En el décimo sueño, hay pesadillas que si existen…

Este post es parte de una serie, llamada “La Torre de los Sueños”. Anotación 10 de 16


Vort Wunden abrió el ojo que le restaba. En su mano, había una pequeña esfera de cristal con un sueño encerrado, la admiró un momento y la guardó en un bolsillo de su pantalón. Miró al gigante, quien yacía a sus pies , a la altura de sus ojos y de su boca emanaba un río de sangre. Tenía los ojos cerrados, sin embargo, no estaba muerto. Podía notar que todavía respiraba debilmente por el movimiento de sus grandes fosas nasales. Vort Wunden se incorporó poco a poco, y con la mano que todavía le quedaba, tomó su espada. Recordaba perfectamente su sueño anterior, el cuál se había hecho realidad. Había asimilado, a manera de matarlos, a sus hermanos y con ello, se acostumbró de inmediato al ojo faltante y al muñón que antes era su mano.

—Estaré maldito por setescientos setentaisiete años —pensó Vort—. Pero será una maldición con un nombre. Con mi nombre.

El gigante movió los dedos y entreabrió los ojos. Vort se acercó para escucharle.

—Muévase despacito señor Vort —dijo Chocolate—. Están volando por todas partes y me pegó uno en la cabeza. El bobo me tiró sin darse cuenta. Pero el más bobo soy yo, tan grande y no pude mirarlo. No tardo en curarme señor Vort, si usted me cuida podré ayudarlo después.

—¿Qué es eso que vuela? —preguntó Vort en susurros, de reojo miró al techo… un techo altísimo. Ya no estaban en el primer piso de la torre o bien, se encontraban en un cuarto totalmente distinto. Las paredes se confundían hasta perderse al cielo en oscuridad angulada, como si fuese una gigántesca cúpula.

—Pesadillas que si matan señor Vort. Serpientes con alas y arcoiris en su boca, pequeñitos, pero cuando son más de uno si matan. Que bobo soy, creí que eran pesadillas… pero estas si existen. Hay que buscar a Dom, señor Wunden… ayúdeme a levantarme.

Vort no comprendía del todo al gigante, tan sólo esperaba que no hablara de quetzalcoatlis… pero por su tono de voz y armando las piezas, sus esperanzas se derrumbaban.

—Tranquilo grandote, primero descansa que yo te cuidaré.


La Torre, no sobrevive solamente de las pesadillas que existen en el mundo de los sueños, necesita de otros seres como son los quetzalcoatlis, los árboles de fuego, los punkaidos, los tiramizules, entre otros.

Los quetzalcoatlis, son serpientes emplumadas en la cabeza y su piel está manchada como la de un jaguar, exceptuando que son motas de verde y púrpura. Poseen grupos de alas en su costado, dependiendo de su edad: entre más jovenes, más alas… los más viejos pierden la capacidad de volar y solo les resta arrastrarse y no por ello, son menos letales. Fueron el primer peligro para el hombre, puesto son listos. Tienen su propio lenguaje hablado, el cual es imposible de emular, aún con hechizos de distorsión de voz y/o cuerdas bucales. Inclusive, su voz es un arma poderosa para confundir y aterrar al enemigo. Poseen magia extraña que ni el gran mago, Khan gor Math, pudo comprender. Desde tiempos inmemoriales, un grupo de quetzalcoatlis protege la Torre con sus vidas sin saber exáctamente el por qué.

Han habido otros gigantes, ogros , colosos, duendes, antropogolems y otras razas de mucho espíritu y/o poca inteligencia que han irrumpido en la torre para descubrir sus secretos, o sencillamente, destruir algo que no comprenden. Los quetzalcoatlis, sin embargo, los han detenido a todos. Una pluma nueva nace en su cabeza, por cada muerto que llevan en su cuenta.


Vort Wunden miró al primer quetzalcoatli volar como una ráfaga e hizo una mueca. Era joven, contó al menos diez pares de alas y tenía muchas plumas en la cabeza. Debía ser uno agresivo. Trató de seguirlo con la mirada, pero se le perdía facilmente, aún con el brillo intenso de la piel y los ojos verde esmeralda. Se mantenía callado, eso era bueno, pensó Vort. Quería decir que no los había descubierto, aunque podía estarlos buscando. Se arrodilló a lado del gigante y con su muñón, se recargó suavemente en la enorme espalda.

—Es uno, posiblemente dos si mi mirada me engaña. ¿Dices qué te tumbó?

—Si, volaba tan rápido que no me miró…

—No te pegó directamente o ya te hubiera descubierto, debió ser la ráfaga de aire la que te empujó —dijo Vort, bendijo la buena suerte de Chocolate. En ese momento ya estarían muertos—. Si nos mantenemos abajo estaremos bien, no tienen buena vista, ni buen oído. ¿Puedes arrastrarte, grandote?

—Creo que si —dijo Chocolate, aún sangrando de la boca.

—¿Estás muy herido?

—La pequeña herida de un gigante, es muy grande para un enanito como usted, señor Wunden.

Vort sonrió, sintió un viento frío erizarle el vello de la nuca. El quetzalcoatli estaba volando bajo.

—Es tan rápido —dijo Vort—. No podemos arriesgarnos, tendremos que matarlo.

—¿Qué sugiere, señor Vort?

