, con ello Dom voló de nuevo por el aire. Un pez de gran tamaño, quien se sostenía gracias a un tiritero celestial, le evitó y volteó a mirarle enojado. A los peces jamás hay que interrumpirles su vuelo.
—¡Tú voluntad es nada! ¡Entiende ya que a Dolmení no se le puede vencer! —exclamó la mujer de vestido naranja. Con sus dedos siguió manipulando la caída de Dom, hasta que volvió a golpear la arena y volvió a ser arrastrada por los dedos de la diosa, hasta que golpeó una roca.
A pesar de estar peleando en un sueño, el dolor era tan real. Dom se tocó la cabeza y se alivió al descubrir que no sangraba. Todavía mareada, se tambaleó para recoger su espada caída y la alzó vacilante.
La diosa sonrió amorosamente—. Mi querida Domenich, una cosa debes entender: en la Torre, se cumplirán los sueños de todos aquellos que peleen por ellos, excepto los tuyos… porque así debe ser. Has nacido para cumplir una profecía, es tu destino, es lo único para lo que naciste.
—A mi se me prometió otra cosa… esto no debe ser así. ¿Y si no quiero? —preguntó Domenich.
—Entonces nunca se cumplirán los sueños de nadie más —dijo Dolmení, cruzó las piernas y se sentó en uno de los escalones de la torre. A su lado, pasaba un antropogolem con una niña en brazos y después un elfo, y después un hombre rata, y después un…—. Pero ese no es el caso, porque no ha sucedido mi pequeña. No ha habido alguien tan egoísta. Todos estos niños que ves aquí, lo hicieron antes que tú. Debes formar parte de ello, debes ser el sueño puro que lo sostenga todo en esta ocasión.
—¡Pero no quiero hacerlo! —gritó Domenich, empuñó la espada quebrada con fuerza y lágrimas se le formaron en el ojo—. ¡No quiero!
La diosa volvió a sonreír.
—No es algo que puedas elegir. No puedo tomarte hasta que lo decidas por tu cuenta, sin embargo… puedo maltratarte un poco, eso ordenará tus ideas.
Chocolate y Vort Wunden, caminaron pasillos y pasillos enteros, escondiéndose entre pilares y columnas, porque había quetzalcoatlis volando de un lado a otro. Chocolate varias veces, había tenido el impulso de alcanzar a una de esas serpientes emplumadas con su martillo y aplastarle el cráneo, tan sólo para asegurarse de que no gritara. Pero Vort le había amenazado con no regalarle el chocolate caliente si no se comportaba. Eso parecía comprenderlo, el guerrero primero había intentado explicarle que eran demasiados y no podrían con todos ellos.
—Pero soy muy grande y con usted a mi lado, ¡seguramente los mataremos a todos! —había dicho Chocolate—. Además, ya me cansé de caminar como patito para que no me vean.
—No se te ocurra —respondió Vort Wunden—. ¡O no habrá chocolate después!
Chocolate arrugó su rostro, entre enojado y triste—. Está bien, señor Vort. ¿Y Dom-bi-dom?
—No lo sé, sigamos buscando grandote —respondió Vort, no tenía intenciones de encontrar a la niña. Eso ya lo había dejado atrás, prefería encontrar la salida y olvidar la muerte de sus hermanos. Su sueño ya estaba cumplido de cualquier manera. En el bolsillo de su pantalón, una esfera que atrapaba un sueño reía silenciosamente, emitiendo débiles destellos.
Siguieron caminando en silencio, hasta que los pasillos de los quetzalcoatlis desaparecieron y quedaba solamente el silencio.
Miriod contempló asustado al dinosaurio de veinte metros, quien tenía zapatos rojos y maquillaje en los labios. En sus patas yacían muchas pesadillas quienes habían sido asesinadas. Sztamozs, el pequeño ojo parpadeó sus múltiples ojos y se acercó a la oreja del mago oscuro.
—Es la pesadilla de un salvaje que murió aquí hace doscientos años. Una pesadilla vieja y muy fuerte. Así cada vez se hizo más grande. También es una muy sabia, los salvajes eran personas con muchos conocimientos en la cabeza… entre más saben, pesadillas más inteligentes tienen.
—Ya veo —respondió Miriod, se asomó desde la oscuridad para contemplar mejor al dinosaurio. Tenía tres colas en vez de una, y dos pares de cuernos adornados con joyas. Un grupo de pesadillas purpuras y pequeñas, monstruos deformes con tres manos, diez cabezas y cinco ojos, le saltaron a la espalda. Miriod admiró como enormes espinas se dispararon de la espalda del dinosaurio y esfumaron rápidamente aquellas pesadillas que pretendían tomarle por sorpresa—. ¿Dices que tenemos que matarle para llegar a esa entrada? ¿Y me quieres decir por qué queremos llegar allá?
Sztamozs volteó su ojo y parpadeó sus múltiples ojos para responderle a su soñador—. Tenemos que matarle y le conozco desde niño, señor Miriod, porque yo soy usted y usted es yo… le gustará saber que aquel es el camino de los secretos, el camino para descubrir sus sueños más ocultos
Miriod observó de reojo a Sztamozs y luego al dinosaurio.
—Ya puedes caminar normal, grandote —dijo Vort, se encontraban en un desnivel húmedo, como una caverna.
Chocolate obedeció y se incorporó, se estiró todo lo que pudo haciendo para atrás su espalda y cerrando los ojos. Fue cuando escuchó el grito de Vort, que rápidamente alzó su martillo y miró al frente.
Un pulpo gigante de tentáculos interminables había tomado a Vort con uno de ellos y amenazaba a Chocolate con la mirada. Los tentáculos se extendieron lentamente para alcanzarle.
—¡Mire, señor Vort! —exclamó Chocolate sonriente—. ¡Un pescadote como los que cocinaba mi mamá!
Miriod encendió un cigarrillo de carne roja, hizo una mueca por el mal sabor pero era el anzuelo perfecto. El dinosaurio lo olfateó con agrado y se movió pesadamente para buscarlo.
El mago oscuro volteó hacia Sztamozs antes de susurrar el primer encantamiento y le dijo—: Debo estar demente, para que mis pesadillas me convenzan de pelear con dinosaurios.
Dom se apretó los dientes, no estaba dispuesta a rendirse. Quería ganarse el sueño de su propia vida, aunque tuviera que matar a una diosa.







2 comentarios ↓
Está muy bien, muy imaginativo, pero ¿qué pasa al final?, ¿qué tienen que ver esos dos personajes que caminaban como patitos con Dom?
Me ha gustado, porque es diferente.
[Reply]
despues loleo todo , estoy sin gafas, las perdi , y hay coas q no puedo leer bien ,,, besitos
[Reply]
Deja un comentario