—Mirar como se mueve. Trata de hincarte que voy a necesitar tu ayuda. Si te portas bien, cuando salgamos de aquí, te invitaré un chocolate caliente

Chocolate obedeció pesadamente, hizo ademán de recoger su martillo de bronce pero Vort le detuvo con la mirada—. Baja tus manos y extiéndelas con la palma hacia arriba. Me voy a parar en tus manos y cuando yo te diga, impúlsame lo más fuerte que puedas, ¿entendiste?

—¿Quiere volar, señor Vort? —preguntó Chocolate.

Vort sonrió un poco nervioso.

—No, de verdad que no. Pero es preferible a morir.

El gigante asintió solemnemente e hizo lo que le pidió Vort. Él caminó agachado y se plantó en las manos del gigante, miró hacia arriba. Paciente, como un buen guerrero, observó los patrones que hacía el quetzalcoatli en el aire. Un zig-zag tan rápido que parecía un trueno. Acostumbró su ojo, el cuál descubrió entre sorprendido y agradecido, que servía como seis pares. Se preguntó si sería lo mismo con la mano donde sostenía la espada y se sonrió, no habría manera de comprobarlo hasta que estuviera arriba. Siguió intensamente al quetzalcoatli y descubrió que había una trayectoria ya definida. Midió en segundos y cuando fue el momento gritó—: ¡Ahora!

Chocolate obedeció y el impulso fue tan fuerte, que Vort Wunden sintió como la piel se le estiraba por la presión de la gravedad.

—Mierda, mierda, mierda —susurro que pronto se convirtió en un grito poderoso. El quetzalcoatli se detuvo justo enfrente de él y abrió la boca para atacar al extraño que había interrumpido su guardia. Vort Wunden tuvo tiempo para hacer un corte en el hocico del animal y después, clavar la espada en sus narices para sostenerse. No quiso mirar hacia abajo, aunque fue forzado por las mordidos que intentaba dar el quetzalcoatli, el cual sangraba onyx y jade por la herida. Vort pateaba al quetzalcoatli para que no atinara las mordidas y sentía como la espada desgarraba poco a poco a la bestia.

Entonces escuchó el grito del quetzalcoatli y sintió como se le enchinó toda la piel. Chocolate dio un alarido que resonó en las paredes.

—Concéntrate Wunden —se dijo, con los escalofríos recorriéndole el cuerpo y unas ganas tremendas de huir—. Tienes que resistir el miedo.

Con la espada tomó impulso para brincar a la cabeza del quetzalcoatli, quien casi lo tomó con los dientes pero el guerrero pudo evitarlos a tiempo. Se agarró de sus plumas, ya que luchaba con asombrosa velocidad para liberarse del extraño. Tenía la fuerza de seis pares de manos, pensó Vort, de no ser así estaría cayendo. Sin embargo, el resto de su cuerpo seguía siendo el mismo, de eso estaba consciente por el temor. El quetzalcoatli planeó y notaba Wort que se acercaba cada vez más a las paredes, planeaba aplastarlo. Extrañó su mano faltante, con ella podría recoger la espada que aún estaba clavada en las narices del animal. Miró como se acercaba más a las paredes y cerró los ojos por impulso.

El golpe que se escuchó fue muy diferente.

Wunden abrió los ojos a tiempo para ver como el martillo de Chocolate caía, después de haberle dado al quetzalcoatli en uno de los costados y rompiéndole así varias alas.

—¡CÁLLALO! ¡CÁLLALO! —gritó Chocolate. Wunden observó que cada vez volaban más bajo y apenas pudo distinguir la cabeza del grandote, como si fuera una hormiga, que corría para alcanzarles. Aprovechando la distracción del quetzalcoatli y sus alas rotas, pudo equilibrarse mejor para incorporarse. Extendió su mano y arrastró su espada, desgarrándole el cráneo. El quetzalcoatli cerró los ojos y dio un último grito, antes de morir. El peligro no había cesado… empezaban a caer en picada.

—Mierda… mierda… mierda… —susurró Vort Wunden y miró hacia abajo, se acomodó en la parte posterior del cráneo desgarrado, midiendo el tiempo y la caída, saltó como pudo antes de llegar al suelo. Rodó, aún con la espada en la mano y se golpeó contra una de las paredes. Con los ojos borrosos por el susto, la respiración que le faltaba y la espalda adolorida, miró a Chocolate llegar al cuerpo del quetzalcoatli con el martillo alzado sobre su cabeza.

—¡QUÉ SE CALLE! ¡QUÉ SE CALLE! —exclamó Chocolate y martilló el cráneo del quetzalcoatli numerosas veces.

—Ya terminó grandote —susurró Vort, con el sudor empapándole la cara y lágrimas bajando por las mejillas—. Ya terminó. Déjalo ya. Ya está muerto.

Pero el gigante, no cesó de golpear hasta que se sintió cansado. El cuerpo del quetzalcoatli estaba deshecho en onyx y jade. Cuando Vort se tranquilizó, y miró al gigante sentado, recargándose en el martillo, se acercó al cuerpo y tomó varias piezas. Podría venderlas por un buen precio.

—Perdón señor Vort —dijo Chocolate apenado y acariciándose el rostro—. Mi mamá siempre me decía que no me enojara tanto o cosas como esta sucedían.

—No te preocupes grandote.

Chocolate sonrió y se acarició la barriga.

—¿Todavía habrá chocolate caliente?

Vort rió, aún nervioso.

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